Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Charlotte

No esperaba encontrarme a Grayson allí.

Ni a ella.

Había elegido ese parque justo porque era neutro, luminoso, lleno de desconocidos. Un sitio donde nadie miraba dos veces, o eso creía.

Seguí caminando sin volver la cabeza, aunque sentí los ojos de mi hermano clavados en mi espalda.

Grayson no era quién para cuestionar mi moralidad cuando la suya siempre había sido un desastre perfectamente tolerado.

Era lo que tenía nacer en una familia como la mía: todo lo que hacías —o aparentabas hacer— terminaba siendo analizado, publicado y usado en tu contra.

Respiré hondo.

Esa chica no pegaba con Gray. Aunque quién sabía…, quizá mis padres ya le habían comido el cerebro, igual que hicieron conmigo.

Podía imaginarlos a la perfección en una de sus cenas familiares, que eran peor que cualquier reunión con la Gestapo.

—Esa chica te conviene. No esas promiscuas con las que sales.

Tragué saliva.

Stephen me había hablado de ella. Naomi Park. Sin escándalos, buena familia. El tipo de mujer que limpiaba titulares y, encima, lista.

Era más joven de lo que esperaba y, por la forma en que observaba, no parecía fácil de manejar.

Stephen había dicho que era un activo interesante para la empresa, le brillaron los ojos al hablarme de su aplicación capaz de predecir cuándo un Cowboy iba a fallar.

Todo lo que tuviera relación con el juego le iluminaba el rostro.

Se olvidó de mencionar que era guapa. Muy guapa.

Y con esa mezcla rara entre inteligencia y calma que hacía que la gente bajara la guardia.

Me quité las gafas un segundo y fingí limpiarlas. Necesitaba tiempo para ordenar las ideas.

Un retiro lo llamaron.

Un espacio para reorganizar mi vida. Para reflexionar sobre mis decisiones. Para reconectar con valores que jamás habían sido míos.

Yo lo viví como una pausa obligada, una pausa pagada, supervisada, como si aún tuviera catorce años en lugar de pasar de los cuarenta.

La versión oficial decía que necesitaba distancia de los titulares, del ruido, para recuperarme de lo que me habían hecho.

Todos sabíamos que no fue así. Lo que pasó no fue un error químico, fue imprudencia, y la imprudencia, en mi familia, se pagaba con silencio, con abogados, con ruedas de prensa redactadas con cuidado.

Mi matrimonio seguía intacto, una fachada elegante.

Stephen mirando hacia otro lado con respecto a mis… inclinaciones. Yo haciendo lo mismo con sus amantes y sus apuestas. Porque uno no dejaba de ser adicto al juego solo porque a Jerry Joneson se le antojara.

Un equilibrio práctico sostenido por dinero antiguo.

Como cuando papá decidió que Stephen era el marido adecuado y resultó que su familia estaba arruinada. No importó. Papá saneó deudas. Stephen aceptó el apellido y lo que conllevaba el anillo, yo acepté el trato. Todos salimos ganando, en teoría.

Durante esos años traté de convencerme de que podía ser feliz, pero si algo me había enseñado el retiro era que, por grande que fuera la casa, por impecable que fuera la fachada…, ahí dentro no estaba lo que yo deseaba.

Necesitaba independencia.

Necesitaba acostarme con quien quisiera sin esconderme detrás de una mentira bien pagada. Y no, eso no se arreglaba con bolsos caros ni amantes discretas.

Quería liquidez propia, una que no dependiera del imperio de Jerry Joneson, y estaba trabajando en ello.

Papá no podía enterarse de lo que tenía entre manos.

Cuando le dije a Grayson que había quedado, no mentí. Aunque dudaba que imaginara el motivo real de que estuviera en el parque.

Mi móvil vibró con suavidad.

Levanté la vista y distinguí una silueta acercándose entre la gente.

Sonreí.

Esa vez no iba a ser la pieza decorativa en el tablero de nadie.