Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Naomi

Cerré el chat tan rápido que casi se me escapó el móvil de las manos.

Literalmente lo lancé dentro del bolso justo cuando la voz de Grayson apareció a mi espalda.

«Qué oportuno».

Segunda vez que dejaba plantado al lado oscuro, y algo me decía que a los señores del caos no les gustaba quedarse hablando solos.

—Espero que te gusten con cebolla porque ya los he pedido así.

Me giré con una sonrisa que parecía auténtica desde fuera y puro incendio por dentro. Daver todavía me vibraba bajo la piel y entre mis muslos.

Grayson llegó cargado con dos perritos calientes gigantes, patatas y refrescos, equilibrando todo como si hubiera entrenado años para sobrevivir a reuniones familiares y líneas defensivas al mismo tiempo.

Respiré despacio.

No tenía ni idea de cómo iba a comerme eso sin explotar… o sin recordar con exactitud lo que acababa de leer hacía menos de un minuto.

No podía permitirme parecer alterada. Él no tenía por qué saber nada y, sin embargo… Sí, me había descolocado.

Primero, porque ya llevábamos tres privados y él nunca hacía eso.

Segundo, porque cuando preguntó si quería jugar, algo dentro de mí se derritió con una rapidez preocupante. La simple idea de obedecerlo en un lugar público había encendido una parte de mi cerebro que claramente no venía con manual de instrucciones.

«Sí, Park, resulta que eres más degenerada de lo que creías, seguro que Cami se sentiría orgullosa».

Y tercero —el peor de todos—, porque cuando me prohibió tontear o dejar que alguien más me tocara, en lugar de indignarme…, casi se me doblaron las rodillas.

Genial. Fantástico. Mi lado jedi debía de estar en excedencia.

El recuerdo de la frase final me atravesó otra vez. La imagen que dejó flotando. La sensación de calor subiéndome por el cuello. Los dedos temblándome sobre el teclado antes de borrar lo que estaba a punto de escribir cuando sugirió meter su casco entre mis piernas.

Solo quería desaparecer, volver al hotel, dejar de pensar y obedecer, porque sí, ese recuerdo me llevaba a otro y ese otro me fundía como el queso caliente.

«Vale, Naomi. Respira. Eres una científica, no una adolescente, además, recuerda que te bajó la regla el viernes. No querrás mostrarle al lado oscuro tu copa menstrual, ¿verdad?».

Lo peor de todo había sido oír la voz de mi jefe demasiado cerca, obligándome a cerrar el chat de golpe.

Otra vez. Sin despedida. Sin respuesta. Sin posibilidad de arreglarlo y dejándolo en visto.

«Esto solo puede pasarte a ti».

Nos sentamos en una mesa alta junto a uno de los food trucks de Klyde Warren Park.

Dallas brillaba alrededor: césped limpio, música de fondo, familias paseando, ejecutivos comiendo de pie y turistas peleándose con los ángulos perfectos para sus fotos.

Un sitio bonito, demasiado bonito para el colapso interno que llevaba encima.

—¿Todo bien? —indagó mientras dejaba la bandeja.

—Sí —mentí con absoluta profesionalidad—. Notificaciones del sistema. Avisos que me pongo para no dormirme sobre el trabajo.

Él arqueó una ceja.

—Es domingo.

—Los partidos casi siempre son en domingo.

La sonrisa que soltó fue rápida.

— Touché . Mi padre estaría encantado de tener una hija como tú. ¿Seguro que no nos cambiaron al nacer?

Solté una risa breve.

—Si conocieras a mis padres, verías que no. Son bastante… peculiares. Muy culturetas, aunque mamá tuviera su época de estrella del k-pop , así que imagina el nivel de drama.

Sus ojos se abrieron con interés genuino.

—Eso necesito escucharlo algún día.

—Ella preferiría que no. Ahora dirige su empresa y vive feliz siendo la mujer de un científico de la NASA. El pasado pop quedó enterrado bajo toneladas de dignidad y mucho skincare .

Grayson soltó una carcajada.

—Entonces es buena señal. Significa que eres hija de una familia importante.

Lo miré de reojo.

—Prefiero ser importante por mí misma. Ya sabes…, como tú.

Me pasó el refresco y chocamos vasos.

—Así se habla.

Di un trago largo, intentando enfriar el incendio interno. Mala idea.

El perrito caliente en mis manos era indecentemente grande y mi cerebro decidió recordar con exactitud lo que acababa de insinuarme el lado oscuro.

Casi me atraganté. Perfecto. Profesionalidad máxima.

—Vale. —Apoyó los codos sobre la mesa—. Háblame de tus amigos.

Parpadeé. Sí. Cambio de circuito neuronal urgente.

«Ovarios cerrando sistema. Cerebro, haz acto de presencia, ya».

Apreté los muslos bajo la mesa y forcé a mis neuronas a volver a territorio seguro.

—¿Mis amigos?

—La colaboración que mencionaste. Dijiste que había un proyecto detrás que podría interesarle a mi padre.

Asentí, agradecida por el ancla mental.

—Sí. Como te comenté, Sienna lleva toda la parte de nutrición aplicada al rendimiento deportivo —arranqué, reconectando el modo analítico—. Está especializada en atletas de élite y prevención de TCA.

Él soltó una risa corta.

—Con lo que comen nuestros chicos, dudo que ese sea un problema.

—Ya, bueno, nunca está de más… Landon sabe muy bien lo que es la presión y se especializó en gestión deportiva, y Thiago… Tendrías que ver lo capaz que es de cambiar la seguridad de los atletas, hace un trabajo brutal en cuanto a entender sus traumas y devolverles el foco.

—Suena a equipo potente.

—Lo es, ellos son la combinación perfecta.

Su proyecto fue el vencedor y se enfrentaban al que presentaron todas las universidades participantes del país.

Marcas como Nike o Redbull han querido contratarlos, pero ellos han apostado por algo más social.

Como su estado financiero es distinto, han decidido que, para aportar todos lo mismo, era mejor hacer colaboraciones para generar ingresos que les permitan llevar a cabo ese proyecto, y ahí es donde entran los Cowboys.

Le expliqué cómo habían empezado, lo que estaban desarrollando y que todo lo que ganaban en ese momento estaba pensado para algo más grande, para ofrecer beneficios sociales a través del deporte.

—Esa rama paralela —dije— es la que tendría que explotar la franquicia.

Lo miré un segundo.

—A nivel de imagen… os vendría bien.

Él sonrió, tranquilo.

—Puedes decirlo. —Se limpió las comisuras—. Después de todos los escándalos del año pasado, cualquier cosa que huela a responsabilidad social es oro.

Me encogí de hombros.

—No quería sonar oportunista.

—Naomi —señaló con el perrito caliente—, en esta familia vivimos de convertir problemas en titulares. Si algo ayuda y, además, es real, es perfecto. Oportunista no sería un adjetivo que pasara por mi mente respecto a ti. Me parece que eres lo opuesto, y eso me gusta.

Que lo afirmara con tanta convicción me relajó más de lo que esperaba.

—Seguro que a Vivian le encantaría —añadió—. A nivel de comunicación sería muy potente.

—Sí. —Reí—. Lo mismo pensé yo.

Dio otro bocado y durante unos segundos solo hubo ruido de parque y gente alrededor.

Hasta que una voz femenina rompió el momento.

—Vaya…, menuda casualidad...

Levanté la vista y parpadeé, porque si a alguien no esperaba encontrar ahí era a Charlotte Joneson.

La reconocí por las fotos, los artículos y la elegancia oculta tras esas enormes gafas de sol.

Se notaba que había perdido peso. Que no renunciara a su apellido después de casarse no era porque el de Stephen tuviera menos peso.

Simplemente daba una mejor imagen corporativa, así lo leí en una entrevista cuando se lo preguntaron.

Grayson frunció el ceño, dejó el perrito y se puso en pie de inmediato.

—¿Charlotte? ¿Qué haces aquí? ¿Cuándo has vuelto?

Ella dudó apenas un segundo, antes de sonreír, dejando que su hermano la besara en la mejilla.

—Hace unos días. Le pedí a Stephen que no dijera nada.

Primero necesitaba comprobar cómo me sentía antes de volver a The Star.

Ya sabes cómo funciona esto…, lo habría sabido medio país antes de bajar del coche.

—Él asintió—. He quedado con una amiga..

. El doctor dijo que era bueno que me diera el aire, así que vamos a pasear.

Su mirada pasó de Grayson a mí, evaluadora.

—Oh —dijo—. ¿Y tú eres…?

—Naomi —respondió Grayson antes de que pudiera abrir la boca—. Nuestra maravillosa, flamante y eficiente incorporación a la franquicia.

Me puse en pie para estrecharle la mano, vigilando no tener restos de comida en ella.

—Un placer, señora.

Algo cruzó el rostro de Charlotte. Algo rápido, casi invisible.

—Igualmente —asintió—. Stephen me habló de ti, dice que puedes predecir cuándo se van a equivocar los jugadores antes de que ocurra… Suena casi inquietante.

Una sonrisa suave acompañó la frase, aunque no supe si era halago o advertencia.

—Imagino que a papá le parecerá interesante —añadió—, sobre todo, después de la temporada tan… complicada que tuvimos.

Su foco regresó a Grayson cuando este retomó la palabra. No supe por qué, pero un escalofrío recorrió mi espalda.

—Hoy seguro que lo está más —intervino Grayson—. Parte de la victoria es gracias a su sistema.

—No ha sido solo eso —murmuré.

—No te restes mérito —replicó Charlotte con naturalidad—. Cuando alguien es bueno en algo, debería permitirse serlo.

Sus ojos se posaron en mí unos segundos más.

—Eres muy guapa, por cierto, menuda piel…

La frase me descolocó más que cualquier halago anterior.

—Y exgimnasta de élite —añadió Grayson casi orgulloso.

Eso pareció divertirla.

—Entonces, sabes moverte bien. Si lo de la aplicación falla, siempre puedo ofrecerte un puesto entre las DCC.

Sonreí.

—No soy muy de agitar pompones…, pero gracias.

«Demasiado amable», pensé. Demasiado… fácil.

Charlotte miró su móvil.

—No quiero interrumpiros, mi amiga debe de estar al llegar.

Miré alrededor por pura inercia. Nadie parecía buscarla.

Y ella no dedicó una sola mirada, ni un gesto ni el típico movimiento inquieto de quien esperaba a alguien.

—Nos vemos. Un placer, Naomi. Gray.

Besó a su hermano y se alejó con esa elegancia suave que hacía difícil decidir si estaba rota o perfectamente reconstruida.

La seguí con la vista hasta que desapareció entre la gente.

Grayson soltó un suspiro bajo y me indicó con la mano que volviera a sentarme.

—¿Estás bien? —me salió antes de pensarlo.

Él tardó un segundo en responder.

—Sí…, solo que no esperaba verla aquí. Ha estado un tiempo fuera, en un retiro, intentando… reorganizar su vida.

Había algo en su tono que no encajaba con la palabra «retiro».

—Ojalá le haya servido —murmuré.

—Ojalá.

Intentó sonreír.

—Venga, olvidemos la interrupción. ¿Por dónde íbamos?

Busqué en mi mente el hilo de la conversación, no obstante, algo seguía pellizcándome por dentro.

Porque Charlotte Joneson no había mirado ni una sola vez alrededor esperando a nadie; porque cuando alguien decía que tenía una cita…, normalmente esperaba hasta verla llegar.