Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Naomi

Cuando terminó el partido no grité.

Nunca gritaba.

Pero sentí algo expandirse dentro del pecho, una especie de corriente cálida que no sabía muy bien dónde colocar.

No era euforia desatada, no era ese tipo de persona.

Era más bien satisfacción pura. Como cuando un código compilaba a la primera y sabías que nadie iba a verlo, pero tú sí sabías que lo habías hecho bien.

Me quedé unos segundos mirando el marcador final, los números fijos como una verdad recién proclamada. Habíamos ganado. Contra los Giants. No era un partido más. Era una declaración.

Y aunque no era excesivamente expresiva, sí me gustaba celebrar las victorias. En la SSU me abrazaba a mis amigas sin pensar, saltábamos como idiotas, nos apretábamos tanto que acabábamos riendo por asfixia compartida. Ahí era distinto. Muy distinto.

Ahí medían dos metros, pesaban como si desayunaran cemento y no me tenían exactamente en su lista de personas favoritas.

Aun así, cuando vi a Valentino alzar el puño, rodeado de flashes , gritos y compañeros golpeándole el casco, tuve un arrebato absurdo. De verdad quise saltar al césped y decirle: «¿Lo ves? Solo necesitabas confiar un poco, solo un poco».

Para después abrazarme a él.

Un impulso ridículo y espantoso, lo sabía.

Sin embargo, lo tuve. Porque yo había visto el bloqueo mental en las primeras semanas. Lo había medido. Lo había cuantificado, y también había visto el margen de mejora, la ventana exacta donde podía recuperar el control. Y hoy me sentía orgullosa de que la hubiera cruzado.

Y justo cuando mi cerebro estaba montando un discurso motivacional que jamás pronunciaría, sobre si atreverme a hacer algo que quizá no debiera, porque no sería bien recibido, algo me agarró por la cintura y me levantó del suelo.

Solté un «eh» nada profesional.

Di una vuelta en el aire y me vi aferrada a un cuello por mis propias manos.

Todo giraba muy rápido mientras mis dedos se anclaban al calor de una piel que desprendía un aroma masculino de lo más agradable. Nada de sudor, más bien perfume sutil y de los caros.

Cuando volví a tocar tierra estaba riendo. Riendo de verdad. De esa risa que se escapaba antes de que la pudieras analizar.

Grayson, mi jefe.

Seguro que ese tipo de celebraciones estaban vetadas por contrato, aunque a él no pareció importarle.

—Esto hay que celebrarlo como se merece —dijo, aún sosteniéndome medio segundo más de lo necesario.

El pulso me iba muy rápido.

Solo Fitzy se habría atrevido a hacerme algo así. Cruz era menos propenso a festejos tan entusiastas.

Pensé en que Joneson era mi jefe, aunque a veces no lo pareciera; se asemejaba más al único amigo que tenía allí dentro. El único que me había recibido sin esa mezcla de desconfianza y paternalismo mal disimulado. Por eso no quise darle demasiada importancia.

Dejé de lado que hubiera una desigualdad de cargos, no obstante, no podía olvidar del todo que era mi superior.

Uno muy guapo, pero mi superior, al fin y al cabo.

No estaba segura de que dar vueltas en sus brazos en mitad del campo fuera justo lo que Vivian recomendaría que captara la prensa.

Me bajó con cuidado, pero no apartó la mano de mi espalda de inmediato. Me guiaba entre cuerpos enormes que chocaban, se abrazaban, gritaban. La alegría masculina era física. Se daban golpes como si eso fuera afecto.

Entramos en la zona técnica antes de que empezaran las duchas masivas. El ambiente era otra cosa. Más denso. Más eléctrico. El partido ya no era celebración, era análisis.

Y ahí sí me sentía en casa.

Uno de los asistentes proyectaba clips del tercer cuarto. Las jugadas clave. Los errores evitados. Las lecturas que habían cambiado el ritmo.

—Park —escuché a mi izquierda.

Era Leo Carson, running back suplente, todavía con las hombreras puestas y la pintura negra bajo los ojos medio corrida.

—Lo del semáforo cognitivo —dijo—. Pensé que era un dibujito para que nos sintiéramos listos.

—¿Y ahora? —pregunté.

Se pasó la mano por el pelo, todavía acelerado.

—Tercera oportunidad y seis yardas por avanzar —aclaró, mirándome—.

Si no consigues esas seis, pierdes el balón.

Iba a forzar carrera por fuera, como estaba cantado en la jugada.

Pero me saltó el aviso en amarillo en la tablet del banquillo antes de que Harlow me sacara para suplir a Knight.

Decía que el linebacker estaba anticipando demasiado en situaciones cortas.

Asentí.

—Lo estaba haciendo desde el segundo cuarto —apunté.

—Cuando empezó la jugada, vi que cargaba el peso hacia adelante antes de tiempo —continuó—. Eso significa que va a cerrar el exterior sí o sí. Frené medio segundo y corté hacia dentro, el hueco estaba limpio.

Eso era justo lo que había detectado.

—Cuando un defensor adelanta el centro de gravedad antes del snap —expliqué— suele ser porque cree que sabe hacia dónde va el balón. El problema es que, si se equivoca, deja su zona descubierta, y tú explotaste ese vacío.

Me miró como si le hubiera explicado física cuántica aplicada a golpes.

—No sé si montas en escoba, pero eres la puta polla.

Eso me hizo reír.

—Solo es repetición de patrones, nada de brujería. Si alguien reacciona igual diez veces seguidas, la undécima es predecible.

Yo no solo analizaba a nuestros jugadores.

También diseccionaba al rival: cómo se colocaban, cómo respiraban antes de la jugada, qué hacían cuando estaban nerviosos o cuando creían haber leído bien el ataque.

Todo eso lo volcaba en el sistema casi en tiempo real para que los entrenadores lo tuvieran en el banquillo.

No decidían por instinto; decidían con información.

—Pues funcionó. Voy a tatuarme el logo de esa bendita aplicación.

—Mejor tatúate su cara —saltó una voz más grave detrás de él—. Es bastante más interesante que el logo, sobre todo, si vas a ponértela en una nalga.

Aquello encendió mis mejillas.

Giré.

Devin Shaw. El defensive end con fama de cascarrabias. Su trabajo consistía básicamente en arruinarle el día al quarterback rival. Y lo hacía con una eficacia casi insultante.

No sonreía, él nunca lo hacía del todo. Se limitaba a curvar una comisura, como si estuviera evaluando cuánto te podía descolocar con una frase, a no ser que hubiera arrancado unas cuantas piezas dentales del QB rival.

Se apoyó en la mesa técnica.

—Lo del safety —dijo—. ¿Eso también estaba en tus numeritos?

—¿Qué parte exactamente?

—Segundo drive . Cuando amenazaban con blitz desde la secundaria.

Para quien no viva pegado a un playbook : el blitz era cuando un defensor, que normalmente cubría pase, decidía lanzarse a presionar al quarterback . Y si lo hacía en el momento justo, te desmontaba la jugada antes de empezar.

—Levantaba el hombro derecho antes de salir —continuó Devin—. Siempre. Medio segundo antes del snap .

—Alguien ha hecho los deberes… Aunque no solo el hombro, ajustaba el pie interior hacia delante. Cuando alguien adelanta peso así es porque ya ha tomado la decisión antes de que el balón se mueva.

Devin entrecerró los ojos.

—O sea, que ya sabías que iba a venir.

—Sabía que tenía un patrón, y como os comenté en la reunión, si repites algo suficientes veces, deja de ser intuición para pasar a ser probabilidad.

Devin se quedó un segundo en silencio. No impresionado. Calculando.

—A ver si al final tu cara termina en el culo de todo el equipo…

—Espero que no, odiaría tener que ver vuestros zurullos diarios.

Camila se sentiría honrada con mi respuesta.

Bufó una risa corta.

—Entonces, te tatuaremos en nuestro corazón como nos hagas ganar la puta Super Bowl.

Me envalentoné.

—Ni se te ocurra, tampoco quiero ver cuántas tetas rebotan encima de tu cuerpo después de cada celebración.

Soltó una carcajada honesta.

—Hostia puta, al final va a resultar que me vas a gustar…

Me crucé de brazos para que no se notara que me estaban afectando demasiado las bromas.

Grayson intervino entonces.

—Os dije que era buena.

No lo soltó para quedar bien. Lo mencionó como quien colocaba una pieza en su sitio.

Y el orgullo, cuando no estabas acostumbrada a que lo proyectaran hacia ti, pesaba.

Las miradas de los chicos habían empezado a cambiar. Ya no eran de burla, eran de evaluación, de aceptación provisional, y eso que solo había sido el primer partido. Me sentía orgullosa.

Un par de palmadas en mi hombro. Una más fuerte de la necesaria, con toda probabilidad de Marcus, quien me sostuvo la mirada un segundo más que los demás.

No sonrió, pero tampoco cuestionó; viniendo de él, eso era casi un contrato firmado.

No sabía muy bien dónde colocar tanta validación. Todo era demasiado inmediato, volátil. Un partido ganado no convertía a nadie en imprescindible, y si el segundo lo perdíamos, volvería al punto de partida.

Estaba tratando de controlar mis emociones cuando lo noté.

No fue un sonido. Fue una presión en la nuca.

Valentino estaba en la puerta.

Uniforme a medio quitar, pelo húmedo por el esfuerzo, mandíbula firme. Venía de atender a la prensa. Lo supe por la forma en que mantenía los hombros rectos, como si aún estuviera respondiendo preguntas.

Nuestros ojos se encontraron.

Le sonreí breve, profesional.

Él no. En su rostro no había hostilidad, era algo más complejo.

Antes de que pudiera descifrarlo, Grayson pidió silencio.

Ni me había dado cuenta de que su mano estaba en mi cintura.

¿Cuándo la había puesto ahí?

Quizá cuando los jugadores me dieron las palmadas, para que no me cayera de bruces. No estaba segura.

No necesitó levantar la voz, solo la mano.

Yo intenté apartarme. Me parecía lógico dejar el centro del plano a quien lo merecía.

Me tomó de la muñeca con suavidad.

—¿Dónde vas? —murmuró cerca de mi oído—. Estamos juntos en esto y hemos ganado gracias a ti, te quiero a mi lado.

Mi piel reaccionó antes que mi cabeza, Valentino miraba justo ahí.

Y un calor abrasador empezó a invadir mi brazo. ¡Fantástico!

Grayson les habló a los chicos desde un punto mucho más emocional y menos técnico.

Habló de ejecución, de disciplina, del trabajo del staff .

Mencionó el buen hacer de Harlow, felicitó a todo el equipo, incluso a los que estaban en el banquillo.

Lo hizo bien. Sabía vender el relato. Y luego me nombró.

—Y quiero reconocer el impacto positivo de Naomi Park. Lo que hoy hemos aplicado sobre los Giants no es teoría. Es ventaja real, la que ella nos ha dado, y os pido un fuerte aplauso porque esta victoria también le pertenece.

Sentí calor en la cara.

Algunos golpearon mesas, otros se pusieron a jalear.

—¡Park! ¡Park! ¡Park!

Quise decir que no era para tanto. No lo hice porque Grayson remató la efusividad con el colofón final:

—Este puede ser el año que volvamos a cambiar la historia. Vamos a por el Lombardi.

Ahí sí rugieron.

Y mientras todos celebraban el trofeo que aún no existía en nuestras manos, yo miré a Grant Whitaker. No gritaba, solo saltaba como el resto. Observaba como si ya estuviera pensando en el siguiente movimiento porque hoy no lo habían sacado del banquillo.

Luego volví a Valentino.

Lo levantaron en volandas. Ty le gritaba algo sobre derechos de autor del balón. Él alzó el brazo otra vez, pero no buscó mi mirada.

Yo había visto su mejora antes que nadie, le dediqué unas palabras de ánimo y, aun así, en su expresión se marcaba la distancia.

No quise darle demasiadas vueltas.

Los chicos lo arrastraron hacia las duchas entre empujones y carcajadas. El vestuario se fue vaciando poco a poco.

—Comes conmigo —dijo Grayson, acariciando con el pulgar la zona interior de mi muñeca.

Parpadeé.

—Te-tengo que revisar el tercer cuarto y…

—Los clips no van a huir, es domingo, tienes que descansar, y si no quieres hacerlo, te doy la oportunidad de convencerme un poquito más y darme argumentos sólidos para la colaboración de los Cowboys con la empresa de tus amigos.

La semana que viene tengo otra reunión y no me irían mal algunos argumentos extra.

Lo miré. Grayson Joneson sabía con exactitud qué tecla tocar; era muy difícil negarse.

—Vamos, di que sí. Quiero llevarlo muy bien atado a la próxima reunión familiar y hacerte feliz —añadió—. Que entren con números sólidos.

Mi cerebro empezó a calcular escenarios. Comida. Conversación. Estrategia. Acceso.

—Solo si es comida de verdad y en un sitio poco elegante. Nada que venga decorado con flores comestibles o en el que debas apartarme la silla.

—Marchando una de perritos.

Reí.

Su palma volvió a mi espalda, guiándome hacia la salida, y mientras caminábamos, no pude evitar pensar que todo eso tenía demasiadas capas.

La victoria, el reconocimiento. La mirada de Valentino, la mano de Grayson y yo sintiendo perturbaciones en la Fuerza.

Algo me decía que ganar el partido había sido la parte sencilla, lo complicado acababa de empezar.