Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Valentino

Crucé la línea del túnel y pisé el césped sin pensar en nada más que en el primer snap .

El marcador brillaba enorme sobre nosotros. Las yardas estaban ahí, esperándome. Los Giants ya calentaban al otro lado, moviéndose como si olieran la sangre.

Ese dato me dio una punzada rara, como si la historia tuviera uñas y hoy decidiera probarlas en mi espalda.

Me ajusté los guantes.

Ty me dio un golpe en el pecho al pasar.

—Hoy no te tiembla nada, ¿vale?

—Corre y deja de hablar.

—Si la lío es culpa tuya —replicó con media sonrisa.

—Si la lías, te grito delante de todo el estadio.

Se rio y se colocó en su posición.

Miré a la banda un segundo.

Naomi estaba allí y creí ver que me sonreía. Fijo que eran alucinaciones, la única vez que la había visto hacer ese gesto estando yo presente fue cuando llevaba un chupito de más en aquel bar, y hoy no tenía aspecto de borracha.

Me giré hacia el huddle .

—Escuchadme —dije cuando nos juntamos—. Nada heroico. Nada bonito. Vamos jugada a jugada y los obligamos a venir a nosotros. No regalamos nada. Paciencia y mala leche.

Marcus asintió.

—Eso es lo mío. ¿Y si veo hueco?

—Lo ves dos veces antes de meterte —respondí—. No quiero orgasmos prematuros hoy.

Se escuchó un «hostia» ahogado por parte de Devin y alguna risa.

—Vamos a darles de comer césped hoy, es nuestro territorio y aquí no se pierde, ¿entendido? —profirió Jace desde el centro, y chocó el puño con el mío.

—¡Sí, capitán! —proclamamos.

Respiré.

Me coloqué bajo el center .

Las manos extendidas.

El mundo reducido a un balón, a diez tíos que confiaban en que no la cagara hoy y la certeza de que el error siempre era más ruidoso que el acierto.

— Blue eighty…, blue eighty…, set .

Snap .

El balón me golpeó la palma y el pocket se formó, imperfecto pero mío.

Vi la primera lectura cerrada, vi al linebacker flotando donde no debía y escuché, como un eco, la voz de Naomi: «no fuerces la profunda».

— ¡Kill! ¡Kill! —Cambié la jugada sobre la marcha y mi línea lo entendió al instante.

Ty me miró de reojo, sonrisa rápida, como diciendo «ah, vale, así sí, joder».

Solté rápido hacia la banda, corto y seguro. Cinco yardas y respiré.

El estadio rugió igual, porque ahí la gente no entendía de matices y porque una buena decisión se olía, aunque no supieran nombrarla.

En el siguiente snap , los Giants enseñaron presión.

El defensive end , Malik Turner, se abrió frente a EJ y me sostuvo la mirada con esa sonrisa de hiena que solo aparecía cuando creía que te había olido el miedo.

—¿Te acuerdas del opener pasado, Dalton? —escupió—. Tres intercepciones. Te desinflaste solo.

Sentí el golpe bajo el esternón.

—Hoy no te salva nadie.

EJ no apartó la vista del frente.

—Ni lo escuches.

Malik ladeó la cabeza, exagerado.

—Uuuh…, ¿ahora necesitas intérprete? ¿O te han puesto niñera este año?

Algunos Giants soltaron una risa cómplice.

Lo miré despacio, de arriba abajo, como si estuviera evaluando un electrodoméstico defectuoso.

—No. Pero si quieres, te traduzco yo algo —dije tranquilo—. El año pasado estaba verde. Este año estoy cabreado. Mala combinación para ti.

Malik sonrió, enseñando los dientes.

—Te voy a sacar del partido.

Me acerqué medio paso.

—Ven. Así practico lanzar con tráfico.

EJ soltó una risa grave dentro del casco.

—Eso es —murmuró—. Ladra más fuerte, chucho.

Malik dio un golpe contra el pecho de EJ.

—Me lo voy a llevar puesto.

EJ ni se movió.

—Pruébalo.

Volví al huddle .

Miré a los míos.

—Atentos a la derecha. Viene caliente. White eighty…, white eighty…, hut!

La presión vino por fuera. EJ absorbió el impacto y lo empujó hacia atrás como si lo estuviera borrando del guion. Di un paso hacia delante entre mis linieros, encontré espacio y armé el brazo.

Lancé por encima.

Cuando el pase cayó completo y el estadio explotó, busqué a Malik un segundo.

—¿Ves? —le solté mientras retrocedía—. Sin intérprete también entiendo cuándo alguien se queda sin aire.

EJ se colocó a mi lado.

—Eso es, Dalton —dijo bajo, casi orgulloso—. Que ladren.

Sentí el corazón intentando adelantarse al cuerpo y lo sujeté con los dientes.

«Hoy no».

Play-action .

Amagué la carrera. Hice el gesto de entregarle el balón a Marcus y la defensa picó.

El último hombre, el que estaba allí para cubrir el pase largo, dio medio paso hacia delante creyendo que íbamos a correr.

Ese medio paso fue todo lo que necesitaba.

Lancé. La espiral salió limpia, perfecta, atravesando aire y ruido.

Ty atacó la ventana y atrapó el balón con las manos duras.

—¡Vamos! —gritó mientras caía y el cuerpo del defensor lo arrastraba al suelo.

Me giré hacia la banda sin pensar y la vi.

Naomi, de pie, con los labios apretados y una expresión que no era sonrisa y tampoco seria, se asemejaba al… ¿orgullo?

Me dio el mismo tipo de subidón que un touchdown .

No porque necesitara que me aplaudiera, sino porque ella no regalaba nada.

Ni confianza ni elogios ni fe.

Si me miraba así era porque me lo había ganado, y ahora estaba convencido de que el partido era nuestro.

Avanzamos hasta estar a pocos metros de su línea de anotación, con carreras cortas de Marcus y pases rápidos, cuando la protección empezaba a cerrarse sobre mí.

En el tercer intento, ya casi encima de su zona, los Giants apretaron por el centro.

El ruido del estadio se volvió compacto, como si empujara desde fuera.

El reloj que marcaba cuánto tiempo tenías antes de sacar el balón, empezó a agotarse y el casco me pesó un poco más de lo normal.

—¡ Set !

El balón salió.

La presión me cayó encima.

Un paso atrás. Otro hacia delante. Esquivé un brazo que intentó agarrarme y avancé entre mis linieros buscando un hueco.

Entonces, vi a Jace soltarse de su marca apenas medio segundo más tarde de lo previsto.

Ese medio segundo era una eternidad allí dentro. Suficiente.

Solté el pase bajo, duro, a la altura del pecho.

Jace lo atrapó como si el balón fuera suyo desde que nació.

Touchdown.

Los Cowboys se vinieron arriba, el estadio explotó y yo levanté el puño sin pensar.

No celebré por show , celebré por supervivencia.

En la banda, Harlow no sonrió, pero su mirada dijo «bien, sigue».

El auricular me escupió la voz de Mac.

—Bien leído, Dalton. No te enamores de la jugada. Sigue tomando lo fácil si te lo dan.

—Lo sé —murmuré.

Y sí, lo sabía.

Porque Parks me lo había metido en la cabeza como una orden bonita: «vive para la siguiente».

El partido se volvió una guerra de desgaste.

Ellos respondieron con una posesión larga, avanzando poco a poco, desgastándonos, hasta cruzar nuestra línea y anotar. El estadio se quedó en silencio un segundo, como si alguien hubiera bajado el volumen de golpe.

Después sumaron tres puntos más con una patada limpia entre los palos.

17-14 en el descanso y el fantasma del año pasado intentó asomar la cabeza, ese «cuidado, que ahora viene la caída».

Me quité el casco un segundo, respiré y miré el videomarcador gigante.

Tenía el cuerpo empapado en sudor y hambre de victoria.

Me vi ahí arriba, enorme, como si la cámara quisiera recordarme que en el campo no había dónde esconderse.

—Eh. —Ty me chocó el hombro—. No te vayas, sigue con nosotros.

—Estoy aquí.

—No, cabrón. Aquí. —Se señaló el pecho—. Hazlo como lo estás haciendo, sin querer ser Levi o el quarterback más joven que llega a la Super Bowl.

—Tú calla y corre.

—A sus órdenes, general —se burló, y se rio, pero sus ojos estaban serios.

En el tercer cuarto volvimos con mala leche.

La defensa colocó a sus dos hombres más atrás, protegiendo el fondo del campo, pero uno de ellos reaccionó tarde cuando movimos la jugada hacia el centro, justo lo que Naomi me había advertido; parecía que el partido quisiera comprobar si yo había aprendido o solo estaba teniendo suerte.

No forcé.

No intenté el pase espectacular.

Descarté el envío largo y lancé corto, cruzado por el centro. Lo suficiente para avanzar y conseguir una nueva oportunidad.

Seguíamos vivos.

Marcus se llevó un golpe y se levantó riéndose.

—Esos hijos de puta me han intentado asesinar, QB, denuncia por intento de homicidio.

—Corre más rápido y ni te huelen.

—Eso díselo a mi desodorante.

Al final del tercer cuarto, clavamos un field goal .

20-17.

Y, entonces, llegó el drive que lo selló todo en el cuarto cuarto.

Balón en nuestra 35.

El estadio contenía el aliento y yo también, aunque no lo admitiera.

—Esto es tuyo —dijo Jace en el huddle , pasándome el testigo—. Mándanos.

Miré a cada uno.

—Quiero sangre fría —dije—. Quiero disciplina y quiero que, cuando os duela, os acordéis de por qué cojones estáis aquí.

Ty sonrió.

—¡Porque queremos una orgía de celebración en tu puto ático!

Marcus se relamió.

La línea asintió.

El balón salió.

Marqué el ritmo con la voz. Leí la defensa.

La protección aguantó lo justo, el tiempo necesario para decidir.

Vi el hueco junto a la banda y lancé hacia fuera, un pase que obligó al receptor a frenar, girarse y volver sobre sus pasos.

Después solté otro rápido por el centro.

Luego dejamos que Marcus avanzara por tierra.

Después fingí de nuevo la carrera. Ya estaban empezando a caer en la trampa.

Y, entonces, en una jugada corta, vi a Ty solo frente a su defensor.

Supe que era el momento.

Cambié el ritmo en la salida.

El balón llegó a mis manos.

Tres pasos atrás.

Lancé largo, no por lucirme, sino porque era la decisión correcta.

Ty aceleró.

El balón descendió limpio sobre él.

Devin organizó de puta madre la defensa.

Hawkins lo atrapó en carrera.

Siguió avanzando yardas.

El estadio se volvió un animal.

Touchdown .

Resultado final: 27-17 y Whitaker chupando banquillo.

Me quedé un segundo quieto, mirando el cielo falso del estadio, escuchando el grito de la gente y sintiendo que algo dentro de mí se recolocaba, como si el fantasma del año pasado se quedara sin sitio donde meterse.

Cuando el reloj llegó a cero, no salté como un niño, pero me temblaron las manos.

Harlow me agarró del casco y, por primera vez, su voz tuvo algo parecido al orgullo.

—Buen puto inicio de temporada, Dalton.

Tragué saliva.

Miré hacia la banda, buscándola sin permiso.

Naomi estaba ahí.

Me miró como si hubiera cumplido una apuesta silenciosa.

Y yo, con el pecho ardiendo, pensé una sola cosa.

«Ahora sí».

«Ahora que venga Whitaker a intentarlo».

Pero la vida es una hija de puta con buen timing .

Antes de que pudiera mantenerle la mirada un segundo más, alguien apareció a su lado.

Grayson Joneson.

Entró en su espacio con la confianza de quien no pedía permiso, la rodeó por la cintura y la levantó del suelo en una celebración exagerada, haciéndola girar como si el partido también fuera suyo.

Naomi soltó una risa breve, sorprendida.

No lo apartó y algo dentro de mí dejó de vibrar para tensarse.