CAPÍTULO 31
Valentino
El vestuario tenía ese zumbido previo al partido, como si el aire estuviera cargado de esa electricidad rara que solo aparecía cuando había un evento deportivo importante y el cuerpo ya había decidido que ese día no sentía miedo, solo hambre.
Me quité la camiseta de compresión con un tirón y la arrojé al banco, como si eso pudiera arrancarme también la semana de encima.
Porque había sido una semana larga, de las que te dejaban el cuello duro por dormir con el playbook en la cabeza y una rabia pequeña en el estómago que no se iba ni con pasta ni con café ni con sexo.
Naomi Parks.
Su maldita aplicación, que empezó como un chiste para el vestuario, de pronto se convirtió en algo que Mac repetía en la sala de quarterbacks con una seriedad que me ponía nervioso.
—Si te sale el blitz de nickel como te predijo ella, no te cases con la primera lectura, Dalton. —Mac Donovan lo dijo el jueves como quien te aconsejaba que te pusieras el cinturón porque venían curvas.
Y Harlow, que nunca le compraba flores a nadie, empezó a pedirle reportes en su tablet mágica antes de ciertas sesiones.
Lo vi con mis propios ojos, lo vio todo el mundo.
Ty Hawkins se lo tomó como un insulto personal al orgullo humano, luego se comió un par de rutas porque Parks le marcó un patrón de fatiga que él juraba que no existía y, de repente, la llamó «la bruja» con menos odio y más respeto.
Jace Rivera, el capitán, no decía mucho, pero cuando el tipo que mandaba en ataque callaba, el grupo asentía, el vestuario entero se ordenaba a su favor sin darse cuenta.
Y eso era peligroso. No me jodía reconocer que sus predicciones eran buenas, me jodía lo que venía después.
Grant Whitaker llevaba una semana entrenando como si le debieran mi puesto por contrato, como si el banquillo fuera una ofensa personal y como si cada repetición buena se tratara de un argumento legal para sentarme.
No hablaba de más, no me provocaba, solo ejecutaba para que los de arriba se sintieran orgullosos de su nómina infernal.
Su mirada llevaba desde el primer día calculando ruta para desbancarme y me aterrorizaba que los de arriba se lo creyeran.
Que empezaran a pensar que quizá el niño rubio, que vendía calzoncillos por su bonita tableta y hacía reír en las entrevistas, era sustituible si el tipo correcto encajaba mejor en la ecuación; el tío que tenía todas las papeletas de convertirse en el MVP de la liga si jugaba más que yo.
Si la app de Parks acertaba todas las predicciones y yo la cagaba en el primer partido, Whitaker no dudaría en agenciarse mi puesto, y si eso pasaba, yo tendría un problema de los gordos.
No pensaba dejar que me truncaran el sueño antes de vivirlo.
Me puse el pantalón de juego, ajusté la faja y noté el peso del silencio justo antes de que alguien lo rompiera con una broma fácil.
Marcus se miró al espejo y se levantó la camiseta.
—Como hoy no la meta, podéis llamarme «Paquete» toda la puta temporada —dijo Marcus, ajustándose la coquilla—. Y no del tamaño de mi rabo, precisamente.
Ty bufó.
—Tú en el último cuarto te vuelves loco. Ves un hueco y entras sin mirar si es culo o coño.
Marcus señaló con el pulgar hacia la zona del staff sin nombrarla.
—Eso lo dice la del iPad con pegatinas espaciales. Que me paso de rosca y luego me estampan contra el suelo.
—Lo que pasa —replicó Ty— es que te pones cachondo en cuanto hueles la end zone y se te apaga el cerebro.
Jace negó con la cabeza.
—Lee el bloqueo, animal. No el marcador.
Marcus me señaló con dos dedos.
—Hazme caso tú también, QB. Si me ves caliente, métemela corta.
—La jugada —añadió Ty sin mirarnos—. Está hablando de la jugada, por si a alguno le da por sacársela.
Las risas fueron sucias, rápidas, de las que picaban.
Yo no estaba para reírme, no del todo.
Porque debajo del casco, debajo del «vamos a comernos a esos putos Giants», estaba el fantasma de las navidades pasadas para recordarme mi primer partido.
La primera vez que tuve que ser el uno de verdad. Creí que podía cargar con eso como si fuera una mochila y salir airoso.
Qué ingenuo. Me pintaron la cara.
No porque no supiera lanzar, sino porque la presión me apretó el pecho hasta dejarme sin aire y cada snap se convirtió en una pregunta: «¿Y si no eres tan bueno como para sustituirlo?».
Me abroché las hombreras y apreté el velcro con más fuerza de la necesaria.
«Hoy no».
«Hoy no voy a dudar, si estoy aquí es porque lo merezco y punto».
Pensé en mi padre y en cómo todo lo que importaba en mi vida parecía necesitar su mirada para existir de verdad.
Quería que se sintiera orgulloso.
Quería que me viera levantando un trofeo y celebrar que algo se me daba bien.
Quería dedicarle a mi madre un logro de los grandes, aunque ella solo pudiera verlo desde el cielo.
Y eso solo podía hacerlo si jugaba, si dejaba a un lado mis mierdas y de descentrarme a la mínima ocasión que mis ojos colisionaban con Parks.
—Eh. —Una palmada me dio en el pectoral, directa, firme.
La mirada de Ty buscó la mía, era el más veterano.
—Has hecho una semana de puta madre, Dalton.
—No me vendas humo, Hawkins.
—No es humo. —Se inclinó un poco, como si el secreto necesitara proximidad—. Hoy te lo debes a ti, a Levi y a todos los que comimos mierda el año pasado. Gánalo.
EJ se acercó por detrás y me dio un golpe en el casco, todavía sin cerrar, de esos que dolían menos de lo que debería.
—Y si te pones nervioso, acuérdate de respirar. —Sonrió—. Yo te protejo.
Le saqué el dedo y él se partió.
Salimos al túnel.
El ruido del estadio entró como una ola: grave, vibrando en los huesos.
El AT&T Stadium imponía, aunque ya hubieras jugado en él.
Luz perfecta. Pantallas gigantes. Animadoras con pompones. Gente que había pagado para ver si yo era el futuro o un error caro…
Naomi estaba apoyada en la pared, preciosa como siempre y lista para fijarse en mi juego.
Apreté la mandíbula y pasé por su lado sin mirarla, como si ignorarla pudiera reducir el efecto.
—Valentino. —Su voz me atrapó por la espalda—. Espera.
«No te gires, no lo hagas, si te giras, la cagas».
Me detuve por inercia, como si gravitara a su alrededor y no pudiera evitar caer en su órbita.
La miré y vi algo contradictorio en sus ojos, algo que no era desafío ni burla.
Era… otra cosa.
—Si vienes a decirme algo que te haya podido soltar mi hermana…
—No. —Negó rápido—. Avery no tiene nada que ver. Yo… —Tragó saliva y la luz del túnel hizo que le brillaran los ojos de una manera que me jodió—. Confío en ti para este partido.
Se me aceleró el pulso porque no esperaba algo así después de lo que hice con su presentación.
Me quedé quieto, con el casco en la mano, como un idiota al que acababan de cambiar el idioma del móvil a coreano.
—¿Tú… confías en mí? —cuestioné sin dar crédito.
—Sí. Puede que te cueste creerlo porque tú y yo… En fin… Porque tenemos problemas para relacionarnos…
«Si tú supieras…».
Se acercó un paso, lo justo para que su perfume me diera una patada en las pelotas.
—Pero necesito que entiendas que van a intentar engañarte con presión falsa.
Si ves demasiados cuerpos cerrándose delante de ti, no te enamores del pase largo.
Cambia, suelta rápido y sigue vivo para la siguiente jugada.
O lo que viene a ser lo mismo: hoy no vale con ser una estrella fugaz, quiero que perdures hasta el final.
¿Por qué, lo que salía de su boca, mi mente lo llevaba al sexo?
«Porque has pasado de comerte a mujeres espectaculares sin repetir nombre a encerrarte solo con tu mano y su recuerdo en bucle. De follar sin pensar a pensar solo en follártela. Bonita evolución, campeón».
—Parks…
—Y una cosa más. —Me miró como si me estuviera clavando una coordenada en el pecho—. No esperes a ser el quarterback que crees que deberías ser. Sé el que eres cuando no intentas impresionar a nadie.
La frase me atravesó porque no podía dejar de pensar en impresionarla.
No supe qué decir, solo tragué aire.
—Hazlo. —Su voz bajó—. Déjame con ganas de ver al QB que sé que existe bajo el casco.
«No tienes ni idea de lo que existe bajo el casco».
El clic del cierre al abrocharlo sonó como una promesa.
—Si lo bordo es por pura supervivencia —le dije—. No quiero que tu guía interplanetaria me marque como objetivo prioritario en la reunión de mañana.
Le guiñé un ojo antes de darle tiempo a responder.
Y me fui al campo con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera salir a jugar también.