CAPÍTULO 30
Las pisadas resonaron sobre el mármol del pasillo privado antes de que cerrara la puerta con suavidad. No me gustaba el eco en esa ala del edificio. Demasiado hueco, demasiado vacío.
Me senté en el sofá de cuero y miré el campo desde la ventana. Las líneas blancas parecían trazadas con regla. Desde arriba todo parecía estable, previsible. Nunca lo era, hasta ahora, o eso pretendía.
Marqué el número y la voz respondió al segundo tono.
—Hola.
—Soy yo. —Solté el aire despacio—. Ha funcionado.
—¿En serio?
—Más de lo esperado. Harlow ya está aplicando sus simulaciones en los entrenamientos.
Hubo un breve silencio al otro lado.
—Entonces, ya no es «la chica de la app» .
—No, ya sabes cómo va esto, ahora es parte del staff .
—Eso era lo importante.
Apoyé los dedos sobre la mesa, era de roble macizo, de las que ya no se fabricaban.
—Cuando algo entra en rutina, deja de generar resistencia.
—Y cuando deja de generar resistencia, nadie cuestiona el acceso.
Miré otra vez el estadio.
—El domingo jugamos contra los Giants.
—Lo sé.
—El jueves publican las predicciones oficiales, las cifras que dicen cuánto se supone que va a lanzar, si habrá intercepciones, cuántos puntos esperan.
—Y, para entonces, ya sabremos si están mal calculadas.
—Exacto. —Hice una pausa más larga—. ¿Tienes claro cómo lo vas a mover?
—Por supuesto, me dedico a esto. No lo haré directamente. Nunca directamente. —Me incliné hacia delante—. Recuerda que no estamos tocando el partido. Solo vamos a anticipar lo que va a pasar. Intercepciones probables. Yardas por debajo. Ritmo ofensivo. No vamos a manipular el marcador.
—Jamás.
—Actuaremos sobre lo que lo rodea.
—Exacto.
—Si el informe dice que va a lanzar por debajo de su media…
—Se entra a que no alcanza sus yardas.
—Si detecta microduda…
—Se entra a intercepción antes de que lo ajusten. Antes de que corrijan las cifras.
Silencio. Mi respiración se había acelerado apenas.
—Veo que has hecho los deberes…
—Al final, todo se pega, y en mi casa no se habla de otra cosa, todo gira alrededor del fútbol. Da igual si son jugadores o animadoras, todo forma parte de la franquicia.
—Puedes respirar. No cambiaremos el partido, tampoco lo amañaremos, nadie podrá acusarnos nunca de eso. Lo que menos necesito son más escándalos familiares.
—Solo llegaremos antes que los demás, es sencillo.
—Es arriesgado.
—Todo lo que implica dinero lo es. Y es más arriesgado dejar pasar una ventaja así.
—Eso tiene nombre.
—Tiene muchos. Lo importante es que puede generar muchísimo en poco tiempo, justo como lo planeamos.
Pasé el pulgar por el borde de la madera pulida.
—Ella cree que está midiendo rendimiento.
—Lo está haciendo para que podamos medir otra cosa. ¿Y él?
—Conociéndolo…, pensará que ha modernizado la franquicia. Siempre quiso demostrar que era el más listo de la sala, lo cierto es que es el más fácil de entusiasmar, tiene el espíritu de un niño.
Silencio.
—Oye, todavía se puede parar.
—No.
—Si esto se tuerce…
—No se va a torcer. Como dijiste, no depende del marcador, sino del comportamiento, y ahora se puede prever.
Miré el campo una vez más y solté:
—Si la vida lleva estos años enseñándome algo es que el comportamiento siempre deja rastro.
—Entonces, seguimos.
—Seguimos.
Colgué.
Abrí la puerta. Las luces del pasillo se encendieron al detectar movimiento.
Abajo, un único jugador repetía una jugada una y otra vez. Como si el mundo girara alrededor de un simple balón.
En el césped solo se veía esfuerzo. Fuera de él se movía el dinero, y esta vez iba a por él. No se me iba a resistir este maldito juego.