CAPÍTULO 29
Naomi
Vivian.
Tacones bajos. Traje impecable. Carpeta bajo el brazo. El gesto exacto de quien medía cada palabra antes de pronunciarla…, y también las de los demás.
La hermana que no necesitaba elevar la voz para dominar una sala, le bastaba con usarla bien.
Se detuvo frente a mí. A su lado iba Stephen, el marido de Charlotte. Camisa arremangada, americana suspendida en el brazo, mirada analítica. El exadicto reconvertido en asistente leal. Un hombre que entendía de probabilidades y de mentiras.
—Naomi.
No fue una pregunta.
—Vivian. Stephen.
Me lo habían presentado la semana anterior.
Sus ojos recorrieron mi expresión con una precisión quirúrgica. Fue ella quien habló.
—Me he enterado de lo que ha pasado esta mañana. Lo lamento. ¿Ha sido muy desagradable?
Stephen guardó silencio. Observaba. No a mí exactamente, más bien mi reacción.
—Ha sido entretenido —respondí, restándole importancia—. Nada que no pudiera manejar.
Vivian alzó apenas una ceja.
—«Entretenido» no es la palabra que ha usado mi hermano.
Imaginé a Grayson relatando la escena en tono indignado.
—¿Y cuál ha usado?
—Inaceptable.
Sonreí sin poder evitarlo.
—Tu hermano tiende a la épica. Con el castigo de Harlow ha sido suficiente, doy fe.
Ella inclinó la cabeza, casi imperceptible.
—Te creo. Las mujeres solemos resolver este tipo de situaciones sin necesidad de hacer ruido, ellos necesitan hacerse los héroes.
Stephen intervino entonces, voz baja, modulada.
—He visto el vídeo manipulado. A mí tampoco me ha parecido aceptable.
Lo miré.
—Eso es porque no estudiaste en un campus lleno de atletas convencidos de que el ingenio se mide en decibelios y falos. No lo defiendo, pero existe. Lo relevante es qué haces después para que te respeten.
Vi una chispa de aprobación en el rostro de Vivian.
—Exactamente. Por eso aposté por tu proyecto, no vi solo una aplicación, vi criterio en tu carta de presentación.
Stephen añadió con aparente ligereza:
—El criterio se confirmará en los primeros partidos.
No sonaba a amenaza. Tampoco a apoyo.
—Por cierto —continuó—, deberíamos hacer que nuestro equipo de ciberseguridad revise tus dispositivos. Si alguien ha podido intervenir tu sistema, es una brecha. Y eso sí es inaceptable.
Ahí tenía razón. Le sostuve la mirada.
—Me ocuparé personalmente, gracias.
—No subestimes que hayan podido tocar tu entorno digital —insistió, suave—. Aquí no todos juegan limpio y debemos estar seguros de que nadie accede a información confidencial. Deja tus dispositivos mañana en recepción y se ocuparán.
Consejo. Advertencia. O simple recordatorio de jerarquías.
Vivian apoyó una mano breve en mi antebrazo. El gesto justo, medido.
—Tu proyecto es valioso, y no solo para ti. No está de más que nuestro equipo se ocupe, tranquila, es por la confidencialidad que merece.
—Lo sé. Gracias.
Se apartaron. Stephen sostuvo mi mirada un segundo más antes de seguir caminando. Esa vez no sonrió.
Me quedé un instante frente a las puertas del ascensor cerradas. En definitiva, querían mis dispositivos y a mí no me hacía ni puta gracia.
Aún no conocía a Charlotte.
Y, hasta el momento, salvo Grayson, ninguno de los Joneson me resultaba fácil de descifrar.
Demasiado educados, demasiado contenidos, demasiado conscientes del poder que ejercían y de que su palabra era ley en la franquicia.
Necesitaba relajarme un rato y no pensar, o al final mis neuronas cortocircuitarían.
Mi habitación me recibió con silencio alfombrado y aire acondicionado perfecto.
Me quité los zapatos con un suspiro largo y dejé el iPad sobre la mesa.
No estaba enfadada, me sentía… fortalecida.
Desabroché el chaleco y me dejé caer en la cama bocarriba. Repasé en mi mente el momento exacto en que decidí no ceder el poder.
Había esperado guerra, iba advertida. No tan teatral, pero batalla, al fin y al cabo.
¿Valentino?
Altamente probable.
¿Marcus?
Capaz. Muy capaz.
¿El núcleo duro entero?
Posible.
Pero los conocimientos aplicados eran muy avanzados, así que habrían contratado a un externo.
El sabotaje había sido bueno, demasiado.
Incrustación en caché, redirección espejo, ejecución autónoma. No era un script infantil. Había intención. Conocimiento.
Sonreí.
Había alguien inteligente al otro lado, y eso, lejos de ofenderme, me despertaba cierto instinto competitivo.
Si habían podido entrar, mi sistema tenía grietas y eso era inadmisible; iba a blindarlo por si a ese payaso se le ocurría volver a intentarlo. Además, iba a ponerle anzuelos; si picaba, solo tendría que tirar del hilo.
Me incorporé, abrí el portátil y revisé registros. Puertas traseras, permisos temporales, accesos indirectos. Encontré un par de vulnerabilidades que no me gustaron nada.
—Bien jugado —murmuré.
Pero no volvería a ocurrir.
Cerré el ordenador y cogí el móvil. Necesitaba con urgencia una llamada con mis amigas, las echaba demasiado de menos y el gimnasio podía esperar.
A esas horas, Cami y Avery ya deberían estar en la residencia. Las clases de su último año comenzarían la semana que viene, pero los entrenamientos con Volkova se iniciaron dos semanas atrás.
El FaceTime conectó al segundo tono.
Camila apareció primero, tumbada en su cama. Top corto, moños altos, piercings relucientes y sonrisa de chica sexy .
—¡Pero mira quién se digna a aparecer! La jedi de Texas. Estábamos que nos comíamos los muñones porque ya no nos quedan uñas.
Las suyas estaban pintadas, seguro que por la hermana de Thiago. Ella y Mason habían pasado las dos primeras semanas de agosto con su chico en casa de sus padres.
¿Quién dijo que tres fueran multitud? Ellos lo llevaban muy bien y me alegraba por mi mejor amiga.
Avery entró en pantalla, cayendo a su lado, compartiendo colchón. Pelo recogido en una coleta desenfadada y sudadera del equipo.
—Actualización inmediata —exigió—. ¿Sobreviviste a tu presentación de hoy?
—Sobreviví —respondí, incorporándome contra el cabecero.
Camila abrió mucho los ojos.
—Esa sonrisa es de victoria, no de supervivencia. Suelta.
Me conocía demasiado bien. Suspiré.
—Han intentado sabotear mi presentación.
Mirada cruzada. Avery se inclinó hacia la cámara:
—¿Perdona?
—PowerPoint manipulado. Audio pornográfico. Gráficos obscenos. Muy creativo todo.
Camila chilló.
—¡¿Qué?!
—Literal.
Les conté el show . El título. Las animaciones. Las carcajadas.
Camila estaba entre ofendida y roja de la risa, no sabía por dónde tirar.
—No puedo respirar. No puedo respirar. Eso es cine. Lo de las letras venosas estallando en lefa…
Avery no se reía tanto.
—¿Quién fue?
—No lo sé.
—¿Valentino? —preguntó ella demasiado rápido.
La miré.
—No tengo pruebas de que tu hermano haya estado involucrado, aunque tampoco dudas de que han sido los chicos del equipo.
No quería enfrentarlos.
—Como haya sido él, pillo un vuelo y lo mato.
Negué con la cabeza.
—Relájate. No tengo pruebas. Y no pienso abrir una guerra civil Dalton-Park. Además, quien lo hizo sabe demasiado. No es nivel «gracioso con portátil».
Avery se cruzó de brazos.
—No tienes ni idea. Mi hermano sabe hacer muchas cosas, con algunas alucinarías. Parece estúpido, sin embargo, no lo es.
—Ya, bueno, aunque no sea un idiota integral —respondí—, esto lo ha hecho un profesional.
Camila chasqueó la lengua.
—Vale, pero lo importante: ¿lloraste?
—No.
—¿Gritaste?
—No.
—¿Te fuiste?
—¿Por quién me tomas? Les di las gracias por la novatada y seguí con mi presentación desde el iPad.
Camila gritó.
—¡Se te ha caído la puta corona, reina!
Avery dejó escapar una risa corta y negó.
—Eso fue inteligente. Muy inteligente.
—Al final, tuvieron que escucharme. Y algunos se quedaron después para preguntar. Los milagros suceden.
—Los tienes en el bote, nena.
Camila se acercó a la cámara como si fuera a contar un secreto sucio.
—Vale, ahora lo importante de verdad. ¿A cuál te vas a tirar primero?
—A ninguno.
Respondí ahogada.
—No mientas en videollamada, canta mucho —dijo—. Plantilla NFL, duchas cerca, testosterona ambiental…, estadísticamente imposible que no quieras comerle el rabo a uno o a todo el equipo, ¿para qué descartar?
—Paso.
—¿Sigues desintoxicándote del imbécil del hurón? —preguntó—. Escúchame: página pasada, bragas bonitas y a provocar accidentes felices manteniendo lejos la lactosa. No todos los polvos tienen que terminar en cagada.
Rodé los ojos.
—Eres imposible.
—No, soy eficiente. Y te digo más: el sexo quita el estrés, mejora la piel y alinea los chacras del coño, pura ciencia.
—No todo el mundo vive en una orgía organizada, Cami —murmuró Avery.
—Lo dice la que no para de frungir con Jackass. El problema que tenéis las dos es que deberíais abrir las miras. No todos saben optimizar recursos —replicó, y enfocó la mirada en la capitana—. Tú, cuando pruebes combo completo, no vuelves atrás.
—Estoy perfectamente sin combos —bufó Avery.
—Eso lo dices porque no has tenido posibilidad de doble menú —contestó Camila—. Cuando tienes servicio prémium por ambos lados, cambias de religión.
—¡Cami! Deja de decir guarradas, que después Google no deja de mostrarme cosas innombrables.
—Arder, sudar y repetir. —Sonrió—. Aprovecha esas tetas mientras cotizan alto, Naomi.
Avery le dio un codazo.
—La vas a traumatizar.
—La estoy educando, hazme caso: tras, tras, tras por delante y por detrás. Canturreó.
Seguimos hablando casi una hora entre burradas, risas y amenazas explícitas de Camila de volar a Texas si alguien volvía a tocar mi trabajo.
Cuando la pantalla se apagó, el silencio volvió a la habitación.
Me quedé mirando el techo y solté una exhalación.
Ahora sí, la temporada estaba en marcha y yo lista para ser una más del equipo.