Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Naomi

No temblé.

Ni tras la broma, ni cuando empezaron a repartirse las tablets ni cuando algunas miradas siguieron clavadas en mí con esa mezcla de hostilidad y curiosidad mal disimulada.

Tampoco cuando Valentino dejó suspendida esa media sonrisa suya, fina, felina, convencido de que me habían puesto contra las cuerdas.

Si no había sido él, había sido Marcus o el comité oficial de idiotas creativos del vestuario. Incluso podía imaginarlos organizando una colecta para hackearme la presentación y colar efectos de sonido obscenos, creyendo que eso me haría salir corriendo.

No tenían ni idea.

Era Naomi Park. Máster en sobrevivir en entornos hostiles. Estratega de rol online y presencial desde que pude apuntarme al primer torneo. Exgimnasta rodeada de testosterona universitaria y cuentas bancarias con demasiados ceros. Una novatada con gemidos no iba a desintegrarme.

Lo único que conseguía era sacar a la jugadora innata que habitaba en mí.

No quise que Grayson interviniera por dos motivos. El primero, porque no necesitaba caballeros con traje. El segundo, porque castigar públicamente a los jugadores solo me enterraría más.

Yo no quería enemigos, quería margen.

Y para eso había que saber cuándo no disparar.

La mejor partida no era en la que arrasabas en el primer turno. Era la que ganabas cuando el otro ni siquiera sabía que había empezado. Sun Tzu lo dijo antes de que existieran los quarterbacks y los egos XXL: «someter sin combatir».

Respiré.

Deslicé el archivo desde mi iPad a la red interna. Vi como se cargaba en cada pantalla. Limpio, sin alineaciones con forma de pene. Sin circo, sin jadeos añadidos. Solo datos.

—Bien —dije, bajando del pequeño escenario—. Ahora podemos empezar.

Nadie se reía.

Ese fue el primer indicador positivo.

Proyecté la primera diapositiva real. Blanca, aséptica, libre de dibujos fálicos improvisados.

—Vamos a empezar por lo básico. Esto no va de metáforas de vestuario. Va de ganar partidos. Y eso, por desgracia para vuestro ego, no siempre depende del tamaño del brazo.

Hice una pausa mínima, pensando en qué diría mi amiga Cami en una situación así.

—Y no, no me refiero al tercero.

Risas suaves. No de burla, de compadreo.

«Bien. Has roto la tensión. No la jodas ahora».

Me moví despacio, controlando el ritmo. Como cuando entrabas en una mazmorra y sabías que cualquier paso en falso activaba una trampa.

—En el partido contra los Broncos mejorasteis la lectura del blitz interior en un 18 %. Eso no es espectacular. Es significativo. Y la diferencia entre segunda y ocho o tercera y quince es exactamente eso: significativa.

Vi varias expresiones cambiar. Esa microtransición en la que pasaban de «la chica de los gráficos» a «espera, habla nuestro idioma».

Deslicé el clip.

—Aquí —señalé con el puntero—, Dalton aguanta medio segundo más antes de lanzar. No fue brillante.

Lo miré. Mandíbula tensa.

—Fue inteligente, y eso mantuvo vivo el drive .

Harlow asintió apenas. Valentino no sonrió. Tampoco se burló. Eso ya era avance.

—Ahora —continué—, vamos a lo que me interesa.

Reproduje la jugada en la que él me miró desde la banda. Congelé el frame .

Silencio absoluto. Mi corazón golpeando en la vena de mi cuello. ¿La vería desde esa altura? Seguramente, aunque no me importó por mucho que mi cerebro pensara en su lengua sobre ella.

—Microduda —expliqué—. No es técnica. No es brazo. Es interferencia cognitiva.

Nadie habló.

—No es un ataque personal, Dalton —añadí—. Es un patrón, y nombro a nuestro QB1, pero muchos de aquí lo tenéis. Al correr, al recepcionar, al patear. La presión no siempre viene del rival. A veces viene de cosas que no hemos resuelto y que aparecen justo cuando más claridad necesitamos.

Me crucé de brazos un segundo, esperando alguna salida de tono; no la hubo, respiré.

—Si queremos competir de verdad, tenemos que identificar esos disparadores y neutralizarlos. Y si en un partido no podemos hacerlo, darle al entrenador la opción de sentarnos. Eso no es debilidad, eso es equipo, y es necesario que lo comprendáis si el objetivo común es llegar a la Super Bowl.

Recorrí la sala con la mirada.

—Mi trabajo no es dejaros en evidencia. Es evitar que lo hagan los otros y veros alzar el maldito anillo.

La energía cambió de forma sutil. Como cuando ajustabas una frecuencia y, de pronto, todo encajaba.

Un receptor levantó la mano.

—¿Y cómo se neutraliza eso?

Sentí una pequeña explosión de dopamina. Pregunta técnica, interés real.

—Entrenamiento específico bajo ruido emocional. Simulaciones, repetición guiada y, por supuesto, conversaciones incómodas conmigo para detectar qué os dispara esa interferencia.

Miré hacia el fondo.

—No todo se arregla levantando más peso.

EJ sonrió. Marcus, sorprendentemente, guardó silencio.

Harlow dio un paso al frente.

—Muy bien, señorita Park. Implementamos las simulaciones desde mañana. Veremos si el primer partido mejora y logramos un resultado mejor que el año pasado.

Sus ojos se desviaron hacia Valentino. Él seguía inexpresivo.

Quince minutos después, terminé la presentación. Cerré el archivo. El nudo que llevaba en el pecho ya no estaba.

—Gracias por escuchar, que vaya bien el entrenamiento.

No hubo aplausos. Tampoco carcajadas.

Mac los envió al vestuario recordándoles que, aunque yo hubiese decidido no escalar la novatada, él sí pensaba recuperar los veinte minutos perdidos con burpees extra.

Protestas, lamentos y quejidos que me hicieron sonreír. Equilibrio restaurado.

—Me has dejado alucinado —dijo Grayson a mi lado—. Por el dominio, por no venirte abajo y por el análisis. Enhorabuena.

—Solo hacía mi trabajo.

—De eso nada. Te los has metido en el bolsillo.

—Algunos. Los demás necesitarán tiempo. No voy de farol, pero tampoco llevo capa.

Él sonrió.

—Me gusta que seas realista. Lo del sabotaje no va a quedar así.

Lo miré.

—No necesito una caza de brujas.

—No es por ti. Es por el mensaje. Hay cosas que no se toleran, y una es dejar en evidencia a miembros del staff frente al jefe.

—Harlow y Mac ya se encargarán. Prefiero zanjarlo aquí, si no te importa.

—Si fuera por mí, los sentaría sin jugar.

—No puedes quedarte sin equipo por orgullo.

Suspiró, teatral pero contenido.

—Acepto tu resolución… si comemos juntos. Necesito supervisar que no sobrevives solo a base de cafeína.

Arqueé una ceja.

—Soy más de matcha . ¿Comida a cambio de autonomía?

—Comida porque me apetece pasar tiempo contigo.

Ahí estaba. El tono ligeramente más personal y bajo.

Y sí, a mí también me resultaba agradable pasar tiempo con él. Era fácil hablar y estaba sola en Dallas. A falta de amigas…, bueno es un buen jefe.

—Vale. Pero rápida.

—Una que te permita hacer la digestión sin que se te corte. Luego nos vemos, ahora me debo al comité de expertos y a papá, que está deseoso de recibir noticias.

—Suerte.

Me guiñó un ojo y se fue escaleras arriba.

En cuanto salí, dos jugadores se acercaron.

—Buen análisis, Park.

—Lo del clip fue útil.

Asentí.

—Gracias, espero que podáis aplicarlo. Disfrutad con los burpees .

Pusieron cara de torturados y se marcharon al trote.

Salí por la puerta lateral del edificio unos instantes. El aire de Dallas me golpeó en la cara. Cálido, con aroma a asfalto perpetuo.

Había superado la emboscada. No me redujeron a meme y gané terreno.

Respiré profundo.

Estaba al principio de algo grande, podía sentirlo en el pecho.

Pensé en mis amigos, en Sienna, Thiago y Landon.

Hacía unos meses ganaron un premio nacional gracias a su proyecto conjunto, y aunque varias marcas les hicieron una oferta, se decantaron por seguir trabajando juntos en su idea.

Estaban creando una marca propia para asesoramiento sin exclusividad, era inteligente porque así no se ataban a ninguna y llevaban las riendas.

Su objetivo final era un proyecto benéfico, hacer llegar el deporte con becas y ayudas a chicos y chicas con riesgo de exclusión social, por lo que necesitaban dinero, más allá del de las donaciones o lo que pudiera darles el abuelo de Landon.

Todo estaba en fase embrionaria, quizá podríamos colaborar y que los Cowboys contribuyeran a su causa; nada como una causa social para limpiar la imagen pública. Un win to win .

Thiago era el mejor en cuanto a incrementar el rendimiento en atletas, me vendría bien su opinión profesional.

Datos conectando con datos. Les haría una llamada, y si les parecía interesante, le hablaría a Grayson de ellos durante la comida.

Volví al interior del edificio con la cabeza despejada.

Había entrado en los Cowboys por la puerta de «intrusa» y ahora se me abría la compuerta de «parte del sistema». Debía seguir currando hasta desbloquear la de «equipo».

El resto de la mañana fue intensa.

Para no variar, estuve presente en el entrenamiento.

Ritmo alto, silbatos, correcciones, decisiones repetidas hasta que dejaban de ser impulsos y empezaban a ser elecciones.

Los entrenadores implementaron algunos de mis consejos y yo pasé de observadora a pieza activa sin que nadie lo anunciara en voz alta.

La comida con Grayson fue otra cosa. Breve, sí, pero menos profesional de lo que debería. Demasiado fácil hablar con él y sugerirle la participación de mis amigos, que, cómo no, vio con buenos ojos y me prometió que lo comentaría en la próxima reunión.

Era demasiado cómodo reírme cuando llevaba horas conteniendo tensión, y eso me hacía mirarlo con otros ojos que no debería. Sobre todo, porque al otro lado del comedor alguien no nos quitaba la vista de encima.

Cuando cerré el último informe del día, lo que sentía no era orgullo. Era agotamiento… y una ligera alerta encendida que no estaba segura de cómo etiquetar.

Por fin había terminado mi jornada laboral.

Fui al ascensor del edificio administrativo para bajar e ir al hotel, y fue entonces cuando la vi.