Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Valentino

Las luces se apagaron y el proyector zumbó, ese sonido de máquina vieja que prometía desgracias modernas.

Naomi estaba de pie junto a la pantalla, con la espalda recta y la barbilla en su sitio, chaleco beige , blusa blanca, el pelo recogido y su apreciado iPad.

Tenía esa calma de gente que venía con los deberes hechos y la mala costumbre de no temblar, aunque tuviera a veinte tíos mirándola como si fuera un nuevo tipo de amenaza.

Lo peor era que su intención se encontraba ligada a que pensáramos que estaba de nuestro lado. Seguro que para ella era así, el problema venía en que la realidad siempre traía consigo dos versiones paralelas.

A su derecha, Grayson Joneson sonreía con el modo «propietario de franquicia en prácticas» activado, cerca, pero sin tocarla, demasiado cerca para mi gusto, con esa energía de niño bonito rehabilitado que te pedía que lo aplaudieras porque ese día había decidido ser útil. Menudo pedazo de cabronazo.

Yo estaba sentado dos filas atrás, con la espalda hundida y la cara de póker que me había puesto desde que entré… y con el plan ya mordiendo dentro como un pitbull con correa corta.

Marcus se inclinó hacia mí y me soltó un codazo de los que se daban antes de una pelea.

—¿Qué cara es esa?

—Cara de aprendizaje colectivo.

—Eso suena a «por fin voy a liarla» —susurró, y sonrió.

—Eso suena a «mira, calla y celebra».

Ty, delante, se giró lo justo para mirarme por encima del hombro.

—¿Qué hay que celebrar?

—Después lo hablamos en el bar.

Mac carraspeó para que calláramos y lanzó una mirada de «no empecéis». Harlow ni miraba, estaba con la mandíbula apretada, el gesto de entrenador que olía a problema y decidía esperar a que el problema se confesara solo.

Naomi carraspeó con el puntero láser en la mano.

Ya habíamos pasado de la fase «buenos días» y un par de «qué pasa».

Ella sonrió apenas mientras imágenes y música se ocupaban de la intro. Un gesto pequeño, el ambiente hostil le daba igual, ya se había acostumbrado a nuestro cariño extremo.

—Sé que a esta hora preferiríais estar en cualquier otra parte, no obstante, pretendo mostraros que nada os conviene más que estar aquí —continuó—.

Voy a ser directa. He estado analizando patrones de toma de decisiones bajo presión y hoy os voy a enseñar cómo podéis mejorar como equipo sin cambiar quiénes sois.

Grayson la miraba como si fuera a darle un premio, uno que acabara con Naomi entre sus sábanas.

Yo la miraba como si fuera a robarle el oxígeno o a cargarla sobre mi hombro para alejarla cuanto antes de ese malnacido.

El primer par de diapositivas eran suyas, necesitaba que se confiara.

Marcus se inclinó otra vez.

—¿Seguro que vas a putearla? Porque no lo parece… Te juro que, si esta tía me dice otra vez que me acelero en el cuarto y me saca de ejemplo, la lanzo al río Trinity.

Naomi no lo oyó, o eso creo.

—No seas impaciente —mascullé.

—Lo primero —dijo, señalando la pantalla— es entender que la presión no es solo física. Es cognitiva, es emocional, y eso afecta a la mecánica del juego.

Harlow levantó una ceja, Mac cruzó los brazos.

Algunos rookies asentían como si supieran lo que era «carga cognitiva» y no fuera el nombre de un suplemento.

Yo miré el reloj.

La cuenta atrás era íntima, un placer privado. Daba igual que fuera en mi cuarto de juegos o aquí, al final, Naomi Park siempre era el objetivo.

Ella se giró para contemplar la siguiente diapositiva, que cambiaba sola al ritmo de sus palabras; todo lo tenía medido, estudiado, o eso pensaba.

Aguanté la sonrisa por puro orgullo.

Naomi siguió con su tono de «no vengo a tocar los huevos, vengo a haceros ganar», y por un segundo —solo un segundo— me dio una punzada rara. Porque era verdad, porque ella creía en su proyecto y porque yo iba a hacerle lo contrario delante de todos.

No me dio tiempo a sentir culpa.

La pantalla parpadeó.

Tres.

Dos.

Uno.

Negro.

Un murmullo recorrió la sala como una ola.

Naomi giró la cabeza hacia la cabina técnica, no alterada, solo alerta.

Clic.

Arrancó mi archivo y, con él, el título:

Optimización de la penetración en línea ofensiva.

Visualmente, nuestro esquema de ataque… tenía una forma inequívoca que no daba polla por liebre.

Silencio.

Ese silencio denso de vestuario cuando alguien soltaba una barbaridad y todos necesitaban medio segundo para confirmar que no lo habían imaginado.

Un casco cayó al suelo con un clonc seco.

Alguien tosió cerveza donde no había cerveza.

Una silla chirrió.

—¿Somos un puto rabo gigante? —susurró alguien desde la izquierda.

Devin, nuestro tight end , se recolocó en la silla y carraspeó con solemnidad de comentarista de bar.

—Eso parece. Creo que la señorita Park ha pretendido decirnos que somos la polla y vamos a follarnos a nuestros rivales.

Las risas entraron como presión de blitz , primero dos, luego cinco, después toda la línea.

Naomi parpadeó.

Un solo parpadeo, pupilas abriéndose. Mandíbula tensándose medio milímetro.

Sorpresa real, registrada, procesada. Porque esa imagen estaba manipulada, ella lo sabía, Harlow lo sabía, Mac lo sabía y todo el equipo lo sabía. El único que todavía parecía en la inopia era Joneson, aunque no tardó en darse cuenta de que algo ocurría, sin saber muy bien qué.

—Silencio —profirió—. Dejad que la señorita Park hable.

La palabra «penetración» empezó a agrandarse sola, cubierta de venas animadas, palpitando como si el puto PowerPoint tuviera pulso propio. Creció, se engrosó, vibró y estalló, llenando la pantalla de una salpicadura blanca que sirvió de transición al más puro estilo lefa.

Un «puaj» colectivo recorrió la sala.

—Joder, teníamos los huevos llenos, al parecer… —Ty se tapó la boca con la mano, hombros temblando, intentando no descojonarse delante del staff —. Perdón, coach , perdón, nos ponéis ciertas imágenes y palabras y nos volvemos unos putos críos.

Harlow no se reía.

Pero el tic en su mejilla izquierda decía que estaba a un mal comentario de matar a alguien o de despollarse vivo.

Siguiente diapositiva.

Penetración profunda sostenida.

Marcus soltó aire por la nariz igual que un toro antes de embestir.

—Al parecer, aquí no sufrimos de eyaculación precoz. Se ve que hemos mejorado nuestra excitación en el cuarto tiempo, ¿verdad, señorita Park?

Naomi lo fulminó con la mirada. No fue teatral, más bien una estocada de espada láser en toda regla.

—Eso no es…

No terminó la frase.

Una música de tiovivo —alegre, infantil, enferma— invadió los altavoces y dio paso a un gráfico de barras que subían y bajaban al ritmo de una respiración femenina sintetizada que dio pie a que empezara a jadear.

—Más profundo…, más constante…, no os detengáis…, así… ¡¡¡¡Así!!!!

Las barras blancas y azules empezaron a llenarse de imágenes de arcade ochentero, jugadores pixelados, vestidos de nuestros colores, cayendo sobre ellas con las piernas abiertas en modo rodeo porno de videojuego barato.

La sala explotó. Carcajada nuclear colectiva. Golpes en mesas.

Uno de los linebackers tuvo que secarse las lágrimas.

—Madre mía, me estoy poniendo palote —masculló Jace.

Harlow parpadeó lento. Su cerebro necesitaba reiniciar.

El jefe echaba humo por las orejas, literalmente rojo al darse cuenta de que definitivamente algo iba mal.

—¡Reynolds! —voceó, alzando la barbilla—, dime que no has sido tú.

Mark levantó las manos con pinta de estar en un puto atraco.

—Yo cargué el archivo y bajé al baño treinta segundos, le juro por mi madre que no soy responsable, señor.

Naomi seguía quieta. Ni roja ni temblando, y eso era lo que más miedo daba.

Sus ojos no miraban la pantalla. Nos miraban a nosotros. Fila por fila. Cara por cara. Tomando muestras, como si estuviéramos bajo microscopio, casi seguro que a la caza del culpable.

Siguiente imagen.

Un quarterback arrodillado, que se parecía bastante a Grant, ante una gráfica ascendente.

Texto emergente:

Trust the data, mommy?

Marcus se dobló sobre sus rodillas.

—Nooo —susurró entre risas ahogadas—. No has sido capaz de hacerle esto al puto Whitaker. «¿Confía en los datos, mami?». Esto es arte, arte ofensivo del bueno. ¿A quién le has pagado por esta maravilla? Le debo una cerveza, o un barril.

La mayoría del equipo ya estaba muerto. Literalmente inclinados sobre sí mismos, incapaces de aguantar.

Naomi subió las escaleras hacia la cabina técnica con paso firme. Cada paso que daba parecía decir: «Control de daños».

—Esto está manipulado —informó, clara, sin excusas en la voz.

Reynolds tecleaba como si el portátil le debiera dinero.

—No responde, no responde, no responde…

Intentó resetear. Nada.

Intentó forzar el apagado del sistema.

Pantalla negra.

Un segundo glorioso.

Yo sabía que no duraría y, aun así, sentí el placer físico de la falsa esperanza de Joneson.

Porque lo que había hecho no estaba en el USB.

Ese solo era el anzuelo. El contenido estaba incrustado en la carpeta temporal del sistema de proyección y redirigido a la caché interna.

Espejo activo, ejecución fantasma. Como una cola de lagartija digital: la separabas del cuerpo y se seguía moviendo descontrolada.

La pantalla volvió.

Nueva voz masculina grave:

—Castiga esa métrica…, hazla subir…, más duro, coach…

Gemido de fondo. El entrenador se puso de pie de golpe.

—¡¿Qué demonios es esto?!

Y, entonces, salió mi imagen en el pocket , con un círculo en la cintura y letras flotando, cuando di dos pasos atrás para arrojar el balón:

Controla la penetración antes de lanzar.

Su mirada se clavó en la mía y no pude contenerme.

—Una indirecta bastante directa, Parks, ¿tiene algo que decirme? —solté, apoyando los codos en las rodillas, sonrisa torcida, chulería calibrada.

El vestuario explotó otra vez, pero yo ya no me reía tanto. Porque vi el cambio. Ya no había sorpresa en su cara. Ni desconcierto. Solo encaje. Y decisión.

Naomi bajó despacio al centro del escenario. Ni apresurada ni rígida. Despacio, dueña del ritmo.

Respiró, sonrió y empezó a aplaudir. Cada palmada cortando el aire como un snap limpio.

—Vaya —dijo—. Qué mentes más privilegiadas tenemos en este equipo. Coordinación. Sincronización. Ejecución. Si jugaran así cada domingo, no necesitarían mis análisis.

El volumen cayó en picado.

Las risas se apagaron como si alguien hubiera desenchufado la corriente.

—Había escuchado que las bienvenidas a los Cowboys eran creativas, pero esto supera a los globos con alquitrán o chile en el enjuague bucal. Les doy mi enhorabuena. O mejor, os la doy. Tras la novatada inicial, supongo que ya me consideráis un miembro de la familia y podemos tutearnos.

Marcus dejó de reír.

Literalmente, se quedó congelado, con media sonrisa atrapada en la cara.

—Si este es el nivel de guerra psicológica —siguió ella, paseando la mirada por cada fila, como si nos estuviera pasando lista—, voy a disfrutar muchísimo trabajando con vosotros.

Confieso que esperaba bastante menos nivel.

Así que, enhorabuena: solo habéis perdido veinte minutos que estoy segura de que el entrenador os hará reponer.

Algunos se removieron en las sillas.

Ty dejó de mirarme de soslayo y se centró.

Yo sentí algo incómodo en el estómago. No culpa, algo peor. Respeto. Naomi Park los tenía cuadrados.

—Ahora —añadió tranquila, como si acabara de explicar una receta—, si me dais cinco minutos, os enseño la versión real.

La que gana partidos. Y que, por suerte, tengo en mi iPad.

Como no quiero corromperlo, os mandaré la presentación directamente a vuestras tablets , las que usáis en los partidos.

No será tan espectacular, pero sí igual de eficaz.

Pausa.

Dominio absoluto del silencio.

—Entrenador Harlow, ¿puede pedir que las traigan?

Él sostuvo su mirada un segundo largo, evaluación pura y respeto.

—De inmediato.

Grayson se acercó a ella. No podía oírlo desde mi sitio, pero leer labios era una habilidad que me iba de cojones siendo quarterback; menos mal que tenía visión de campo de puta élite.

—Naomi, déjame que ponga fin a todo esto. Voy a hundir al que…

Ella lo cortó sin subir la voz.

—No. Si intervienes, no van a tomarme en serio nunca. Quiero hacerlo a mi manera, por favor. Llevo toda la vida rodeada de deportistas, aunque no lo parezca, soy una de ellos, solo que todavía les cuesta asumirlo.

No suplicó, no pidió ayuda ni exigió castigos. Podría haberlo hecho. Solo marcó territorio.

Grayson asintió y dio un paso atrás. Pero la forma en que recorrió la sala con la mirada no fue elegante. Fue amenaza directa, pura jerarquía. Y eso me dio un pinchazo que no me gustó nada.

Ella no estaba huyendo, no estaba derrotada, no estaba llorando en el baño.

Había convertido mi sabotaje en escenario, y ahora estaba usando ese escenario para darnos una lección.

Me había robado el partido en mi propia casa. Eso no estaba en el plan, y lo peor era que no podía sentirme más orgulloso.

Estaba jodido.