CAPÍTULO 26
Naomi
Machacarme en el gimnasio y descargar con Val Daver fue justo lo que necesitaba. No lo que esperaba. No lo más ortodoxo. Pero sí lo más efectivo para rebajar el mal humor que el nubarrón de Valentino había descargado en mí.
Dormí como si alguien me hubiera desenchufado del sistema.
Todavía podía recordar el modo en que mi cuerpo reaccionó, las contracciones de mi útero a la par que su respiración indicándome que iba por el mismo camino que yo.
Su voz grave se me quedó pegada por dentro como un eco.
No fue solo sexo o un roleplay caliente.
Era rendición controlada. Era apagar el fuego que Dalton prendía en mi mente.
Durante unos minutos no fui la analista, ni la chica nueva ni la rara ni la que tenía que demostrar nada.
Solo fui ReyParks, pulso y piel al servicio del lado oscuro.
Y eso me devolvió el centro.
El resto de la semana lo pasé muy enfocada en recabar la información que necesitaba antes de la exposición frente al equipo y mi jefe, el martes.
El domingo, en el último partido de pretemporada, los Cowboys jugaron contra los Broncos. Si algo tenían bueno esa temporada era la defensa. Rápida, agresiva y con tendencia a apretar cuando el quarterback respiraba medio segundo de más.
Emplearon bastante Cover-3 y paquetes nickel , que al principio de la pretemporada yo pensaba que era el nombre de una bebida energética o una estrategia de marketing con monedas de cinco centavos.
Después de un mes encerrada con los playbooks ofensivos del equipo, varios manuales básicos de coberturas defensivas y vídeos pausados hasta la obsesión, ya sabía que significaba tres profundos cubriendo el campo y cinco defensive backs en el terreno.
Más velocidad, más ojos, más presión sobre la lectura.
Es decir: defensa en modo jauría. Si dudabas, te cazaban.
Y, para sorpresa de nadie, Valentino respondió mejor.
No estuvo sentado todo el partido como en el anterior. El reparto fue bastante claro: Dalton jugó aproximadamente el sesenta por ciento de los snaps ofensivos y Grant Whitaker el resto. Rotación típica para cerrar evaluación antes del inicio oficial.
Y hubo diferencia.
Más foco, más paciencia en el pocket . Menos necesidad de lanzar el balón como si fuera el último drive de la Super Bowl, aunque sin restarle agresividad a momentos que muchos catalogarían de brillantes.
Conectó un pase profundo en el segundo cuarto leyendo bien la cobertura, aguantó un blitz por el interior sin precipitarse y gestionó un two-minute drill con una calma que no había visto la semana anterior.
Traducción: le apretaron, lo encerraron y, en vez de ponerse creativo, hizo lo que tocaba. Pensó antes de lanzar. Milagro.
Salvo un error en el tercer cuarto.
Protección correcta. Ventana abierta por fuera. Dudó medio segundo.
Y me miró.
No fue evidente para nadie más, ni siquiera para mi jefe, que se había aproximado para saludar. Para mí, sí.
Nuestros ojos se cruzaron y su mecánica se alteró lo justo para que el pase saliera medio palmo alto, incompleto. No fue grave, no fue decisivo, pero fue real y confirmó mi hipótesis.
Su problema no venía de la técnica. Era interferencia emocional no resuelta, y debíamos solucionarlo fuera como fuese.
Toda la mañana del lunes estuve encerrada, trabajando frente al portátil. Volcando datos, ajustando métricas, clips, patrones de respuesta bajo presión, mapas de toma de decisiones, correlaciones entre carga emocional y microerrores de ejecución. Evidencia, no intuición.
Solo rompí el encierro para comer con Grayson e ir un rato a entrenar.
Fui a la sala de pesas cuando los chicos ya habían abandonado las instalaciones y después hice unos largos en la piscina.
Solo me quité el cloro porque por la noche decidí que lo mejor era darme un baño largo, agua caliente hasta el cuello, luces bajas, respiración consciente, repasando mentalmente el discurso.
Hoy era el gran día.
Le había pasado el pendrive al responsable de vídeo del equipo —Mark Reynolds, coordinador audiovisual— para que cargara la presentación en el sistema de la sala. Después me fui a desayunar. Todo listo: clips sincronizados, telemetría superpuesta, comparativas de rendimiento y propuestas de ajuste.
Comí ligero. No por nervios, sino por estrategia. Cuando tenías que hablar delante de veinte egos de élite, no era conveniente pelear también con la digestión.
Los jugadores fueron entrando en la sala poco a poco. Bromas, choques de manos, olor a café fuerte y proteína. Pantalla grande preparada. Proyector encendido. Todo bajo control.
«Respira, Park. No vienes a señalar. Vienes a sumar».
Me vestí para la ocasión. Pantalones de lino beige , blusa blanca y chaleco a juego. Armadura corporativa modo elegante.
Valentino fue de los últimos en entrar, y cuando lo hizo, mi pulso traicionó a mi sistema nervioso antes de que mi lógica pudiera intervenir.
Un golpe seco. Otro.
No quería tener esa reacción. La tuve igual.
Entró con expresión neutra, mandíbula tensa, camiseta de entrenamiento pegada al pecho, energía contenida de depredador mal dormido. No me miró al principio. Dejó la botella del batido sobre la mesa, se sentó y entonces sí.
Sus iris azules se encontraron con los míos.
Calor instantáneo. Fricción. Recuerdo corporal activo.
¿Por qué el traidor de mi cuerpo reproducía escenas de una galaxia muy muy lejana?
Pantalla. Respiración. Orden.
«Concéntrate, Naomi. Es un capullo».
No sabía qué versión de él iba a presentarse ese día. El quarterback arisco. El provocador. El hombre que me puso de rodillas en aquel baño y al que yo…
«¡Basta!».
Solo debía entender una cosa: todo lo que iba a decir era para ayudarle a ganar. Nada más.
La puerta volvió a abrirse y Grayson entró con su energía clara de siempre, traje sin corbata, carpeta bajo el brazo. Me buscó con la mirada y sonrió al verme lista junto a la mesa.
Se acercó sin invadir, tono bajo, cómplice.
—Relájate —me dijo cerca del oído—. Vas a clavarlo.
—Eso espero —respondí—. Si no me tiran los restos de comida que llevan en las manos, me doy por satisfecha.
Sonrió.
—Si algo vuela hacia ti, yo me ocupo. Jugué al béisbol en el instituto y era bastante bueno con el guante.
Y, por alguna razón, le creí.
No vi la expresión de Valentino en ese momento, pero la sentí, o tal vez fue mi imaginación.
🏈📱🏈📱🏈
Valentino
La semana había mejorado desde que la hice correrse diciendo «sí, señor…», aunque no con mi nombre real.
La vida era una comedia escrita por un guionista de ciencia ficción bastante ebrio y con problemas serios de coherencia moral.
El resto de la semana hasta el partido entrené mejor.
La charla de Levi, versión «deja de pelearte con el mundo y juega al puto fútbol», funcionó.
Mano dura, cero terapia. Cuando dejé de pensar en Parks de día —para cascármela de noche—, el campo volvió a ir a cámara lenta.
El ruido bajó. Las rutas se abrieron como si alguien hubiera subido el contraste.
Contra los Broncos no jugué perfecto, pero sí como QB1.
Que era distinto a jugar bonito, era jugar con autoridad.
Tuve un mensaje claro por parte de Harlow al darme un veinte por ciento más de snaps . Mi puesto no estaba en subasta… todavía. Whitaker cumplió, pero el equipo respiraba distinto cuando yo estaba en el pocket , y eso se notaba hasta en el agua de la ducha.
En el vestuario, Ty me dio una palmada en el casco.
—Mira quién ha dejado de jugar como influencer y ha vuelto a jugar como cabrón —dijo. Sabía que su comentario venía por la campaña de Calvin Klein que me habían ofrecido.
—Vete a la mierda, ya vendrás a pedirme calzoncillos, ya…
—Con cariño. —Me lanzó un beso, que atrapé al vuelo y me lo restregué contra la polla con teatralidad.
Marcus se partía el culo.
—Hawkins —llamó a Ty—, alguien quiere tu boca en sus pelotas.
—Ni aunque supliques te como los huevos, chaval. —Le hizo una peineta.
Todo volvía a su lugar. O eso parecía.
Salvo porque hubo un instante, una maldita fracción de segundo en el tercer tiempo, en el que desvié la mirada hacia Parks al ver al maldito Joneson acercándose demasiado a ella en la banda.
No la cagué por mirarla.
La cagué por la mala hostia que me entró al verlo cerca.
Mi pase salió con un punto extra de rabia, medio grado más alto, y el receptor tuvo que estirarse como si estuviera pidiendo un milagro.
Error técnico provocado por aquel dandy cabrón.
Y ella ajena a que estaba cayendo en su tela de araña.
Mucho jadeo con el lado oscuro, pero cuando el jefe hacía acto de presencia se le jodía el radar.
Lo tenía configurado en modo avión cuando se trataba de ese tío, así que lo mejor era sacarla de su espacio aéreo.
El domingo por la noche salí con los chicos a celebrar. Marcus contó tres chistes sobre analistas, dos sobre Excel y uno sobre «penetración de huecos» que casi me hizo escupir la bebida.
Aunque lo que hicieron fue traer su imagen de vuelta. La de Naomi, no la del capullo con americana.
Seguía viéndola.
Su cara cargada de placer. Su boca llena de jadeos. Sus rodillas abiertas en la pantalla, acariciándose con mi puta cabeza.
Su respiración cuando perdió el control y dijo «señor» como si me perteneciera.
Cambio de jugada.
Si quería eso —de verdad— tenía que empezar con la operación «Que Park huya antes de que se folle al jefe». Ya.
Me despedí de los chicos, me encerré en mi sala privada y me puse a trabajar.
Hice lo que cualquier ciudadano responsable con habilidades técnicas dudosas y ética flexible haría:
Entrar en su portátil.
Mala combinación de talento e intenciones cuestionables.
Naomi Parks era orden. Carpetas limpias —mente sucia—; sonreí.
Fechas, versiones, subcarpetas clasificadas por importancia y prioridades que daban ganas de abrazarla y hackearla a la vez.
No rompía patrones.
Los archivaba.
—Vamos a ver con qué voy a divertirme, princesa de los datos —murmuré.
Tardé doce minutos y un café cargado para rebajar las cervezas hasta encontrar lo que buscaba.
—Bingo.
Presentación martes
En su interior:
Versionfinal.pptx
VersionFINAL(1).pptx
Versiondefinitiva(usar esta sí o sí).mp4
—Adorable. Un puto vídeo, esto iba a ir para el Oscar.
Lo abrí.
Y cuando analicé el contenido al completo, se me borró la sonrisa.
—Hostia…
Era bueno. Jodidamente bueno.
Gráficos limpios. Correlaciones finas. Clips que no dejaban escapatoria.
Curvas de decisión bajo presión. Disparadores emocionales ligados a microfallos mecánicos.
Me rascó la conciencia lo justo para incomodar.
Aquello podía dejar a más de uno con el contrato temblando. Y ella no conocía las cláusulas de rendimiento que colgaban sobre ciertas cabezas como espadas láser mal calibradas.
—No tienes ni zorra idea de dónde te has metido —le dije a la pantalla.
Dudé. Veinte segundos.
Luego recordé la mano de Grayson en su cintura en la banda. Duda resuelta.
—Vale. Plan Parks modo on . O, mejor dicho…, plan Dalton.
Copié el archivo. Cloné rutas. Rompí vínculos. Inyecté capas. Redirigí medios. Sobrescribí frases. Programé reproducción autónoma desde caché remota.
Si quitaban el USB que seguramente llevaría, seguiría. Si se decidía por su portátil, podía conectarme en remoto y joderla viva gracias al malware .
Si cerraba la ventana, reaparecería.
Si cambiaba de fuente, se autollamaría como un jodido boomerang digital.
Mi profesor de informática del instituto estaría orgulloso. O asustado, o preparando mi historial para el FBI.
Me crují los dedos.
Hora de ponerse creativo.
—Vamos a bajarte esto a idioma vestuario —murmuré mientras convertía métricas en dinamita.
Respiré profundo, regresando al presente.
Ahora estaba ahí. En su atril.
Con el heredero a su lado y el puntero láser en la mano, lista para divertirse, solo que yo era el único que se iba a divertir.
Perfecto.
Nos dio los buenos días y, en un intento de empatizar con la sala, preguntó si estábamos listos para el rock & roll .
Miradas de mis compañeros y un carraspeo intenso por parte de Harlow.
No tenía ni idea del baile que le esperaba.
Alzó el pulgar hacia Reynolds.
Luces fuera, Mark pulsando el play para, acto seguido, salir por la puerta y el vídeo arrancando.
«Que empiece la fiesta, señorita Parks».