Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 25
30%

CAPÍTULO 25

Valentino

Después de la reunión con Parks debí irme directo a casa. En lugar de eso, terminé en el bar con los chicos, hombros chocando, risas altas, cerveza fría y esa camaradería de vestuario que servía para anestesiar el ego cuando te lo pisaban.

Funcionó regular.

Me reí, brindé, solté un par de burradas, dejé que me dieran palmadas en la espalda por el entrenamiento del día y que aunáramos quejas sobre nuestra terapia privada.

Aun así, cada vez que ellos volvían a sus asuntos, Parks regresaba.

Su mirada firme, sus respuestas metiendo el dedo en la llaga. Sus labios demasiado cerca.

No había querido besarla para callarla. Había querido besarla para perderme y encontrarme en su boca. Eso era peor.

Volví a casa con la lengua un poco suelta por el alcohol y la cabeza demasiado activa. El ático estaba en silencio. Demasiado ordenado. Demasiado sobrio. Fui directo al cuarto desde el que emitía. Miré el casco negro apoyado junto al equipo de streaming y resoplé.

—Vamos a liarla un poco —murmuré.

No me había conectado como Val Daver desde el incidente del privado con Naomi.

Desde que @Rey_Parks03 me dejó colgado a tres minutos del final y sin posibilidad de vuelta.

Premio ganado. Privado abierto. Pecho descubierto.

Juego encendido. Polla tiesa y desaparición.

Se me escapó el conejo de la chistera, o de la pantalla.

Seguía jodiéndome más de lo razonable, sobre todo por los teoremas de Pinchágoras, que llevaban a Grayson Joneson a su puerta para rematar la jugada.

Configuré el croma. Pasarela imperial, luz ambiental, música escogida por si a la desertora se le ocurría conectar... Perfecto.

Directo improvisado, público enardecido.

La audiencia entró como siempre, rápida, hambrienta. Comentarios subiendo como el fuego. Me dejé llevar por el personaje, por la respiración medida, por la voz baja, que mandaba sin gritar, y, entonces, vi su nombre en el lateral.

@Rey_Parks03.

Se me tensó la mandíbula bajo el casco.

«Vaya, vaya. Mira quién salió del hiperespacio», me dije para mis adentros.

El alcohol me aflojó el filtro y dejé salir el veneno, elegante. Indirectas. Recompensas desperdiciadas. Premios abandonados. Lado oscuro ofendido. El chat respondió justo como esperaba, poniéndose de mi parte, echando gasolina al incendio que yo mismo había prendido.

Mientras jugaba y daba espectáculo —lo justo para que ardieran sin cruzar línea—, vi parpadear el icono de mensaje privado.

De ella.

Fruncí el ceño. No lo hacía nunca, jamás aceptaba mensajes, y menos en directo, con nadie.

Apoyé la mano con disimulo en la mesa y lo abrí.

Me quedé quieto, ofreciendo respiraciones a la par que leía, una vez, dos, tres.

Releí.

«Perturbación en la Fuerza».

«Sabotaje doméstico».

«Merezco su castigo».

Exhalé lento.

La saliva abandonó mi boca, transformándola en un lugar desértico.

No se fue. No se rajó. No apareció Joneson en su puerta a comerse mi postre. No fue desprecio, fue un puto meteorito en el instante menos indicado, cargándose toda nuestra atmósfera.

Una sensación peligrosamente parecida al alivio me aflojó el pecho.

Seguí el directo por inercia, respondiendo al chat, manteniendo el personaje, pero mi atención ya no estaba ahí. Volví a leer el mensaje dos veces más, saboreando cada palabra. Pudor, excusa, sumisión juguetona, deseo contenido.

La quería de vuelta en pantalla. No a Naomi Parks con su app y sus teorías deseosas de darme por el culo. Quería a su alter ego , a @Rey_Parks03, la que respiraba rápido y se atrevía a entrar en mis juegos.

Los últimos dos minutos se me hicieron eternos, y cuando por fin el contador se puso a cero, cerré su mensaje, abrí el panel privado e hice algo que no había hecho jamás.

«Invitación a privado — sin temporizador».

—A ver si eres tan valiente fuera del cronómetro —musité en voz baja.

No esperaba que aceptara tan rápido, que la pantalla se abriera y que la imagen que apareciera fuera la de su cama.

Luz cálida. Ella en… Un momento… No, sin bragas . Con un vibrador con mi casco en la punta zumbando a su lado.

«¡Hostia puta!».

Parpadeé. Abrí y cerré la boca como un pez fuera del agua; por suerte, no se me vio. La saliva regresó de golpe, inundando mi cavidad bucal.

—Abrir las compuertas de tu nave nodriza para recibirme, ¿es tu manera de pedir perdón?

—Ay, Dios —profirió—. Ay, Dios. ¡¿Me ves?!

—¿Tú qué crees?

Agarró un cojín para taparse y eso me hizo sonreír. Me escuché decir, con la voz más grave que de costumbre:

—Ni se te ocurra taparte ante tu señor a no ser que te lo pida, ¿o quieres que cierre la sesión?

Se quedó muy quieta, su pecho subió y bajó con fuerza…

Madre mía, estaba tan apetecible que me habría arrodillado ahí mismo para abrirla con la boca y beberme cada gemido.

—¿Eso es lo que haces cuando me miras? —Bajé la voz—. ¿Te masturbas con mi cara entre los muslos?

Se mordió el labio inferior y la vena del cuello se le inflamó.

—Responde.

—No siempre, señor.

—¿Cuándo te compraste ese vibrador? —«Haz memoria antes de contestar»—. Y no me mientas.

Vi como le temblaba el punto que se había hundido con los dientes. Desde ese ángulo veía su sexo enrojecido y brillante, como si me estuviera suplicando lengua.

«¡Dios!».

—Fu-fue de-después de una convención —tragó saliva—, em… yo…, bueno, allí conocí a alguien que… —Mi interior comenzó a hervir.

—¿Alguien que?

—Alguien que me hizo desear tener algo así, y bueno…, en fin…, lo compré.

—Ya veo, y lo usas pensando en mí o en él.

«Contesta, Naomi».

—En los dos. —Bajó la mirada y mi pecho estalló, inundándose de calor.

—Me gusta que no me mientas. Lo que has dicho en tu mensaje de disculpa.

—Es totalmente cierto, señor.

Sabía que era verdad. Naomi era propensa a desastres en los momentos más inoportunos.

—Te creo, aunque eso no quita que quiera castigarte por dejarme duro y sin recompensa final.

Ella separó y cerró los labios.

—Yo también me quedé sin ella, señor.

—¿No te tocaste ni buscaste alivio fuera?

—No, señor. No suelen gustarme las relaciones de ese tipo, aunque, bueno, todos tenemos un pasado…

«Lo sé demasiado bien, Parks».

—Entonces, ¿no hay nadie en tu vida? ¿Nadie sacia las necesidades de una reina como tú? —El vibrador zumbó y ella lo miró de soslayo.

—Bueno, nadie humano salvo yo misma, señor.

—Te veo nerviosa.

—Estoy sin bragas ante usted, y eso no ayuda.

Eso me hizo reír por dentro.

—Me gusta que lo estés, y quiero verte bien. Pon el cojín donde quedan tus pies y coloca el iPad contra él.

Ella miró extrañada a cámara.

—¿Cómo sabe que tengo un iPad?

«¡Mierda! ¡Piensa, Dalton!».

—Se refleja en el espejo del armario…

«Salvado por la campana y porque era cierto».

Ella me ofreció una risita tonta.

—Oh, es cierto…

—Parece una habitación de hotel, ¿estás de vacaciones?

—Trabajo, uno muy estresante…

—¿Por eso te conectas? ¿Buscas que te alivie? ¿Tu jefe es un cabrón?

—Mi jefe es muy amable, el cabrón es otro, mejor no pregunte.

Lo tenía merecido por hacerlo.

—Si no quieres hablar de ese capullo, ¿vas a hacer lo que te pido?

Cogió aire con fuerza y asintió, reubicando el dispositivo.

La estampa era para enmarcar… Los pezones empujaban en el interior de la camiseta y tenía las rodillas juntas, la piel encendida y las pupilas brillantes. El pelo mostraba restos de humedad. ¿Habría ido a nadar?

—Muy bien. ¿Te has tocado antes? ¿Durante el directo?

—Apenas, cuando ha comenzado a regañarme no he podido, solo me he puesto el gel y he acercado un poco el micro.

—Me gusta como suena eso, hazlo y que yo te vea.

—¿A-ahora? Yo ya estoy lubricada y con mucho calor en esa zona…

—Esto es un castigo, ReyParks, por abandonar a tu señor, así que harás lo que se te pide.

La vena del cuello se le engrosó, alargó el brazo a la mesilla, cogió el bote, separó los muslos, mostrándome esa jugosidad, y dejó caer algo más del líquido viscoso sobre su coño; jadeó, entrecerrando los ojos.

—Me gusta verte a mi servicio, separa más las rodillas, dame las mejores vistas de la ciudad.

Obedeció y mi polla se puso dura y pesada contra el tejido. Estaba demasiado buena, con el pelo cayendo por su espalda y el rubor enardeciendo su piel.

—Ahora el vibrador, lo vas a pasar por tus muslos y tus pechos, quiero que le des mayor velocidad cuando llegue a los pezones y que lo aguantes ahí hasta que no puedas más.

Mientras arrancaba el movimiento, puse The Ride , de Omido & Kae, para que sonara por los altavoces.

La mano femenina desplazó el juguete por los lugares exigidos en un movimiento ascendente que quedó sostenido en el pecho izquierdo.

Naomi tenía los ojos cerrados y la boca abierta. Sus exhalaciones eran cada vez más cortas a medida que el placer se concentraba en aquel punto diminuto.

—Señor…

—Shhh, aguanta.

Me desabroché el pantalón, lo dejé caer y me puse a tocarme por encima del calzoncillo.

—Es… es…

Su clítoris se contraía, rebosando humedad fruto del calor, la estimulación del pecho y la excitación de mis órdenes, las de un desconocido que, en el fondo, la conocía demasiado bien. Aunque eso todavía no tenía permiso para saberlo.

—Tienes un coño precioso y ahora mismo es mío, de nadie más. —El gemido fue brutal—. Me gusta ver cómo se moja por mí y solo por mí.

—Sí, señor.

—Puedes llevar mi cara a tu otro pecho, imagina que es mi boca la que está ahí, lamiéndolo, succionándolo, mordiéndolo, tirando de él.

—Lo hago, señor.

—Dime lo que te gusta.

—Me gusta todo lo que me hace, me gusta sentir que lo excito tanto como usted a mí.

—No tengas duda de eso, me pones jodidamente cachondo, tanto que he quitado el límite de tiempo y me estoy tocando.

Ella abrió los ojos muy lento. Cada vez le costaba más respirar.

—¿En serio?

—El otro día me dejaste los huevos cargados y no los vacié… Me enfadé porque supuse que alguien se había comido el plato que yo había calentado.

Ella dio un respingo.

—Eso no pasó. Se lo juro.

—Te creo, baja la intensidad y desliza mi cara por la tuya, por tu boca, lámela, Rey.

El movimiento, sumado a su mirada directa a cámara y la lengua empapando el casco, hizo que por poco me corriera.

«Estás muy jodido, Dalton».

Sus músculos se estremecían y era como si pudiera estar ahí.

Ella no podía ver lo que yo estaba haciendo, el plano la limitaba, pero por el movimiento podía intuir que ya había sacado mi polla del encierro.

Con sus ojos en los míos, escupí en mi mano.

El ruido agónico que me ofreció su garganta me hizo desear más.

—Baja mi Fuerza a tu centro y recorre los labios mayores y menores, obviando ese punto en el que venderías tu alma por que estuviera ahí.

El juguete buscó el lugar indicado y lo repasó por toda su plenitud.

Mirarla era una jodida adicción, y ver su vagina abriéndose para tragarme, más. Estaba mojando la cama y yo gozando muy fuerte de su humedad. Volví a escupir para mover la mano con mayor violencia.

—Es mi polla la que está memorizando cada ápice de piel rojiza. ¿La sientes?

—Sí, señor —murmuró entrecortada. La mano libre agarró con fuerza las sábanas.

—Ahora mismo querría estar ahí, castigándote con mi sable de luz, te dejaría una y otra vez al borde, hasta que me suplicaras que te la metiera y no saliera jamás de tu interior.

—Por favor…

—Por favor, ¿qué? —gruñí, pasando el pulgar por el líquido preseminal que se me acumulaba en la punta.

—Por favor, deje que lo lleve a mi clítoris.

—¿Eso quieres?

—Sí.

—Deseas que te haga ver las estrellas y ponga la galaxia al servicio de tu coño.

—¡¡¡Sí!!! —Los dedos se curvaron.

—Bien, mi reina, porque lo voy a hacer. Pon mi cabeza donde deseas, no la muevas, solo quédate ahí y frótate contra ella, mueve tus caderas, quiero ver cuánto me quieres ahí.

El ritmo de mi mano perdió toda misericordia en cuanto obedeció.

Naomi se restregaba, empujaba, trazaba ondas, calaba la sábana en busca de la liberación prometida. Y yo estaba jodidamente al límite.

Los ruidos entrecortados eran cada vez más rápidos. Su cuerpo se sacudía por voluntad propia. Tenía la espalda apoyada en el respaldo y los muslos separados por completo.

Era porno duro para mis nervios.

—No puedo más, no puedo más…

Yo tampoco podía. Su abdomen se contrajo.

—¡Córrete para tu señor!

Gritó, arqueó el cuello y la proyección de su voz arrastró mi propio orgasmo, que llenó la pantalla del ordenador, cubriendo su cuerpo con lo que acababa de soltar.

Uno impactó contra la cámara, volviendo mi imagen algo borrosa.

Nuestros sonidos se comieron la música de los altavoces, y cuando por fin Naomi terminó de correrse, intentó enfocar la imagen. Me miró entre las pestañas húmedas, todavía temblando fruto del orgasmo.

—Ha sido…

La voz le salió quebrada, como si aún no hubiera regresado del todo a su cuerpo y fuera incapaz de procesar lo que acabábamos de hacer.

—Lo que tenía que ser —respondí más bajo, más áspero—. Te has dejado arrastrar por el lado oscuro, mi reina.

Sus labios se entreabrieron apenas.

—Esa frase…

—¿Qué?

Negó despacio, todavía suspendida en esa especie de niebla dulce.

—Nada…

«Ya lo creo que sí, aunque no lo sepas».

Así, desarmada y sin escudos, estaba todavía más bonita, y eso empezaba a ser un problema.

—Tengo que irme —murmuré. No era una excusa, sino una retirada táctica. Si me quedaba un minuto más, iba a cruzar una línea que no tenía vuelta atrás.

Yo lo sabía, mi polla y mi mente también.

—Yo…, em…, ¿debo pagar algún suplemento por… esto?

La frase me dejó sin aire, se me endureció la expresión.

Una cosa era vender fantasía, otra ponerle precio a lo que acababa de suceder entre nosotros.

—Lo que hemos hecho no se paga con dinero. —Marqué cada palabra con dureza—. No me ofendas.

Se tensó al instante.

—Lo siento. No era mi intención, señor.

Ahí estaba otra vez, sumisa, cuidadosa, demasiado real.

—Buenas noches, ReyParks.

—Buenas noches…, señor.

Me quedé un segundo más de la cuenta mirando la pantalla. Su piel encendida, el pecho todavía agitado, el caos precioso que habíamos provocado.

Corté la conexión.

El silencio cayó de golpe.

Me dejé ir hacia atrás en la silla, el pulso aún desbocado, la cabeza llena de ella y no del personaje que había construido.

Tenía dos cosas claras:

Necesitaba tenerla lejos y debajo de mí.