CAPÍTULO 24
Naomi
Salí con la mandíbula apretada y los puños cerrados.
Si hubiera tenido un sable láser, habría cortado la mesa por la mitad y, de paso, su maldita sonrisa de crecido.
«Llama a mi representante. Igual te consigue un hueco en mi agenda o en mi cama».
¡¿Pero qué narices se creía?!
¡Ni que yo quisiera aterrizar ahí!
Puñetero Han Solo de pacotilla. No. Han Solo al menos tenía encanto y sabía cuándo cerrar la boca.
Ahora esperaba que sí se quedara Solo hasta el fin de sus días, porque con esa actitud no iba a conseguir otra cosa.
Necesitaba descargar, sudar, golpear el suelo con los pies hasta que el enfado saliera por los poros.
Así que solo regresé a mi habitación a por ropa deportiva y la bolsa para cambiarme.
Pedí un Uber y le di la dirección del gimnasio de la amiga de Grayson. Necesitaba mucho más que nadar en una piscina o meterme en una sala de máquinas, y eso solo me lo daba poner mis músculos al límite como terapia a la frustración.
Me puse los AirPods con la música alta y el humor bajo.
El centro estaba en una nave reformada, limpio, luminoso, más pequeño que un pabellón universitario, pero bien equipado. Nada de postureo, nada de cristal ahumado ni cuotas que no podía pagar un ciudadano medio.
El olor a magnesio, goma y esfuerzo lo convirtieron en un espacio reconocible, aunque no hubiera estado nunca. La palabra «hogar» se formuló en mi mente.
La chica de recepción levantó la vista y sonrió al instante. Descubrí algo que no creí poder encontrar en la mirada de una persona a la que no había visto nunca: reconocimiento.
—Naomi, ¿verdad? Soy Claire. Grayson me avisó de que podías venir en cualquier momento. Me alegro muchísimo de que al final aceptaras mi invitación. Pasa, estás en tu casa.
Cero preguntas invasivas. Cero miradas raras. Todo naturalidad, se agradecía.
—No espero que me invites, quiero pagar una cuota…
—Bah, chorradas, a estas horas solo hay un grupo de alumnas, así que organizaremos la rotación para que puedas entrenar.
—No quiero ser una molestia, si no te va bien que entrene ahora…
—Me viene perfecto, seguro que se motivan al verte. Vamos, que te acompaño al vestuario.
Su disposición y amabilidad me hizo asentir.
Había un grupo infantil en barras, dos chicas en paralelas asimétricas y una entrenadora corrigiendo entradas de salto en minitramp .
En cuanto metí mi ropa de calle en la taquilla y tuve puesto el short y el top de entrenamiento, Claire me indicó qué zonas estaban libres y me dijo que podía adaptarme a los huecos.
Perfecto, no necesitaba alfombra roja, necesitaba algo de espacio para quemar mala hostia.
Calenté largo. Movilidad de articulaciones, cadera, hombros. Ejercicios de elasticidad y carrera suave.
Desocuparon el tapiz, por lo que me dispuse a la toma de contacto a través de rodadas, ruedas laterales, algún que otro flic-flac suelto. El cuerpo protestó al principio, llevaba varios meses en huelga, aunque no los suficientes como para que no recordara. Los músculos siempre recordaban.
En cuanto estuve lo suficientemente suelta, me dispuse a hacer la misma serie que nos hizo ganar por equipos en los Nacionales.
Respiré. Entré y ejecuté.
No iba a marcar mi mejor ejercicio ni de lejos, seguro que Volkova se habría echado las manos a la cabeza en más de una de mis diagonales, pero la rabia era un combustible excelente para convertirte en una kamikaze.
Primera diagonal: rondada, flic-flac , doble mortal atrás agrupado. La recepción fue más baja de lo que le gustaría a mi exentrenadora, pero sólida.
Una imagen inundó mi cerebro sin aviso.
«¡Malditos ojos azules! No te mereces ni medio segundo de mi foco».
Segunda: rondada, flic-flac , mortal atrás con giro. Más limpia, más aire.
«Yo sí sé separar trabajo y deseo. Control. Eso que tú no tienes. A ti te sobra chulería».
Tercera: rondada, flic-flac , mortal adelante estirado. Sentí la altura. Ahí estaba, eso sí era mío.
«No voy a dejar que me descoloques. No me distraes, me cabreas. No eres apego, eres interferencia».
Los sonidos alrededor fueron bajando. Cuando estabas dentro del ejercicio, el mundo se estrechaba, solo quedaba la respiración y el impacto de los pies. El problema venía al caer, que el muy hijo de otra galaxia se colaba sin permiso.
Hice una serie de danza. Giro completo, salto con giro, conexión coreográfica que me conectaba al suelo, al espacio, a mi respiración algo agitada y al sudor. La gimnasia me hacía sentir viva.
Fui a por la última diagonal: rondada, flic-flac , doble mortal atrás.
Y justo antes del impulso del doble, me cruzó un pensamiento que tuve cuando Valentino se apoyó en la mesa y nuestras bocas quedaron separadas por un espacio ínfimo: «No te acerques…
o hazlo de verdad». La rabia ante lo que había sido capaz de plantearme hizo que cogiera más impulso de la cuenta y me elevara más de lo que esperaba, lo cual arrancó un murmullo alrededor que terminó en aplausos cuando clavé la salida con un paso mínimo.
Me incorporé con el pecho ardiendo y el corazón golpeando fuerte.
Sonreí sin querer cuando una de las niñas fue incapaz de contener la emoción y vino a celebrar mi logro como si fuera suyo. La adrenalina siempre ganaba.
—Vale —dijo la entrenadora desde la banda, por si el gesto infantil me enfadaba—, eso no lo vemos todos los días.
Varias chicas habían dejado de entrenar para mirar. Aplaudían de verdad, no por cortesía. Sentí ese calor bueno. El que no venía del cabreo, sino del cuerpo funcionando.
Después de darle las gracias a la pequeña, pasé a salto. Mi aparato favorito desde niña. Mi territorio.
Hice carreras progresivas, tres pasadas de prueba, ajusté el trampolín y después comencé a trabajar en serio.
Yurchenko con mortal atrás carpado.
Yurchenko con giro.
Tsukahara agrupado.
Repeticiones de entrada, bloqueo de hombros, empuje, vuelo y recepción.
La agonía disolviéndose dentro del agotamiento. Los músculos cargados de sangre y mi piel húmeda.
Una y otra vez. Una y otra vez.
El impacto subía por las piernas hasta la cadera, el bloqueo de brazos ardía, los pulmones pedían tregua. No se la di. Más intentos, más altura, más agresivo, más rápido el giro y las piernas más juntas. Volkova se habría sentido orgullosa de mí.
Perdí la cuenta del tiempo. Solo existía carrera, el apoyo de los pies en la tabla, el potro, el aire en el que volaba para aterrizar en el suelo.
El último salto me dejó doblada, manos en rodillas, sudor cayendo por la sien y el top pegado a la espalda.
Claire se acercó aplaudiendo.
—Madre mía, eres una pasada, y en directo todavía más. Dime, por favor, que valorarás lo de la masterclass , las niñas están entusiasmadas.
—Si de verdad piensas que soy suficiente…
—Lo eres, están emocionadísimas.
—Pues en cuanto tenga calendario de partidos, lo cerramos —respondí—. No quiero fallarles.
—Trato hecho, ha sido una gozada verte entrenar.
Asentí. Necesitaba una ducha de emergencia y quizá gritar dentro de ella el nombre de cierto quarterback idiota.
El entrenamiento había bajado el volumen del enfado. No lo había apagado.
Regresé al hotel con las piernas todavía cargadas y ese zumbido agradable en los músculos que te recordaba que seguías viva. Me puse ropa cómoda, el pelo aún ligeramente húmedo pegado a la nuca, y me dejé caer un segundo en la cama, mirando al techo.
Debería haber estado más tranquila.
No lo estaba.
Valentino Dalton seguía ocupando espacio mental sin pagar alquiler. Su voz, su chulería. Aquella maldita frase final. Su forma de invadir centímetros como si el oxígeno fuera suyo.
—Ni que fuera Darth Vader con contrato —murmuré—. Y sin la Fuerza.
El móvil vibró como si me hubiera escuchado y lanzara una protesta.
Notificación.
Val Daver — directo en 15 minutos.
La tensión cambió de sitio. No bajó, se desplazó de lugar y mi pulso se disparó.
Desde que lo dejé tirado no había vuelto a hacer conexión. ¿Tendría yo la culpa?
«¿En serio piensas que un tío así gira en torno a ti?».
Era obvio que no.
El hormigueo entre mis muslos me dijo lo que ya intuía: un directo con él era justo lo que necesitaba. No conversación, no análisis, ningún choque de egos. Solo mi fantasía a una distancia segura. Fuego sin consecuencias reales.
Me levanté.
Preparé la habitación con automatismos casi rituales. Cortinas a medio cerrar, luz imprescindible. iPad en el soporte de la mesilla, orientado a la cama, con bloqueo de FaceTime. Sonido conectado al altavoz pequeño. Agua cerca por si se me secaba la boca y sufría una deshidratación del sistema.
Abrí el cajón.
Mi capricho favorito descansaba allí: micrófono negro, cabezal en forma de casco del señor oscuro, con aro luminoso en la base para el cambio de color, y demasiados modos de vibración como para ser sentidos en tres sistemas solares.
—Hola, terapia alternativa —susurré.
Junto a él, el lubricante efecto calor. Por si acaso, aunque mi cuerpo no parecía necesitar mucha ayuda externa cuando se trataba de una de sus conexiones.
Me puse cómoda. Eso, en términos reales: pantalones fuera, cero ropa interior…, piernas relajadas, espalda apoyada en el cabecero.
Faltaban dos minutos.
Mis constantes vitales no eran neutras.
Inicié una cuenta atrás mental, que se solapó con la real cuando la pantalla cambió a negro y, entonces, empezó la música.
Me quedé inmóvil.
—No puede ser…
Rey’s Them e de John Williams. Limpia, ascendente, inconfundible.
La piel de mis brazos se erizó al instante.
«No va por ti ni por tu nick , Naomi, respira».
Estaba convencida de que no se trataba de nada personal, aun así, me atravesó el pecho como si alguien hubiera pulsado un botón interno con mala intención.
—Al universo le gusta trolearte —murmuré.
El chat empezó a llenarse en cuanto su máscara emergió, seguida de su cuerpo escultural. Nombres conocidos. Avatares frikis. Emojis de fuego y cascos negros.
La transmisión estaba abierta.
Val Daver entró en plano con su estética habitual: casco, respiración medida, guantes, torso desnudo.
El fondo proyectado era una pasarela imperial suspendida sobre un abismo estelar, destructores al fondo y tráfico de cazas cruzando la escena.
Puro Imperio aguardando el ataque, sutileza inexistente.
Me humedecí los labios sin darme cuenta frente a sus exhalaciones de rigor. Torció el cuello, como si su mirada pudiera atravesar la pantalla y me estuviera viendo abierta de piernas y deseosa de masturbarme. Fue un impacto directo a mi clítoris, que protestó.
Dejé caer unas gotas de lubricante y pulsé el botón de on . El leve zumbido me estremeció y, al aproximarlo, solté un jadeo.
—Buenas noches, criaturas del lado oscuro. Hoy voy a hablaros de recompensas… y de cómo no desperdiciarlas. Sobre todo, después de que mi primer privado de recompensa terminara dejando a vuestro señor plantado.
El chat explotó.
Y yo sentí mis mejillas arder.
Pues al final sí que iba de mí.
Se acercó a cámara y dejó salir su respiración profunda, esa que parecía alcanzarme y endurecer mis pezones al instante. Mi cuerpo reaccionó antes que mi orgullo.
—Algunas victorias —continuó— se conceden una sola vez, y hay quien decide abandonarlas a tres minutos del final.
El aire se me quedó atascado, mis cuerdas vocales emitieron un sonido ahogado.
No dijo nicks . Tampoco hacía falta.
@BabyYoda3000: yo no dejaría un privado contigo ni aunque se caiga internet.
@SithKitten: a tres minutos es delito galáctico.
@DarkHelmet77: eso fue traición al Imperio. ¿La has bloqueado?
—Cuando el lado oscuro te abre la puerta —añadió— no la cierras en su cara. No obstante, está claro que cierta reina no volverá a tener recompensa.
—Joder… —susurré—. ¡Me llamaron mis padres y me pillaron en tetas! ¡Intenté reconectar y no pude! —lo dije en voz alta, como si eso fuera a hacer que me escuchara.
Desde su punto de vista, gané y desaparecí. Juego sucio. Premio desperdiciado. Alta traición. Fin.
La vibración subió de intensidad porque apreté sin darme cuenta la opción 2 y con ella mi temperatura, pero ahora había algo más mezclado: necesidad de corregir, de explicar, de que no pensara eso de mí.
—Hay personas —siguió— que piden control…, y cuando lo tienen, huyen.
El chat ardía.
Mi respiración también.
—No hui —volví a hablar—. Me interrumpieron.
Torció el cuello lentamente. Ese gesto siempre me daba escalofríos. Hoy no fue la excepción. Sentí, de forma absurda e imposible, que sabía con exactitud cómo estaba yo colocada al otro lado y que podía escucharme.
—La próxima vez —dijo— elegiré mejor a quién premiar, porque hay personas que no valoran lo que se les entrega.
Eso dolió más de lo esperado.
La excitación seguía viva, pulsante, pero ya no era solo física. Era desafío, era pique, era hambre de réplica.
Abrí la ventana de mensaje privado, aunque sabía a la perfección la norma no escrita del canal: «Val Daver no contesta DM». Nunca. Formaba parte del personaje, del poder, de la distancia.
No importaba, me daba igual. Con un poco de suerte, quizá lo vería. Me sentía fatal, así que hice a un lado el micrófono y me puse a teclear.
Mientras él seguía hablando de control, obediencia y recompensas completas, yo movía los dedos a toda velocidad, intentando meter contexto en un sistema que probablemente pasaría desapercibido.
El juguete quedó olvidado a mi lado, como un recordatorio de que había entrado a su directo por una razón concreta que había perdido fuelle.
Leí y releí, modifiqué, volví a releer, y solo cuando estuve satisfecha, le di a enviar mensaje con un leve temblor en los dedos y el calor del lubricante incendiando mi sexo.
Cuando alcé la mirada, él seguía en pantalla, acariciándose, tocándose para el resto. Quería coger el juguete y devolverlo al centro de mis piernas, sin embargo, no lo hice porque no me sentía merecedora.
Cinco minutos más tarde, terminó la transmisión mientras yo me hundía en la miseria y en mi colchón.