CAPÍTULO 23
Valentino
Había conseguido centrarme.
Tenía que reconocer que hablar con Levi me fue bien, y hacer algunos ejercicios de visualizaciones que me enseñó también.
Fui a entrenar enchufado, con el foco puesto y a sabiendas de que, cuando tocara el visionado del partido, me iban a arder las orejas y tendría que aguantar.
Ir con esa mentalidad me ayudó más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
Respiración, repetición mental de jugadas, pausa antes de cada lectura expuesta frente a mis compañeros.
Carter tenía razón en algo: «cuando el ruido no se calla, se disciplina».
Me repetí eso mientras revisábamos los vídeos.
Me tragué mis errores sin poner excusas.
El pase forzado. La lectura tardía. El instante en el que dudé.
Whitaker había sido eficaz, limpio, prudente.
No era mi estilo, aunque podía entender el suyo.
Yo jugaba para desarmar defensas, no para acariciarlas.
Pero entendía lo que buscaba la franquicia ahora mismo: imagen de equipo sólido, fiable, candidato real.
Incluso en pretemporada. Perder habría sido regalar titulares fáciles.
Asumí mis fallos sin teatralidad.
Mac me dio una palmada cuando terminamos la sesión de campo.
Trabajamos los errores que vimos en la sala y la verdad era que me sentí aliviado, reconectado.
—Así, sí. Mantén esto y en el partido del domingo no te sentarán.
Asentí.
Mantuve el ritmo alto, el balón salió rápido de mi mano, sin interrupciones sobre la toma de decisiones en la cabeza. Solo trayectorias claras, lecturas limpias y resoluciones firmes.
Obvié que Parks estuviera paseándose arriba y abajo con su puñetero iPad y que esa tarde, por fin, tuviera mi entrevista personal con ella.
Quería demostrarle a Sky que se equivocaba; era posible que Naomi me atrajera y que hubiera sido un pelín stalker con ella, pero de ahí a que me molara, rollo lo que mi ahora amiga tuvo con Levi, no.
El vestuario estaba relajado. El domingo volvíamos a jugar después de una victoria, por lo que el ambiente era bueno. Competencia sana, bromas cortas. El capi dejó caer:
—Nuestro QB1 ha vuelto —cuando pasó por mi lado.
No respondí. No hacía falta. Grant me miró de soslayo sin abrir la boca, aunque podía leer en sus ojos un «no te confíes, chaval». Lo obvié.
Me di un baño con hielo y después pasé por el fisio a que me diera un masaje de descarga muscular.
Después de comer tuvimos la reunión de posición, ajustes para el próximo partido; para cuando dimos por finalizado el día de equipo, mi cuerpo ya estaba en modo cuenta atrás.
Había sido una buena jornada, hasta que pensé en ella y la entrevista psicológica.
Se me tensó la mandíbula sola en cuanto Marcus pasó por mi lado para meterme el dedo por el culo.
—Hoy te pasan el psico-scan , ¿no? —soltó al pasar con la bolsa al hombro—. Suerte con la doctora entusiasmo excesivo.
No pude evitar mirarlo.
—¿Todavía estás con eso?
Bufó.
—¿Tú no lo estarías si te soltara que te sobrexcitas en el cuarto tiempo y que por eso te comen los linebackers ? Claro. Como si la solución fuera respirar hondo y pensar en unicornios. No tiene ni puta idea de lo que es jugar ahí dentro.
—Ya —mascullé, pensando lo mismo. Una cosa era el deporte universitario y otra la NFL. Naomi no parecía comprenderlo.
—Te va a sacar un trastorno nuevo, ya verás. Esa chica etiqueta más que en los supermercados, le auguro un buen futuro en el Wallmart.
—Que lo intente.
Me dio un golpe corto con el pie.
—Yo solo te digo una cosa, no le compres el rollo por muy colega de tu hermana que sea. Aquí se juega, no se medita. Si te come la cabeza y te llena de mierdas, luego las ahogamos en cerveza. Estaremos esperándote en el bar.
—Lo tendré en cuenta.
Se fue.
Exhalé por la nariz.
No me preocupaban sus preguntas.
Me tocaba los cojones que creyera que podía leerme y encima ir de que me estaba protegiendo cuando lo hacía todo en su propio beneficio.
Fui directo a la zona de despachos, abrí la puerta sin llamar y cerré detrás de mí.
El clic sonó más alto de lo necesario.
Ella estaba sentada frente a la pantalla, con el portátil abierto y un vídeo pausado en mitad de una jugada. Con el ventanal que daba al campo de entrenamiento, una puta pecera de cristal desde la que observarnos: nosotros dentro, ellos fuera, bajo vigilancia constante.
Apartó la mirada y alzó la barbilla.
No llevaba nada especial. Polo corporativo, pelo recogido, gafas apoyadas sobre la cabeza. Nada extraordinario.
Excepto que, cada vez que la tenía delante, mi cerebro decidía lo contrario.
¿Por qué cojones estaba tan guapa? La piel encendida, la boca con más color.
«¡Joder!».
¿Se la habría follado Joneson? Siempre dicen que, después de un buen polvo, las mujeres brillan distinto.
Eso, o estaba ovulando, lista para la procreación.
Por su bien, esperaba que fuera lo segundo, aunque la idea de engendrar no me seducía, solo el camino que llevaba al fin.
Odiaba imaginar que ese capullo que se había tirado a medio Dallas la tuviera sin pestañear.
—¿Sabes que se debe golpear la puerta antes de entrar?
—¿Por qué? Al fin y al cabo, me esperabas. ¿Miedo a que te pillara haciendo guarradas? ¿Te gusta tocarte mientras nos miras?
Me acerqué y ella hizo rodar los ojos, lenta, sin un gramo de vergüenza.
Le quedaba bien esa seguridad. Demasiado bien.
—Anotaré en tu expediente limitación neuronal.
—¿Dónde está el diván?
—Podríais cambiar la pregunta, todos decís lo mismo. Soy analista, no psicóloga, confórmate con la silla.
Me dejé caer en ella. La mesa nos separaba por menos de un metro. Suficiente para fingir distancia. Insuficiente para que mi cuerpo no notara el calor del suyo. Sus labios estaban sonrojados. ¿Se los había estado mordiendo o alguien la había besado minutos antes de que yo entrara?
El recuerdo de su lengua restregándose contra la mía me encendió, y pensar que Grayson pudiera ser el artífice me torció el humor.
—¿Empezamos? —preguntó.
Me apoyé en el respaldo como si aquello me importara poco. Por dentro ya estaba calculando ruta. Qué decir, qué callar, dónde provocar y cómo hacer que dejara de mirarme como si pudiera abrirme la cabeza y etiquetar lo que encontrara.
Si alguien iba a mandar en esa partida, sería yo.
Naomi no tenía ni idea de a quién tenía delante. Ni idea.
Carraspeó y giró la pantalla para que pudiera verla mejor.
—He estado revisando el segundo drive —empezó con voz profesional—. Hay un momento interesante.
—¿Te refieres a cuando el cámara me enfoca el culo? Entiendo el valor técnico y tus ganas de repasármelo.
Su mirada se estrechó y, en lugar de responder, pulsó play .
La jugada arrancó, ya la había visto esa misma mañana con Mac y Harlow. Protección correcta, ruta clara, yo en pocket , medio segundo extra de deliberación, y ahí estaba el puto instante.
Pausa.
Congeló la imagen justo antes del pase.
—¿Lo ves?
—Sí, ya sé que pensé un segundo de más, lo revisé varias veces esta mañana con el equipo técnico, gracias.
—No hablo de eso, sino de esto.
Cogió el puntero láser y trazó un círculo alrededor de mis ojos.
—Bonitos, ¿eh? Mamá siempre decía que los heredé de mi padre.
Agité las cejas, ella insistió.
—¿Puedes centrarte y observar bien?
Mi mirada desviada hacia la banda.
—¿Qué te pasaba por la cabeza aquí? —preguntó sin alterarse—. ¿Y por qué desplazaste los ojos hacia mí en ese instante?
«¿Qué? ¿Cómo?».
—Tú no estabas…
No me dejó terminar. Cambió el clip por otro vídeo que enfocaba otro ángulo para que se viera desde otra perspectiva en la que, efectivamente, se me veía mirándola.
Parpadeé. Ni siquiera había sido consciente.
Busqué la respuesta rápida. La fácil.
—No te miraba a ti.
Sus labios se curvaron apenas.
—Ya lo creo que sí.
Me mantuve enganchado a sus pupilas.
—¿Eso es lo que habrías querido, Parks? ¿Que me distrajera por tu enorme belleza?
No pestañeó.
—Ambos sabemos que la belleza no es mi fuerte, además, ¿por qué iba a querer eso?
—Porque siempre te ha gustado que te mire. Porque cuando lo hago, se te acelera el pulso en esa vena del cuello y se te endurecen los pezones. Porque finges profesionalidad, pero te tiemblan los dedos cuando me acerco.
Apoyé los codos sobre la mesa, recortando el espacio, y sonreí apenas.
—Porque no puedes dejar de pensar en lo que te hago sentir entre las piernas, aunque me veas como un cabeza de chorlito que solo sabe lanzar balones.
Un segundo de silencio denso.
—¿En serio acabas de decir eso? —Negó—. Muy propio de ti.
Para que te enteres, lo único que tengo son ganas de programarte una actualización urgente de software , el tuyo está demasiado viciado.
Versión 2.0: menos ego y más neuronas funcionales.
Para tu información, yo jamás le quitaría mérito a lo que hace un quarterback de la NFL haciendo un resumen tan pobre de su función.
No se me ocurriría hacerlo con ningún deportista.
Punto dos: si me tiemblan los dedos es por las ganas que me dan de ahogarte.
No es personal, es que tienes un talento especial para activar mi lado oscuro.
«Doy fe, sobre todo cuando me enseñas las tetas con un casco delante y cortas la conexión en el mejor momento del juego».
Ahí estaba ella… Brillante, peligrosa y de lengua afilada que no se amedrentaba. Mi friki favorita.
—Una cosa es lo que dices —me incliné, invadiendo centímetros— y otra lo que quieres.
Noté el cambio en su respiración, mínimo pero real.
—Ah, ¿sí? —Mantuvo la voz firme—. Ilumíname, maestro jedi .
—¿Quieres que diga que me desconcentré por ti? ¿Que dudé porque me estabas mirando? ¿Que lo que querría estar haciendo no era lanzar un balón, sino estrellarte contra un colchón y comprobar tu recepción?
—Por favor…
—Te asusta lo que te ocurre conmigo porque soy una variable que no entiendes. Además, odias dejar asuntos pendientes y sabes que, cuando te largaste de mi apartamento, dejaste uno sin cerrar. Y no hablo de tu pequeña ofrenda, de la que me tuve que ocupar personalmente…
Estaba demasiado cerca de su boca. Tenía las mejillas encendidas y sus ojos eran un círculo negro perfecto de tan dilatadas que tenía las pupilas.
Intentó recuperar control.
—Aquello quedó zanjado. —«¡Y una mierda!»—. Lo que me asusta —replicó— es que un QB1 profesional tarde un segundo de más porque no sabe separar trabajo de distracciones.
Sonreí sin humor.
—¿Eso piensas? ¿Que me distraes?
—No lo digo yo, lo dicen las imágenes.
Reprodujo la jugada otra vez. Pausa, mis ojos en su búsqueda.
Maldición.
—Te estabas fijando en algo que no era la lectura principal —continuó—. No era el safety , no era la cobertura. Era yo.
Intensificó su mirada. Se me tensó la mandíbula.
Acción reacción.
—No todo gira en torno a ti, Parks.
—Nunca he dicho que lo haga —respondió tranquila—. Solo pregunto por qué dudaste y por qué lo hiciste.
«Porque, cuando te vi allí, quise impresionarte».
«Porque quise que alucinaras con mi jugada».
Mi cerebro lo había enterrado. Ahora estaba ahí, palpitando en mis narices.
Me recosté.
—Pensé demasiado. Error mío.
—Eso ya lo sé —dijo—. Quiero entender el impulso.
Silencio.
—No me gusta perder el control —solté al final.
Sus ojos oscuros centellearon.
—Entonces, quizá deberías empezar por no buscarlo donde no debes.
Golpe bajo.
Me incliné hacia delante otra vez, esta vez más despacio, dejando que la tensión hiciera el trabajo.
—¿Y dónde crees que lo estoy buscando?
Ella no retrocedió. Tampoco avanzó. Aguantó.
—En mi validación.
Su voz sonó firme, sin adorno.
La mía tampoco iba a temblar. Chasqueé la lengua.
—No buscaba eso, para que lo sepas. Solo estás aquí para analizar el rendimiento.
—Exacto —respondió—. Y tu rendimiento se ve afectado cuando decides mirar a la banda en vez de a tu receptor.
—Pues, entonces, quizá lo mejor para los dos es que desaparezcas, porque no entiendes la puta presión que es tenerte ahí, deseosa de agendar mis cagadas para que me quemen en la hoguera.
—¿Eso es lo que piensas que hago?
«Por supuesto que sí».
Aunque mi cabeza estaba en otro sitio en ese instante. Uno bastante menos profesional donde ella se desnudaba para mí.
Acumulando pensamientos sucios, sin permiso. El recuerdo de su cuerpo, su respiración chocando con la mía, el sabor de su jodida piel pegado a mi lengua.
Me aproximé lo justo para romper la comodidad sin tocarla.
—Si no es así, ¿qué haces tú cuando me miras?
El pulso le golpeó en el cuello. Lo vi, lo seguí. Me dieron ganas de morderlo.
—Me fijo en aquello que puedes mejorar para ser el mejor. Tienes un problema grave, Dalton —contestó—, y se llama miedo a no ser suficiente, porque piensas que los demás solo verán tus errores en lugar de lo bueno que eres. Yo no pienso irme, ya te lo expliqué. No he venido a joderte, sino a sumar.
«Yo sí que te quiero joder».
El chispazo fue inmediato. Aquella palabra en su boca me disparó imágenes nada deportivas.
Regresé a la conversación.
—Eso está por ver. De momento, tus análisis solo han servido para alterar al equipo y ponerte a medio vestuario en contra.
Su boca se tensó en una línea fina que pedía ser borrada a lametazos.
La tensión entre nosotros subía de volumen.
Bajó la vista un segundo al portátil y volvió a la pantalla, profesional hasta en la guerra.
—Me da igual lo que piensen porque voy a demostrarles que se equivocan. ¿Seguimos con el análisis?
Miré el reloj con gesto calculado.
—Lo siento, tus quince minutos han terminado y tengo prisa. Tendremos que dejarlo para otro día.
—No puedes irte, no hemos…
—Si quieres una cita fuera de mi horario laboral, llama a mi representante. Igual te consigue un hueco en la agenda o en mi cama.
Noté el golpe, la alteración. Justo lo que buscaba.
Sonreí por dentro, me di la vuelta y me largué.
Los dos sabíamos que esto no había terminado ni de lejos. Y si pensaba que iba a jugar limpio, no me conocía lo suficiente.