CAPÍTULO 22
Naomi
No sabía cuánto necesitaba esto hasta que llegamos.
El valet del Thompson Dallas aparcó el coche de Grayson y el calor de finales de agosto se quedó fuera, atrapado tras una puerta con aire acondicionado.
Yo, en cambio, seguía ardiendo por dentro.
Por Valentino, por su cierre en banda, por ese ladrido sin motivo que me había dejado con la sensación de estar molestando solo por respirar.
Había pedido tomar el aire sin decir «me estoy ahogando», y Grayson lo había entendido sin exigirme explicaciones.
—Te va a gustar —murmuró.
Subimos en silencio. El ascensor me despegó poco a poco de mis pensamientos, y cuando las puertas se abrieron, el cielo de Dallas apareció encajado en enormes ventanales.
La ciudad se extendía a nuestros pies, ordenada, lejana.
El restaurante estaba en lo alto del edificio y, según me dijo Grayson, era famoso por las vistas del skyline .
«Bonita metáfora, Park. Tu ansiedad se ve bastante pequeña desde aquí».
Miré de reojo a mi jefe. Vestía como siempre, arreglado pero informal.
La palabra «corbata» debía ser un insulto personal en su armario: camisa ligera, abierta lo justo, un blazer sin esfuerzo y ese pelo castaño con un desorden calculado que a otros les llevaría una hora y a él le salía por genética.
Sus ojos grises parecían no decidirse entre tormenta y acero.
Atlético, limpio, con una seguridad tranquila que mi madre habría definido como masculinidad óptima.
Sí. Definitivamente, sería el tipo de hombre que le gustaría a mamá.
Yo, en cambio, llevaba la ropa corporativa de los Cowboys y me sentía fuera de lugar. Parecía la puñetera becaria o una recogepelotas del US Open.
Grayson me rozó el codo, suave, cuando el maître le dijo al señor Joneson que su mesa estaba lista. No supe si había una mesa con el apellido de su familia, pero no me habría sorprendido.
Durante el trayecto noté miradas. Esa presión incómoda en la nuca que te recordaba que no pertenecías del todo al lugar en el que estabas.
«Mierda, debería haberme cambiado».
Grayson me retiró la silla y me quedé un segundo parada, ridículamente sorprendida.
Nadie con quien hubiese salido antes hacía ese tipo de cosas. No porque fueran malos, sino porque mi historial romántico se movía entre pizza , cerveza y videojuegos, y el máximo gesto había sido compartir patatas fritas sin chuparse los dedos.
Me senté despacio y dije en voz alta lo que llevaba pensando desde que entramos.
—Creo que sí debería haberme cambiado. Todo el mundo nos mira.
Grayson ocupó su asiento y apoyó el antebrazo en la mesa, tranquilo, inmune al entorno.
—Lo hacen porque eres preciosa y exótica. No porque evalúen lo que llevas puesto.
El calor se me subió al cuello.
—Pues yo creo que te equivocas.
¿Estaba permitido decirle eso a mi jefe? Supuse que sí porque no pareció molesto.
El maître nos entregó las cartas y preguntó qué íbamos a tomar. Abrí la mía para ganar tiempo.
—Si lo hacen, que les den —comentó, ignorando al hombre de mediana edad que seguía observándonos—. A mí me gusta muchísimo cómo te sienta ese polo.
El estómago se me anudó de golpe. No de ansiedad, de otra cosa. Tampoco estaba acostumbrada a que hombres como él me hablaran así y me hacía pensar que coqueteaba conmigo.
Bajé la vista antes de quedarme colgada.
«Hola, soy Naomi. Mi diálogo está bloqueado por halago inesperado».
Pedimos algo frío; necesitaba bajar la temperatura interna del servidor.
Un spritz para él, un cóctel cítrico para mí.
Grayson sugirió compartir entrantes y acepté.
Burrata con tomate, pan caliente, una ensalada ligera.
Después, cada uno pidió su plato principal.
Él se decantó por la pasta. Yo elegí pescado porque mi cerebro seguía creyendo que tomar decisiones sanas compensaba los desastres emocionales.
Cuando el maître por fin se fue, Grayson se inclinó un poco hacia mí.
—Eh, relájate. ¿Querías respirar? Pues aquí estamos. Tú y yo. Nadie más. Te lo dije antes, hoy no hace falta hablar de trabajo. Cuéntame…, ¿cómo está siendo estar fuera de la uni y haber dejado la gimnasia?
La pregunta me tocó en un sitio inesperado.
Acabar con la gimnasia había sido una decisión lógica. Aun así, echaba de menos el aire en la cara antes de un salto, el impacto seco del aterrizaje, ese instante en el que todo se quedaba en silencio porque estabas volando.
A mis padres no les interesaba, ni siquiera sacaban el tema. Para ellos fue un alivio que su hija dejara de untarse las manos en magnesia.
—Echo un poco de menos a mis amigas —admití—. Y aunque use la piscina y el gimnasio para hacer físico, es cierto que extraño entrenar de verdad.
Grayson asintió, como si lo hubiera sabido desde el principio.
—Lo imaginaba. Por eso quería decirte que tengo una amiga que tiene un gimnasio con aparatos. No será como el de tu universidad, pero si quieres, podrías ir allí a desfogar.
Me atraganté con mi propia saliva. Muy digno.
—¿En serio? Pe-pero eso es… No, no puedo.
—Claro que puedes, y debes —me cortó sin dureza—.
Irte de casa y empezar de cero, sin tus amigos y familia, no es sencillo.
Y menos con la presión de manejar un vestuario lleno de egos inflados y testosterona.
No has querido que intervenga por ti, y lo respeto, pero cuidar tu cabeza también es parte del trabajo.
Te irá bien regresar a algo que te resulta familiar como válvula de escape. ¿Qué me dices?
Las bebidas llegaron justo a tiempo. Miré el vaso, luego a Grayson, después el skyline y otra vez el vaso. Procesando datos. Procesando emociones.
Tampoco era venderle mi alma al diablo por aceptar, ¿no?
Asentí.
—Estaría bien.
Grayson sonrió satisfecho, como si hubiera ganado una pequeña batalla contra mi orgullo.
—¡Estupendo! Mi amiga solo quiere una cosa a cambio…
—«¿Un riñón? ¿El hígado? ¿Qué órgano estoy dispuesta a perder por volver a entrenar?
»—. Como es un centro pequeño, enfocado más bien a un público infantil y juvenil…
, le encantaría que le hicieras un hueco cuando no tengas mucha carga y organizar alguna masterclass o algo por el estilo.
Sentí el impulso automático de encogerme. De minimizarme.
—Yo-yo no soy tan buena. Esas son Avery, Sienna y Camila. Yo solo soy una más.
Grayson soltó una risa corta.
—¿Bromeas? He visto tus vídeos. Sí, confieso que te he stalkeado un poco y haces cosas alucinantes, así que no te hagas de menos, que de eso tengo un máster.
Bebí para esconder la cara. Funcionó a medias, pero, al menos, mi cerebro dejó de reiniciarse en bucle.
Sin buscarlo, pensé en que quizá Grayson Joneson era una buena opción para respirar de verdad.
Giró un poco el cuello, soltó el aire y cambió de postura. Algo en la expresión de su rostro me dijo: «vale, voy a cruzar esta línea».
—Te voy a ser franco —bajó la voz—. No es difícil tirar de hemeroteca. Prefiero que, si un día te llega algo, no te pille con cara de «¿para quién narices estoy trabajando?», aunque con lo lista que eres, dudo que no nos hayas investigado. No hace falta que respondas.
Me quedé quieta. Atenta, y no mencioné lo de los artículos que tenía guardados, lo dejé hablar.
—Mi familia es rica, poderosa y, sobre todo, imperfecta.
Elliot cree que toma las decisiones —continuó—.
De verdad lo cree. La realidad es que todo lo supervisa mi padre.
Elliot está harto. Si no alza la voz es porque sigue esperando que papá lo vea como el hombre al que debe dejarle el imperio por pura coherencia.
Y nosotros…, bueno, el resto quedaríamos de comparsa.
Lleva trabajando esa imagen desde que nació.
Eso debía de ser duro para el resto.
—Me guste o no admitirlo, el cerebro es el gran Jerry Joneson —añadió, mirándome fijo—. Sin él, mi hermano mayor estaría vendido y la franquicia se hundiría.
—¿Y Charlotte? —pregunté, sabiendo que pisaba terreno delicado—. Porque, pese al escándalo, ha conseguido levantar un imperio con las DCC.
La boca de Grayson se tensó un segundo. A ver, él mismo había dicho que asumía que yo había investigado, ¿no?
—Charlotte es la hija ejemplar, o lo era. Católica, guapa, perfecta en la foto. Se casó con el hijo de un amigo de papá: buena planta, dinero, apellido limpio. Todo encajaba.
Hizo una pausa corta antes de seguir.
—Hasta que dejó de hacerlo. Lo que nadie quería ver es que Charlotte nunca fue heterosexual.
Es lesbiana desde que sus barbies se frotaban.
El matrimonio era fachada, presión y miedo a decepcionar, y el trabajo con las DCC terminó siendo una jaula con brillo.
Siempre rodeada de chicas guapas… ¿Pondrías a un alcohólico a trabajar en un bar?
Tragué saliva, no me esperaba su franqueza.
—El problema con ella viene de lejos, imagino que te preguntarás por qué sigue casada y, si no lo haces, te lo diré yo —continuó—.
Papá no sabía, antes del matrimonio, que su mejor amigo estaba metido en algo capaz de arruinarlo hasta el tuétano.
Ni que a su reluciente yerno le obsesionaban las apuestas online .
Todo explotó, ellos arruinados y Stephen acudiendo a terapia para ludópatas.
A papá le costó un buen pico silenciar los titulares y a Vivian mover muchos hilos.
Ella siempre ha sido la heroína en la sombra.
Me quedé con el cóctel suspendido. Apuestas. Bancarrota. Terapia. La realidad superaba cualquier titular.
—¿Vivian?
—Como imaginarás, los abogados y ella han tenido que trabajar duro con la imagen pública. A mi cuñado simplemente no le conviene quedarse sin dinero ni respaldo. El equipo legal es brutal. Si se divorcian, él lo pasaría muy mal, por lo que no hablará.
Bebió un sorbo y dejó el vaso.
—Necesitamos que Charlotte se recomponga cuanto antes. Que vuelva a estar operativa. Vivian está sosteniendo todo: la imagen, los silencios, los acuerdos y a la directora de las DCC. No da más de sí.
—Imagino que debe de ser durísimo. Entonces, Vivian es…
—La más coherente de los cuatro —resumió sin dudar—. No vive de la sonrisa. Vive de anticiparse, por mucho que papá le dé menos valor que al resto. Siempre sabe qué decir y qué pieza mover para calmar las aguas, por eso dirige comunicación y relaciones públicas del grupo.
Se inclinó un poco hacia mí.
—Elliot y Charlotte siempre fueron los visibles.
Vivian no. Sin embargo, es la que llega antes que nadie y está pendiente incluso de la innovación deportiva.
Fue ella quien recibió tu presentación y me habló de tu app .
Me reenvió el mail y me dijo que ahí había oro antes de que Stephen lo arrojara a la papelera de reciclaje.
Por si te lo preguntas, es su asistente; así papá lo tiene vigilado.
Parpadeé.
—No tenía ni idea.
—Lo sé. Por eso te digo que, aunque en la reunión pareciera fría o distante, ella está de acuerdo en que estés aquí.
—¿Y qué me dices de ti?
La pregunta vino sola, no la pude contener.
Grayson enfocó su mirada en la mía y no titubeó.
—Yo… soy el peor de los cuatro, o eso me han repetido toda la vida.
No sonó a lástima, más bien a desgaste.
—He probado muchos proyectos y han fallado, como no dudó en recalcar mi hermano.
No conté con apoyo real, o quizá siempre tuve malas ideas.
Me cansé, me dejé llevar. Fiestas, mujeres, titulares incómodos.
Nada de lo que presumir. —Bebió—. Algunos ni llegaron a publicarse porque se pagó para que no salieran.
Elliot se enfadó. Charlotte se cabreó. Vivian tuvo que echar mano a muchos contactos.
Y papá me dio un tirón de orejas histórico.
Exhaló.
—Intentó reconducirme dándome un puesto que Elliot no para de restregarme.
Y Vivian me lanzó un salvavidas con tu nombre y tu aplicación.
Necesitaba creer que podía aportar algo útil de verdad a la franquicia, por eso estoy tan obsesionado con que esto funcione, casi tanto como tú, porque eres mi única esperanza de hacer algo bien por una jodida vez.
Mi mente se fue a Daniel, a su intensidad filosófica, a lo agotador que podía resultar a veces. Luego imaginé tres Daniels con poder, apellido y ventaja estructural. Entendí el cansancio de Grayson mejor de lo que esperaba.
No supe qué decir. Mi impulso era analizarlo todo, ordenarlo, clasificarlo. Pero su voz no pedía análisis. Pedía humanidad.
La comida llegó y cortó la conversación. Grayson miró el plato, luego a mí, parecía arrepentido de haberse abierto tanto.
—Madre mía…, no sé cómo he podido contarte todo esto —soltó con una risa cansada—. Olvídalo. Resetea tu cerebro. Tú necesitabas aire y he acabado descargando una maldita tormenta de piedras.
Alargué la mano sin pensarlo y toqué la suya.
Su piel estaba caliente. El contacto fue breve, intenso.
—Tranquilo. —Sonreí—. No voy a ir a la prensa ni voy a juzgarte. Todos tenemos derecho a caer, levantarnos y redefinir el próximo salto.
Eso habría dicho Thiago Cruz, mi amigo experto en psicología del alto rendimiento; lo vi aplicable.
Grayson entrelazó sus dedos con los míos y acarició mi palma despacio, con cuidado, con la yema del pulgar. No me aparté.
—Gracias por no irte. Jamás he conocido a una mujer parecida a ti.
No oculté que me afectó.
—Tal vez, ya tocaba.
Nos sonreímos. Me dio una última caricia y empezamos a comer.
Pensé que no me miraba como un estorbo ni como una variable incómoda. Me veía capaz, me cuidaba, creía en mi trabajo. El problema era obvio: se trataba de mi jefe, y mezclar eso con una posible atracción no era buena idea.
Sobre todo, si lo mezclabas con otro hombre que me apretaba las costillas con cada uno de sus comentarios mordaces, y otro que me hacía arder, oculto tras un casco.
Lo más inteligente era no pensar en ninguno y limitarme a disfrutar de la comida, y era lo que iba a hacer.