Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Valentino

No miré atrás cuando crucé la boca del túnel, aunque sentía el estadio todavía vibrándome en los huesos —como si el rugido se hubiese quedado atrapado bajo el casco— junto con la mala hostia al ver a Grayson Joneson agitando su puta capa de superhéroe para salvarle el día a Parks.

Caminé hacia el parking con la bolsa golpeándome el muslo, la camiseta pegada a la piel y el orgullo hecho trizas por dentro, que era peor que una costilla rota porque eso, al menos, te lo podían inmovilizar con cinta.

Al girar la esquina, como si hubiera entrado en un bucle temporal, volví a verlos.

El puto Joneson, impecable, con esa calma de tío que nunca había tenido que ganarse nada a empujones, abriéndole la puerta del coche a Naomi en plan película de ejecutivos de Netflix, sonriendo, diciéndole algo que ella escuchó y respondió con esa expresión suya de complacencia, la misma con la que te clavaba un cuchillo entre las costillas y luego te ofrecía una curita.

Me ardió la sangre. Y no de forma poética, de manera literal; parecía que alguien hubiera metido mi cerebro en el microondas.

¿En serio?

Anoche se tocaba mirando a Val Daver, toda cachonda, y ahora se largaba con el puto Joneson, que cosechaba lo sembrado. De lujo, Parks. De puta madre.

Me quedé quieto un segundo, lo suficiente para que mi cuerpo quisiera avanzar y mi cabeza dijera «no, no hagas un numerito aquí, no seas ese gilipollas», pero el demonio que llevo dentro estaba aplaudiendo, insistente, con ganas de quemar algo que no fuera el balón.

Naomi se metió en el coche sin fijarse en mí, como si ni siquiera existiera, como si el túnel hubiera sido un mal sueño y su teoría del «hermano de mi amiga» ya estuviera archivada, lista para procesar más tarde, quizá en un PowerPoint, quizá en un algoritmo, quizá en esa mierda de aplicación que lo medía todo menos lo que importaba.

El coche de Grayson arrancó, las luces rojas se alejaron y yo me quedé ahí con la sensación de que me habían dejado otra vez en mitad de una frase.

La misma sensación de la noche anterior, cuando la pantalla se fue a negro.

Un dolor de huevos de la hostia y una rabia aún más grande por dejarme a medias, era su maldita especialidad.

—Fantástico —murmuré, sin saber si lo decía por ella, por mí o por el universo entero—. Fantástico.

Subí a mi coche, tiré la bolsa al asiento del copiloto y me quedé con las manos en el volante, sin arrancar. Tenía el pulso alto, la garganta seca, la mandíbula apretada, el cuerpo todavía en modo partido, pero la cabeza… la cabeza estaba en un sitio peor.

No era el banquillo.

Era la humillación de que me hubieran sentado y que la chica que supuestamente venía a «cuidarme» se hubiera pirado a comer con un Joneson.

«Niñera, mis cojones».

Me dio por llamar a Avery, quería soltarle cuatro frescas a mi hermana sobre mis necesidades respecto a Parks. Ni siquiera pensé, solo marqué, porque cuando te sentías evaluado, solo y ninguneado, hacías cosas estúpidas con la esperanza de que alguien te devolviera un poco de realidad.

Tono.

Tono.

Buzón de voz.

—Claro —solté, mirando el parabrisas como si pudiera atravesarlo con la mirada—. Claro que sí, seguro que estaba haciendo yoga acrobático con Reyes.

Volví a llamar. Mismo resultado.

No era culpa suya, lo sabía, pero mi frustración no estaba en modo lógico, estaba en modo animal, y cuando estabas así, todo lo que no contestaba parecía un rechazo.

Dejé el móvil sobre el asiento, respiré hondo y me di cuenta de algo que me dio aún más rabia: necesitaba hablar con alguien que no fuera del equipo, porque con el equipo todo se volvía una competición, incluso la empatía.

Incluso la preocupación, y si le decía a alguien lo que me pasaba de verdad, no jugaría a mi favor.

Necesitaba a alguien que no tuviera que mirarme como QB1 o QB2, como estrella o como prescindible, como titular o como reemplazo.

Y supe de inmediato a quién debía telefonear.

Levi.

Pulsé su nombre en la agenda y arranqué, con el aire acondicionado a toda hostia porque hacía un calor de tres pares.

Sonó una vez, dos… y alguien contestó con una voz pequeña, cantarina, feliz, alejada de cualquier problema del mundo.

—¿Sí? ¿Quién es?

Me quedé en silencio un segundo.

—¿Evander?

—¿Quién es? ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Eres un secuestrador? Mi abu es la sheriff y yo sé disparar con el arco.

Me reí por lo bajo.

—¡Es verdad!

—¿No has leído mi nombre en la pantalla? Soy el tío rubio, guapo y simpático que te regaló a Blue, el que nada feliz en tu acuario.

—¡Valentino! —gritó, y el volumen me taladró el oído—. ¡Valentinooooo! ¡Papá, es Valentino!

Solté una carcajada. Se me escapó y sentí alivio inmediato, ese que solo lograba un niño cuando te abría una ventana en el pecho con su inocencia.

—Eh, campeón —dije, apoyando la nuca en el reposacabezas—. ¿Qué haces con el teléfono de tu padre?

—Estoy cuidando la casa porque papá está ocupado —susurró, conspirativo—. Y Sky también.

—Ah. ¿Y Blue? ¿Cómo está mi pez?

—Es mío. ¡Blue está gordísimo! —dijo orgulloso—. Le doy de comer mucho porque tú dijiste que los peces cirujano son fuertes.

—Yo dije que eran resistentes, no que fueran a explotar —contesté, sonriendo.

—No va a explotar —sentenció como si fuera un científico—. Blue es un guerrero, le voy a pedir a Santa Claus una novia para que tengan huevos y salgan bebés.

—Vaya, al parecer, todo el mundo busca emparejarse, incluso tu pez.

—Yo no, y todavía no me he caído a la fuente de Cupido, así que… Estoy a salvo.

Hubo un silencio al otro lado y luego escuché un ruido extraño, como un golpe leve y una risita ahogada.

—Evander… —dije despacio—. ¿Dónde está tu padre exactamente?

—En la habitación —respondió con naturalidad—. Con Skyler.

—Ya, ¿y tú contestas porque…?

—Porque tienen el pestillo —dijo, como si me estuviera explicando una ley universal—. Cuando el pestillo está puesto, no se puede llamar a la habitación a no ser que sea una emergencia.

Me atraganté con el aire.

—¿Quién te ha enseñado eso?

—Papá —respondió orgulloso—. Dice que es importante respetar el pestillo porque están… estirando y deben concentrarse sin interrupciones. Además, ya soy mayor y puedo estar haciendo mis cosas sin prenderle fuego a la casa.

Me mordí el labio para no soltar una carcajada.

—Eso es importante, sí…

—Sí, yo estoy al frente, y a veces Skyler hace «aaah» —añadió, muy serio—. Y papá también, sueltan cosas como «así» o «hazlo más fuerte», pero no tengo que asustarme porque forma parte del entrenamiento.

Di un volantazo porque por poco me comí un coche que se iba a incorporar a mi carril. Me tapé la cara con la mano, sintiendo el calor en mi cuello.

—Me-me hago una idea…

—Hoy están haciéndolo fuerte —susurró—, se escuchan golpes. ¿Lo tuyo es una emergencia? ¿Por eso llamas?

—Sí, bueno…, em, puedo espe…

Oí pasos pequeños, luego golpes en una puerta, luego la voz de Evander elevándose de forma criminal.

—¡Sky! ¡Papá! ¡Emergencia!

—Mierda —murmuré—, me va a matar por haberle jodido el polvo.

—¡¿Qué? ¿Cómo? ¿Quién? ¿Qué pasa?!

Reconocí la voz atribulada de Skyler.

—¿Por qué vas envuelta en una sábana?

—Hoy tocaban estiramientos romanos, ¿qué ocurre? ¿Dónde está la emergencia?

—No es mía, es de Valentino…

Lo imaginé agitando el móvil, porque, por lo cerca que la escuchaba, debía habérselo llevado consigo.

—Dame eso, campeón, y vuelve a pintar el dibujo tan chulo que me prometiste —dijo, y luego un carraspeo y su voz más baja, entre divertida y «me vas a pagar esto»—. Valentino Dalton, juro por Dios que como esto no sea importante…

—Es importante —dije, todavía riéndome—. Tu hijo cree que está gestionando un centro de estiramiento militar.

—Es que lo está —contestó—. Y tú no ayudas.

—¿Desde cuándo jugáis a los pestillos? —solté, porque mi cerebro siempre huía al sarcasmo cuando había emociones cerca.

Skyler se rio, esa risa que sonaba a «eres idiota, pero te quiero».

—Cállate. El otro día casi nos pilla y tuvimos que inventarnos que Levi me estaba ayudando con… con los estiramientos de cadera.

—Estáis confundiendo a ese niño —dije—. Cuando vaya a la escuela y le diga a los demás que sus padres estiran con pestillo y suena rollo «aaah, aaah, más fuerte», os van a llevar ante el consejo escolar.

—Tranquilo —respondió sin perder la sonrisa en la voz—. Aquí todos saben cómo se las gastan los Carter-Wallace, y si hablan, la sheriff los encierra.

—Pues, entonces, me anoto lo del pestillo para cuando tenga hijos…, y emparentarme con la justicia.

—Si es que llegas a tenerlos, porque cuando Levi sepa que no se ha corrido por tu culpa, te va a matar.

—Bueno, para eso tendrá que recorrer bastantes millas, y dudo que ahora mismo quiera.

—Vale. Bueno, a ver, ahora que vuelvo a poder pensar..., ¿qué pasa?

Me apoyé mejor en el asiento, dejé de reírme poco a poco y noté el peso volver, como cuando el cuerpo recordaba que estaba en guerra.

—Nada. O sea…, todo. —Bufé—. La pregunta sería: qué no pasa.

—Ajá. Desembucha, Dalton, sabes que sé escuchar.

Me quedé un segundo en silencio, mirándome las manos, los nudillos marcados, el pulso todavía alto.

Skyler bajó el tono.

—Me estás preocupando. ¿Qué pasa?

Solté aire, un bufido que casi me dolió.

—He ganado un partido que no he ganado —dije—. Me han sentado. Whitaker ha cerrado. Harlow me ha dejado claro que hoy no tocaba, que era fiabilidad, que era negocio, que era… —Me quedé sin palabras y apreté los dientes—. Que era reemplazable.

Skyler no dijo nada.

—Y luego está ella —añadí, como si me diera vergüenza incluso pronunciarlo.

—¿Ella?