Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Naomi

Solté el aire cuando el último pase cayó al césped; no me di cuenta de que lo estaba reteniendo hasta que mis pulmones protestaron.

El estadio seguía rugiendo, pero para mí el ruido pasó a ser decorado, algo que seguía ahí sin importarme demasiado.

Bajé la vista a la tablet y abrí el registro del partido, todo estaba ahí: cada snap , cada decisión, cada indicador de activación fisiológica, los tiempos de liberación, la presión, la lectura de cobertura y los patrones de estrés corporal.

Deslicé el dedo.

Inicio sólido, primer cuarto estable, tiempo de lectura correcto, liberación limpia y toma de decisiones eficiente… hasta el punto de inflexión, que marqué en rojo sin dudarlo.

No fue el error, fue lo que ocurrió antes del error.

Amplié la secuencia y mi app lo señaló con alertas conductuales claras: microtensión de hombros, retraso de enfoque visual, doble fijación de objetivo y ajuste tardío de pies; una cadena demasiado coherente como para ignorarla.

Y ese gesto, ese microsegundo en el que miró hacia la banda, hacia mi zona.

No fue romántico ni intenso, fue peor, involuntario.

Desviación de foco. En términos de rendimiento, algo crítico; en términos humanos, comprensible; en idioma de entrenador jefe, banquillo.

Después llegó la duda, el medio segundo extra que jugó a favor de los Texans, el pase tardío a Ty, la mala caída, la señal de Harlow, dos dedos en alto, y el cambio.

Yo ya lo sabía antes de que levantara la mano, no por intuición, sino por patrón.

También había estado observando al entrenador. Sus decisiones nunca eran emocionales durante los partidos, eran metódicas, casi quirúrgicas, y cuando dejó de mirar la jugada para empezar a mirar al jugador, el cambio se volvió inevitable.

Lo que no esperaba era verle los ojos tan de cerca al salir, azules, encendidos y cargados de derrota contenida.

No rabia ni orgullo herido, solo derrota.

Eso no salía en las métricas, pero yo la conocía demasiado bien, la había sentido en gimnasia cuando Volkova nos amenazaba con dejarnos fuera del equipo titular por un error, ese segundo exacto en el que sabías que ya no había vuelta atrás.

Cerré la app un momento.

No importaba que el marcador final fuera victoria, no importaba que la rotación hubiera funcionado ni que Whitaker hubiera cerrado el partido con eficiencia de manual.

Valentino Dalton no había vuelto a pisar el césped del AT dos, no consuelo bien; tres, mis habilidades sociales en crisis emocionales son comparables a las de un droide con la batería al tres por ciento.

Camila era la profesional emocional, Avery daba discursos que levantaban muertos y yo daba gráficos, además de café mediocre.

Y, aun así, él provocaba interferencias, una distorsión clara de mi sistema, una respuesta interna poco elegante que me sacaba de mi zona de control y generaba dudas que no deberían existir.

Nunca fui especialmente cariñosa, ni parlanchina ni cálida, por eso me irritaba que, alguien que había querido largarme de allí desde el minuto uno, despertara ese tipo de impulsos impropios.

«Reacción» era una palabra pobre, aquello era más bien una perturbación del sistema, y no me gustaban los sistemas inestables.

Fui directa al túnel de vestuarios cuando los vi entrar, repitiéndome que no era exactamente por él, sino por Avery, porque era su hermano, porque era mi amiga y porque prometí, a mi manera, que su temporada funcionaría con mi ayuda.

Además, los datos eran claros: la decisión de Harlow en el segundo tiempo había sido correcta, fría, dura y, aun así, la acertada.

Pero cuando Valentino pidió entrar en el último cuarto —sí, estaba lo bastante cerca para escucharlo—, yo le habría dado una oportunidad, no por emoción, sino por calibración; necesitaba recuperar control en campo real y no limitarse a simulación o a que le sacaran los colores después en el visionado.

Si hubiera sido por Mac, estaba segura de que lo habría dejado entrar.

Lo que ocurría era que Harlow no concedía votos de confianza ni siquiera en pretemporada; su puesto estaba amenazado, solo quería resultados y Whitaker se los daba, le dio igual que Dalton necesitara ese voto porque no lo obtuvo.

Apoyé la espalda contra la pared y solté una exhalación lenta.

La puerta se abrió y empezaron a salir jugadores entre risas, golpes de hombro y celebración de vestuario ganador.

Marcus fue el primero en verme y sonrió como si hubiera detectado una presa.

Cómo no.

—Mirad a quién tenemos aquí, la señorita Park celebrando con nosotros la victoria, ¿algo que decir sobre mi excitación competitiva de hoy? —preguntó socarrón—. Porque me los he follado por fuera tres veces seguidas.

—Sí —respondí, clavando los ojos en él—, ha estado bien, lástima que en el último cuarto acabaras dentro de un sándwich defensivo, como vaticiné en nuestra última reunión. O tienes alma de salami o te apetecía darme la razón.

Las risas explotaron alrededor.

Marcus se llevó la mano al pecho algo crispado, aunque intentara disimularlo.

—Si quieres salami, dame tu número de habitación y te lo doy en directo.

—No te ofendas, charcutero, pero soy alérgica al embutido de baja calidad.

—Vamos, Marcus —soltó Devin, pasando por detrás—, la señorita Park no compra marca blanca.

Más risas y un par de aplausos.

—Sois unos cabrones —murmuró—, y usted, señorita Park, no sabe lo que se pierde.

—Antes me hago vegana que hincarle el diente a tu carne en barra, gracias.

Se fueron alejando entre bromas, cuando la puerta volvió a abrirse a los pocos minutos y apareció el motivo por el que seguía allí como una idiota estadísticamente incoherente.

Me miró de soslayo, gruñó y el aire cambió de densidad.

—¿Podemos hablar?

Valentino ni siquiera se detuvo. Siguió caminando hacia la salida del túnel con la bolsa colgada al hombro y el gesto cerrado, como si cada paso fuera una forma de no explotar delante de mí.

—¿Para qué? —respondió sin girarse—. ¿Para que me restriegues mis cagadas con tu app ? No, gracias, ya he tenido bastante con que apenas me dejaran jugar.

Aceleró el paso.

Suspiré porque mi inicio había sido una mierda. Impecable gestión emocional, y antes de que pudiera pensarlo demasiado, alargué el brazo y lo agarré por el antebrazo.

—Espera.

El contacto fue inmediato. Una descarga seca, inesperada, recorriéndome la piel como si hubiera tocado algo con corriente. Valentino se giró de golpe, desconcertado, bajó la mirada a mi mano y luego a mi cara.

—¿Qué cojones haces, Parks?

Retiré la mano casi al instante, pero ya era tarde: el silencio se había tensado entre los dos.

—¿Hola? —dije, señalándole la sien con un gesto torpe—. ¿Puedes oírme? Sé que estás ahí dentro.

Alzó las cejas, incrédulo.

Tragué saliva y seguí, porque cuando empezaba ya no sabía frenar.

—¿Podrías dejar de lado por un puto instante a Valentino el cabrón y dejar que salga el hermano de mi amiga?

Ese que tal vez necesite hablar, porque, vale, igual merecía que Harlow lo sentara, pero también merecía una segunda oportunidad en el cuarto tiempo.

Si estás ahí…, responde. ¿Puedes salir a hablar?

Me miró como si acabara de perder la cabeza; igual la había perdido un poco.

—¿En serio piensas que cualquiera de los dos tiene algo que hablar contigo? —dijo—. Tú y yo solo sabemos discutir. Además, diga lo que diga, lo usarás en mi contra para tu mierda de aplicación y exponerme delante de todos.

Aquello me dio de lleno.

Me quedé quieta un segundo, pensando qué narices estaba haciendo, si tenía la capacidad comunicativa de un cactus con ansiedad social, si de verdad había creído que esto iba a salir bien después del numerito del ascensor y de que me prometiera que no pararía hasta echarme de allí.

«Respira, Park. Respira».

Me quedé con lo último que había dicho, porque era lo único que sabía manejar.

—Mi app no es una mierda —solté ofuscada—.

Y si quisieras escucharme en lugar de poner palos en las ruedas, tal vez podríamos mejorar eso que te frena y bloquea tus decisiones en el último segundo.

Te recuerdo que no te pasaba en la SSU, todo el mundo alababa tu toma de decisiones, lo efectivo que eras, así que algo está ocurriendo que no juega a tu favor, y no es tu equipo o el entrenador.

Valentino soltó una risa corta, sin humor.

—Se llama NFL, listilla. Una cosa es jugar en la universidad y otra en la liga profesional, con veintitrés años y tíos que quieren servir tu cabeza junto al pavo de Acción de Gracias.

Con contratos que dependen de que no la cagues y con un equipo que espera que obres el puto milagro de llegar a la Super Bowl siendo uno de los quarterbacks más jóvenes de la liga.

Todo eso se llama presión, y no necesito que tu aplicación me diga qué me jode y qué me afecta.

Dio un paso hacia mí, no invadiendo, pero sí imponiendo.

—Antes era antes y ahora es ahora. Y, además, ¿no has dicho que querías hablarme como una amiga?

Porque las amigas no hacen análisis ni preguntas así.

Suenan más a «vamos a tomarnos unas cervezas y a criticar al mierda de tu entrenador por sentarte en el banquillo hasta que terminemos cantando el himno nacional».

Lo tuyo ha sido más bien un «voy a analizarte hasta las heces para que sepas qué ha salido mal».

Ah, no, espera, que la de las heces eres tú.

Me ardieron las mejillas.

—Vale, de puta madre —repliqué—. Si tú solito quieres hundir tu carrera porque no te fías de mí, adelante. Cuando Avery me pregunte, le diré que lo intenté y rechazaste mi ayuda.

Su expresión cambió. Apenas, pero lo suficiente.

—Así que de eso va todo. —Su tono se había vuelto seco de golpe—. Ya decía yo que ese interés repentino de tu parte no era gratuito. Mi hermanita pequeña te ha pedido que cuides de mí.

No sonó como una pregunta.

—Pues dile de mi parte que no hace falta. Aprendí a hacerlo solo desde que ella necesitó toda la atención de mis padres.

Eso me descolocó. No lo esperaba. No así. No tan crudo.

Nunca me había planteado cómo había sido crecer a la sombra de Avery y la realidad me alcanzó como un rayo, porque no era ajena a su síndrome, a los problemas que tuvo y su rechazo de ir a las olimpiadas. El foco siempre estuvo puesto en ella, como me ocurría a mí con Daniel. Eso me descolocó.

Valentino lo notó y siguió, más bajo.

—Haznos un favor y pasa de mí, Parks.

No vi a Grayson aparecer por el pasillo hasta que habló.

—Naomi, ¿todo bien?

Giré la cabeza, aún encendida.

—Eh…, sí. Solo… hablábamos.

Grayson frunció el ceño sin dejar de observarnos.

—No lo parecía.

Valentino sonrió de lado, una sonrisa peligrosa.

—Ya, bueno, es lo que tiene conocerse desde la universidad y compartir más de una fiesta que no termina como esperabas. A veces confundes los límites de la realidad con pura ficción. Que tenga un buen día, señor Grayson, Parks.

Y se fue.

Me quedé ahí, con las mejillas ardiendo.

Mi jefe se acercó con cuidado.

—Entonces, Dalton y tú …

—Es el hermano de una de mis mejores amigas —dije, zanjando cualquier posibilidad que se hubiera planteado—. Nunca nos hemos llevado bien, creo que me ve como una amenaza. Podré con ello, no te preocupes.

—¿Seguro? Si necesitas que yo…

—No —lo corté—. Solo necesito aire, después de la intensidad del partido y el calor sofocante me irá bien.

Asintió.

—Genial. La verdad es que yo también lo agradecería. ¿Qué te parece si te invito a comer fuera de aquí? Por lo que sé, apenas has salido de las instalaciones y Dallas tiene mucho que ofrecer. Si te apetece, me cuentas lo que has valorado, y, si no, simplemente nos alejamos.

Me quedé pensativa un segundo, quizá era justo lo que necesitaba.

—Sí…, vale —dije—. Pero debería cambiarme.

—No hace falta —respondió—. Permíteme que te diga que a nadie le sienta mejor que a ti la ropa corporativa.

Parpadeé.

Asentí y nos fuimos; mientras, yo intentaba convencerme de que lo que acababa de sentir no era otra perturbación del sistema.