Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Valentino

Llevábamos dos partidos de pretemporada y ninguno me dejó buen sabor de boca.

El primero lo jugamos a finales de julio, ruido, rotaciones y circo. El segundo, antes de la presentación oficial de Parks, fue otra cosa. No jugamos mal, tampoco rozamos la excelencia, y en este negocio, si no eras excelente, eras prescindible.

Así de simple, así de hijo de puta y así de real.

No podía culparlos. Pagaban una fortuna por cada uno de nosotros. Si cobrabas como estrella, rendías como estrella o se activaba el botón de canibalismo consentido. No existía término medio ni abrazos de consolación. Había reemplazos.

El tercer partido debería haber sido la semana pasada, pero se suspendió.

Y sí, me alegré. Demasiada tensión, demasiada mirada clavada y demasiada libreta abierta.

Que lo cancelaran nos dio oxígeno…, aunque el precio fuera pagarlo este lunes y el finde.

Dos partidos en la misma semana, sin margen, sin excusas.

Con un montón de periodistas deportivos haciendo sus cábalas de cómo iría la temporada gracias a ellos; las casas de apuestas llenándose gracias a nuestras hostias. Y Parks con la tablet como si fuera un puto rifle de francotirador.

Me pasé la lengua por el interior de la mejilla y dejé el casco sobre el banco con más fuerza de la necesaria.

Dormí como el culo. No fue por los nervios del partido.

Fue por ella, por el corte de conexión en el maldito momento que tenía la polla como una roca y decidió desaparecer.

Siete minutos de tensión eléctrica, respiración medida, control absoluto… y, de repente, negro. Desconexión. Silencio. Me dejó con el pulso disparado y un dolor de huevos de la hostia. Pisó el puto freno en plena curva y fui incapaz de borrar la imagen de sus preciosas tetas en la pantalla.

Me había plantado. Y lo que no iba a hacer mi alter ego era ir detrás como un perro después de que me dejó abandonado, con collar y sin hueso.

Menuda cabronada, de matrícula de honor.

—Eh, QB —la voz de Marcus Knight rebotó contra las taquillas—. Hoy, si me lanzas ese balón como el otro día, te denuncio por intento de homicidio.

Risas. Algunas reales, otras con el miedo a cagarla pegado al paladar.

Marcus estaba frente a mí, vendándose las muñecas como si fuera a boxear con el universo. Fuera del campo no dejaba de hacer chistes malos, dentro era pura dinamita compacta. El mismo cabrón que podía correr tres yardas y pedir aplausos.

—Corre más rápido —le dije a Marcus—. O te voy a meter un balón en la espalda que te va a doler hasta Navidad y a Harlow no le va a gustar.

Marcus estiró los hombros delante de mi taquilla, inflando el pecho como si fuera a salir a ligar en vez de a jugar.

—Guárdate toda esa testosterona en la bragueta, Knight —le dije—. Hoy no necesito que me montes un espectáculo.

—Habla por ti. Yo siempre rindo mejor cuando hay público.

Ty soltó una risa corta desde el fondo.

—Cuando Dalton empieza a morder, algo va mal.

—O algo va muy bien —respondí sin mirarlo.

—No —dijo Ty, serio—. Cuando muerdes así es porque estás distraído, y eso no nos conviene.

Eso sí me hizo girar la cabeza.

—¿Distraído de qué? —pregunté ofuscado.

Ty se encogió de hombros.

—Tú sabrás. Pero como salgas al primer drive pensando en otra cosa, lo vamos a notar todos y Harlow te sentará en el banquillo a la primera de cambio.

Silencio.

Marcus levantó las cejas.

—Vale —dijo—. Entonces, mejor que se te pase antes de salir, ¿necesitas una paja o algo así?

—Os podéis ir los dos a la mierda. Y como la cagues tú —le espeté—, voy a fingir que no te conozco cuando te sienten sin agua.

—Mejor será que no nos sienten a ninguno, ¿no crees?

No le contesté.

Jace me observaba desde el banco, quieto. Sin reírse. Sin intervenir.

Devin levantó la cabeza desde su taquilla.

—Vamos, chicos. Dos partidos y seguimos jugando a ver quién la caga menos —dijo—. Hoy no es día para regalos, sino para advertirle a esos tíos que vamos en serio.

—Estoy de acuerdo, hoy es día para hacer lo que toca —añadió EJ—. Punto.

—Qué bonito —bufó Marcus—. Me habéis llegado al alma.

—Cállate y corre —le solté.

—Lo haré si tú pasas recto —me respondió—. Que últimamente dudas más de la cuenta.

Eso sí me jodió.

Pensar de más era el problema.

Pensar en no joder el único momento que no se puede joder.

Pensar en Whitaker queriendo mi puesto. Y cobrando como si ya fuera suyo.

Pensar en la puta aplicación.

Pensar en que la noche anterior alguien decidió desaparecer justo cuando no debía.

A mi derecha, Grant se ajustaba el casco. Tranquilo. En silencio. Preparado. Como si nuestra conversación no fuera con él. No necesitaba mirarme, su contrato ya hablaba por él.

Harlow entró junto a Mac y el vestuario se tensó.

—Hoy no quiero héroes —dijo—. Quiero fiabilidad. Cada snap cuenta. Cada decisión cuenta, y como ya sabéis, no hay puestos blindados. No voy a daros un discurso porque todos sabéis lo que tenéis que demostrar.

Silencio seco.

Marcus dejó de hacer ruido. Ty dejó de sonreír. Devin apretó la mandíbula.

Yo también.

«No hay puestos blindados».

Traducción: «como te equivoques, sales».

—Ejecutad —remató—. Que el campo hable de lo jodidamente buenos que sois. Ejecutad —remató—. Y que el campo cierre bocas. ¡Levantaos!

Me puse el casco, al igual que el resto. Nos dirigimos hacia el túnel y, entonces, la vi.

Parks, en la boca. Tablet en mano. Uniforme corporativo, como si la noche anterior no hubiera estado cachonda y en bragas delante de mí. Bueno, delante de Val Daver.

En ese momento mostraba su otra versión: Fría, concentrada. Sin importarle que la noche anterior me hubiera dejado colgado con el cuerpo en tensión y la cabeza hecha un puto nudo.

Perfecto. Pues yo iba a hacer lo mismo.

—Eh —Marcus me chocó el hombro—, vamos a follarnos a esos mamones.

—Tú corre bien y ya me ocuparé de que folles otra cosa más apetecible que culos peludos.

—Así habla mi QB1 favorito.

Le enseñé el dedo medio.

Nos juntamos.

Cascos. Pecho. Miradas.

— One snap .

— One job .

El túnel se abrió. El estadio rugió.

Tenía ganas de reventar algo que no fuera el balón.

Pisamos el césped y el ruido dejó de ser ruido para convertirse en presión. De esa que se te metía en el pecho y no te dejaba respirar del todo. El sudor empezó antes incluso del primer snap .

Ty caminó a mi lado.

—Empieza simple —dijo—. Que se cansen ellos.

Asentí, apretando la mandíbula.

Huddle . Cascos juntos. Respiraciones cortas. El aire caliente rebotando dentro del casco. Jace nos miró uno a uno, serio.

—Duros y rectos —soltó—. Y al que se le vaya la cabeza, lo saco yo.

Rompimos.

Me coloqué detrás del center . Manos apoyadas. Guantes húmedos. La defensa de los Texans estaba agachada, quieta, mirándome como si esperaran que dudara. No les iba a dar ese gusto.

El balón llegó y el primer golpe fue inmediato.

Carrera por el centro. Marcus chocó contra dos cuerpos y cayó hacia delante, arrancando un par de yardas a base de cojones. Nada bonito, pero nuestro. El estadio respondió con un rugido seco.

Seguimos.

Pase rápido a Ty. Atrapó y lo tiraron al suelo al instante. Cayó mal, se quedó un segundo de más bocarriba. Se levantó despacio, sin mirar a nadie.

—Así —me dijo al pasar—, uno a uno.

El primer cuarto fue eso. Avanzar poco. Golpear mucho. Los Texans hablaban después de cada jugada, empujaban tarde, sonreían demasiado. A mí me ardían las manos dentro de los guantes de las ganas de partirles la boca.

—Hoy no sales vivo —me susurró uno al cruzarse conmigo.

—Habla ahora —le contesté sin mirarlo—. Luego no vas a poder sin escupir dientes.

En una jugada, me golpearon justo después de lanzar. Caí de espaldas y el aire se me fue de golpe, como si me lo hubieran arrancado del pecho. El árbitro miró hacia otro lado. Me levanté escupiendo al césped. No iba a regalarles una puta falta.

Cerramos el primer cuarto empatados. Partido feo, incómodo, en casa, eso jodía más.

El vestuario estaba en silencio, no de calma, de espera.

Harlow entró sin levantar la voz. Nos miró como si estuviera sumando cifras.

—Empate —dijo—. Contra ellos.

Dejó que pesara, peor que una derrota.

—Eso significa dos cosas. Que no estamos mal y que no estamos donde deberíamos.

Señaló la pizarra.

—En la segunda parte quiero cabezas frías y decisiones limpias. Al que se le caliente la sangre, lo saco.

Me miró a mí.

—No es personal —añadió—. Es el negocio.

Y se fue.

Nos dejó con las tablets en la mano, era nuestro método hasta ahora. Cada uno tenía la suya y nos pasaban tres imágenes para que viéramos las jugadas desde ángulos distintos, con indicaciones de cómo mejorar y lo que se esperaba de las siguientes. Traté de interiorizarlas, necesitaba brillar.

El segundo tiempo arrancó más sucio.

Los Texans apretaron y nosotros respondimos igual. Marcus cayó dos veces seguidas, sin avanzar apenas, y se levantó mascando mierda. Ty empezó a recibir golpes cada vez más tarde. Jace bloqueaba con los dientes apretados, respirando como un animal cansado.

Y, entonces, lo vi.

Si se la daba a Ty, llegábamos justos. El hueco era mínimo y se estaba cerrando rápido, pero podía romper el partido.

Jace, por dentro, era avanzar sin brillo, seguir vivos.

Marcus estaba tapado. Forzar ahí era suicidio.

Elegir no era fácil. Elegir mal era imperdonable.

Dudé, solo fue medio segundo.

Cuando solté el pase a Ty, ya llegaba tarde. Tuvo que estirarse más de la cuenta y cayó mal, torciéndose al tocar el suelo.

—No me hagas eso —me soltó al levantarse—. No hoy, joder.

Asentí con la mandíbula tan apretada que me dolía.

Desde la banda, Harlow levantó la mano. Dos dedos.

«¡Mierda! Va a meter a Grant».

El cambio fue frío. Sin mirarme. Sin una sola palabra.

Los Texans lo celebraron como si me hubieran enterrado.

—¡Se acabó la fiesta, promesa del banquillo! —me gritó uno.

Apreté los dientes y me quedé fuera.

Estuve a punto de mirar a Naomi, pero me contuve. No estaba para verla anotar mis errores como si fueran datos de laboratorio.

Grant jugó a lo suyo. Seguro, corto, sin riesgo. Sumamos puntos. La grada aplaudía porque el marcador se movía, no porque aquello fuera bonito.

El tercer cuarto siguió igual. Grant dentro, control antes que ego. Yo esperando el fallo que no llegaba. Los Texans empezaron a frustrarse, a protestar, a buscar pelea.

—Así se gana —me dijo Jace al pasar—. Aunque duela.

Y dolía. Me jodía admitirlo, pero Grant nos estaba dando lo que necesitábamos.

Terminamos el tercer cuarto con ventaja mínima. Nada estaba cerrado.

Grant volvió a la banda. Harlow no se movió.

Me acerqué a Mac y a Harlow.

—Ya lo he pillado —dije—. Están cerrando por fuera y llegan tarde por el centro. Si entro ahora, los abro.

Mac me miró como se miraba a alguien que llegaba tarde.

—Eso lo hemos visto todos —dijo—. Tú, después.

—Dadme una serie —insistí—. Puedo hacerlo.

Harlow levantó la vista.

—No.

Así. Sin drama.

—No porque no puedas —añadió—. Hoy no toca.

Se giró hacia el campo, donde Grant ya se colocaba.

—Mira —dijo—. Y aprende. Esto no va de talento —remató—. De eso vas sobrado. Va de fiabilidad. Y hoy, él me la está dando.

No contesté. Cualquier cosa habría sonado a excusa.

El último cuarto fue desgaste puro. Sudor dentro del casco, pulso en la garganta. Nervios jodidos.

Los Texans empataron y el estadio se tensó. Yo estaba de los putos nervios.

Grant siguió dentro, nadie dudó.

Nuestro último drive fue feo y eficaz. Carrera. Pase corto. Reloj cayendo. A ellos se les acababa el aire.

En la última ofensiva de los Texans, todo fue ruido. El quarterback lanzó largo. Demasiado. El balón cayó al césped.

Fin.

El estadio rugió. No por épica, por alivio.

Habíamos ganado.

Grant levantó el puño una sola vez. Profesional.

Yo no me moví.

Ty me dio un golpe suave en el hombro.

—No es una derrota —murmuró—, pero sé que jode.

Claro que jodía.

Jodía porque tenía razón. Porque no podía decirle que no. Porque el marcador decía victoria y mi cuerpo decía otra cosa.

Jace me sostuvo la mirada.

—Esto acaba de empezar, Dalton.

No respondí.

Por fuera.

Por dentro pensé que ojalá se equivocara.

Ojalá esto fuera solo un partido de agosto sin consecuencias.

Ojalá no hubiera sentido esa punzada exacta cuando Grant cerró el partido como si fuera suyo.

Porque si aquello acababa de empezar, significaba que iba a tener que demostrarlo todo otra vez.

Desde cero.

Y, esta vez, sin margen para dudar ni medio segundo.

Miré el marcador antes de volver al túnel.

Victoria de pretemporada, todo correcto para el equipo, para mí no.

Ganar sin estar dentro no era alivio, era una advertencia.