Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Naomi

Miré el cronómetro otra vez. Nueve minutos. Nueve malditos minutos exactos, ¿quién cojones ponía un cronómetro para ver si era la puta elegida?

No era normal.

Tenía el iPad apoyado sobre el soporte porque lo había conectado al teclado inalámbrico para teclear más rápido.

La temperatura helada de mis dedos contrastaba con el calor que me subía por dentro como una fiebre por Gripe A.

La habitación estaba en silencio, demasiado silencio, de ese que convertía cada latido en un martillo contra las costillas.

Tragué saliva.

¡Mierda, tenía la boca seca!

Fui hasta el baño, me llené un vaso y me miré en el espejo, intentando encontrarme al otro lado.

—Vale, Park, tranquila. Es ridículo que estés así. Ni siquiera sabes quién es ese tío, podría tener cara de orco, se esconde detrás de una máscara, seguro que sus ojos son de chihuahua y tiene voz de pito.

«Imposible, él no es así», profirieron mis ovarios.

No era culpa suya que estuviera ovulando.

Cerré los ojos y exhalé fuerte, como antes de salir al tapiz, justo en ese segundo en que decidías si corrías… o te rajabas.

Era ridículo que hubiera cerrado la puerta con pestillo y puesto el cartelito de «no molesten». Ridículo haber mirado por el cuello de mi camiseta pensando en si la ropa interior que llevaba puesta era la apropiada. Como si importara.

¿Y ahora acababa de olfatearme las axilas?

Dios, estaba muy mal, necesitaba liberar tensión sexual.

¡Ese tío no iba a verme! Era yo la que lo vería a través de la pantalla si decidía que mi respuesta era lo bastante válida.

Me pasé la lengua por el labio inferior sin darme cuenta y solté el aire despacio.

Volví a la habitación.

No había pasado nada. Ni un mensaje. Ni una señal. Ni el típico aviso previo.

Y, aun así, mi cuerpo estaba en modo competición: músculos tensos, respiración corta, el sistema nervioso alineado como antes de un mortal atrás en la barra, cuando sabías que si dudabas medio segundo te abrías la crisma.

No sabía por qué había llegado hasta el final con esto.

Bueno…, sí lo sabía; apreté los dientes.

Porque ese tío me ponía peligrosamente cerca de un recuerdo que no debía tener tanto poder.

El más morboso. El más eléctrico. El más fuera de control de toda mi vida.

El que me hizo sentir, por primera vez, desatada e invencible.

Sin juicio, sin consecuencia. Solo impulso.

Val Daver, sin saberlo, con cada uno de sus directos me llevaba a ese punto.

Miré la pantalla en negro como si fuera a activarse por pura presión mental. Seguro que el resto de participantes estaban haciendo lo mismo, suspendidos en el aire, esperando aterrizar. Y eso me convertía en una más.

«¡Menuda mierda! No te va a elegir. ¿En qué pensabas cuando escribiste esa respuesta?».

Mi rodilla empezó a moverse sola, arriba y abajo, arriba y abajo, como si marcara el tempo de algo que estaba a punto de explotar.

—Es un desconocido —susurré—. Un tío con modulador de voz y unos abdominales de infarto. Eso es todo.

Mi reflejo borroso en el cristal me devolvió una cara encendida y los ojos demasiado brillantes.

—Es un juego online . Punto. Sin contacto. Sin mundo real. Sin variables físicas. Entorno controlado.

Notaba el pulso en la garganta, en las muñecas, incluso en la boca del estómago. Como si alguien hubiera aumentado la gravedad solo dentro de mi cuerpo. Me recoloqué en la silla y el algodón de la camiseta rozó mi piel con una sensibilidad absurda.

Genial, estado actual: hipersensible. Justo lo que necesitaba para que eso me marcara los pezones.

«¿Y si me elige?».

«Es lo que querías, ¿no?». Mi clítoris se contrajo.

Con él podía hacer alguna que otra guarrada. Con el que me tenía en jaque, no.

—Puedes ser quien quieras ser con el tío de la máscara —comenté en voz alta—.

No eres la chica que han contratado por su aplicación.

No eres la lista de la clase. Tampoco la rara funcional.

Solo… eres @Rey_Parks03. Puedes permitirte el lujo de ser lo lanzada, deslenguada y morbosa que te dé la gana.

Es un puto juego y estás suscrita a su canal.

Él sabe lo que esperas y no es una partida de ajedrez, así que relaja.

Mi mente racional levantó la mano.

«Esto es excitación por anonimato y proyección».

Mi clítoris respondió:

«¡Ja! Y a ti te pone cachondo R2-D2».

Resoplé. Humor friki como mecanismo de supervivencia.

El contador se puso en 09:51.

Algo se tensó en mi pecho. Una cuerda invisible. Anticipación pura, afilada, deliciosa y molesta al mismo tiempo. Quería que apareciera y también que no lo hiciera. Quería cerrar la app y quería pegármela a la cara.

—Si no entra en el minuto diez, cierro y me paso al modo vibrador —me amenacé, mirando de soslayo hacia la cama.

Sip , lo tenía listo en el cajón de la mesilla de noche y con batería suficiente para un par de alivios.

Me incliné hacia delante, codos en las rodillas. Espera activa, igual que cuando los jueces iban a puntuar mi ejercicio en una competición y te jugabas todo en una nota.

10:00.

Nada.

«¡Si es que lo sabía!».

Me invadió la frustración, tuve ganas de tirar el iPad contra la pared si no fuera porque, a los tres segundos, se sacudió. Seco. Breve. Demoledor.

La pantalla se encendió y su nombre apareció arriba.

El corazón me hizo un mortal, o quizá tres. No estaba segura porque enlazó la serie completa y terminó clavándose en mi garganta.

Los dedos me temblaban.

«¡Acepta la puñetera invitación!».

Moví la mano hacia delante y presioné.

La pantalla cambió de negro a sombra.

Ahí estaba, como una aparición salida del lado oscuro, con un tema de Two Feet sonando de fondo, Love is a Bitch, muy adecuado.

Tragué aire antes de llevar las manos a las teclas.

@Rey_Parks03: Llegas tarde. Penalización.

Su risa salió modulada, grave, lenta.

—Y, aun así, te quedaste a esperar.

@Rey_Parks03: Eso no estaba en las normas.

—Las normas las pongo yo, siempre es bueno un poco de anticipación —respondió—. Puedes habilitar el botón del micro y hablar, en los privados se desbloquean funciones distintas. Así podré oír tu voz y tendrás las manos libres para jugar.

La idea me gustó. Tampoco es que pudiera reconocerme por cómo sonaba, así que… Lo hice.

—Mírate —contestó—. Estás acelerada, juraría que cachonda.

—No puedes verme.

—No necesito verte para saber cuándo alguien está al borde, aunque si quieres que te vea, también lo podemos solucionar…

El pulso me dio un golpe seco, directo, abajo.

Alter ego activado.

«Vamos, Rey_Parks03, salta sin red».

—Te crees muy listo para ir disfrazado de tostadora galáctica —solté—. Igual decepcionas sin el casco puesto.

—¿De verdad quieres perder nuestros diez minutos a solas lanzando acusaciones sin fundamento? Pensaba que aprovecharías mejor el privilegio.

Tenía razón el maldito sith con modulador de voz. Debía meterme en el papel, ya había perdido un minuto y quince segundos.

—Lo siento, señor.

—Mucho mejor. ¿Qué quieres hoy, @Rey_Parks03? —preguntó.

La forma en que pronunció el sobrenombre me recorrió la espalda de manera deliberada.

—Control —pronuncié—, perderlo —corregí.

—Me gusta la matización del verbo.

—Tu turno. ¿Qué pides?

—Que no pienses —contestó—. Solo reacciones… y verte.

Solté una risa corta, nerviosa, caliente.

—Imposible, yo no tengo máscara aquí.

—No la necesitas, basta con que regules bien el enfoque para no revelar tu identidad. La Fuerza también sabe encuadrar.

Eso era cierto. Maldito.

—Querías jugar conmigo, dejarte llevar por mi oscuridad y perder el control. ¿No es así? Pues cédemelo.

La orden me bajó por la columna como un latigazo tibio.

—Acércate a la pantalla y presiona el botón de la cámara para transmitir, hazlo o el juego termina aquí. Tú decides.

El pulso se me disparó. Calibré el ángulo como si estuviera alineando un salto y lo hice. No había llegado tan lejos para perder.

Plano limpio. Cuello hacia abajo, cama detrás. Pecho subiendo y bajando.

—Mmm, bonitos pezones…, ReyParks.

Me incliné otro centímetro. Provocación consciente.

Sentía el calor en la cara como si pudiera verlo a través del casco. Siguió hablando.

—Dime, ¿qué parte de ti está más despierta?

—La curiosidad.

—Mentira. Quítate la camiseta y muéstrame aquello que desea ser visto.

Tragué con fuerza y asumí que lo deseaba tanto como él.

Lo escuché gruñir cuando la tela desapareció. Mi ropa interior no era sexy , era cómoda, blanca, de algodón… y, aun así, su respiración cambió.

—Te toca pedir algo. Las normas son simétricas.

Respiré hondo, lenta, teatral.

—Empuja la silla hacia atrás y desabróchate los pantalones...

Se quedó quieto un segundo. Tensión sostenida.

—Me gusta tu estilo.

Luego, obedeció.

Dedos lentos. Firmes, humanos, sin guantes. Eso lo hacía peor.

El aire me raspó la garganta.

—¿Cuál es tu petición ahora? —susurré.

—Ponte en pie y desliza despacio los pantalones...

Mi corazón iba demasiado rápido. No estaba convencida de que tener sexo virtual me gustara o fuera una buena idea, sin embargo…

, me levanté. Los dedos jugaron con la goma del short con una caricia que fue mitad orden, mitad promesa.

Me giré y lo dejé caer por mis glúteos como una exhalación larga, apoyando las manos en el respaldo de la silla para ofrecerle un plano muy planetario.

Poder. Calor. Control.

Ahora entendía el vértigo de exhibirse.

—Joder, Parks…

«¿Qué ha dicho?». Me di la vuelta en un nanosegundo.

—¿Cómo me has llamado?

—ReyParks, ¿no es tu nick ?

«Mierda. Por un segundo sonó demasiado real, demasiado a él».

Me centré. No iba a cagarla por el maldito Valentino, que no pintaba nada ahí.

—¿Te gusta lo que ves? —remonté.

—¿Lo dudas?

—Quiero una prueba física… Pantalones fuera, señor Daver.

Apartó la silla. Yo me acomodé en la mía. Mi respiración rebotaba contra la pantalla, deseando tocar su piel.

Tragué aire.

Se inclinó. La máscara llenó el plano. Oscura. Dominante. Ridículamente efectiva.

—Dime qué te está pasando por la mente y lo que deseas —ordenó.

—Quiero comprobar si estás tan excitado como presumes.

Casi pude oír la sonrisa.

—A tus órdenes, mi reina —susurró. Dio dos pasos atrás y se bajó la prenda.

Me acerqué al iPad sin disimulo, por poco mostré el rostro sin querer.

Boss negro. Tensión evidente. Geometría gloriosa.

Y cuando añadió el bonus track de su mano recorriendo su «espada láser», dejé de necesitar confirmaciones científicas.

Estaba muy mojada y deseando la siguiente orden.

Miré el temporizador.

¿Cómo era posible que ya hubieran pasado seis minutos?

Necesitaba remontar.

La tensión subía en oleadas. Calor. Presión. Anticipación acumulándose entre mis piernas como carga estática.

Deshizo la distancia. Plano cercano. Aquella V obscenamente perfecta apuntando directo a mi centro de gravedad.

Manos en la mesa. Casco hacia cámara.

—Te deseo, mi reina.

—Y yo…

Lo confesé en voz baja, casi con vergüenza y con hambre.

—Pues quítate el sujetador…

Ahí dudé medio latido.

—Si yo me quito el sujetador…

—Podrás pedir lo que quieras. Sin límites, sin censura.

Me mordí el labio.

Eran solo un par de tetas. Ciencia básica. Dos por unidad femenina, seguro que había visto muchas.

Busqué el cierre. Me relamí. Él volvió a tocarse con más presión, más ritmo.

—Eres jodidamente perfecta.

Todo mi cuerpo vibró. Frecuencia máxima.

¿Desde cuándo ver a alguien respirar entrecortado era más íntimo que un beso?

El cierre saltó. Mis pechos salieron a la luz.

Un jadeo ronco al otro lado.

Y, entonces, —justo entonces—, pantalla verde.

FaceTime entrante.

—No. No. No. No —susurré—. No cortes, e-espera, d-dame un segundo…

Intenté deslizar para quitarla.

Deslicé para aceptar.

—¡Mierda!

Pantalla completa.

Salón familiar. Tetas en HD. Traición tecnológica.

Mi madre. Mi padre. Daniel.

—¡¿Naomi?! —cuestionó mi padre, quitándose y poniéndose las gafas como si el problema fuera el zoom .

No me moví. No respiré. No existí. Era un busto flotante de vergüenza y pezones.

—¿Qué has tocado, Daniel? —Mi madre—. ¡Te dije que llamaras a tu hermana, no que te metieras en una de esas páginas cochinas que miran hombres sudorosos con cascos!

—¡Yo no me he metido en ninguna parte! Creo…

Mi hermano paseaba nervioso los ojos por la pantalla.

—¿Y entonces por qué hay una chica desnuda en nuestro iPad familiar? —preguntó mi padre.

—No lo entiendo, pone Naomi, debe ser un cruce…

—¿Un cruce? —preguntó mi madre, desconfiada—. Seguro que tienes una partición oculta y guardada a una de esas guarras con el nombre de tu hermana.

—¿Esto entra en la factura de internet? —insistió papá.

—¡Cuelga de una maldita vez, que tu padre tendrá pesadillas!

Desaparecieron.

«¡Mierda, mierda, mierda!».

Ni siquiera sabía cómo pude moverme y vestirme sin vomitar.

Menos mal que no me había llegado a masturbar.

Y, entonces, recordé por qué estaba enseñando los pomelos en bragas.

Morí por segunda vez.

—Val…

Volví a la app .

— Mecagüen …

Pantalla negra. Me había salido del enlace.

—No. No. ¡No puede ser!

Volví a pulsarlo nerviosa.

00:00 —Sesión finalizada.

Él ya no estaba.

—¡De puta madre! —Me dejé caer en la silla—. Récord mundial de autosabotaje en familia. Sin red, sin colchón y sin orgasmo. Menuda mierda.