Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Valentino

Volvía a ser fin de semana y el viernes, en lugar de enrollarme con una tía en el Blue Moon, después de salir de entrenar con los chicos para tomar una cerveza, como era habitual, me vine a casa.

Ty me preguntó si tenía fiebre porque era raro de cojones.

Me inventé una excusa sobre una videollamada familiar porque lo cierto era que no me apetecía una mierda.

Normalmente, a esa hora ya habría cerrado al menos un trato horizontal y estaría decidiendo si follaba en el bar, en el callejón o la llevaba al ático. Pero no. Conduje directo a mi refugio con el Lambo vacío de sexo femenino, sin música, sin ganas de charla y con la cabeza llena de una sola cosa:

Naomi Park.

Llevaba desde el jueves sin poder sacarme de la cabeza el encontronazo del ascensor, el mismo que yo propicié, y lo mucho que me afectó tenerla tan cerca, encerrada conmigo, sin ruido, sin público, sin casco social.

Solo nuestras respiraciones desenfocadas, calor y esa mirada suya de «no me impresionas» que me ponía peor que cualquier minifalda, porque era un picado en cualquier campo que implicara demostrar algo.

No era la primera vez que ocurría.

La última terminó con su boca trabajando entre mis piernas y un «larguémonos a mi piso» porque quería tirármela a lo bestia y durante muchas horas.

Puede que no fuera la mejor mamada de mi vida, pero sí era la persona que quería que me la hiciera. Su entusiasmo y mi deseo se ocuparon de rellenar los posibles huecos.

Cuando me dijo que sí, no podía creer que al fin accediera por voluntad propia, sabiendo que era yo quien iba a dejarla temblando a base de orgasmos, porque era imposible que me conformara con uno.

Apreté el paso cuando la tuve cogida de la mano, mi urgencia por enterrarme en la señorita Parks era extrema. Llevaba demasiado tiempo deseando un encuentro en el que ambos termináramos desnudos y jadeando.

Lo que no calculé era que a ella le diera dolor de tripa y que el tío con el que compartía piso —un receptor que había venido conmigo al proceso del draft y que firmó como undrafted para el training camp — hubiera llegado después que nosotros y estuviera atrincherado en nuestro único baño.

A mí me habían elegido en el draft de primavera. Nombre en pantalla, llamada, contrato rookie , foto con gorra y sonrisa de «lo he conseguido».

A él no lo seleccionó nadie. Entró por la puerta estrecha: invitación a campamento, contrato de prueba, sesenta tíos peleando por un hueco y cincuenta y siete condenados a volver a casa.

Duró tres semanas.

Tres.

Luego corte, taquilla vacía y taquicardia de futuro incierto.

Menos mal que no entró en el roster final porque habría tenido que dar muchas explicaciones en el vestuario sobre mi no relación con Naomi.

No pude tener peor suerte. Aquella noche concreta habría firmado su contrato vitalicio con tal de que saliera del puto baño y me dejara terminar lo que Park y yo habíamos empezado en el bar.

Dejé las llaves en la encimera y me serví agua fría. El cristal del ventanal devolvía mi reflejo: hombros cargados, mandíbula tensa, ojos encendidos.

—Genial, Dalton —murmuré—. Te pone caliente la única mujer que quiere ponerte entre las cuerdas.

Siempre tuve una vena masoquista, aunque en ese momento lo que menos me convenía era perder el control, y con ella lo perdía demasiado fácil.

No porque fuera dulce. Ni sumisa. Ni impresionable. Justo por todo lo contrario.

Era afilada, incómoda y brillante, además de una obsesa de Star Wars . Y eso era peligrosísimo.

Me quité la camiseta de camino al que había bautizado como: El búnker.

La habitación privada cerrada con llave que nadie veía.

La que no salía en mis redes y a la que mis colegas tenían vetado el paso.

Ellos bromeaban sobre si guardaba cadáveres o un cuarto rojo de la lujuria; los de la opción B no iban tan mal encaminados, aunque jamás imaginarían que ahí dentro era otro tipo de jugador con casco.

Cuando entraba ahí, el personaje público, el quarterback estrella moría para dar vida al lado oscuro.

Pantallas. Torre. Iluminación. Paneles. Croma plegado. Equipo de audio. Varias cámaras.

Mi otro campo de juego.

Si el fútbol me había dado nombre, convertirme en Val Daver me proporcionó libertad.

Y pasta, bastante, como para poder permitirme mis caprichos sin tener que pedirle dinero a mi padre.

Ser becado en la SSU te cubría gastos, pero no orgullo. Había heredado el físico de papá, mamá me dejó en herencia su carácter italiano: lengua peligrosa y la habilidad genética de convencer a cualquiera de que el infierno era un spa si se atrevía a ir conmigo.

No quería deberle nada a nadie. Ni favores ni techo ni oportunidades.

No obstante, cuando estudiabas rodeado de hijos de millonarios o de exestrellas deportivas, la cosa se complicaba.

Te apetecía seguirles el ritmo y ahí era cuando llegaba el factor «necesito pasta para conseguirlo».

El clic llegó en segundos. Escuché a unas animadoras hablar de una plataforma de directos donde tipos con máscara cumplían fantasías de suscriptoras. Pagaban por ponerlas cachondas, por atención dirigida, y yo tenía un máster en habilidades femeninas.

Me pareció una locura, la puta hostia. Luego, un negocio que me veía capaz de llevar a cabo con estrategia.

Tenía un cuerpo de los que despertaban el deseo. Sabía qué decir y cómo hacerlo. Cero vergüenza a que me vieran la cara, aunque reconocía que si quería convertirme en un quarterback de la NFL, no podía permitirme que me asociaran a algo así. Blanco y en zona de anotación.

Pensé primero en un casco de fútbol americano. Lo descarté, demasiado reconocible, demasiado cercano.

La siguiente opción era uno de moto, a las tías les ponían muchísimo los que las conducían, y si ella no hubiera pasado por el pasillo habría sido mi opción.

La cosa era que la vi y, en lugar de llevar la sudadera morada de la SSU, llevaba una negra de Star Wars; fue como una profecía.

Naomi Park. Primer año. Cerebro nuclear. La chica que me dio un codazo en la nariz después de caer sobre mis rodillas en una fiesta y mirarme como si yo fuera el peor error de su vida tras besarnos con lengua.

Alguien voceó detrás de mí:

—¡Eh, friki, deja de bucear en ese lado oscuro y ven a conocer el mío!

Ni siquiera lo miró, alzó la mano, le hizo una peineta y siguió como si nada.

Aquello me atravesó.

No por el gilipollas de mi equipo que le lanzó aquel comentario fuera de tono, el mismo que le arrojó el balón y la hizo caer sobre mis rodillas, sino porque la obra de George Lucas era mi placer oculto.

Mi infancia. Mi saga. Mi maldita debilidad nerd que no encajaba con el quarterback alfa.

A un QB se le permitían coches, músculo y mujeres espectaculares. No sables láser.

Por eso fue una epifanía, una revelación, ella fue la culpable de que eligiera el disfraz de Darth Vader y ajustara mi nombre al que iba a usar: Val Daver.

Me pareció un juego de letras cojonudo.

Fui a una tienda especializada y me compré el más realista. Traje completo, casco con modulador de voz integrado. Presencia dominante y una espada de la hostia. Personaje. Distancia. Juego psicológico.

Marca creada.

Al principio tiraba de fondos digitales cutres. Ahora tenía croma, escenas, ambientes, narrativa. No vendía sexo explícito. Vendía tensión dirigida. Fantasía hablada. Dominio verbal. Control de ritmo. Y funcionó demasiado bien.

Lo que empezó como un ingreso extra se convirtió en una comunidad, y cuando el dinero dejó de importarme, seguí por otro motivo que no tenía nada de racional.

Una usuaria que apareció justo cuando mi cabeza empezaba a decirme «retirada estratégica»: @Rey_Parks03.

Puede que a ti no te diga nada, o tal vez sí, pero la primera vez que leí ese nick, el año pasado , sentí algo raro en el estómago.

Esa sensación incómoda que te decía que algo encajaba demasiado bien y que no podías tener tan buena suerte.

Porque sí, lo confieso: había investigado bastante sobre Naomi Park. Bastante tirando a obsesivo. La chica que me dio calabazas no solo me tocó el orgullo, me despertó la curiosidad. Necesitaba entender por qué yo no entraba en su ecuación, y cuando algo no me cuadraba, no sabía dejarlo estar.

Me volví un poco intenso, lo admito, solo lo suficiente como para hackear el sistema informático de la universidad y después el suyo.

Quizá no os haya contado que, además del fútbol americano y los videojuegos, siempre se me dio bien destripar sistemas. Si no hubiera salido atleta de élite, probablemente habría acabado programando o buscando vulnerabilidades por puro vicio. Con más café que ética.

Además de mis medidas cuestionables, la busqué en internet, el mayor escaparate involuntario.

La gente dejaba huellas por todas partes: foros, registros de torneos, publicaciones técnicas, fotos mal etiquetadas, horarios que se repetían.

Si sabías dónde mirar, las piezas empezaban a alinearse solas, y Naomi dejaba muchas, seguramente porque creía que a nadie le interesaba su peculiar vida.

Error crítico.

Supe qué leía, a qué eventos iba, en qué convenciones frikis participaba, qué comunidades frecuentaba y cuál era su debilidad desde pequeña.

Rey. Siempre Rey. Cuando iba a eventos de cosplay era su atuendo.

En torneos online usaba variaciones del nombre.

En rankings técnicos aparecía con alias que rimaban demasiado.

Cuando vi aquel nick en mi territorio no pensé «¿casualidad?». Pensé: «ahí estás».

Aun así, verifiqué. No fue instinto, fue procedimiento. Necesitaba confirmarlo, no solía jugar con probabilidades cuando algo me importaba.

Era ella.

Y estaba al otro lado de la pantalla, sin tener ni idea de quién ocupaba el casco. Eso me ponía a mil.

Saberlo fue suficiente para decidir continuar. Porque me gustaba demasiado la idea de ser su vicio secreto, su botón rojo, el motivo por el que se tocaba pensando en alguien sin rostro.

Cuando el otro día dio el paso de escribir por primera vez, casi me saltaron los plomos.

—Hola, Parks —le dije a la pantalla—. No tienes ni idea de con quién hablas… ni de que el cabrón que te enciende soy yo.

Ella no sabía quién respiraba dentro de la máscara.

Yo sí sabía quién estaba tecleando.

Ventaja injusta y tremendamente adictiva.

Ya llevaba los pantalones puestos y el torso al aire. Nunca me alegré tanto de no haber caído en la moda absurda de tatuarme medio cuerpo. Menos marcas, menos preguntas, menos rastros.

Me dejé caer en la silla y giré despacio, mirando el casco apoyado en la mesa. Negro. Limpio. Mucho más sincero que mi versión pública.

Y ahí estaba la contradicción: quería echarla de la franquicia… y al mismo tiempo deseaba que entrara esta noche al directo.

—Esto es una puta trampa —murmuré.

El plan para incomodarla seguía activo. Bromas pesadas. Situaciones embarazosas. Golpes de ego controlados. Nada irreversible, pero sí suficiente para que concluyera que los Cowboys no eran su lugar y buscara otro destino donde la valoraran como merecía, lejos de las garras de Grayson Joneson.

No iba a permitir que me destrozara la carrera. Ni que se liara con el heredero de la franquicia. Sabía que debía empujarla fuera, tenía claro el objetivo… y, aun así, cada vez que imaginaba que se marchaba, algo dentro de mí no celebraba la victoria.

—Joder…

Abrí el panel de luces. Ajusté temperatura, contraste, cámara principal. Me coloqué el casco. Prueba de audio.

—Modulación activa —dije. La voz sintética, grave y metálica llenó la habitación—. Perfecto.

Miré la hora, había llegado el momento.

Me incliné hacia delante, codos en las rodillas, pulsé el botón.

Iniciando transmisión en 5, 4…

—Vamos, Parks, entra al maldito directo.

Porque si entraba, jugaría a fondo. También quería desactivar su interés por Joneson, y si alguien podía competir con un heredero multimillonario era el placer sin nombre. Tenía cartas guardadas y ninguna era inocente. Solo necesitaba que mordiera el anzuelo.

…2, 1. Conectado.

Las seguidoras empezaron a entrar en la sala. Solo se oía mi respiración sobre la pista elegida para abrir: The Imperial March .

No me moví. Quieto. Dominando el silencio con mis exhalaciones.

Hasta que apareció un nick .

Las comisuras de mi boca tiraron hacia arriba con violencia contenida, sonrisa oculta tras la máscara.

«Bienvenida al lado oscuro, Parks. Esta noche vas a flipar».