CAPÍTULO 15
Grayson
El cristal de la sala de reuniones reflejaba el campo vacío, el sol cayendo a plomo sobre The Star y esa calma falsa que solo existía antes de que empezara la temporada; mi padre decía que aquel campo era su mayor victoria que no cotizaba en bolsa.
No el petróleo, no las fusiones, no los números que la prensa repetía como si fuera un mantra.
Los Cowboys, ese era su mayor logro, aunque no le estuviera dando el resultado que tanto anhelaba.
Había crecido viéndolo ir al campo o, cuando el trabajo no se lo permitía, sentado frente al televisor, sin corbata, sin llamadas, sin ser el tiburón que todos temían de lunes a viernes, solo un hombre gritándole a una pantalla, celebrando touchdowns como si no hubiera un mañana, convencido de que ese equipo era algo más que fútbol.
Era un sueño, una forma de llevar a la cumbre al fan que seguía habitando en su interior.
Cuando los compró, no lo hizo solo por negocio, eso siempre lo supe, fue su forma de sentirse parte de algo que no respondía a balances trimestrales, de dejar un legado que no oliera a gasolina ni a despachos cerrados.
Intentó inculcárnoslo, a todos, a los cuatro, con visitas al estadio, recuerdos compartidos, historias de jugadores míticos que nos contaba como si fueran viejos amigos.
Incluso lo intentó con mamá, aunque a ella nunca le salió fingir entusiasmo, sobre todo, cuando en alguna ocasión lo vio rodeado de aquellas animadoras demasiado jóvenes y demasiado alegres.
Si mi padre le había sido infiel, nadie lo sabía. En casa, Dios estaba muy presente, en el día a día y en las oraciones. Cualquiera que no fuera un buen devoto chirriaba en mi familia.
Por eso Charlotte estaba casada y, mientras tanto, jugaba a las enfermeras a puerta cerrada. Por mucho que mi padre lo hubiera intentado camuflar, yo sabía que aquel vídeo con la DCC entre sus piernas no era fruto de que alguien le hubiera metido droga en el vaso, sino de lo que quería en realidad.
El problema era que el apellido Joneson pesaba más que cualquier expectativa normal, aprendimos pronto una lección básica: nunca era suficiente en ninguno de los apartados de nuestras vidas, no importaba lo que hicieras ni cómo actuaras, siempre podías haber hecho algo más o mejor.
La gente veía a familias como la nuestra y creía que todo era fácil, que nacíamos con la vida resuelta, que no había fricción ni miedo, solo privilegios.
Lo que no veían era que, cuando eras portador del legado, no solo se esperaba que destacaras, se daba por hecho que ibas a ser perfecto; si no lo eras, estorbabas.
Elliot lo entendió rápido y se convirtió en el heredero intachable; Vivian aprendió a sobrevivir controlando el relato, diciendo siempre lo que el mundo quería oír; Charlotte…, bueno, Charlotte intentó ser la perfección americana hecha mujer y el precio fue público.
Yo siempre fui el que no encajaba, el que probaba cosas, el que no quería repetir el mismo camino solo por haber nacido en una familia donde la fachada pesaba más que la identidad propia, donde el «ya veremos» casi siempre significaba «ni lo sueñes».
Aun así, era de los que se saltaban los permisos y tomaban sus propias decisiones, algo que mi padre siempre penalizó, hasta que decidió traerme de nuevo al redil con la promesa de que podría hacer las cosas a mi manera, siempre que fuera capaz de convencerlos a todos de que eran buenas.
Por eso iba camino de la reunión. No era una cuestión de salvar a Naomi, era hacerles entender a mis hermanos que la aplicación funcionaba, no permitir que el ruido, el apellido y los prejuicios la enterraran antes de tiempo.
Entré. Todos estaban ahí, discutiendo sobre alguna mierda. Lo habitual. Me senté sin prisa, dejé el móvil bocabajo y respiré hondo.
Cinco minutos tarde, no por descuido, por mensaje, seguía siendo la oveja negra que aceptó entrar en el redil.
Mi padre estaba de pie, manos a la espalda, observando el campo como si aún pudiera decidir partidos con solo fruncir el ceño o elegir al entrenador más duro de la NFL.
Elliot ocupaba su sitio habitual, traje oscuro, portátil abierto, gráficos preparados.
Vivian sujetaba su tablet , era la más próxima a mí por edad, aunque me sacara unos cuantos años.
Mi madre siempre dijo que no fui buscado, más bien un fallo de la marcha atrás porque ellos no eran de usar anticonceptivos; a mí me gustaba fastidiarlos diciendo que era un regalo divino.
Mi hermana me miró con su expresión serena…, demasiado para mi gusto.
—Ya estamos todos —dijo Elliot sin mirarme—, podemos empezar y volver al trabajo, ya que su eminencia se ha dignado a aparecer.
Clásico.
Mi padre se giró por fin.
—Grayson, llegas tarde…
Como si no fuera una obviedad.
—Sí, bueno, Harlow me paró por el camino, ya lo conoces.
—No lo haría si, en lugar de comer con los empleados, lo hicieras en el restaurante del hotel, con la familia —me recriminó Elliot.
—Pues fíjate que yo encuentro más interesante hacerlo con los trabajadores. —Él arrugó la nariz con disgusto—. Deberías probar, es el mejor modo de enterarse de que a tu hermano mayor lo acusan de que le gusta demasiado meterse palos por el culo.
Elliot cerró de golpe el portátil.
—¿Quién ha dicho eso?
Era tan fácil chincharlo…
—Ahora mismo no me acuerdo, pero, desde luego, alguien con muchísima visión. Creo que hay una marca en la piel de tu silla del despacho.
—Eres un…
—¡Basta! No estamos aquí para que os comportéis como críos de diez años.
Nos interrumpió mi padre. Silencio. Me gustaba picar a Elliot, pero no era tan estúpido como para no saber que pasarme ahora sería una cagada.
—Bien —continuó—, pretemporada, nuevo staff , nueva narrativa tras… lo ocurrido. —Miró a Vivian de soslayo y ella asintió, no necesitó decir el nombre de Charlotte, que seguía «de retiro»—. Necesitamos estabilidad.
Mi hermano aprovechó el hueco.
—Y control, no experimentos de última hora si el objetivo sigue siendo llegar a la Super Bowl.
Alcé la vista.
—¿Esto va por la aplicación de Naomi Park? Porque te aseguro que no es ningún experimento, esa chica sabe lo que se hace.
—Ya, ¿por eso comes con ella cada día en el comedor del staff ?, ¿o más bien porque quieres convertirla en otra de tus zorritas? Si te la quieres tirar, no hace falta que nos vendas su app .
—¿En serio vas a permitir esto de su parte, papá? Sabes tan bien como yo que Naomi no está aquí por eso, no necesito pagar para follar, no es mi culpa que tú sí lo hagas porque tu mujer ya no te la chupa.
—¡Silencio! —rugió de nuevo mi padre.
Odiaba mis comentarios soeces. El problema era que, cuando Elliot me sacaba de quicio, se me iba el filtro a tomar por culo.
Vivian ladeó la cabeza, observándome como si midiera el impacto de cada sílaba antes de archivarla.
—Grayson, no es personal —asumió con suavidad—, es imagen, contexto, oportunidad. Solo queremos asegurarnos de que la señorita Park está aquí por el motivo correcto, no puede haber un desequilibrio de poder, así que si tienes algún interés romántico hacia ella…
—¿Tenéis idea de quién es? No es una chica que me encontré saliendo de fiesta, es matrícula de honor de su promoción, sus padres son ricos y su cerebro un privilegio, ¿de verdad pensáis que podría manchar mi imagen o que está aquí por nuestro imperio?
En todo caso, sería mi reputación la que pudiera perjudicarla —bufé—, no ha entrado en la franquicia por acostarse conmigo, busca una oportunidad fuera de su núcleo familiar.
Hay gente que lo hace, ¿sabéis? Aunque supongo que eso cuesta verlo cuando nunca te has levantado de una silla heredada.
Elliot soltó una risa breve, seca.
—Mira quién habla de oportunidades y sillas heredadas, tú, que llevas años saltando de proyecto en proyecto sin terminar ninguno, ¿cuántas cagadas llevabas acumuladas antes de que papá decidiera rescatarte?
Ahí estaba. El primer golpe.
—Probar cosas no es fracasar, es aprender lo que debes descartar.
—Perder el foco y fundirte el patrimonio en fiestas, viajes o modelos sí lo es —replicó—, y ahora vienes con una app desarrollada por una chica sin experiencia en la NFL…
—Con dos patentes registradas —interrumpí—, un máster en análisis predictivo y un sistema que ya ha demostrado eficacia en entornos de alto rendimiento.
—En gimnasia —puntualizó Elliot.
—En deportistas de élite —corregí—, que es lo que son los jugadores, por si se nos ha olvidado entre tanto Excel. A tu barriga le irían bien unas cuantas dominadas.
Mi padre carraspeó.
—He tenido suficiente —dijo—. Grayson, explica por qué deberíamos asumir este riesgo.
Aunque ya se lo había explicado en privado, quería que lo oyera de nuevo, delante de todos.
Me incliné hacia delante, apoyé los antebrazos en la mesa.
—Porque no es un riesgo, es una ventaja competitiva —los miré uno a uno—, seguimos haciendo lo mismo mientras otros equipos ya invierten en lectura de patrones, fatiga cognitiva y toma de decisiones bajo presión. No basta con grabar y revisar jugadas, necesitamos anticiparnos, no reaccionar.
—Vale, dame conclusiones y resultados. ¿Los tienes? —Elliot abrió las manos.
—Es demasiado pronto, apenas ha arrancado la primera fase de análisis y le faltan entrevistas por completar.
—¿Y qué propones? —atacó—. ¿Esperar a mitad de temporada para ver si funciona? No pienso pasar por ahí.
—Propongo evaluar, medir, probar, estamos en pretemporada, precisamente para eso.
—¿Y si no funciona?
—Entonces, lo sabremos pronto —respondí—, pero si funciona y no la usamos, el error será nuestro.
Vivian intervino con su tono diplomático de bisturí.
—Desde comunicación, Naomi encaja, es joven, preparada, mujer, asiática…
, posiciona bien, proyecta prosperidad y apertura mental, nos conviene después de lo ocurrido entre Carter y Wallace.
Algunos medios nos llamaron rancios y arcaicos cuando la expulsamos de las DCC por su historia romántica.
No lo olvidéis, si en algo estoy con mi hermano es en que el mundo cambia y debemos adaptarnos.
—Por fin alguien que me tendía una mano—.
Antes me has interrumpido cuando hablaba de la posibilidad de que Naomi y tú tuvierais algo, no he podido terminar de dar mi opinión y es la siguiente.
—Cambió la mirada hacia nuestro padre y hermano—.
Si Grayson y ella tuvieran una relación sentimental podría leerse bien…
siempre que fuera real, otro escándalo sexual sería devastador.
Elliot arqueó una ceja.
—¿La estás defendiendo?
—Estoy siendo práctica —replicó—, no podemos permitirnos otro KO mediático. Ella es discreta, de buena familia, no busca foco, le haría bien a la reputación de nuestro hermano, independientemente de la aplicación. Ahí lo dejo.
Asentí.
—Ella solo quiere trabajar.
—Eso no quita que la estés protegiendo demasiado —dijo Elliot—, ¿te la quieres tirar o te has reconvertido en mecenas del talento?
Clavé la mirada en él.
—La defiendo porque es buena —respondí—, no porque me convenga, ¿podéis tomarme en serio por una vez?
Mi padre me observó con demasiada atención.
—Lo estamos haciendo —intervino al fin—, el problema es el currículo que te precede. Sabes que debes ganarte tu puesto, dinos, ¿por qué deberíamos confiar en ti ahora?
Respiré hondo.
—Porque nunca lo habéis hecho, porque siempre he sido el pequeño, el «ya veremos», el que no encaja en el molde, y porque, por una vez, no os pido fe, os doy datos.
Golpeé la mesa con la palma abierta, no fuerte, lo justo.
—Dejad que trabaje, evaluemos resultados, si no suma, soy el primero en abrirle la puerta y pedirle que se vaya.
Silencio.
Vivian me sostuvo la mirada, algo distinto cruzó por sus ojos.
—Yo quiero ver cómo evoluciona —dijo— antes de descartarla.
Elliot apretó la mandíbula.
—Un mes —concedió mi padre—, observación, sin exposición, sin promesas y lejos de sus piernas, a no ser que quieras ponerle un anillo en el dedo, que, por otro lado, ya va siendo hora de que lo hagas.
Asentí.
—Todo lo que pido es un poco de fe.
Me levanté.
—Y una cosa más —añadí—, Naomi Park no es un experimento, es una profesional, si coincidís con ella, hacedme el favor y tratadla como tal.
Nadie respondió.
Salí de la sala con el pulso acelerado y consciente de dos cosas: la primera, había ganado un mes. La segunda, por primera vez, mi familia me había escuchado… y eso pensaba explotarlo; el tiempo bien usado siempre pagaba dividendos.