CAPÍTULO 14
Naomi
La puerta se cerró detrás de nosotros con un clic que sonó mucho más definitivo de lo que debería. Y el mundo perdió cobertura.
En cuanto nos quedamos a solas, su mirada se intensificó. Ya no era broma ni tonteo, eso iba de verdad, yo era el foco.
Me apoyó contra la pared de azulejos con suavidad, sin golpe, sin prisa y sin escapatoria. Sus brazos a cada lado de mi cabeza, jaula humana versión tío superdeseable.
—Dime que pare —musitó con la voz tomada por el deseo— y abro la puerta.
No lo dijo como reto. Lo dijo como verdad absoluta. Le creía.
Miré su boca, estaba tan hinchada como debía estarlo la mía.
—Estoy exactamente donde quiero estar, si no, no habría entrado —recalqué para que lo tuviera claro.
—Qué casualidad, yo también.
Me gustaba ese nivel de complicidad con él, aunque no fuera a durar para siempre.
Detectó la partida ganada y se dispuso a saborearla.
Esa vez el beso no fue hambre desatada, sino presión lenta, boca caliente, labios trabajando con intención, memorizando textura y respuesta. Mis manos subieron solas por la camiseta rumbo a sus hombros, cuello, pelo, tiré un poco y él soltó una risa breve contra mi boca.
—Joder, Parks —murmuró—, tienes cero instinto de supervivencia.
—Lo tengo —dije—. Solo lo ignoro cuando me apetece ser devorada…
Su rodilla se colocó entre mis piernas, mi cuerpo reaccionó sin consultar a la directiva. Me pegué y me froté. Él soltó aire por la nariz, controlándose a lo bruto.
—Eso no ayuda.
—¿En serio? A mí me gusta. —Volví a ejecutar la onda. El clítoris encontró alivio contra aquel cuádriceps potente y un sonido torturado emanó de sus cuerdas vocales.
—Lo noto, si sigues haciendo eso, vas a calar mis pantalones.
No me dio apuro que hiciera una observación tan gráfica, sobre todo, porque no vi incomodidad en él.
Sus manos bajaron y no se detuvieron en la curva de mis caderas, pasaron a la parte posterior, bajo la falda, que había subido en exceso, para apresar mi culo. Y ahí se quedaron, apretando lo suficiente para que entendiera que estaba tan cachondo como yo.
Ataqué su boca, nos convertimos en un enredo de lenguas, gemidos y desesperación.
No podía dejar de frotarme porque el placer era indecente. Me daba igual si le empapaba el pantalón. Apenas podía respirar más allá de engullir su aliento.
Quería eso, lo quería más que nada…
—Naomi —advirtió—, frena un segundo.
—¿Por qué?
—Porque me estoy poniendo muy, muy contento de verte y mi polla no va a poder con tanta emoción.
Miré hacia abajo, luego a sus ojos, luego volví abajo. Confirmado. Estaba terriblemente duro.
—Eso parece un punto muy interesante.
—Parece un problema logístico —corrigió—. Si seguimos así, no voy a durar lo que merece la celebración y no quiero correrme en los calzoncillos.
—Me parece lógico. ¿Por qué no te los quitas?
El sonido ahogado me hizo disfrutar demasiado. Acababa de descubrir que me gustaba demasiado provocarlo.
Desoí la súplica, porque pensar que yo era la causante me tenía desatada.
Lo besé con más dientes, más saliva, más presión, y noté cómo su autocontrol patinaba. Me levantó contra la pared por puro reflejo y tuve que morderme la risa contra su cuello, además de envolverlo con las piernas en cuanto me dejó colgada como un cuadro.
—Te estás riendo —dijo a la par que yo intentaba seguir con el acoso.
—Un poco. Acabo de sentirme una obra pictórica aquí arriba.
—No te rías cuando estoy intentando no perder la cabeza y la dignidad, obra de arte.
—Es que me estoy clavando tu martillo.
Volví a presionar y él no pudo más, me bajó de golpe fuera de control.
—A la mierda. Te juro que esto me supera —confesó.
Me gustó escucharlo, me hizo sentir poderosa.
Mis dedos bajaron, curiosos, exploradores, y él me atrapó la muñeca con suavidad, firme, antes de que siguiera.
—Eh —susurró—. Si empiezas eso, no hay botón de reinicio.
—¿Tienes miedo de no ser de la talla que imagino? —piqué.
Se quedó inmóvil medio segundo. Luego sonrió lento. Peligroso.
—Tengo miedo, pero no de mi tamaño, quiero que lo pasemos bien y que estés segura de que deseas esto conmigo.
Mi pulso se disparó.
«¿Bromea? Ahora mismo estoy haciendo más aguas que el puñetero Titanic».
—No te haces una idea de las ganas que te tengo, Parks.
La frase me atravesó limpia. Lo miré de verdad, sin chistes, sin escudos.
«Ya somos dos». No lo dije, aunque lo pensara.
—Demuéstramelo —susurré—. Sé un chico bueno y cédeme el control.
El silencio que siguió no fue vacío.
Fue carga eléctrica mientras me dejaba llevar por la osadía, tomar las riendas y desabrocharle el pantalón.
No me detuvo ni cuando bajé la prenda ni cuando deslicé la ropa interior por sus poderosos muslos.
Puede que no hubiera hecho un máster en mamadas, pero era buena con la intuición, así que imaginé que valdría con ensalivar ese pedazo de problema y no morder.
Me puse de rodillas, pasé mi lengua por toda la extensión y rematé mirándolo a los ojos.
No iba de farol cuando argumentó que no tenía un problema de tamaño.
Justo ahí —cuando su expresión cambió, la temperatura subió otro grado y separó los labios para soltar un sonido gutural— supe que no había marcha atrás.
Seguí lamiendo, disfrutando de su textura, tan distinta a todo lo que me hubiera llevado a la boca. Lo recorrí sin prisa, recreándome en aquellos sonidos que me ofrecían una auténtica guía del placer.
Quizá no fuera la chica que mejor se la hubiera comido, pero me bastaba con ver cómo se endurecía y llevaba una mano a lo alto de mi cabeza para pronunciar ese «¡Joder, Parks!» que me llenó de confianza.
Saboreé el deseo condensado en la punta, acompasé el movimiento de mi boca con las manos y no me quejé cuando empezó a moverse contra mi lengua, buscando mayor profundidad.
En uno de los envites por poco me atraganté y se detuvo.
Abrió los ojos y me contempló como si lo hiciera por primera vez.
—Para…
—¿No lo estoy haciendo bien? —Me llené de temor—. Si quieres, puedo… —Me alzó y me besó con ternura.
—Tranquila, el problema lo tengo yo y es lo contrario que imaginas. Me está gustando demasiado y no quiero que sea así contigo, aquí, en un baño… Mi apartamento está a dos manzanas y me encantaría seguir en mi cama; quiero que estés cómoda.
—Lo-lo estoy…
Si él supiera dónde fue mi primera vez, alucinaría.
—No es suficiente, quiero que lo estés mucho más… Quiero follarte hasta que estés convencida de que soy lo mejor que te ha pasado nunca.
—Eres un engreído…
—Soy lo que mereces, ni más ni menos. Te prometo que, si vienes conmigo, vas a flipar.
Eso me hizo sonreír.
—¿Y no quieres que yo termine la conversación que estaba teniendo con nuestra amiga? —Cabeceé en dirección a su erección.
Los dos miramos hacia abajo.
—Ya lo creo, pero en un lugar más cómodo y privado. Di que sí, por favor.
No veía a Dalton muy de suplicar y, a decir verdad, me apetecía el confort de un colchón… Probarlo en una cama y con él sonaba de lo más apetecible.
—Vale.
—No te vas a arrepentir, esta noche va a ser épica.
En ese instante no tenía ni idea de cuánto; quizá lo de empezar en un baño fue una señal del universo, con luces de neón, que desoí.
Veinte minutos después me había despedido de mis amigos, alegando que me había encontrado con una amiga del instituto.
Se lo solté, ronda de chupitos en mano. No quería que se preocuparan cuando no apareciera en el hotel, así que les comenté que me marchaba ya para ponerme al día con ella, que llegaría para el desayuno.
Algunos me miraron escépticos, imaginé que el estado de mis labios y el pelo revuelto tuvieron que ver.
Lo importante fue que Valentino me esperó a la salida y que salimos corriendo cogidos de la mano.
Entramos hechos un nudo de nervios y deseo. Ni siquiera me fijé en cómo era el piso.
Aterrizaje forzoso contra el colchón.
Más besos, más lengua, los dos encendiéndonos como si alguien hubiera subido el voltaje…
Su mano no tardó en navegar entre mis piernas. Se dedicó a recorrer el trazo húmedo por encima de la ropa interior.
Estaba completamente empapada cuando tuvo la decencia de colar los dedos por el lateral de la braga y los hundió.
«¡Por todos los asteroides del espacio!».
Al principio solo fue uno. Lo movió despacio, asegurándose de que disfrutaba ante el contacto. En cuanto mis caderas subieron a su encuentro, desatadas, metió el segundo y la intensidad aumentó.
Le arranqué la camiseta. Lamí toda la piel que encontré disponible. Quería acallar mis gemidos y me pareció una buena opción. Hasta que, entonces, sucedió…
Mi cuerpo se movía por voluntad propia. Retorciéndose, contrayéndose, anhelando todo lo que me ofrecía.
Seguía sin dar crédito a que fuera a tirarme a Valentino Dalton. Sería un secreto cifrado y sin copia de seguridad.
Mi clítoris se sacudió del gusto, noté la contracción de mis ovarios y después un dolor agudo.
Un momento. ¿Eso había sido un retortijón?
No estaba segura. Me dije que no podía ser, que era fruto de los nervios…
Intenté centrarme en el placer condensado que volvía a golpearme cuando me alcanzó el segundo.
Apreté los muslos por instinto y sorbí con fuerza el cuello de Valentino. Seguro que le había dejado un chupetón.
Él se limitó a jadear y hundir los dedos con más fuerza, pensando que me había dado un arrebato pasional.
Mi mente recopiló datos a la velocidad de la luz, formando un «oh, no» al recordar que la celebración con mis amigos incluyó una porción generosa de tarta de queso.
Tenía encima al sueño de cualquier alumna de la SSU, con los dedos enterrados en lo más hondo de mi ser, mientras mis tripas boicoteaban el que podría ser el mejor encuentro sexual de mi corta historia.
—E-espera —logré balbucear al sentir que me sobrevenía el tercero. Los dedos de los pies se me encogieron ante el espasmo de dolor.
—¿Qué-qué pasa? ¿Voy muy rápido? ¿Te he hecho daño?
No quería que pensara eso, lo tenía que solucionar.
—No, es solo que…, em… He bebido mucho y… necesito ir al baño, te prometo que tardo muy poco, simplemente necesito… —Cuarto retortijón. Evacuación forzosa antes de que la noche más gloriosa mutara a la más mierdosa—. Dos minutos, dame dos minutos…
Bajé lo más deprisa que pude de la cama y salí prácticamente corriendo. No tenía ni idea de que el compañero de piso había acampado en el único baño del apartamento, ni el único lugar plausible donde tendría que encontrar el alivio intestinal.
Nadie me había preparado para eso ni para todo lo que vendría después.