Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Naomi

Dirrty entró con un beat pegajoso y descarado, de esos que no se bailaban, se montaban.

El bajo vibraba en el suelo, en las costillas y en zonas donde la lógica pierde jurisdicción.

Luces cálidas, destellos de neón, gente riendo demasiado alto y, en medio de todo, Valentino mirándome como si la pista acabara de convertirse en territorio privado.

—Esta —dijo, inclinándose hacia mi oído— no deja supervivientes.

—Yo tiro salvaciones con ventaja —contesté.

—Ya veremos, estratega.

No me agarró al instante. Me rodeó primero, un cuarto de vuelta lento, midiendo distancia, leyendo ángulos, esa maldita forma suya de analizar, como si hasta bailar fuera una jugada. Yo marqué el ritmo con los hombros y la cadera, suave, controlado, dejando claro que no pensaba ponérselo fácil.

Me sentía una depredadora que jugaba a no parecerlo.

La letra soltó un ring the alarm y él chasqueó la lengua.

—Te pega —dijo—. Energía peligrosa en envase pequeño que hace querer pulsar el botón de alarma.

—Y tú eres exceso de confianza con zapatillas caras; quién hubiera dicho que hoy llevaras una edición limitada. Hace un año estabas becado… —le recordé.

—Los becados tenemos mejor manejo de cadera —añadió—. Hemos desarrollado armas que otros no necesitan. No nos subestimes.

Entramos en compás a la vez. Cero coreografía. Cien de conversación física. Mis nalgas dibujaron el tempo, las suyas contestaron medio segundo después, más amplias, más seguras, cerrando espacio sin pedir permiso. Aún sin tocarme. Peor así, mucho peor.

Demasiado aire generaba hambre, una muy distinta a la que me había llevado a engullir la tarta de queso sin importarme la lactosa que contenía.

Su mano encontró mi cintura como si supiera la coordenada exacta. No apretó, se apoyó, peso justo, calor directo a la parte que no cubría la tela del crop top, el pulgar trazando un arco lento que no tenía nada de accidental.

Mi piel reaccionó como si hubiera firmado un consentimiento por su cuenta.

—Estás muy callado —dije, respirando un poco más rápido de lo que me convenía.

—Estoy calculando posibles daños colaterales si sigo en mi avance —respondió.

—¿Me temes?

—Me temo a mí mismo, estás jodidamente guapa hoy —remató sin sonrisa—. Eso es ventaja ilegal.

La pista se comprimió.

Nunca hubiera esperado que Valentino Dalton me regalara los oídos. A ver, sabía que no era fea, que tenía un buen físico, sin embargo, no era una de esas chicas en las que los tipos como él se fijaban. O esa era mi percepción. En ese momento éramos solo ritmo, respiración y calor. Me gustaba.

Su pecho estaba cerca, demasiado, mi respiración chocó con su clavícula. Olía limpio y caliente a la vez, como si usara una marca de jabón que hubiera firmado un pacto con el pecado.

Alcé la barbilla y me topé con sus ojos azules.

—No me mires así —murmuré.

—Así, ¿cómo?

—Como si te gustara.

—Estoy esperando una provocación oficial para demostrarte lo mucho que me gustas.

Error: sonreí.

Me dio la vuelta y quedé de espaldas contra él, sin brusquedad, puro encaje. Su pecho en mi espalda, su muslo alineado, su mano bajando a la franja de piel de mi tripa con una lentitud indecente, reconocimiento de territorio marcado con yema caliente.

Entré en combustión interna sin permiso.

La canción subió. El bajo golpeó. Mis glúteos respondieron. Su pelvis también. Su respiración rozó mi oreja.

—Parks —voz grave, casi agónica—, si sigues moviéndote así contra mí, voy a tener que celebrar vuestra victoria con un método mucho menos deportivo y totalmente invasivo.

No me aparté. Me pegué más.

¿Qué demonios me pasaba?

Quería ver hasta dónde llegaba.

—Eso suena a amenaza pasivo-agresiva —susurré.

—Es pura lógica, soy un tío, joder.

Me giró de frente con precisión, sin perder el ritmo, nuestras caderas todavía marcando el compás, narices a un suspiro, su mirada bajando a mi boca sin disimulo. Yo me mordí el labio, pensando.

Otro error táctico catastrófico.

Sus pupilas se oscurecieron, sus iris se volvieron noche.

—No hagas eso —dijo.

—¿Qué?

—Invitar sin decirlo si no estás dispuesta a que entre ahí otra vez.

Mis manos subieron a su nuca como si hubieran votado en secreto. Caliente. Firme. Vivo. Sentí su pulso disparado. El mío no iba mejor.

—¿Cuál es tu propuesta si te extiendo una invitación, Dalton? —pregunté, volviéndome osada, rozando su boca al hablar.

Sonrió como si acabara de ganar algo importante.

No contestó.

Cayó en picado contra mis labios y el mundo perdió resolución.

Su boca fue hambre con dirección, nada torpe, nada dulce, segura, el tipo de beso que entraba y reorganizaba el mobiliario. Mi espalda se arqueó, sus manos bajaron a mi cintura y me acercaron sin margen de apelación; la pista, la música, la gente, todo quedó detrás de un cristal imaginario.

Mientras nuestras lenguas se saboreaban sin pudor.

Gemí. Gruñó. Tuvimos una sucesión de succiones y besos cortos para regresar a otro más largo. Dientes rozando, mi cerebro intentando mandar alertas que nadie abrió.

Cuando me separé un centímetro, estaba mareada y con ganas de repetir delito.

—Esto —dije— es muy mala idea.

—Las mejores jugadas nacen de decisiones pésimas —respondió.

Y volví a besarlo, porque esa vez fui yo.

Transformamos ese intercambio de saliva en algo muy brutal. Lo estiramos, lo volvimos promesa suspendida mientras la canción seguía latiendo como un corazón gigante bajo nuestros pies.

No me soltó, solo cuando nos faltó el aire bajó la frente hasta apoyar la suya en la mía, respirando despacio, haciéndome sentir que él tenía el control y lo estaba ejerciendo a propósito.

—Sigues aquí —murmuró. Los labios me ardían—. Eso es interesante.

—Estoy evaluando riesgos —respondí sin bajar las manos de su cuello.

—¿Y?

—Altos. Muy altos.

Sonrió. De esa manera suya que me enloquecía.

—Pero no te estás retirando, ¿qué me estoy perdiendo?

La música cambió a un tema de Normani que te invitaba a descubrir el lado salvaje.

El ritmo se volvió más lento, más espeso, arrastrándonos por la pista como una lengua indecente.

Valentino volvió a colocarme de espaldas contra él, esa vez sin rodeos, su mano firme en mi vientre, dedos abiertos, ocupando, reclamando espacio como si fuera lo más natural del mundo.

Mi cuerpo encajó sin consultar al comité central.

Me moví, deseosa de llevarlo al mismo punto de excitación que yo.

Primero despacio. Después con intención.

Sentí su respuesta inmediata, dura, presente, demasiado real como para ignorarla.

La presión en mi culo aumentó, su respiración ya no era tranquila, chocaba contra mi cuello con un ritmo que no coincidía con la canción y lo mordía.

¡Dios!

—Naomi… —dijo, y no sonó como una advertencia, sino como una constatación.

—¿Qué? —pregunté, apoyando la cabeza hacia atrás, lo justo para rozarle la mandíbula.

—Estás jugando con fuego.

—Tú empezaste —repliqué—. Yo solo estoy siguiendo el ritmo.

Su mano subió un poco, apenas unos centímetros, lo suficiente para colarla un poco bajo la tela y tantear la parte baja del sujetador. Todo mi vello se alzó modo batallón. No llegó al pecho. No hacía falta. El calor estaba ahí, brutal, concentrado, mi cuerpo gritando «alerta máxima».

Me giró de nuevo. Esa vez quedé frente a él, una pierna entre las suyas, caderas alineadas, su muslo empujando suave pero constante, marcando el tempo. Sus ojos bajaron, sin vergüenza, siguiendo el movimiento, la franja de piel, el balanceo deliberado.

—Joder —susurró—. ¿Siempre te mueves así o es solo para provocarme una erección?

—Depende —contesté bravucona—. Me gusta que algo se alce por el triunfo.

—Si buscas una celebración por todo lo alto, me ofrezco voluntario.

La letra soltó una frase descarada, algo sobre « show me your wild side boy », y Valentino se inclinó, labios rozándome la oreja, dientes casi raspando.

—Si sigues así —gruñó—, no voy a poder portarme bien.

Sentí el poder de esa frase bajándome directa por la columna.

Me separé lo justo para mirarlo a los ojos. Oscuros. Ardientes. Nada de sonrisa en ese momento. Hambre limpia.

—Me estás poniendo al límite, Parks.

La canción llegó a un punto álgido. Yo también.

Enredé los dedos en su nuca y me atreví a bajar los pulgares por su mandíbula. Lo miré sin parpadear.

—¿Cuál es tu propuesta entonces, Dalton?

No respondió con palabras.

Me tomó de la mano, como si fuera lo más normal del mundo, y me guio fuera de la pista. No tiraba. No arrastraba. Pero tampoco dejaba opción a escapatoria. Su pulgar dibujaba círculos lentos sobre mi piel y cada vuelta me desordenaba otro archivo interno.

Cruzamos la pista. La zona de mesas, el pasillo lateral donde la música llegaba amortiguada y las luces eran más bajas, más cálidas, más peligrosas.

—La barra está al otro lado.

—Lo sé.

—Entonces, te has equivocado.

—No —respondió sin mirarme—. Estoy optimizando ruta.

Su mano no soltaba la mía. Mi pulso tampoco.

—Dalton.

—¿Mmm?

—¿Dónde me llevas?

—Hacia la victoria, pequeña.

La puerta del baño del pasillo estaba medio abierta. Luz blanca. Azulejos. El contraste con la pista era como cambiar de planeta.

Me miró por fin de frente. Ojos encendidos. Boca peligrosa.

—Última oportunidad de retirada, estratega, ¿entras conmigo?

Miré hacia el interior. ¿Cuántas probabilidades había de que Valentino Dalton y yo acabáramos enrollándonos en un baño público después de su firma con los Cowboys?

Nula. Conocería a una modelo, actriz o cantante, se casarían y tendrían varios niños. Así que… ¿Por qué no darse el capricho cuando nuestras órbitas estaban condenadas a alejarse?

—No me gustan los combates inconclusos.

Sonrió despacio. Triunfo detectado.

Entramos.