Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Naomi

Cerré la puerta de la habitación de un empujón que sonó a portazo de nave sellando escotilla.

La gorra voló contra la silla como si fuera culpable de todos mis males y el iPad rebotó sobre el colchón dando un salto indignado. Necesitaba descargar tensión en algo que no respirara antes de empezar a gritarle a la pared o, peor, a mí misma.

—Imbécil. Idiota. Quarterback con complejo de sable láser —mastiqué entre dientes.

No era solo lo que había dicho, era el tono, la seguridad chulesca del tío que entraba a romper la jugada, aunque hubiera tráfico, barro y defensa doble, cuestionando mi puesto, mi trabajo, mi valor, mi dignidad y, de regalo, mi sistema nervioso completo.

Hincar rodillas bajo la mesa del jefe…

Eso me pasaba por haberlas hincado con él.

«Genial, Parks. Medalla de oro en decisiones de mierda, y no estoy hablando de la que solté en su piso».

No iba a repetirse, antes me hacía sith y juraba celibato galáctico.

Me dejé caer en la cama, notando el corazón golpeándome por dentro, como si quisiera salir por el puerto USB , por el HDMI y por cualquier maldito conector disponible.

Lo peor no era el enfado, ojalá fuera solo eso, lo peor era la respuesta física, traicionera y automática, esa corriente subterránea que se me activaba sin permiso cada vez que Valentino Dalton invadía mi espacio vital con su olor, su voz grave, sus dientes cerca de mi oído y esa manera de mirarme, como si yo fuera a la vez un reto, un puzle y un pecado con piernas.

¿Qué demonios me pasaba?

Nunca fue una opción para mí, nunca, y no por falta de ojos. Sería idiota si negara que estaba obscenamente bueno y peligrosamente guapo.

Pero una cosa era reconocer que un meteorito brillaba y otra muy distinta querer que impactara en tu casa, o entre tus piernas.

Él era el maldito sol y yo la luna, trayectorias compatibles solo en fenómenos raros y de corta duración, y ya llevaba dos eclipses acumulados: uno parcial y otro total.

No aprendía. «No aprendía un mojón», como diría Camila.

Dalton era justo el tipo de desastre natural que mi yo racional archivaría en la carpeta de: NO TOCAR —riesgo de colapso global y extinción de la raza.

Estrella, foco, titulares, chicas perfectas orbitando como satélites voluntarios, palmaditas en la espalda, ego inflado a base de halagos y felaciones.

Yo no encajaba ahí, no quería encajar ahí, me había pasado media vida esquivando expectativas ajenas como para convertirme en estadística de cabecero deportivo.

Yo era la rara, la de los datos, la friki tecnológica, la que prefería optimizar sistemas antes que conversaciones huecas, la que se sentía mejor en una sala oscura con sci-fi clásica que en una fiesta con gente gritando por encima de la música.

Y, aun así…

Mis piernas recordaban demasiado bien cómo encajaban en su cintura.

—Bravo, Parks —bufé—, coherencia nivel Windows 95.

En mi defensa diré que no fue totalmente culpa mía.

En mi contra diré que sí lo fue bastante.

Ahí estaba Dalton para restregármelo, como si mis pesadillas y mis neuronas no me tuvieran ya frita con repeticiones en bucle. Memoria sensorial de mierda, siempre lista para reproducir en alta definición y surround , piel erizada incluida. A la cabrona le encantaba hacer remaster .

No solo caí una vez sobre sus rodillas, el verano pasado tropecé con todas las piedras del camino y luego volví para comprobar si seguían ahí, listas para tirármelas a todas.

La noche que decidí borrar el disco duro después de cagarla en cadena.

El famoso paseo de la vergüenza versión nerd gastrointestinal, comparado en mi cabeza con el de Cersei Lannister, pero con menos campanas y más retortijones.

Nada como salir por piernas del piso de Valentino y su compañero cuando se descubrió que el «pastel» de la maceta no era abono orgánico experimental.

Si hubiera tenido poderes, me hubiese teletransportado a otra dimensión o pedido ser pulverizada para desintegrarme ipso facto .

Lo que hice no solo mató mi libido, me mató las ganas de volver a cruzarme con él en ninguna línea temporal.

Sabía que a la mínima lo usaría como arma arrojadiza, y, bingo, acababa de hacerlo en el ascensor, desenterrándolo como si fuera chantaje edición coleccionista. Si abría la boca en el vestuario, yo estaba socialmente muerta, enterrada y con lápida anunciando:

«Naomi Park. La peor cagada de la historia».

Y ni siquiera era lo peor. Lo peor seguía siendo que mi cuerpo reaccionaba pese a todo, como si hubiera otro archivo corrupto escondido en el sistema, sin nombre ni fecha, pero con suficiente eco físico para empujarme a querer repetir, aun sabiendo que era mala idea en siete idiomas.

Me froté la cara con ambas manos y solté el aire por la nariz. Vale. Orden. Estructura. Plan de contingencia.

La gimnasia artística me enseñó algo útil: evalúa el salto antes de romperte los dientes.

Primero, indignación, necesitaba acumular suficiente como para no mirarlo como tentación andante.

Segundo, Dalton = idea pésima con piernas, me quería fuera y acababa de declararme la guerra, así que tocaba cabeza fría.

Tercero, enterrar aquella noche maldita, encontrar el puto archivo mental y formatearlo sin copia de seguridad.

Y justo al pensarlo, mi memoria abrió la carpeta equivocada, la noche equivocada, el maldito acceso directo al desastre.

1 año y 3 semanas antes

No había salido de fiesta, había salido a celebrar una victoria técnica, que era como festejábamos las guerras los de mi gremio: con dados, pizza , tarta y orgullo estadístico.

Venía directa del Texas Collegiate Tabletop Open, torneo interuniversitario de estrategia y rol táctico que se celebraba cada verano en Dallas.

No era mainstream , no salía en ESPN y nadie gritaba desde las gradas, pero había sudor, trash talk y humillaciones públicas igual de dolorosas, solo que con dragones en lugar de linebackers .

—Repítelo —dijo Marcos Ibarra, alias Thornblade, guerrero nivel veinte y pésimo perdedor—, repítelo porque todavía me cuesta procesarlo.

—Te dije que no dejaras vivo al invocador —respondió Priya Shah, nuestra archimaga oficial—, pero no, el señor «yo controlo» quiso farmear experiencia.

—Era eficiencia —protestó él.

—Era codicia —dijimos los otros tres a la vez.

Levanté el vaso y me di cuenta de que estaba vacío, como el de los demás.

—Era estadísticamente estúpido, y gracias a eso mordieron el anzuelo, partieron línea y cayeron en cono de área, gracias por tu sacrificio táctico involuntario.

—Me usaste de cebo humano —protestó Marcos, llevándose la mano al pecho, como si acabara de descubrir una traición de Estado.

—Cebo exclusivo —corregí—, edición limitada, numerada y con certificado de autenticidad.

La mesa explotó en carcajadas y alguien casi tiró los dados al suelo. Ambiente perfecto: victoria, alcohol y ego nerd bien alimentado.

El bar era un híbrido glorioso entre templo friki, cantina y zona de guerra social.

Juegos de mesa, vitrinas con miniaturas pintadas a mano, chupitos de colores imposibles y una pista de baile donde los valientes se mezclaban con los imprudentes.

De esos sitios que no deberían funcionar según la lógica…

y, aun así, lo hacían porque nadie juzgaba a nadie y todo el mundo pertenecía a algo.

Nosotros ocupábamos la zona de estrategia: mesas con tapetes de combate, bandejas de dados, posavasos con runas y camareros capaces de distinguir un d20 de un objeto contundente.

En la pared colgaban camisetas con memes matemáticos, dragones y ecuaciones.

Cerca, dos tíos discutían con intensidad científica si un bárbaro debía tener ventaja con hacha a dos manos en terreno mojado.

Mi gente, mi party , mis elegidos del caos:

Marcos Ibarra —Thornblade—, guerrero tanque, impulsivo, noble, cerebro en mantenimiento.

Priya Shah —Nyx—, maga de control, precisión mortal, sarcasmo premium .

Leo Brown —Hex—, pícaro, matemático, tramposo legal certificado.

Dana Han —MotherCircuit—, clériga tecnosacerdote , soporte emocional y DPS sorpresa.

Y yo, Naomi Park —Vector—, control de campo, daño indirecto y mala leche integrada de serie.

—El momento clave —dijo Leo, señalándome con el vaso— fue cuando Vector retrasó turno para romper la cadena de buffs . Eso fue sucio.

—Eso fue arte —corrigió Priya—, casi lloro.

—Lloraste —dijo Dana—, tengo vídeo.

—Era sudor, ya sabes de sobra que sufro de hiperhidrosis nerviosa.

—Claro, claro.

Chocamos vasos. Vidrio contra vidrio. Victoria contra garganta.

Vasos vacíos. Me tocaba pagar la siguiente ronda.

Llevaba dos cervezas y un chupito de tequila innecesario que acepté por presión de grupo y debilidad estadística. Estaba suelta, riendo, con el cerebro en modo vacaciones, sin universidad, sin métricas, sin gimnasia, sin presión, sin quarterbacks incendiarios en el radar.

Error de cálculo. Había algunos, solo que en la otra punta del bar.

Me ofrecí a ir a la barra, porque era mi turno, y crucé el local esquivando sillas, capas cosplay y mochilas con dados de metal.

La zona nerd estaba colapsada, así que giré hacia la barra del lado «deportistas», más despejada, más ruido grave, más testosterona por metro cuadrado y un error garrafal.

El cambio de atmósfera fue inmediato. Menos risas agudas, más voces profundas, más choques de botellines. Luego ese microsilencio raro, ese que no duraba, pero pesaba, cuando alguien entraba en un territorio que no era el suyo. Miradas. Evaluación. Escáner humano en tiempo real.

Me estiré un par de veces para que el camarero notara mi presencia, no lo hizo, giré la cabeza por instinto, o por si la providencia me mandaba otro, y, entonces, lo vi.

Valentino Dalton apoyado en la barra, a menos de un metro, camiseta gris pegada como segunda piel, brazos marcados, hombros anchos, sonrisa de «sé exactamente el efecto que provoco» y mirada directa, sin pestañear, como si llevara diez segundos viéndome llegar.

Mi sistema operativo entró en error fatal.

Detrás de él había dos tipos enormes riéndose con cervezas en la mano, pero eran ruido de fondo. El foco estaba sobre su maldita cabeza rubia. Siempre lo estaba.

Sonrió lento, de esos movimientos que no eran sonrisa, sino aviso.

—Hola, Parks —voz grave, relajada—, no tenía ni idea de que estabas en Dallas, y mucho menos que me tuvieras en busca y captura.

Bufé por reflejo, mecanismo de defensa nivel uno.

—Si no tenías ni idea será porque no he venido a capturar nada, y muchísimo menos a ti.

Ni se inmutó. Ni medio milímetro.

—Um…, entonces, ¿a qué has venido? ¿Qué te ha traído aquí?

Me recorrió de arriba abajo sin disimulo, pausa incluida en las piernas. Noté el calor subir como notificación urgente. En mi defensa diré que hacía calor extremo y que mi falda debió encoger cuando mamá la metió en la secadora, era lo único limpio que me quedaba.

—Un torneo de estrategia, estoy con unos amigos —murmuré—. Ya sabes, una de esas competiciones que no salen en tus resúmenes deportivos, mañana nos marchamos después de haber aplastado a un equipo que iba de invencible. Murieron por sobreconfianza .

—Bonita forma de perder —respondió—, hay que celebrar tu victoria. ¿Bailas?

— Nop .

—Respuesta demasiado rápida y cruel.

—Optimización de recursos. No invierto en actividades de alto riesgo podal.

—¿Dos pies izquierdos?

—Más bien posible fractura en los metatarsos porque un tío de talla doce aplaste mis minidedos.

Su sonrisa se ladeó.

—Nunca imaginé que fueras de las que se fijan en el tamaño, y mucho menos que tuvieras de fetiche los pies. Además de que me prestaras la suficiente atención como para saber el número que calzo.

Calor. Más calor.

—Lo sé porque Avery miraba unas zapatillas nuevas para tu cumpleaños y me pidió ayuda. Internet, ofertas, algoritmos, magia oscura. Ya sabes, mi campo.

—Lo importante —se inclinó apenas— es que te quedaste con el dato, y para que conste, me muevo muy bien en todos los planos.

Eso también lo sabía, lo había visto entrenar, correr, girar, lanzar, todo con una coordinación que debería cotizar en bolsa. Precisamente por eso no quería pegarme a él.

—Vamos, Parks —dijo, bajando la voz—, no te tenía por cobarde.

—No lo soy.

—Demuéstralo, bailas conmigo y pago la ronda, la tuya y la de tu grupo.

Extendió la mano. Error número dos de la noche: la tomé.

—Solo acepto porque voy a pedir la bebida más cara y me apetece sablearte.

Sus dedos se cerraron sobre los míos al instante, firmes, cálidos, seguros, y algo cambió en su mirada, una chispa de victoria anticipada que me atravesó como un dardo bien lanzado.

No necesitaba que pagara nada. Tenía dinero suficiente, criterio y hasta hacía escasos segundos: cerebro.

Pero también tenía el pulso acelerado, tequila circulando, un quarterback sonriéndome como si yo fuera la siguiente jugada ganadora y demasiadas ganas de sentirme deseable para alguien como él.

Acepté, y ahí empezó la caída del Imperio.