Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Valentino

La vi girar hacia la zona de ascensores.

Iba vestida con ropa corporativa de la franquicia: polo blanco, bermudas azul marino por encima de la rodilla, calcetines invisibles y zapatillas de campo.

Profesional. Limpia. Peligrosa. Se había quitado la visera para comer y la llevaba colgando del bolsillo trasero como si no fuera consciente de que era un puto imán visual.

Y el maldito iPad abrazado al pecho. Escudo de energía versión cerebrito letal.

—Ni aunque fuera un campo de fuerza —murmuré—. No te protege de mí.

Apreté el paso.

Las puertas del ascensor se estaban cerrando cuando metí la mano entre ellas. Rebotaron y se abrieron con un suspiro hidráulico. Perfecto timing . Perfecta entrada.

Me colé. Ella pegó un bote.

—¡Joder!

Se giró en seco y casi me estampa su arma tecnológica en la cara. El susto mutó en cabreo instantáneo cuando me reconoció.

El verano le había sentado de putísima madre. Más dorada, más definida, menos niña. Seguía en forma, aunque ya no compitiera, y eso se notaba en cómo ocupaba el espacio. Ojos almendrados. Labios llenos. Esa línea traicionera en la mejilla cuando casi sonreía que podías confundir con un hoyuelo.

Muy guapa.

Normal que a Grayson le dieran ganas de zumbársela contra el escritorio de dirección.

—¡¿De qué vas, Dalton?! —saltó—. ¿Ensayas entradas dramáticas o te entrena el fantasma de las navidades pasadas?

Avancé medio paso solo por el gusto de invadirle el aire.

No retrocedió. Ni un centímetro. Así era ella.

Quedamos casi pegados. Las puertas se cerraron detrás de mí. Cabina sellada, sin público, sin replay .

—¿De qué voy? —Ladeé la cabeza—. Eso deberías decírmelo tú. ¿Tanto me echas de menos que has tenido que programar una excusa para volver a mi órbita?

El ascensor arrancó con un zumbido grave. El espacio se volvió corto y la respiración negociable.

Su gesto se tensó y a mí me llegó el golpe limpio de su olor: protector solar, algo dulce, piel caliente, sudor limpio. Mala mezcla para mi autocontrol.

—Siempre creyéndote el centro del universo —escupió—. ¿Te suena el concepto «trabajo»? Sé que puede parecer klingon para alguien que lo arregla todo lanzando cosas muy fuerte.

«Te lanzaba yo ahora mismo contra el colchón y luego hablaríamos de física aplicada».

—Y ganando partidos —respondí—. Detalle clave que te saltas como si fuera opcional.

—Y leyendo estadísticas como el culo —disparó—. También es tu especialidad. Sobre todo, este último año. ¿Te suena eso de «no llegar a los playoffs »?

Ahí fue a matar. Directo a la herida.

La miré de arriba abajo sin disimulo. Polo ajustado. Tela marcando lo justo. Pantalón corto decente. Piernas que mi memoria tenía archivadas en posturas mucho menos reglamentarias y bastante más entretenidas.

Error mental. Grave.

«Dalton, céntrate o la cagas».

—Parks. —Me acerqué.

—Parks no —cortó—. Ya no estamos en la SSU.

—Eso se lo dices a otro que no te haya visto las tetas.

Se quedó congelada medio segundo. Impacto directo al núcleo.

—No me has visto las tetas.

«Las he tenido demasiado cerca como para abrir debate».

Sonreí despacio, con mala intención.

—Videollamada con tu amiga… —chasqueé la lengua—, perdón, con mi hermana. Cámara traicionera en formato barrido. Física interesante. Diría que la izquierda te cuelga un milímetro más que la derecha.

—¡Llevaba sujetador! Y no me cuelga nada —escupió—. Aunque eso no sea asunto tuyo. ¿Te suena algo lo de que no se opina del cuerpo de los demás?

—Cuando tienes un pezón en la boca, la propiedad intelectual pierde peso —bajé la voz—. El tuyo fue muy participativo. Salió a saludar.

Su respiración se aceleró. Cuello rojo. Pupilas negras como agujeros de gusano. No retrocedía. Y eso me estaba poniendo durísimo por dentro y cabrón por fuera.

—No fue culpa mía que Avery girara el móvil.

—Ni que cayeras sobre mis rodillas en aquella fiesta —repliqué—. Ni que tu lengua firmara contratos sin leer la letra pequeña.

Sus labios se entreabrieron.

Primer recuerdo desbloqueado.

—Error de sistema —dijo—. Ya está parcheado.

—Curioso. —Di otro paso y ahora sí retrocedió hasta chocar con el espejo—. Porque el rendimiento fue alto.

Me empujó el pecho. Fuerte.

—Distancia de seguridad, quarterback . Te estás acercando a una zona de colisión.

—Tú ya colisionaste. —Sonreí—. Con mi boca.

—Y tú con mi codo en la nariz. Datos completos, por favor.

—Me acuerdo de todo —bajé el tono—. Incluido nuestro segundo encuentro… —Para ella segundo, para mí no—. Bastante más interesante que el primero.

Encerré el espacio con los brazos sin tocarla. Boca cerca de su oreja. Calor compartido.

—No estaba tan borracho como para olvidar cómo huiste de mi cuarto, diciendo que necesitabas aire después de tener mis putos dedos dentro de ti…, y cómo te encontré fuera, acusando a nuestro perro de soltar tremendo mojón en una maceta de plástico.

Le mordisqueé el lóbulo. Lento. A mala leche.

—No teníamos perro. Solo un hurón enano incapaz de fabricar semejante arma biológica.

Su pulso se disparó. Yo también.

—Te largaste, culpando a la mascota y dejándome con una erección de campeonato que solo bajó con la peste.

Me aparté, esperando verla apurada. Encontré fuego.

—Metáfora defensiva —disparó—. Como ocultarse tras una luna de Endor. No fue culpa mía que tu compañero secuestrara el baño ni lo que me dieron en esa basura de restaurante para cenar. No pretenderías que me explotara el intestino, ¿no?

Me reí por la nariz.

Recordé a mi compañero acusándome de salir con raritas que cagaban en plantas ajenas y alegando que yo me ocupaba de la situación.

Y, aun así…

Volvería a elegirla, porque durante mucho tiempo me reí lo más grande recordándolo.

—Muy propio de ti saltar con algo de Star Wars que solo tú entiendes —dije, bufando.

—Me estoy comparando con alguien que sobrevive a imperios arrogantes. —Me señaló el pecho con el iPad—. Tú eres claramente el lado oscuro con hombreras —«no te haces una idea de cuánto, nena»—, y a nadie decente se le ocurriría sacar a relucir esa mierda.

El ascensor siguió subiendo, cable tensándose, aire cada vez más denso.

—Por suerte, no lo soy.

La miré a los ojos, demasiado brillantes, demasiado vivos, demasiado peligrosos para mi paz mental y para la sangre que ya no me estaba circulando precisamente por el cerebro.

—Dime una cosa…, ¿ya le has cagado en su planta o solo te has acostado con él? —solté.

Parpadeó.

—¿Con quién?

—No juegues conmigo, Parks. —Mandíbula apretada, voz baja—. Joneson y tú sois la puta comidilla del vestuario.

Su expresión se volvió hielo afilado.

—¿Quién coño te crees que eres para preguntarme eso?, ¿te has vuelto más gilipollas de lo que ya eras o entrenas?

—Te dieron el puesto por él, todo el mundo lo sabe —me encogí de hombros—, solo quiero saber si fue antes o después de comerle la… espada láser.

Sus iris chispearon; si las miradas mataran, yo ya sería ceniza espacial.

—Eres increíblemente básico —escupió—, un NPC con casco.

—Y tú estás muy com-penetrada con el jefe —marqué la palabra con saña—, os veía sincronizados: miraditas, sonrisas, menú degustación… Lo único que me falta saber es si también lo hay debajo de la mesa.

—Lo que viste se llama conversación entre adultos, lo que creíste ver: disociación de la realidad —replicó—, no todo es fricción pélvica en el universo, supéralo, algunas progresamos con cerebro y buenas ideas, no a golpe de entrepierna.

—No me has respondido.

—No te debo respuestas a preguntas sumamente imbéciles, además, diga lo que diga vas a fabricarte tu propia película, así que dejo en tu mano el final.

«El final lleva mis nudillos hacia la jeta de ese indeseable».

—Me debes no cargarte mi carrera.

—Tu carrera se la carga tu sobreanálisis —me señaló la sien—, no mi aplicación. Yo solo pongo el espejo, si no te gusta lo que ves, cambia tu reflejo.

Alargué el brazo y pulsé el botón de parada de emergencia.

Tirón suave. Cabina detenida. Silencio espeso.

—¡¿Qué haces?!

—Hablar —la miré fijo—, supuse que preferirías aquí en lugar de en tu habitación.

Casi podía escuchar sus pensamientos y era preferible que no oyera los míos. Teníamos la respiración desacompasada. La suya rápida, la mía más profunda, más caliente.

—Si hablamos de preferencias, me habría gustado en un despacho y de forma profesional —dijo—. Si hubiera sabido que te urgía, habría priorizado.

La voz del intercomunicador saltó con cámara incluida.

—¿Todo bien?

Ni me dejó abrir la boca.

—Sí, perdone —respondió dulce como veneno—, este hombre tocó donde no debía, es daltónico y no distinguió el botón rojo, ya lo solucionamos, que tenga buen día.

La miré con media sonrisa torcida.

—Eres peligrosa.

—Más bien rápida y funcional.

Pulsó y el ascensor volvió a moverse, quedaba una planta, apenas unos segundos de jaula.

—No eres bienvenida —le dije bajo—, y lo sabes.

Adoptó postura de combate: manos a las caderas, mentón arriba.

—Me importa entre una mierda y menos que una mierda —respondió—, me dieron una oportunidad y voy a terminar el trabajo, te guste o no, así que haznos un favor a todos y pasa página. El tiempo que esté solo dependerá de lo bien o mal que juegue el equipo y se adapte al nuevo plan de trabajo.

—Solo espero —me incliné, cerca, muy cerca— que ese trabajo no incluya arrodillarte bajo la mesa de Grayson.

Su pulso saltó en el cuello. Lo vi. Lo disfruté y quise succionarlo a lo bestia.

—Si me conocieras, sabrías que no me arrodillo ni ante mi familia —dijo—, mucho menos ante un tío, sea quien sea.

Electricidad pura. Naomi en modo tormenta. Sus labios temblaron de rabia.

—Mmm, juraría que la última vez que salimos…

—Fuiste un error de casting —añadió—, protagonista descartado, escena eliminada.

—Para no querer repetir —respondí—, no dejabas de jadear como si te estuviera hackeando el sistema nervioso.

—Porque me tocabas como si rascases un cupón. —Chasqueó la lengua—. Placer y chapuza no son lo mismo, Dalton, por eso y mil cosas más no quiero repetir, supéralo.

Mentía. Y los dos lo sabíamos. Tenía las pupilas demasiado dilatadas y el pulso muy alterado.

—Si no te largas te vas a quemar —le advertí.

—Me encantan los experimentos de riesgo.

Las puertas empezaron a abrirse. Se preparó para salir. Le bloqueé el paso con el brazo, sin tocarla, solo cerrando espacio, celda invisible, narices cerca, respiración mezclada, miradas conectadas en línea directa.

Mi polla gritaba «bésala».

No lo hice.

—Si no te vas, prepárate para la batalla.

—No me asusta el cuerpo a cuerpo, y menos contigo —dijo—.

Nunca fuiste nada para mí, solo un mal paso, voy a demostrar que mi aplicación es lo que necesitáis, que vuestro modelo se ha quedado obsoleto, os guste o no.

Así que aparta de mi camino, quarterback , y haznos un favor: supera nuestro pasado.

La dejé pasar.

Salió sin mirar atrás.

Me quedé dentro, contemplando su reflejo en el espejo hasta que las puertas se cerraron, pulso disparado, entrepierna ardiendo y una verdad incómoda clavada bajo las costillas: no la había superado, ni de lejos, sobre todo, aquel segundo encuentro, no el de la planta, otro del que ella ni siquiera era consciente… y yo no podía dejar de recrear.