CAPÍTULO 9
Naomi
Las dos primeras semanas de pretemporada pasaron como pasaban las tormentas de verano en Texas: sin aviso, con calor pegajoso y la sensación constante de que algo podía estallar en cualquier momento.
No me gritaron.
No me cuestionaron de frente.
Habría sido más fácil así.
La hostilidad se filtraba por las rendijas: miradas que se sostenían medio segundo más de lo necesario; silencios espesos cuando entraba en una sala para observarlos durante el análisis de jugadas; respuestas calculadas en las entrevistas, como si cada palabra pudiera volverse contra ellos más adelante.
La mayoría se parapetaba detrás del manual del jugador profesional: frases cortas, gestos neutros, cero grietas evidentes.
Como si yo no fuera a verlas.
Mientras tomaba notas, ellos se protegían.
Lo entendía. No era ingenua.
En la NFL nadie quería que le pusieran un espejo delante cuando aún no había decidido qué versión de sí mismo iba a defender esa temporada.
Hubo de todo.
Desde el que me hablaba como si le estuviera preguntando física cuántica a un golden retriever hasta el que sonreía convencido de que mi presencia era anecdótica, temporal, prescindible.
No lo era.
Y eso los inquietaba más que cualquier pregunta.
Marcus Knight fue directo al grano desde el primer minuto.
Nada más entrar en la sala de reuniones, se dejó caer en la silla con las piernas abiertas, me recorrió sin disimulo y alzó una ceja.
—Antes de empezar…, ¿aquí hay diván o prefieres que hagamos la sesión en mi piso? Tengo uno que admite posiciones muy interesantes.
Respiré. No sonreí. Y pulsé grabar.
—Espero que no te importe que grabe.
—Al contrario. —Sonrió—. Me encanta que me uses cuando no estoy delante.
Nota mental: «se escuda tras el sexo. Provoca para descolocar. Tendencia clara al payaso alfa. No entrar en su terreno. Cortar en seco».
—Perfecto, Marcus —dije—. Entonces, empezamos por aquí: cada vez que aceleras después del segundo cuarto, tu frecuencia cardíaca se dispara y tu toma de decisiones se vuelve impulsiva.
¿Te ocurre también cuando te excitas o solo cuando corres sin pensar?
Porque si pierdes el control bajo estimulación elevada, eso explicaría por qué te comes placajes innecesarios en el último tramo del partido.
Me miró como si un tráiler le acabara de pasar por encima.
—¿Qué?
—Que si tu autocontrol se va a la mierda cuando sube la excitación —añadí con toda la calma del mundo—. Dentro o fuera del campo. Y eso, te guste o no, afecta a tu rendimiento.
Cerró la boca.
Anoté el microgesto.
—Yo no tengo problemas con el sexo —replicó—. Las dejo muy satisfechas.
Sonreí apenas.
—Genial. Entonces, descartamos esa variable sin contrastar la opinión de ellas. Siguiente pregunta.
Su ceño se frunció.
No volvió a bromear.
Hubo otros más sutiles, igual de incómodos. Comentarios envueltos en risas, preguntas desviadas, silencios estratégicos. Jugadores que respondían sin responder, que se protegían como si yo fuera a robarles algo más que datos que podían ayudarlos a no comprometer jugadas clave.
También los hubo distintos.
Tyler Brooks se sentó, se quitó la gorra y me dijo sin rodeos que dormía mal desde la lesión del año anterior, que se notaba más lento y que le aterraba volver a fallar. No buscaba excusas. Buscaba entenderse.
Lo escuché. Funcionó.
Le di algunos ajustes previos a su evaluación y, en el siguiente entrenamiento, mejoró. No milagrosamente, pero lo suficiente.
No había terminado todas las entrevistas. No porque no quisiera, sino porque encajar mis veinte minutos extra en la rutina milimetrada que Harlow había diseñado para ellos era como intentar colar una pieza nueva en un puzle ya cerrado.
Aun así, avanzaba. Paso a paso. Dato a dato.
Sabía con exactitud qué estaba pasando.
No era ciega.
Me veían como una amenaza porque medirlos significaba exponerlos.
Lo que todavía no entendían era que, cuando dejaran de resistirse, yo podía ser justo lo contrario: la ventaja que los separara del resto de equipos.
El campo era otra cosa.
Ahí ya no podían esconderse detrás de frases correctas ni sonrisas ensayadas. El cuerpo no mentía. El gesto tampoco.
Me coloqué en la banda con el iPad pegado al antebrazo, gorra calada y gafas de sol. El calor caía a plomo y el césped despedía ese olor a promesa de lesión si alguien apoyaba mal.
Sonó el silbato.
Los cuerpos arrancaron como si alguien hubiera pulsado «modo combate». Impacto, velocidad, respiraciones cortadas. Fuerza bruta perfectamente coreografiada.
Yo miraba otra cosa.
Caderas. Ejes. Tiempo de reacción. Microsegundos entre decisión y ejecución.
La biomecánica era mi zona de confort. El fútbol americano ya no me sonaba a idioma alienígena, solo a sistema complejo con bugs humanos.
Tenía los ojos puestos en Grant cuando el centro de gravedad del campo cambió.
Valentino Dalton en pleno esplendor.
No necesitaba buscarlo. El juego se organizaba a su alrededor. Siempre lo hacía.
Tenía el brazo. Siempre lo tuvo. Mecánica limpia, lanzamiento preciso, lectura natural.
Excepto que ahora la señal tenía interferencias.
No fluía igual. No decidía igual de rápido.
Dudaba una fracción antes de soltar el balón, y para un quarterback eso era como meterle retraso al gatillo si eras poli y te enfrentabas a los malos.
Una cagada que te podía costar el cuello, o el partido.
La duda no estaba hecha para su posición.
Tomé nota sin querer. Fruncí el ceño. Guardé el stylus .
No estaba ahí por él.
Mentira estadística: sí lo estaba, y mirando demasiado.
Podía querer autoengañarme, la verdad era que el corazón se me aceleró y las palmas de las manos me sudaron cuando supe que iba a ficharme su equipo.
Valentino fue un incentivo de los grandes.
Lo había visto jugar decenas de veces. En la SSU, en vídeo, en retransmisiones donde parecía tener instalado el futuro en caché. El de ahora analizaba de más. Pensaba de más. Llevaba peso en la cabeza y me obligué a no asumir que yo era parte de la mochila.
Presión. Titulares. Expectativas y mi app metiendo números donde antes había instinto.
Avery me contó hace dos semanas que hablaron y que parecía preocupado, que le echara un ojo a su hermano porque lo notó distinto. Me dije que si lo miraba de más era por ella, no porque disfrutara viendo sus músculos tensarse.
Un receptor falló la ruta. Valentino chasqueó la lengua, se pasó la mano por el casco y repitió la jugada. El balón salió tarde.
Anoté: retardo leve, posible sobreanálisis.
Me molestó escribirlo. Mucho más de lo profesionalmente razonable.
Mac pitó y cerró el bloque de quarterbacks .
—¡Duchas! ¡Diez minutos!
Se dispersaron entre bromas y golpes de hombro. Varias miradas hacia mí en modo « spyware detectado».
Guardé el iPad.
Miré una vez más al campo.
Valentino se quitó el casco y se pasó la camiseta por la cara. Abdomen marcado. Oblicuos. Línea en V peligrosa porque apuntaba hacia la zona de anclaje.
Mis glándulas salivales activaron protocolo baba.
«Controla, maldita seas».
Desde aquella fiesta, mi cuerpo reaccionaba a él como si alguien hubiera instalado un plugin ilegal e indetectable bajo mi piel. Atracción absurda. Persistente. Muy poco conveniente.
Planetas distintos. Lenguas compatibles. Error histórico documentado.
Deslicé la vista por sus abdominales otra vez y juraría que sentí crecer mis colmillos.
Error. Reincidente. Morderlo no me sentó bien. ¿Me habría envenenado?
«No pienses en rodearlo con las piernas».
Pensé en rodearlo con las piernas.
Levantó la mirada. Directo a la banda. Directo a mí.
El pulso me dio una descarga de las que te sacudían donde no debían.
No aparté la vista. La visera hacía de escudo y yo de estatua digna por fuera, desastre térmico por dentro.
No estaba ahí para joderlo.
Aunque mi cuerpo tuviera un plan alternativo muy gráfico.
No estaba ahí para exponerlo, aunque mis dedos hormiguearan con ganas de desprender lo que cubría su cuerpo.
Ni para terminar lo que empezamos aquella noche.
Estaba ahí para ayudar.
El problema era que, si seguía mirándome como si yo fuera el Imperio…, a mí me daban ganas de atacar. Y no auguraba un buen final.
Por suerte, apartó la vista cuando Ty le dijo algo y trotó hacia el grupo.
Yo tardé demasiado en volver a respirar normal.
Tardé un poco en recolocar el pulso antes de ir hacia la zona de comida. No por el calor. No por el entrenamiento. Por el quarterback con abdominales ilegales que acababa de recordarle a mi sistema endocrino que seguía operativo.
El comedor de jugadores no se parecía en nada a lo que la gente imaginaba cuando oía «instalaciones deportivas». Lo mismo ocurría con la SSU.
Nada de bandejas de cárcel ni mesas corridas.
Aquello era más bien un restaurante amplio, luminoso, con madera clara, pantallas encendidas sin sonido y una barra larga donde nutrición servía platos diseñados al milímetro.
Todo demasiado limpio, demasiado eficiente, demasiado caro como para derramar salsa sin sentir culpa.
Grayson estaba sentado al fondo, sin móvil, sin prisa, observando el espacio como si también estuviera tomando datos. Cuando me vio, sonrió de esa forma suya que no era invasiva pero tampoco neutra. Se levantó un poco para apartarme la silla.
Caballerosidad nivel raro en ecosistema testosterónico, aunque, claro, él era uno de los hijos pródigos, no uno más del equipo.
—Te he pedido algo decente —dijo—. Si esperaba cinco minutos, los tight ends arrasaban con todo.
—Gracias. —Sonreí—. Prefería comer sentada que luchar por un plato.
Le hizo gracia. A él le hacían gracia mis cosas raras. Y a mí me hacía sentir muy cómoda.
En los días que llevaba en The Star ya había conocido a casi toda la dinastía de su familia, y si algo tenía claro era que el único con el que no me importaba compartir mesa y conversación era Grayson.
Los demás parecían sacados de un juego de estrategia en modo difícil.
Elliot era el que movía las fichas sin pestañear, siempre pensando en el siguiente turno y en cuántas piezas estaba dispuesto a sacrificar para obtener la mayor rentabilidad.
Una cosa era ser el mayor y otra verse como el heredero universal.
Vivian jugaba a controlar el tablero desde fuera, la zona de comunicación y relaciones públicas.
Estaba pendiente en todo momento de la imagen, tanto era así que me dio varios polos, camisetas, pantalones, gorras y zapatillas, combinables entre sí, porque ahora era miembro del staff .
Cualquiera se oponía. Llevaba el control de la narrativa y de que nadie rompiera las reglas, aunque no estuvieran escritas.
Desde el escándalo de Levi Carter y la rookie de las DCC, sumado al de su hermana Charlotte, no podían permitirse cagarla más.
La directora ejecutiva de las DCC era ese personaje del que todo el mundo hablaba pero que todavía no había aparecido en pantalla, y eso la hacía incluso más inquietante.
Casi todos ponían en entredicho la funcionalidad de mi aplicación, salvo Grayson, que era el único que no parecía estar jugando a nada, más allá de mejorar el rendimiento de los deportistas.
Mientras empezábamos a comer, me preguntó por las entrevistas, por los patrones que estaba detectando, por cómo veía la adaptación del equipo al sistema de análisis. No era charla para quedar bien. Escuchaba de verdad y hacía preguntas que demostraban que conectaba puntos.
Eso le sumaba atractivo. Mucho. Por no hablar de que genéticamente había sido bendecido por los dioses.
—¿Te están dando guerra? —preguntó en tono tranquilo.
—Resistencia pasiva —murmuré—. Como cuando intentas instalar una actualización y todo el mundo pulsa «recordármelo más tarde».
Sonrió.
—Si alguien cruza la línea, me lo dices.
—Lo haré —respondí, y no sonó formal, sonó pactado.
Mi móvil vibró. Mamá. Otra vez radar parental activo.
Le mandé un mensaje rápido: Luego te llamo. Sigo viva. No me han devorado todavía.
—Puedes cogerla —comentó Grayson—. No importa.
—Sí importa, es mi madre. Si respondo ahora, me pide métricas. No te haces una idea de cómo es —le expliqué.
—Bueno, no eres la única que tiene una familia que le exige resultados y que lo hace a su manera… En eso nos parecemos, por lo que diría que te entiendo mejor que bien.
Reí bajito.
—Me alegro de que estés aquí, Naomi. Mucho. Y prefiero comer contigo que solo.
Me pilló desprevenida y noté el calor subiendo por la cara. Genial. Justo lo que quería: rubor adolescente en entorno ejecutivo.
—Yo también prefiero comer contigo —asumí; era cierto—. Si te soy franca, si no, estaría en mi cuarto. Lo de socializar no es lo mío.
Mi cerebro se giró despacio para mirarme, como si acabara de pulsar «enviar a todos».
Grayson no se perdió el matiz. Sus ojos tampoco.
—Me parece una excelente preferencia, me refiero a comer conmigo antes que sola en tu habitación —contestó—. Creo que nos entendemos fácil, y en tu defensa diré que los mejores tesoros son los que yacen ocultos, esperando a que la persona indicada los descubra.
Y, entonces, lo sentí, mi pulso se aceleró cuando sus ojos grises descendieron a mi boca.
Lamí mis labios porque los tenía secos, o eso me dije cuando me percaté de que sus pupilas reaccionaban al gesto.
Entonces, llegó una presión invisible entre mis omóplatos. Como un sensor activándose mientras algo se aproximaba.
Noté una perturbación en la Fuerza y no estaba de mi lado.
Desvié la vista y escaneé.
Valentino, de pie en el extremo opuesto, mirándonos con esa expresión suya que no era exactamente enfado, ni tampoco indiferencia, sino algo mucho más peligroso: interés mal disimulado.
El aire se evaporó de mis pulmones y ya no estaba segura de qué sentía ni por quién.
Genial.
Triángulo lujurioso desbloqueado.
Dificultad: Legendaria.
Yo: sin guardar partida ni escudo intergaláctico.
Perfecto.
Justo lo que necesitaba: tensión sexual no resuelta con testigos, sin opción al manual de instrucciones ni al botón de deshacer.
Riesgo emocional: crítico.