Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Valentino

Si pensaba que la fiesta del viernes —alcohol, ruido y sexo como si quisiera borrar mi historial mental— iba a silenciar la autodestrucción interna, fui un optimista ridículo.

El sábado desperté con la boca como cartón, el cráneo retumbando y un tacón clavado en el sofá del cuarto que no era mío, no reconocía y no tenía el menor interés en auditar.

El ático parecía el cierre de temporada de Decisiones Estúpidas con Presupuesto Ilimitado .

Tenía flashes : música reventando altavoces, el jacuzzi con más carne que dignidad, botellas abiertas como si fueran agua del grifo, Marcus dando una clase práctica de anatomía femenina con nata montada y Jace filosofando sobre abandono emocional mientras dos chicas le juraban que era «demasiado bueno para una sola mujer».

Ellos dos fueron los que se quedaron, el resto huyó cuando sus reservas testiculares bajaron a un nivel mínimo y el alcohol en sangre no les permitía conducir.

Levi me habría colgado de la barandilla si estuviera en la ciudad. Aunque, siendo justos, sus fiestas, antes de entrar en modo papá, también eran material de estudio sociológico. Luego llegó el niño, llegó Sky y se acabó la era nuclear.

Se les echaba de menos. Sobre todo, picar al capi hasta verlo caer rendido por Skyler Wallace. Historia viva de cómo un tío duro perdía por KO romántico.

Me incorporé despacio.

Error.

El mundo dio una vuelta completa y me devolvió al colchón como si hubiera perdido yardas por idiota.

—Perfecto —gruñí—. Referente moral de la juventud americana.

Como algún paparazzi me pillara así, me abrían en canal mediático.

Miré el móvil.

Hablando de buitres.

Mensajes de periodistas. Dos casas de apuestas etiquetándome. Un titular:

«¿Demasiado joven para sostener el peso de la franquicia?».

Sonreí sin gracia.

Que se jodieran. Aunque la duda —la maldita duda— pesaba más que la resaca.

—Marchando café y un milagro.

Crucé el salón, esquivando ropa interior fuera de plantilla oficial. El sol entraba sin piedad por los ventanales. Me habrían venido bien las gafas de sol si supiera dónde demonios las dejé.

Encontré un sujetador colgado de una planta.

Lo levanté con dos dedos.

—Tú tampoco juegas en mi equipo.

Lo lancé y, entonces, vi la cocina.

—… vale.

Marcus estaba usando el cuerpo de una chica como si fuera un bufet temático. Ambos desnudos. Ella cubierta de nata. Tumbada sobre la encimera como si fuera mobiliario interactivo.

—Hermano —dijo Knight con la boca llena—, buenos días. ¿Desayuno proteico con suplemento prémium de teta?

—Quiero desinstalar mis ojos —respondí.

Ella se rio.

—La nata tiene calcio.

—No sobre la superficie en la que como, gracias. —Serví agua—. Vestíos antes de que alguien os grabe desde un dron.

—¿Eso puede pasar? —preguntó ella, alarmada.

—Te está vacilando, conejita. —Marcus las llamaba a todas así para no confundirse—. Aquí no sube nadie sin permiso.

Lástima que sí subieran los idiotas que yo mismo había invitado.

Puse la cafetera en marcha.

—Recoged el circo y desalojad, fieras.

—Aguafiestas —murmuró Marcus, dándole un último lametazo al desastre.

Jace dormía en el sofá medio sentado, con las dos de anoche pegadas como koalas a sus pectorales.

Le lancé un cojín.

—Romeo de oferta. Son las once.

Abrió un ojo.

—No he dormido. Me han tenido demasiado ocupado.

—No es culpa mía que aceptaras la oferta del 2x1. Levántalas antes de deformarme el sofá.

Una hora después, logré que desalojaran el ático. Úberes, besos, promesas falsas de «te llamo», puertas cerrándose. Rivera y Knight, únicos supervivientes nocturnos, coreaban:

—Ha sido legendario, Dalton.

—Si mi carrera se va al infierno —murmuré—, he descubierto que tengo talento logístico para las orgías con vosotros dos de clientes potenciales.

Ellos rieron y las puertas del ascensor los engulleron.

Saboreé el silencio.

Miré el suelo y, tras una revisión global del estado del piso, asumí que yo solo no podía con tanto.

—Esto necesita un exorcismo de pago.

Marqué.

—Rosa, soy yo. Sí. Nivel rojo. No, rojo no. Nuclear. Sí, del tipo con productos que matan bacterias y restos biológicos que podrían incriminar a cualquiera. Hay que darle duro a las encimeras, jacuzzi y sofá. Ah, y cambiar las sábanas. Te pagaré lo que pidas, pero ven ya.

Me dijo que tardaba veinte minutos.

Perfecto. Fue el tiempo que necesité para darme la primera ducha del día, esa que se usaba para despejar, ponerme las zapatillas, los cascos y salir a correr bajo un sol de justicia.

Si no podía controlar la prensa, la app de Naomi ni la sombra del QB2, al menos podía controlar mi maldito ritmo cardíaco y sudar la resaca.

Playlist : rap agresivo, beats pesados, cero violines. Ritmo de guerra. Nada de baladas ni mierda motivacional barata. Necesitaba sonido que golpeara como una línea defensiva devolviéndome la cordura.

Kilómetro uno: whisky evaporándose por los poros.

Kilómetro tres: la cabeza ya no dolía.

Kilómetro cinco: las neuronas comenzaban a reconectar.

Y ahí estaba el problema.

Que en cuanto eso ocurrió, la maldita cara de Parks apareció en mi mente, con esa mirada que te hacía sentir lo capullo que eras por pasar la noche así en lugar de estar esforzándote para que esa mierda suya no te dejara en evidencia.

Si hubiera estado en la SSU, con toda probabilidad hubiera actuado de un modo distinto y me habría ofrecido voluntario como Whitaker. Me hubiese dado igual pasar por su escrutinio, pero esto era la NFL y veníamos de una temporada bastante turbia.

Ser QB1 con veintitrés no era un logro, era una diana gigante. Muy pocos lo lograban, y mucho menos alcanzar la Super Bowl para hacerse con el título. Eso suponía pasar a la memoria de la NFL, como ocurrió con Ben Roethlisberger, que la ganó con veintitrés años y once meses en 2006.

La gente estaba muy equivocada. El QB no solo era el que lanzaba un balón para que los demás ejecutaran la jugada.

Era el que debía leer la línea ofensiva, a los defensas, los cambios de jugada.

Controlar el ritmo del partido y tomar decisiones en menos de tres segundos mientras un montón de tíos querían arrancarle la cabeza, llevándose sus huevos de trofeo.

No era el más rápido ni el más fuerte de la plantilla, aunque, sin duda, sí el que debía mantener la mente más fría bajo presión, ser líder, tener una visión periférica de la hostia y muchos cojones mentales.

Hasta el año pasado lo había bordado; ahora, todo se convertía en presión.

Cuando volví pasados noventa minutos, Rosa estaba echando mano al desastre con esa mirada de «los hombres sois una plaga que solo piensa en emborracharse y desenfundar».

Fui a por otro vaso de agua y la miré.

—Gracias por el esfuerzo…

Alzó las cejas.

—Yo no le voy a dar las gracias por otra fiesta, por mucho que me pague las horas extra.

Me encantaba el humor de esa mujer.

—¿Colaría si te dijera que fue un seminario práctico sobre malas decisiones?

—Si no hubiera limpiado este lugar los últimos tres años, quizá. El señor Levi se tranquilizó solo la última temporada, cuando falleció su exmujer y tuvo que ocuparse de su hijo.

—Levi ganó autocontrol. Y yo heredé a sus colegas salidos.

Eso la hizo reír y negar mientras yo me alejaba hacia mi habitación.

Me duché, me dejé caer en el sofá limpio, y cuando Rosa se marchó, lo hizo regalándome uno de sus sándwiches milagrosos para comer.

Me hice el remolón el resto de la tarde.

Cuando el reloj marcó las seis, me puse el casco, me quité la camiseta, entré en el cuarto que había habilitado con un croma verde y anuncié el directo de Val Daver para el día siguiente.

En ese momento no estaba para hostias. Dormí mal.

Demasiadas vueltas. Demasiados números. Demasiadas caras cruzándose con la de Parks.

El domingo por la mañana, con la cabeza algo más clara y las piernas todavía cargadas, entendí que no iba a quitarme el tema de encima solo.

Volví a salir a correr. Castigar el cuerpo ayudaba a ordenar la mala leche. A la vuelta, sudado y respirando fuerte, marqué a Avery antes de que me diera tiempo a pensarlo dos veces.

Había esperado a que llamara ella. Error de cálculo. Mi hermana no retrocedía, esperaba que el mundo avanzara.

Contestó al segundo tono.

—Hola, Valen.

Demasiado tranquila.

«Qué quieres, es Avery».

—Tenemos que hablar.

—Eso suele preceder a una acusación.

Me apoyé en la encimera, aún con el pulso alto.

La digna hija de nuestro padre, el general, siempre lista para abrir fuego primero.

—¿Quieres explicarme qué te he hecho para que me claves una espada láser por la espalda con forma de Naomi Park?

Silencio.

—¿En serio me llamas para hablar de Naomi? ¿Cuál es el problema?

Parpadeé despacio.

—¿Que. Cuál. Es. El. Puto. Problema? —marqué cada palabra—. ¿Me estás vacilando?

— Nop . Tampoco es tan grave. No tienes que vivir con ella, solo va a trabajar en tu franquicia. Compartisteis varios años de carrera, dudo que no puedas con esto.

Pensar en Parks bajo mi mismo techo me tensó demasiado rápido el cuerpo para la hora que era.

Mala señal.

—No tienes ni puñetera idea de lo que supone que tu amiguita nos tenga como ratas de laboratorio. No a mí. A todo el equipo. Y ya sabes que me tiene ojeriza. Va a destripar cada fallo delante del staff , del entrenador y de los herederos del trono. Nada relevante.

—Es su trabajo. El tuyo es hacerlo bien. Si detecta errores, mejoras. Fin.

Ahí estaba Avery, la capitana del equipo de gimnasia artística de la SSU: empatía cero, eficiencia máxima. Si no eras perfecto, entrenabas.

—Soy tu hermano.

—Y ella es una profesional, debes respetar su trabajo.

Me salió una risa sin humor.

—Eso se llama traición con matrícula.

—Eso se llama no enchufar a la familia. De nada.

Me pasé la mano por la cara.

—Eso se llama avisar antes.

—Eso se llama paranoia. ¿Desde cuándo te tiemblan las piernas ante Park? A ti te resbalaba todo.

«Me resbalaba en la SSU, donde era el puto dios de los Warriors. Y no tienes ni idea de lo que Park hace con mis piernas…». No podía soltar eso.

Carraspeé.

—¿Sabes cómo reaccionó el vestuario?

—Sí. Como críos de doce años con ego frágil. ¿Os pica que una mujer os corrija?

Seguro que habían hablado.

—Gracias por el abrazo emocional.

—¿Te afecta tanto?

—No —mentí—. Me encanta que me auditen en directo con la franquicia en modo «puede que te pateemos el culo».

—Entonces, mejora, así es el deporte de élite, Dalton.

—Te has tragado un manual de la NFL.

—Siempre he sido la madura. Inténtalo.

Exhalé por la nariz.

—Y si tanto te preocupa, pídele ayuda a Naomi y aprovecha lo que te diga, es buena.

Solté una risa corta.

—Claro. También puedo abrazar el dolor y escribir un diario de cómo pretende joderme la Princesa Leia.

—Eres idiota.

—Eso ya lo sabías desde que naciste y descubriste que era tu hermano.

Pausa. La oí suspirar.

—Valen —bajó medio tono—, Naomi no va contra ti.

—Fácil decirlo desde fuera.

—Lo digo porque la conozco.

—Yo también.

—No tanto. Las veces que coincidíais solo la pinchabas.

Sonreí torcido.

«Si supieras cuánto, alucinarías».

—No la cagues —añadió—. No la conviertas en rival por orgullo. Está peleando por sus metas igual que tú.

—No es orgullo. Su dichosa app puede quitarme el puesto.

—Pues lucha. No te acobardes y utiliza la herramienta. Lo que te pasa se llama miedo de cojones.

—Voy a colgar.

—Cobarde.

—Insufrible.

—Genética compartida. Te quiero, idiota.

—Lo sé.

Colgué.

Me quedé mirando el techo limpio del ático. Ni rastro del caos. Ni del tanga proyectil de anoche.

La fiesta fuera.

La resaca fuera.

La presión no.

Y Parks seguía anidando en mi cabeza como la putísima Estrella de la Muerte. La mía.