Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Naomi

Si mi cuerpo tuviera voz, ese domingo por la mañana me habría pedido un abogado.

Llevaba días sentada, analizando datos, observando entrenamientos y fingiendo que Valentino Dalton no existía. Mi musculatura, claramente, no estaba de acuerdo.

Así que hice lo más sensato que se podía hacer a las siete de la mañana en Dallas en pleno agosto: tirarme a la piscina como si fuera una decisión racional.

La piscina todavía era territorio neutral: ningún turista gritón, ningún niño bomba y ninguna pareja intentando demostrarse amor en modo documental de National Geographic. Solo agua azul turquesa, limpia, esperándome.

El choque frío me vació la cabeza durante medio segundo y, siendo honesta, agradecí el reinicio del sistema.

Llevaba días funcionando en modo servidor saturado: reuniones, entrenamientos, las miradas del viernes que decían «¿y esta quién se cree que es?

» y Valentino Dalton existiendo en el mismo espacio físico que yo, como si el universo se hubiera propuesto sabotear mi concentración.

Aunque ya lo sabía antes de aceptar, no era lo mismo imaginarlo que vivirlo en primera persona.

Nadé.

Brazadas largas, rítmicas, mecánicas.

Uno. Dos. Tres.

Traté de dejar la mente en blanco. Lo intenté de verdad.

Pero mi cerebro era como un navegador con cuarenta pestañas abiertas y música sonando en segundo plano.

Cada respiración era una cara suya. Cada giro, una frase.

Cada movimiento, esa sonrisa que parecía diseñada por un equipo de marketing especializado en arruinarme la estabilidad.

Salí a los treinta minutos con los pulmones ardiendo, las yemas en modo pasa y el cuerpo en ese punto exacto entre cansancio y alivio. Pasé por la ducha antes de tumbarme en la hamaca, porque odiaba cómo le sentaba el cloro a mi piel. El sol todavía no apretaba y decidí secarme al aire.

Cerré los ojos, respiré con fuerza y, entonces, apareció el recuerdo.

Porque mi cerebro no descansaba. Solo cambiaba de plano o de galaxia y, lamentablemente, él siempre estaba allí.

Nuestra historia arrancó como empiezan las pelis malas: con un tropiezo sin lógica. Nada recomendable. Ni… normal.

Siempre fui retraída. No tímida en plan adorable, retraída en plan «prefiero quedarme en casa, viendo una maratón de ciencia ficción, que ir a una fiesta donde la gente grita sin motivo aparente hasta no saber ni quién es su padre».

En el instituto era la friki oficial. La nerd . La chica a la que le pagabas por hacerte los deberes de matemáticas, pero a la que nadie invitaba a las quedadas importantes porque, al parecer, saber derivadas no te convertía en material socialmente interesante.

No congeniaba con las del equipo de gimnasia y los de ciencias aplicadas tampoco eran santo de mi devoción. Demasiado intensos incluso para mí.

Cuando entré en la universidad, me prometí que eso iba a cambiar. No mucho. Solo lo suficiente como para no morir virgen de vida social y de lo otro… Ya me entendéis.

Spoiler: no sucedió. O no del todo.

El primer día de clase me senté en la segunda fila, saqué el portátil y me convertí en invisible con una eficiencia que ya querría para sí Marvel. La única persona que me habló fue Paige. Rubia. Extrovertida. Sonrisa de las que te vendían tiras blanqueadoras antes de que eso fuera una profesión.

No éramos compatibles.

Justo por eso insistí. Si quería salir de mi rueda de hámster, tenía que abandonar la zona de confort y Paige era lo opuesto a mí en todo. A cabezota no me ganaba nadie.

Quedábamos de tanto en tanto. No era una amistad para tirar cohetes, pero tampoco estaba mal. Paige era persuasiva por deporte, tanto que, una noche, contra todo pronóstico y sentido común, acepté ir a una fiesta.

—La organizan los Warriors y van muy pocas de primero —me dijo como si acabara de anunciarme una audiencia con el presidente—. Tienes que venir. No me dejes sola entre zorras que van a degüello.

Los Warriors eran el equipo de fútbol americano de la SSU. Semidioses universitarios con patrocinadores obscenos y apartamentos de lujo frente a la playa.

Quise negarme. Sabía que no era buena idea. Aun así, me vi yendo a su casa antes de la fiesta porque, según Paige, no se fiaba de que apareciera con sudadera.

Error crítico del sistema.

Veinte minutos después no quedaba nada de mi ropa original. Llevaba un pantalón demasiado corto y un top palabra de honor que no admitía sujetador y dejaba ver parte de mi ombligo. Me miré al espejo y sentí que estaba en modo cosplay de anime +18.

Lo único salvable era que aquella tira de tela que cubría mis pechos era negra con puntitos plateados. Parecía una galaxia con mis dos lunas embutidas. Y yo que pasaba de ver orbitar satélites…

—¡Dios, estás preciosa! —asumió Paige, mirándome—. Mataría por tu piel y ese pelazo negro y brillante, te hace muy exótica. —Sip, como un rambután, esa era yo—. Seguro que le gustas a más de uno del equipo.

Tragué saliva.

—¿Y para qué necesito gustarles?

«¿Para dejar de poder ponerte en un pesebre, idiota?».

Bueno una cosa era no querer morir virgen y otra tirarme a uno de esos cenutrios sin neuronas.

Se rio como si yo acabara de preguntar para qué servía el oxígeno.

—¿Bromeas? Son Warriors. El noventa por ciento de esos tíos van a ser millonarios. Cazas a uno y te retiras joven.

La miré. Ella ya estaba eligiendo botas y futuro marido, todo a la vez.

—Yo quiero trabajar en alto rendimiento deportivo —intenté explicarle—. Investigación. Datos. Prevención de lesiones. No quiero un tío que me mantenga.

—¿Rosas o moradas?

Vestido ajustado. Escote estratégico. Cero interés en mi discurso. Seguramente desconectó al inicio de la palabra «investigación», era carne de cañón.

—A mí no me preguntes. Tú eres la experta en cazar Warriors, yo soy más de Pokemon.

Me lanzó un beso.

—Las rosas. Y ven aquí, necesitas gloss de high volume xtreme. A los tíos les vuelven locos los morros jugosos.

Cinco segundos después, mis labios parecían dos salchichas en huelga envueltos en pimienta ardiente; los ojos me lloraban. ¿A quién podía gustarle besarte con esa cosa?

—¿Esto es legal? —pregunté, atragantándome con mi propia saliva.

—Confía en el proceso.

Spoiler: no confié y, en cuanto se despistó, me fui al baño para frotar hasta arrancarme la piel.

¡Dios!

Cuando entramos en el edificio me resultó abrumador. No ayudaba que mi boca hubiera pasado por un experimento químico por el cual todavía la sentía medio anestesiada.

Observé el lugar. Varias plantas. Música vibrando en las costillas. Alcohol circulando como si lo intercambiaran por puntos. Chicos enormes. Chicas vestidas o, mejor dicho, medio desnudas para pescar anillos.

Yo me quedé en un rincón, abrazando un refresco que alguien me tendió como si fuera un amuleto.

Estaba fuera de mi hábitat natural y, como era obvio, no iba a beber eso.

Yo era más de juegos de rol y de convenciones donde la gente discutía durante horas si Han disparó primero y nadie te miraba como si fueras un bicho raro.

Paige ya estaba bailando con unas manos enormes abrazando su trasero. Yo decidí que lo sensato era irme a casa antes de convertirme en estadística social. Dejé el vaso sin tocar y crucé el salón para avisar.

Di dos pasos, quizá llegué al tercero, no estaba muy segura porque alguien lanzó un balón con la fuerza de un asteroide.

Impacto en tres, dos…

No lo vi venir hasta que fue demasiado tarde.

Me golpeó el hombro con fuerza, reboté y di varios pasos hacia atrás antes de sentarme… sobre algo caliente. O, mejor dicho, alguien.

Unas manos me agarraron por la tripa desnuda y me recolocaron con una facilidad insultante.

Culo encajado en una entrepierna: Check.

Piernas muy desnudas y colgando sobre otras: Check.

Unos brazos gigantes envolviéndome sin reservas: Doble check.

Cuando levanté la vista, ocupaba el regazo de un chico rubio de ojos absurdamente azules. Pecho duro. Bíceps musculosos. Sonrisa pícara. Olía a algo fresco y peligroso.

Los chicos como ese no se fijaban en chicas como yo.

Hasta ese momento.

—Mmm —murmuró con la voz rozándome la cara—. Eso sí que es hacer una entrada perfecta. Hola, guapa, me gusta tu estilo directo, reconozco que me has impresionado. Me flipan las mujeres que van directas a por lo que quieren, sin preámbulos.

No me dio tiempo a procesarlo.

Su mano seguía firme en mi cintura, caliente, y antes de que mi cerebro encontrara una respuesta socialmente aceptable, su boca ya estaba sobre la mía, que se había quedado abierta, lista para el abordaje.

Aquello no fue un beso. O yo nunca lo habría catalogado así.

Fue una invasión en toda regla.

Aquel chico no había dudado ni un segundo de que yo fuera a corresponderle porque para él yo era la raza invasora.

Olía a alcohol suave y menta, una mezcla absurda que me llenó la cabeza…

o me la vació. No estaba segura. Su lengua rozó la mía y sentí una descarga limpia bajándome por la columna, un cortocircuito que me dejó sin aire e hizo que mis dedos se aferraran a su camiseta como si necesitara anclarme a algo sólido.

Mi primera reacción no fue pensar, fue arder.

El ruido de la fiesta se volvió lejano, parecía que alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Solo existía su boca moviéndose sobre mis salchichas anestesiadas con una confianza insultante y mi cuerpo traicionero reaccionando por su cuenta, sin pedir permiso.

No era mi primer beso. Michael Collins lo intentó en el baile del instituto y casi me dio un infarto del asco cuando su lengua batió la mía. Aquello fue baboso y torpe.

Esto era… Preciso. Salvaje. Peligrosamente bueno.

Tenía ritmo, presión. Una especie de hambre juguetona que me empujaba contra su torso sin que yo lo ordenara.

Su pulgar se movió apenas un centímetro sobre mi tripa y la piel se me erizó entera, dando con un interruptor secreto que ni yo misma conocía.

Mi cerebro gritó «error crítico».

Mi cuerpo respondió «ni se te ocurra parar».

Y cuando su mano ascendió hacia mi pecho, convirtiendo las llamas en incendio forestal, supe que, si no frenaba a tiempo, iba a lamentarlo durante el resto de mi vida académica.

Cuando mi pequeño bonsái centenario hubiera sido calcinado por su lanzallamas.

«Abortando misión. Sacando dientes de emergencia».

Lo mordí.

No fuerte. Bueno…, quizá un poco sí.

Pero me estaba sintonizando un pezón.

Fui lo bastante dura como para romper el hechizo.

—¡Au! —Se apartó riendo, con los labios brillantes y los ojos todavía clavados en mi boca—. ¿Qué haces?

—¡¿Yo?! ¡Has invadido mi espacio!

Le bajé la mano de golpe, cortando la conexión con el centro neurálgico de mi entrepierna.

—Fuiste tú quien se abalanzó sobre mis rodillas.

No estaba enfadado. Parecía… divertido. Volvió a acariciar mi tripa y todo mi sistema nervioso se declaró en huelga indefinida.

—No he sido yo… Me golpeó un balón y tropecé…

—Dicen que lo que te encuentras en el suelo es tuyo. —Sonrió—. Supongo que también aplica a lo que cae del cielo y te aterriza encima.

Se acercó otra vez.

—¿Por dónde íbamos?

Algo en mí gritó «lado oscuro». Literalmente. Como si alguien estuviera usando la Fuerza contra mi voluntad para hacerme tomar decisiones pésimas delante de un público innecesario.

No podía ceder.

Esa no era yo.

Giré el rostro y le metí un codazo seco. Directo contra la nariz. No se la rompí, de eso estaba segura a día de hoy.

Tuvo el suficiente impacto como para zafarme de su agarre, saltar y caer de pie. Ojalá clavara así las salidas en asimétricas.

—¡Joder! —jadeó, llevándose la mano a la cara—. Pero ¿a ti qué te pasa?

—Te dije que no quiero.

Un chico se rio cerca, él lo miró enfurruñado y después hundió su mirada azul en mí.

—No dijiste eso. Yo no soy de los que toman lo que no se les da.

Vale. Técnicamente no. Pero mi actitud era bastante elocuente.

—¡Le están dando calabazas al gran Valentino Dalton!

Vociferó el energúmeno de mi derecha.

Silencio.

Lengua incendiaria miró al tipo enorme con un balón en la mano; casi seguro que era el mismo que ejecutó mi salida de órbita.

—¡Cállate, Adams, ¿no ves que estoy hablando?!

No iba a quedarme para una charla con un tío que me doblaba el tamaño y al que acababa de atizar.

Aproveché el caos y me escurrí entre la gente con el corazón desbocado. No miré atrás. Solo quería salir de ahí y fingir que no había pasado.

Porque a las chicas como yo no las besaban los jugadores de fútbol universitario.

—Disculpe, ¿está bien, señorita? La veo muy roja.

Un camarero apareció a mi lado y me arrancó del recuerdo como quien apagaba una pantalla a mitad de una película.

—Me parece que está sufriendo una insolación. Su respiración es algo errática.

Genial. Hasta mi sistema nervioso estaba dando un espectáculo en público.

—E-estoy bien…

—¿Seguro? ¿No quiere que le traiga algo para hidratarse?

Quizá sí lo necesitaba después de ese recuerdo tan vívido. Y, además, tenía pinta de los que no se iban hasta completar la misión.

—Agua —dije—. Solo agua.

—Ahora mismo se la traigo.

Asintió y se marchó.

Me quedé mirando el cielo. Tomé el bote de protector solar y me embadurné antes de que mi piel gritara «melanoma». Mamá jamás me lo perdonaría. Respiré hondo.

Había sobrevivido a muchas cosas desde aquella fiesta.

Exámenes. Lesiones. Mudanzas. Decisiones pésimas.

Pero Valentino Dalton seguía teniendo exactamente el mismo efecto en mi sistema nervioso, y eso… era una puñetera cagada si no lo cortaba a tiempo.