Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Valentino

Pero ¿qué cojones?

¿Y por qué Avery no me había dicho nada?

Igual ella le había pedido que no lo hiciera. Aun así, yo era su hermano, joder. Su sangre. Su familia. No merecía encontrarla de sopetón en la puta sala de reuniones ni lo que había venido a hacer.

¡Como si no hubiera más equipos en América!

¿Tenía que ser aquí? ¿Tenía que ser conmigo como conejillo?

Seguro que para tocarme las narices y lanzarme sus pullas.

Quería enviarme directo a la picota, porque si alguien sabía lo jodidamente lista y preparada que estaba para un cargo como ese era yo.

Nadie le había regalado nada. Matrícula de honor en todo.

Oro por equipos en los Nacionales. Su mente era brillante de un modo que pocos comprendían y tenía un físico con la capacidad de volver a mis neuronas gelatina y mi entrepierna en piedra, evaporando mi concentración.

Eso era un problema, y de los gordos. Que conste que no lo decía por el tamaño de mi erección cuando la vi con esos malditos chinos y los antebrazos al aire.

Pensar en su piel suave me ponía a cien.

Si ya era jodido saber que iba a pasarse toda la temporada en Frisco, rondando cada maldito entrenamiento, viajando con nosotros a los partidos, compartiendo hotel, más jodido era entender que su función consistía en rebuscar en cada una de mis grietas.

Apoyar sus teorías en mis fallos. Exponerlos.

Diseccionarlos. Clavarlos en la pizarra delante de todos, como si fuera la autopsia deportiva de mi cadáver.

Me iba a abrir en canal, y lo peor no era el orgullo.

Era que podía hacerlo. Seguro que esa app funcionaba de la hostia, porque ella era la mejor en eso y encima le pagaban.

Ya empezaba a notar los efectos de sus ojos rasgados puestos en mi nuca. No hacía falta que hablara. No era necesario que señalara nada. Solo con mirarme sentía que me pesaban los hombros. Que cada pase llevaba una lupa encima. Que cada error era una bala cargada con silenciador.

Crují el cuello.

Era una maldita francotiradora en busca de validación.

—¡Quieres hacer el favor de concentrarte, Dalton!

La voz de Mac me cortó el pensamiento como una hostia bien dada.

Estaba a cinco yardas del objetivo y el balón había salido alto. Otra vez.

Grant Whitaker lo atrapó en el aire con una naturalidad insultante. Ni una mueca. Ni un comentario. Solo esa expresión suya del tipo que sabe con exactitud lo que hace y no necesita demostrarlo.

Voluntario.

Se había ofrecido puto voluntario.

¿Quién hacía algo así?

«El tío que está seguro de que tu puesto es suyo, idiota».

Mac se acercó caminando despacio. Eso era peor que si gritaba.

—Mírame.

Lo hice.

—No puedo entrenarte con favoritismos por bien que me caigas. —Sabía que lo hacía—. No puedo darte ventaja y no voy a protegerte de él.

No me hizo falta girarme. Sabía que se refería a Whitaker.

—Grant viene pisando fuerte —continuó, bajando la voz—, y me alegra porque eso te obliga a ser mejor.

Con Levi era distinto. Sabías que quería retirarse, lo tenías todo bajo control y eso no es bueno para nadie.

Necesitabas a alguien como este tío. No para estar más nervioso. Para exigirte más y volverte mejor.

Me señaló el pecho con el dedo.

—Tú eres el jodido QB1, pero ambos sabemos que eso no es un título heredado. Es un estado que tienes que defender cada día.

Asentí sin hablar.

—Y sí —añadió, bajando la voz—, ya me han contado el follón con lo de la chica de la app .

Sé que la situación te está sacando de quicio, como a tus compañeros, y me importa una mierda lo que esa maldita aplicación diga de vosotros.

El campo no cambia. El balón no cambia. Tu lectura no cambia.

Esa cosa no eres tú. Así que vuelve a tu sitio y juega como sabes, cabrón.

—Sí, señor.

Me lanzó otro balón.

—Ejercicio de progresión rápida. Tres lecturas. Ventana cerrada. Tienes menos de dos segundos.

Colocó los conos. Sopló el silbato y señaló a los receptores.

—Esto no es fuerza. Es cerebro. Si piensas en ella, llegas tarde. Si llegas tarde, estás muerto.

Silbato.

Respiré.

Snap .

Primera lectura: cubierta. Segunda: presión. Tercera: ventana mínima.

Lancé.

Golpe seco del balón entrando limpio.

—¡Eso es, joder! —gruñó Mac—. Demuéstrame por qué tienes un maldito Lamborghini antes de los veinticinco y yo no.

Eso me hizo reír y negar al mismo tiempo.

Repetimos la secuencia una y otra vez. Ritmo. Lectura. Corrección. Impacto. El mundo se redujo al sonido del cuero contra mis palmas y a la voz de Mac rompiéndome y reconstruyéndome en ciclos rápidos.

Funcionó.

Durante la siguiente hora no existió Naomi. No existió Whitaker. No existió nada fuera de la mecánica perfecta de repetir hasta que el cuerpo entendió lo que la cabeza ya sabía.

Cuando levanté la mirada hacia la zona donde ella había estado hacía unos minutos, se había ido.

Ni rastro.

No supe si sentir alivio o cabreo.

Probablemente, ambas cosas.

La última tanda me dejó el brazo ardiendo. La espalda gritaba. El core parecía una herida abierta. Sudor metiéndose en los ojos, la camiseta pegada a la piel y la sensación de haber sobrevivido a algo que no tenía nombre, pero sí consecuencias.

Mac me dio una palmada en el casco.

—Me gusta más este Dalton. Asegúrate de que vuelve el lunes.

No respondí. Solo asentí mientras me quitaba el protector.

Porque lo que me gustaba a mí era no pensar, y sabía que eso no iba a durar mucho con ella cerca.

El pasillo hacia los vestuarios olía a sudor fresco, linimento y metal. Cascos golpeando bancos, risas secas, el sonido hueco de las taquillas abriéndose a hostias. El puto santuario. Ahí dentro todo se decía sin filtros y sin testigos.

Me quité el casco, lo dejé caer en el banco y empecé a arrancarme las protecciones con más fuerza de la necesaria. El hombro protestó. Bien. Algo que doliera de verdad.

—¿La habéis visto? —soltó alguien al fondo—. A la ninja de Silicon Valley.

Risas.

No levanté la cabeza. Me descalcé despacio. Calcetines empapados. El suelo frío.

—Tío, no me jodas —dijo Jace mientras se quitaba la camiseta—. A mí esa tía me pone nervioso. Te mira como si supiera cuántas veces meas antes de un snap .

—Porque lo sabe —respondió Ty—. Seguro que lo tiene en una gráfica.

Más risas.

Abrí la taquilla y colgué la camiseta sin mirarla. El espejo me devolvió una cara tensa, mandíbula apretada, ojos demasiado vivos.

—Lo que necesita la señorita Parks —dijo Marcus desde las duchas, con el agua ya cayéndole por la espalda— es un buen rollito de primavera que le abra los ojos y la haga jadear.

Carcajadas. El sonido del agua amplificándolo todo.

La imagen de Naomi con la boca llenándose de gemidos era demasiado evocadora.

«Cierra la boca. No digas nada».

—A mí no me importaría comerme su dorayaki o untarlo en mi leche, a ver si así la señorita metomentodo nos deja en paz.

Marcus siempre ofrecía soluciones de mierda, porque esa era una bien gorda y no pensaba dejar que le metiera nada.

—Joder, eres asqueroso —rio Devin—, pero no te quito la razón, tiene cara de necesitar un buen polvo, seguro que va mal follada.

Fui directo hacia donde estaba la mayoría. Me metí bajo una ducha libre y giré el grifo. El agua caliente me golpeó la nuca y sentí un alivio demasiado débil.

—¿No os habéis fijado en cómo la defendía Joneson? —añadió Devin—. Se la comía con los ojos. Seguro que ella le come el rabo bajo la mesa del despacho, por eso la habrán contratado. Ese tío tiene pinta de que le vaya el porno asiático.

—Oh, sí, Grayson —Marcus imitó la voz de Naomi, poniéndose de rodillas bajo el chorro de agua—. Méteme toda tu variable predictiva en la boca.

Un chorro de gel le impactó en el pecho.

—Levanta el culo, genio —se burló Jace—, que aún te queda la actualización.

Las risas rebotaban en las paredes de azulejos. Cuerpos enjabonándose. Golpes de agua. Bromas pasadas de vueltas.

Y yo cagándome en todos ellos en lugar de unirme a la fiesta.

Me froté los brazos con rabia. Espuma cayendo por el desagüe.

«No te gusta esto».

«No te gusta nada».

«Ahora mismo tienes ganas de reventar cabezas contra los azulejos y desparramar muchos sesos».

—Yo solo digo una cosa —intervino Ty—. Al entrenador no le ha hecho ni puta gracia. Su cara lo decía todo. ¿Qué cojones va a saber una aplicación de nosotros? Eso es rebajar a Harlow.

—¿Y qué me decís de cuando nuestro Dalton la ha acusado de vendedora de humo? —añadió Jace—. Eso ha sido épico.

—Sí, pero mira cómo ha saltado el hijo pródigo de los Joneson —remató Marcus—. Esos dos follan fijo o, si no, lo harán pronto. Está claro que quiere pasársela por la piedra, y su fama lo precede, es un puto vividor.

El agua me caía por la cara y, aun así, notaba el calor subiéndome por el pecho.

—No lo hará —ladré.

Mi voz sonó más grave de lo que esperaba. Más firme.

El vestuario se quedó en silencio durante un segundo, salvo por el agua.

—¿Cómo lo sabes? ¿Es lesbiana? —preguntó EJ.

—Hostias, es verdad —dijo Jace—. Ha dicho que estudió en la SSU y tú también… ¿La conoces? ¡No jodas que te la has tirado!

Cerré los ojos un instante, respiré.

—Coincidimos —me limité a soltar—. Estaba en el equipo de gimnasia de mi hermana. Ganaron el oro por equipos en los Nacionales. Parks no es de las que salen con tíos, es de las que se acuestan con su iPad.

Las carcajadas no se hicieron esperar.

—A mí me da igual con quién se acueste —Devin clavó sus ojos en los míos— mientras no nos dé por el culo a nosotros. Además, aquí, el que más tiene que perder eres tú, Dalton. Ya has visto como Whitaker se la ha metido en el bolsillo.

Ahí estaba. El puto miedo y la señal de alarma.

El nominado a arrebatarme el puesto no estaba. Se había quedado en el campo haciendo trabajo extra de pies y lecturas con el scout team . El muy cabrón iba a por todas mientras que yo me rodeaba de espuma y comentarios gilipollas.

Cerré el grifo y cogí la toalla.

—Viene a buscarnos las cosquillas —insistió Marcus—. Nos va a dejar en evidencia con esas sesiones ridículas. Eh, Bennet, ¿qué tal si el lunes, cuando patees el balón y ella esté presente, apuntas a su cabeza y así nos la quitamos de encima?

— Balonicidio involuntario —añadió Jace—. Todos declararíamos a tu favor.

Risas.

El estómago se me encogió.

Me anudé la toalla a la cintura con rabia. Una cosa era no querer que estuviera aquí y otra que sufriera algún tipo de daño, y estos tíos eran unos bestias.

—Nadie va a hacerle nada.

Las miradas se clavaron en mí.

—¿Ahora vas a defenderla, Dalton? —preguntó Devin.

—Al contrario —espeté—. Yo soy el que la conoce. Así que yo me ocuparé de que se largue sin que aparezcamos en titulares o nos condenen con penas de cárcel.

—Eso me gusta —asumió Marcus—. Quizá, al final, sí que eres el digno sucesor de Carter.

—Ya te digo yo que sí. Esta noche fiesta en mi ático, yo pongo las cervezas, vosotros las almejas.

—Dalton presidente, Dalton presidente —ovacionó Jace, arrastrando a los demás.

Fui hacia mi taquilla. El ruido volvió poco a poco.

Ty se quedó rezagado a mi lado.

—Oye… —murmuró—. No tienes que mojarte en algo así. Si es amiga de tu hermana y os conocéis. No te dejes llevar por esos cabrones.

—Sé lo que me hago —lo corté—. No la quiero encima.

«Salvo que sea en mi cama».

—Y tampoco quiero que le pase nada malo si a alguno se le va la olla. —Eso era cierto—. Solo voy a ayudarla a que haga su trabajo en otro sitio menos hostil, es lo mejor.

Ty me sostuvo la mirada un segundo más.

—Como quieras.

Exacto, eso era lo que quería: a ella lejos de aquí.