Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Naomi

—Buenos días, señores, como ya les ha anunciado el señor Grayson, me llamo Naomi Park y llevo una semana observando sus entrenamientos, aunque ustedes no me hayan visto.

—¿Nos ha estado espiando? —saltó Hawkins desde el fondo.

—Espiar significa «observar disimuladamente a alguien o algo», incluso «intentar conseguir informaciones secretas». Le aseguro que no he hecho ninguna de ambas cosas.

—¿Tiene edad legal para trabajar aquí? —añadió una voz que no identifiqué.

No pensaba dejar que esas salidas de tono me intimidaran.

—Si no la tuviera, no estaría aquí ni me habrían contratado —respondí—. Me licencié con honores en la SSU, tengo un máster y he desarrollado una aplicación diseñada para mejorar su rendimiento deportivo, que, dicho sea de paso, el año pasado no fue precisamente el mejor de la liga.

Hubo murmullos. Algunas mandíbulas se tensaron.

Vale, la diplomacia no era mi fuerte, ya lo habréis notado.

—¿Está diciendo que ese juguete suyo sabe más que el cuerpo técnico de los Cowboys? —preguntó Devin Shaw con una sonrisa cargada de sorna.

Sentí la aprobación silenciosa de Harlow en algún punto de la sala. No le hacía gracia mi presencia y tampoco toleraba que cuestionaran su autoridad.

—No he dicho eso, mi aplicación está pensada para complementar el buen hacer del staff .

Durante estos días he analizado partidos, entrenamientos y comportamiento en el campo —continué sin perder el tono—.

Y sí, también he observado dinámicas recientes.

Porque para que una herramienta funcione, necesita contexto real.

—¿Su contexto real incluye evaluar nuestros físicos? —Rio Andre Wilson, el safety titular—. Porque, de ser así, nos encantaría saber a quién considera que le quedan mejor los pantalones de juego.

Algunas risas estallaron.

—Chicos… —los reprendió Harlow—, tomaos esto en serio.

No me dio tiempo a responder porque Valentino intercedió por primera vez con esa voz segura que buscaba encajar con el grupo, marcar territorio, hacerse fuerte frente a la manada.

—Lo que acaba de explicarnos…, señorita…

Parks —remarcó con una intencionalidad que me tensó los dedos dentro de las zapatillas—, no demuestra que su aplicación funcione.

Solo que ha visto los vídeos. O ha leído a la prensa especializada.

O ha escuchado a nuestros entrenadores, que seguramente saben bastante más que usted de fútbol americano.

«¡Booom! Pero ¿de qué va este gilipollas?».

—Es como jugar al póker con las cartas marcadas y pretender que la tomemos en serio. Eso la eleva, como mucho, a la categoría de… vendedora de humo.

Me quedé muy quieta.

No podía ser real que acabara de soltar semejante mierda delante de mi jefe, en mi primer día frente al equipo, intentando sabotearme sin el menor disimulo.

Tenía ganas de lanzarme a su cuello y estrangularlo.

Respiré tres veces.

En ese espacio mínimo de contención, Grayson dio un paso al frente.

—Cuidado con lo que dices, Dalton. Por muy QB1 que seas, no voy a tolerar faltas de respeto que pongan en entredicho la reputación de la señorita Park, y no Parks —recalcó—. No es el enemigo, ha venido a ayudarnos y su herramienta es tan válida como cualquier observación técnica del equipo.

Silencio.

Respiré hondo de nuevo e intenté recomponerme, adoptando una postura profesional y distante.

Como haría un jedi antes de recordar por qué la Fuerza no se usa para estrangular imbéciles.

—Entiendo el recelo, señor… Daton —dije, devolviéndosela con precisión quirúrgica—. Nadie disfruta cuando alguien ajeno señala errores, especialmente si esa persona es joven, mujer y asiática, en un deporte inundado de testosterona al que parece no pertenecer.

Algunos se removieron incómodos.

—Pero no se equivoque conmigo —continué—. Sé a la perfección de qué va el juego y que cuando alguien externo pasea frente a los demás nuestras debilidades, especialmente si acabamos de ascender en nuestro puesto, puede hacernos sentir vulnerables. Sobre todo, cuando pecamos de masculinidad frágil.

«Guantazo con la mano abierta».

Algunas bocas se cerraron. Otras se abrieron. Las más osadas sonrieron.

La de Valentino era una línea dura, afilada.

—El miedo a enfrentarse a los fallos no los hace desaparecer, señor Daton —rematé—. Solo los retrasa.

Desde la primera fila, Grant Whitaker sonrió.

—A mí me da igual que me analice lo que le dé la gana —dijo—. La reto a que encuentre errores en mi juego.

Le devolví la sonrisa.

—Me alegro de que se ofrezca voluntario, señor Whitaker. Luces, por favor. Empecemos.

La primera imagen congelada apareció en la pantalla.

Grant Whitaker. Temporada pasada. Ángulo lateral. Postura impecable.

Un murmullo aprobatorio recorrió la sala.

—Buen arranque —comenté—. Base sólida. Centro de gravedad bien colocado. Control absoluto del eje corporal.

Asentimientos. Algún choque de nudillos.

Grant no se movió. Observaba con atención, sin tensión aparente.

—Aquí vemos a un quarterback con una lectura rápida del snap y una mecánica muy limpia. El tiempo de ejecución es casi perfecto.

Silbidos. Aplausos suaves.

—Eso es lo que todos ven —añadí—. Salvo por el «casi».

Encendí el puntero láser.

—Ahora, fíjense bien.

Retrocedí el vídeo.

—Aquí. —Marqué su cuello—. Microtensión cervical previa al lanzamiento.

—Eso no significa nada —bufó alguien desde atrás.

—Para un ojo sin entrenamiento, no —respondí—. Para un sistema que cruza ese gesto con resultados posteriores, sí.

Avancé.

—Observen la muñeca. Retraso mínimo en la liberación. Apenas perceptible.

Pausa.

—Y ahora, miren lo que ocurre.

El pase se desvió lo justo para no completarse.

Silencio absoluto.

—No fue una mala decisión —expliqué—. Fue una decisión tomada bajo estrés no verbalizado. El cuerpo dudó antes que la mente.

Algunos se removieron.

—Aquí, aquí y aquí. —Señalé tres clips—. Mismo patrón. Diferente rival. Mismo resultado. ¿Les digo cuál es el error o ya lo van pillando?

Grant ladeó la cabeza, interesado.

—¿Está diciendo que puedo prever mis propios fallos inconscientes?

—Estoy diciendo que su cuerpo los anuncia antes de que usted los efectúe —respondí—. La app los detecta en tiempo real, lo que nos da ventaja para atajar el siguiente. Si logramos intervenir a tiempo…, apostaría mi riñón a que este año será el nuevo MVP.

El murmullo se volvió denso.

—Quiero dejar claro que esto no sustituye al cuerpo técnico —añadí—. Lo complementa.

—O sea, que nos va a sentar en el banquillo cuando a la aplicación le dé la gana —ladró Jason Rivera.

—No —respondí—. Le va a dar información al entrenador Harlow para decidir antes de que el partido se vaya a la mierda, como seguramente diría usted.

—Eso sigue sin demostrar que funcione —intervino Valentino—. Solo demuestra que sabe analizar vídeos a posteriori. En el campo hay demasiados factores. Su programita es como leer el horóscopo del lunes… el martes.

Respiré.

—No exactamente.

Toqué la pantalla. Nuevo archivo.

—Esto es de ayer.

Silencio total.

—Entrenamiento de fuerza. Campo secundario. 08:17 de la mañana —expliqué—. Crucé datos de carga muscular, gestos repetidos y microvariaciones posturales. Sin nombres. Sin juicios. Solo patrones.

El gráfico apareció.

—Aquí —señalé— hay un aumento anómalo de rigidez lumbar en un jugador concreto que me reservo.

Vi como Valentino se tensaba.

—Si ese patrón se mantiene —continué—, el riesgo de error en un pase profundo aumenta un treinta y dos por ciento en las siguientes cuarenta y ocho horas.

—¿Y qué? —escupió—. ¿Va a decirnos quién es para atarlo en un poste de madera y encender la hoguera?

—No —respondí—. Esto no va de señalar, va de prevenir para hacerlos mejores.

Harlow carraspeó, aunque no me contradijo.

—A partir de ahora —añadí— haré entrevistas individuales. De diez a quince minutos a lo sumo. Necesito correlacionar datos físicos con estado mental: estrés, presión, expectativas.

—¿También nos va a psicoanalizar? —bufó Knight—. Porque si busca drama familiar, suscríbase a Amazon Prime.

—Eso se lo dejo a quien no sabe leer números ni interpretar datos. Créame, Knight, me da igual si aún se chupa el dedo para dormir.

Risas. Incluso Grayson sonrió.

—Lo que la señorita Park intenta decir —intervino mi jefe— es que, si esto funciona, vamos a ser el mejor equipo de la NFL. Y si a alguien no le apetece ganar la Super Bowl, puede pasar por las oficinas a rescindir su contrato.

Grant levantó la mano.

—Me apunto y me ofrezco voluntario para probar su aplicación —dijo—. Si hay algo que pueda mejorar, quiero saberlo.

—Valiente —murmuró Ty.

—O inteligente —respondí—. Gracias, señor Whitaker.

—Grant —corrigió—. Aquí todos vamos a sudar. Usted la que más bajo este sol infernal.

Asentí.

—Perfecto, puedes llamarme Naomi o Park, como prefieras. Lo hago extensible al resto, por si alguien me quiere tutear.

Las luces se encendieron.

—A partir de hoy —sentenció Grayson—, Naomi Park es parte del equipo. Así que colaboraréis. Punto. —Miró directamente a Valentino—. ¿Alguna objeción?

Él apretó la mandíbula.

Nadie respondió.

—Perfecto, podéis volver a la rutina. Gracias, entrenador Harlow.

La reunión se disolvió en murmullos tensos.

Sillas arrastrándose. Comentarios a media voz. Alguna risa nerviosa. Algún silencio más elocuente que un grito.

Yo me quedé quieta un segundo, como si mi cuerpo necesitara confirmar que seguía entero después del impacto.

Grayson fue el primero en moverse, acercándose a mi oído.

—Buen trabajo, Naomi —dijo en voz baja, solo para mí—. No era una sala fácil.

—No vine buscando aplausos —respondí.

—Lo sé. Y precisamente por eso ha funcionado.

Salimos juntos al exterior. El contraste fue brutal. Sol. Calor. Césped perfecto. Los Cowboys ya empezaban a dispersarse hacia sus puestos como si nada hubiera pasado. Como si no acabaran de introducir una variable nueva en su ecosistema cuidadosamente controlado.

Respiré hondo.

El aire olía a hierba recién cortada y a ambición.

—No ha ido del todo mal —añadió Grayson—. Ahora ya saben qué esperar.

—Ahora saben que no pueden ignorarme —corregí.

Eso le arrancó una sonrisa.

—Tengo una reunión ahora, pero, si quieres, podemos quedar para comer más tarde.

Negué con la cabeza.

—Prefiero dedicar el día al análisis. Y… picotear algo en la habitación.

—Como prefieras. Pero prométeme que también descansarás —dijo—. Puedes usar las instalaciones para entrenar, o la piscina del hotel si necesitas despejarte.

—El movimiento me ayuda a ordenar ideas.

—Entonces, estamos alineados —asintió—. Nos vemos el lunes.

—Hasta el lunes.

Lo vi alejarse mientras el entrenamiento arrancaba de nuevo. Silbatos. Órdenes. Impactos secos. El sonido de cuerpos chocando me devolvió a la que era mi nueva realidad.

Y, entonces, lo vi.

El número 11 destacaba incluso entre el caos organizado del campo. Espalda recta. Hombros tensos. Mandíbula apretada.

Valentino Dalton no hablaba. No reía. No buscaba atención.

Jugaba, salvo que no lo hacía igual que los demás.

Había algo distinto en su forma de moverse en ese momento. Una rigidez que antes no estaba. Una energía contenida que rozaba lo violento.

Como si mi presencia hubiera activado una alarma interna que no sabía cómo apagar.

—Interesante… —murmuré para mí misma.

Saqué el iPad sin pensarlo.

Anoté.

Rigidez cervical aumentada.

Respiración irregular tras impacto medio.

Mirada evasiva después de error mínimo.

El problema no era que Valentino fuera difícil de analizar.

El problema era que sabía que mi presencia era lo que había motivado el desajuste, y eso lo hacía peligroso.

Para sí mismo. Para el equipo. Y, si no tenía cuidado, para mí.