CAPÍTULO 4
Naomi
Me miré al espejo como si fuera una inspección previa a un aterrizaje forzoso.
Pantalón chino beige claro. Camisa blanca de manga tres cuartos, remangada lo justo para no parecer rígida. Zapatillas blancas clásicas, limpias, discretas.
En ese momento habría matado por una camiseta vieja y unos pantalones cortos, pero no estaba ahí para sentirme cómoda. Me encontraba ahí para que me tomaran en serio.
El sol de Texas ya caía con esa violencia innecesaria que te hacía replantearte por qué alguien decidió construir algo ahí, no obstante, el tejido aguantaba y la coleta alta mantenía el pelo fuera de mi cara. No podía permitirme el gesto automático de recolocarlo cuando los nervios asomaran.
Porque lo estaban haciendo.
Mucho más de lo que me encontraba dispuesta a admitir.
Ese día era la prueba de fuego: la presentación oficial frente a los jugadores. O, siendo honestos, frente a un grupo de hombres poco acostumbrados a que alguien como yo les señalara errores.
Respiré hondo y me apoyé un segundo en el lavabo.
Cuatro días. Cuatro días llevaba alojada en el Omni Frisco Hotel at The Star, observando sin ser vista.
Desde la galería acristalada elevada que conectaba el hotel con el complejo —un pasillo largo y silencioso diseñado para ejecutivos y personal técnico— había tenido una vista perfecta de los campos de entrenamiento secundarios.
Lo suficiente para analizar dinámicas. Posturas. Rutinas.
Los jugadores creían que aquel pasillo solo servía para ir del punto A al punto B.
Error número uno. Todo espacio era una herramienta si sabías utilizarla bien.
Mi trabajo no consistía solo en analizar movimientos.
Eso lo hacía cualquiera con un software decente.
Lo mío iba más allá: correlacionar microgestos con rendimiento; detectar patrones de estrés antes de que se convirtieran en errores visibles; anticipar decisiones equivocadas antes de que el cuerpo las ejecutara.
La app no era magia, sino ciencia aplicada con paciencia.
Variables biomecánicas: apoyo del pie dominante, rotación de cadera, tensión cervical previa al lanzamiento.
Variables cognitivas: latencia en la toma de decisiones, repetición de rutinas, desviaciones en la respiración.
Variables emocionales observables: rigidez mandibular, pérdida de contacto visual, microdescargas de agresividad.
Todo eso, cruzado con entrevistas personales y datos históricos, me permitía ver lo que otros no querían mirar.
Y por eso iba a incomodar.
Me colgué el iPad bajo el brazo y salí de la suite .
En el ascensor, mi reflejo parecía tranquilo. Mentía muy bien. Años de gimnasia artística te enseñaban a sonreír a los jueces mientras el estómago se retorcía. El truco siempre había sido el mismo: no huir.
Cuando crucé el pasillo hacia el complejo, el campo se abrió ante mí como una postal diseñada para imponer. Césped perfecto. Líneas impolutas. Un silencio previo a la actividad que no invitaba a la calma.
Ese lugar respiraba expectativas. Y dinero. Mucho dinero.
«Vas a hacerlo bien, Park», me dije. «Llevas toda la vida camuflando emociones. Esto no va a ser distinto».
Grayson me esperaba junto a una de las entradas laterales al edificio administrativo. Traje claro, sin corbata, sonrisa contenida. Parecía relajado.
Yo no.
—¿Todo bien? —preguntó, captándolo al instante.
Solté el aire. Tenía la sensación de que mi jefe era el único que sabía leerme con claridad y, por primera vez desde que llegué, no me importó.
—Siento que puedo echar el desayuno en cualquier momento.
—Es normal —respondió con calma—. No todos los días te enfrentas a un vestuario de egos inflados que no te ha pedido estar aquí.
—Mis padres me dijeron exactamente eso —admití—. Que no esperara que me recibieran con los brazos abiertos cuando viniera a pasarles por la cara sus fallos. Vengo lista para demostrarles que se equivocan.
Grayson sonrió de lado.
—Son jugadores profesionales. Necesitan seguridad cuando salen al campo, y eso, a veces, los empuja a cruzar una línea muy fina entre confianza y soberbia. Imagino que en la universidad ya te topaste con más de uno.
—No te haces una idea.
La imagen de Valentino Dalton se coló sin permiso en mi cabeza. Parte de mis nervios tenían su nombre porque ese día iba a verlo de frente, no a través de un cristal, y él sabría que yo estaba ahí.
—No puedo quitarles parte de razón a tus padres —continuó—, pero esos jugadores saben quién les paga el sueldo.
Y después de la temporada pasada, no están en posición de discutir demasiado.
Si te dan problemas, se lo dices a Harlow.
Y si persisten, a mí. No me va a temblar el pulso si tengo que amonestarlos.
Asentí.
—No creo que haga falta. Solo necesitan ver que no he venido a hundirlos, sino a ayudarlos. Pero para eso… —apreté el iPad contra mi costado—, primero tengo que demostrarlo.
—Esa es la actitud —dijo, guiñándome un ojo—. Vamos. Ya deben estar todos.
La sala de reuniones técnicas imponía incluso vacía. Pantalla gigante. Filas de asientos escalonados. Luz blanca, directa. Ningún rincón donde esconderse.
Entraron primero los entrenadores. Luego los jugadores. Murmullo bajo. Miradas curiosas. Algunas abiertamente hostiles.
Y, entonces, lo vi.
Valentino Dalton.
Entró charlando de manera animada con Tyrell Hawkins, receptor abierto y de los veteranos. Me sabía todos los nombres y posiciones de cada uno; formaba parte de mi trabajo, aunque ninguno de aquellos hombres supiera todavía quién era yo.
Se sentó en la segunda fila. Espalda recta. Mandíbula tensa. La clase de postura que gritaba control… o miedo bien disfrazado.
Nuestros ojos se cruzaron.
Su expresión pasó por varias fases en menos de un segundo: confusión, incredulidad, reconocimiento. Sus labios formaron un «¿WTF?» sin sonido.
Alcé una ceja y lo ignoré. Era lo más sencillo.
Si esperaba sacarme de quicio, había llegado tarde, estaba más que preparada para el show .
—Buenos días, chicos. Antes de empezar —dijo mi jefe desde el frente de la sala—, quiero presentaros a alguien que va a formar parte del staff a partir de hoy, aunque ya lleva varios días en las instalaciones.
El murmullo descendió un punto.
—Ella es Naomi Park. A partir de ahora la veréis formando parte del cuerpo técnico de la franquicia. Os pido que la recibáis como merece y la hagáis sentir como en familia.
—¿Es la nueva masajista? —soltó Marcus Knight, apoyando la mano peligrosamente cerca de la ingle—. Porque tengo aquí una contractura que estaría encantado de aliviar con esas manos diminutas...
Harlow carraspeó, incómodo.
—Chicos, un poco de control. Si alguien tiene molestias físicas, ya sabéis que contamos con un equipo de fisioterapia profesional. La señorita Park no está aquí para poneros las manos encima.
—Lástima —suspiró Knight, guiñándome un ojo con descaro.
Lo ignoré.
Varias miradas se clavaron en mí. Algunas curiosas. Otras directamente hostiles en cuanto se reveló mi función.
—Ha sido contratada para trabajar con datos de rendimiento, análisis predictivo y prevención de errores —retomó Grayson—. Y antes de que alguien lo pregunte, no es ninguna becaria, recepcionista ni DCC. Viene avalada por mí para hacer algo más que sacaros los colores.
Silencio.
—Naomi —añadió—, cuando quieras.
Di un paso al frente, dispuesta a tomar las riendas.