Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Valentino

El sabor amargo seguía ahí.

No en la boca. En la cabeza.

Las palabras de Ty del día anterior no se habían disipado ni con una ducha larga ni con café cargado. Y lo del entrenador…, eso no había sido un aviso. Fue una advertencia con fecha de caducidad, escrita en mayúsculas y sin margen de error.

Como era habitual, el segundo día fui a desayunar con los chicos a The Star con esa sensación incómoda de estar en un sitio que era tu casa…

pero no del todo. El comedor era amplio, luminoso, impecable.

Demasiado bonito para la cantidad de testosterona, proteínas y estupideces que se manejaban allí cada mañana.

En cierto modo se parecía a la SSU, solo que allí estaba con mis colegas de verdad. Los que ahora vestían otros colores y a los que, tarde o temprano, tendría que reventar en el campo.

Cogí una bandeja repleta de huevos, beicon, cereales con avena y leche de almendra. Le añadí frutos secos y fruta deshidratada como si estuviera alimentando a un caballo de carreras. Proteína por un tubo y que no faltaran los carbohidratos.

El menú de siempre para tipos que vivían con el cuerpo como herramienta de trabajo… y con el cerebro en modo ahorro de energía.

Me senté con los chicos y empecé a pinchar el plato sin hambre real. El ruido de fondo me llegaba amortiguado. Risas. Bromas. Cubiertos chocando. Todo normal por fuera.

Por dentro estaba atrapado en el mismo pensamiento desde que abrí los ojos:

«¿Y si todo esto se acaba antes de empezar?».

—Eh —un codazo me sacó del bucle—, ¿qué te pasa, Dalton? ¿No están buenos los huevos o es que hoy te has levantado sensible?

Hawkins me miró con esa media sonrisa suya. La de «sé exactamente dónde apretar».

—Si quiero buenos huevos, ya tengo los míos, gracias —gruñí, con un gesto obsceno que llevó la mano a mi entrepierna—. ¿O quieres comprobarlo?

Marcus Knight soltó una carcajada desde enfrente.

—Igual es que al chaval ha vuelto a visitarlo Perkins.

La mesa estalló en risas.

Genial. Mi legado. A las tías les bajaba la regla y a mí mi hemorroide ficticia.

Perkins era el nombre con el que bautizaron a la almorrana que fingí tener el año pasado. Todo para echarle una mano a Levi con su hijo y cubrirle las espaldas a Skyler.

Knight tenía un humor de cojones. Era el running back principal. Tan bueno corriendo como soltando gilipolleces. El payaso del vestuario…, hasta que llegué yo para hacerle sombra, o, al menos, eso decía Carter.

Juraba que, cuando me inventé aquella ridiculez, en mi cabeza sonó de puta madre. ¿Quién iba a querer inspeccionarme el ojete cuando aseguraba que me había salido una albóndiga gigante?

Lo que no esperaba era que esa mierda —literalmente— se convirtiera en folclore del vestuario. Y necesitaba cortarlo de raíz antes de que se popularizara con los años, convirtiéndose en el nuevo Big Foot.

—Si es tu manera de decir que tu saliva es curativa para que te deje lamerme el culo, lo llevas regular, Knight —le respondí—. Yo soy muy de medicina tradicional: distancia, silencio e ibuprofeno para desinflamar. Ve a por otro ojete, chaval.

Las carcajadas subieron de nivel. Alguno casi se atragantó.

Ty negó con la cabeza, teatral.

—Qué clase de liderazgo estamos cultivando aquí… Dejad al pobre Dalton y a Perkins en paz. Ha prometido convertirme en su padrino si hace la primera comunión.

—La hostia, Hawkins —lo señalé con el tenedor—, si Perkins hace la comunión, tú haces de monaguillo y Knight se convierte al budismo. Con ese corte de pelo, la túnica naranja le sentaría genial.

Eso ya fue demasiado.

Risas generales. Golpes en la mesa. Algún «cabrón» cariñoso flotando en el aire.

Y, al final, no me quedó otra que unirme, porque muy en el fondo sabía que esas bromas eran una forma de tantearme. De ver si me rompía o si devolvía el golpe.

El humor siempre había sido mi escudo. Con mi hermana funcionaba. Con el vestuario, casi siempre.

Era más fácil hacer reír que admitir que estaba cagado.

Y desde el anuncio del entrenador… lo estaba.

Mientras los demás seguían hablando, mi cabeza se fue atrás. Muy atrás.

A casa.

A Avery.

Al día en que me dijeron que mi hermana pequeña tenía que dejar lo que más le gustaba en la vida por un síndrome raro con nombre de villano de película; fue uno de los peores de mi vida.

Mamá intentó explicármelo, pero yo solo veía la carita de Avy —así la llamaba entonces— empapada en lágrimas.

Ahora ya no la llamaba así, los motes fueron evolucionando a cosas mucho más creativas, porque mi objetivo pasó a ser uno muy claro: convertirme en su cómico personal para que no pensara en todo lo malo que le estaba cayendo encima.

Al síndrome de Ehlers-Danlos, que no entiende de planes ni de justicia, se le sumó la discalculia, es decir, la dificultad que Avery tenía con los números.

Fue una época jodida. De golpe, todo giraba en torno a informes médicos, horarios imposibles, límites nuevos, profesores particulares y encontrar algo que le devolviera las ganas de hacer cosas sin fastidiarse todavía más.

Mi madre se volcó en ella.

Yo también.

Papá estaba fuera por aquel entonces y fue muy claro conmigo, aunque me llevara muy poco con mi hermana.

—Eres el hombre de la casa, el hermano mayor. Tú estás al mando cuando no esté. —Eso era la mayor parte del tiempo—. Haz lo que sea, pero cuida de nuestras chicas.

No tenía ni idea del peso que acababa de dejarme caer encima con esa frase.

Aprendí a no ocupar espacio de más, a no convertir mis logros en ruido. En casa no había sitio para celebraciones ajenas cuando alguien estaba aprendiendo a convivir con una putada que no había elegido.

Avery necesitaba ser el centro y yo quería que lo fuera.

La gimnasia artística apareció por prescripción médica. Y ella se aferró a la barra fija como quien se agarraba a una cuerda en mitad de una caída libre.

Trabajó. Se dejó la piel. Aguantó frustraciones y barreras que no eran solo físicas y, poco a poco, empezó a brillar de verdad.

Ese brillo era suyo, le pertenecía.

Nació de su esfuerzo, de sus limitaciones, de su lucha. El síndrome no solo la convirtió en superviviente, también en orgullo.

Yo necesitaba una válvula de escape y el fútbol fue la mía. Mi manera de no desaparecer sin convertirme en una carga emocional más.

En el campo podía destacar sin sentir que estaba quitándole protagonismo a quien lo merecía. Podía ganar, fallar, levantarme y volver a intentarlo. Porque el equipo no dependía de mí; donde uno no llegaba estaba el otro para empujar, y eso me quitaba presión.

El campo era un lugar donde respirar, estaba fuera de casa, del hospital, de las miradas preocupadas que nunca se dirigían a mí porque mis problemas, comparados con los de mi hermana, eran nimiedades.

En el campo no era el hijo del militar que podía morir de un momento a otro en misión. Ni el hermano protector. Ni el crío que hacía tonterías para animar el ambiente.

Allí era solo yo, y eso me flipaba, además…, ¡qué narices!, se me daba de puta madre.

A mi padre siempre le gustó ese deporte, mi primer partido lo vi con él, quien me explicó con paciencia las reglas del juego y la importancia del mariscal.

Quizá por eso lo elegí, porque vi esa mirada de orgullo y quise que algún día fuera dirigida a mí.

Sabía que no tenía sus agallas para cargar con un fusil de asalto, pero tal vez sí para lanzar aquella pelota con forma de melón a través del campo y sentir que, de algún modo, podía estar satisfecho con lo que hacía.

Cuando le dije que quería probar, lo primero que me soltó fue que el fútbol era un campo de batalla. Orden. Disciplina. Aguante. No llorar. No dudar. No esconderse. Darlo todo por tu equipo, igual que él hacía con su batallón.

Entrar en la NFL fue uno de mis mayores logros a sus ojos.

Por eso me dolió tanto cagarla en aquel primer partido.

No por la prensa ni por los titulares, ni siquiera por el entrenador.

Llamadme egoísta.

Dolió porque sentí que estaba fallando en el único sitio donde se suponía que podía hacerlo bien sin consecuencias colaterales. El único lugar donde no me sentía en deuda con nadie.

Por eso me fijé como objetivo no volver a fastidiarla y chantajeé un poco a mi predecesor para que me entrenara.

Ahora sé que fue una de las mejores decisiones que pude haber tomado.

Nunca me habló de presión ni de expectativas.

Me corrigió. Me sacó de mi zona de confort, como se hacía con alguien al que no querías romper, pero tampoco pensabas mimar. Me convirtió en su sucesor.

Me enseñó a leer defensas que llevaban años sabiendo a por quién iban. A entender cuándo un vestuario te acompañaba y cuándo solo te toleraba. Y en las semanas que pasé con él, antes de la pretemporada, fue muy claro conmigo.

—Tienes que ganártelos para que te obedezcan. Demuéstrales que eres su mejor opción y estarán contigo. No la cagues, Dalton.

—¡Dalton! —rugió una voz—. ¡¿Por qué sigue tu plato lleno?!

Salí de la ensoñación de golpe.

La voz del entrenador cortó el aire como un silbato mal soplado.

—He comido algo en casa, señor.

Mentira piadosa.

Siempre era mejor mentir que tragarte el sermón completo.

—Pues no haber cogido la bandeja —replicó—. Hay mucha hambre en el mundo, chaval, y no me gusta que se desperdicie la comida. Todos al aula. Antes del visionado.

Las conversaciones murieron al instante y mi fe en desayunar algo también.

Caminamos hacia la sala de reuniones, una de las grandes. Pantalla gigante, filas de asientos, luz blanca, directa. El lugar exacto donde se destruían egos con vídeos a cámara lenta y silencios incómodos.

Nos sentamos.

Harlow se colocó al frente junto a Mac Donovan, el entrenador de quarterbacks. Paseó la mirada sobre nosotros, uno por uno, como si estuviera eligiendo a quién joder primero.

—El año pasado fue inaceptable —empezó—. Y espero que ayer os quedara claro que no pienso repetirlo. Antes de repasar las cagadas más profundas de la temporada, necesito presentaros a alguien que ha venido para sumar y se merece todo nuestro respeto. Ese alguien va a hacernos inalcanzables.

Se me tensaron los hombros.

—La persona de la que os hablo puede ayudarnos a llegar a la Super Bowl —continuó—. Y no voy a escatimar en Fortasec si os da por cagaros en los suspensorios y no rendir lo suficiente.

Se oyeron algunas risas ahogadas de las que se sofocaban rápido.

—Espero que le deis la bienvenida que merece al nuevo fichaje de la franquicia, avalado por el mismísimo señor Joneson.

La puerta se abrió y juraría por la memoria de mi madre que sentí como las pelotas se me subían a la garganta cuando la silueta cruzó el umbral. La conocía demasiado bien, ese cuerpo, ese rostro…

Grant Whitaker.

El cabrón que casi fue MVP el año pasado.

Su piel oscura brillaba bajo la luz artificial tanto como el diamante incrustado en su oreja izquierda. Traje informal caro. Sonrisa medida. Seguridad tranquila. De las que no necesitaban imponerse porque sabían lo que valían… y lo que le costaban al dueño del equipo.

—Como todos sabéis, se quedó a las puertas del MVP —continuó Harlow—. Llegó a playoffs y jugó la final de la Super Bowl. Grant formará parte del equipo a partir de hoy como…

Un sudor frío recorrió mi espalda. Adiós al puto ático y al coche deportivo.

¡Ese tipo jugaba en mi misma posición!

Noté el filo de la guillotina rozándome el cuello y bajé la mirada por pura inercia, como si lo siguiente que vería junto a mis Nike fuera mi cabeza rodar.

—Quarterback dos.

¿Dos?

¿Había dicho «dos»?

Sentí el estómago caerme a los pies y levanté la vista de nuevo.

¿Cómo cojones no le habían dado mi puesto?

Grant empezó a saludar. Apretó manos. Dijo las frases justas. Ni una de más. Ni una de menos. Profesional. Educado. Impecable.

No venía a aprender, tenía los huevos pelados. Me sacaba cinco años y diez kilos de músculo magro. Pura potencia animal.

Venía a competir. Y tenía hambre. No de la que te rugía en el estómago por no haber desayunado. De la que se saciaba con títulos.

Se acercó a mí.

—Dalton. —Me tendió la mano—. He oído hablar mucho de ti.

No habíamos coincidido en el campo; se la estreché.

—Yo también. Es un honor tenerte en el equipo.

Sonrió apenas.

—Este año va a ser interesante.

No sonó a amenaza, tampoco a halago.

—Aquí entrenamos juntos —le dije—. Si necesitas algo…

—Creo que vengo bastante preparado.

Nos soltamos.

No hubo tensión visible. Tampoco chispas. Solo esa certeza incómoda de que ambos sabíamos con exactitud a qué había venido el otro.

Ty apareció a mi lado cuando Grant se alejó.

—No me gusta —murmuró.

—¿Por?

—Porque no parece nervioso.

—¿Y por qué iba a estarlo? —Bufé—. No me jodas, Hawkins, el cabrón se marcó una temporadaza que ya habría querido tener yo.

Ty ladeó la cabeza.

—No te subestimes. ¿Te estás viniendo abajo, cachorro?

—¡No! —solté rápido—. Es solo que…, joder, ¿QB2? Creí que le darían mi puesto.

—Bueno —sonrió—, quizá tú tienes algo que él no.

—¿Mi cara bonita?

Resoplé.

—Talento natural y juventud, gilipollas. —Me dio un empujón—. Aunque guapo eres un rato también. ¿Cómo decías que se llamaba tu hermana?

—¡Cállate, Ty! —Me reí.

Se puso serio de golpe.

—Ahora en serio. Puede que su motivación inicial haya sido la pasta, porque no veo otra opción más allá de muchos ceros, pero los dos sabemos que no va a conformarse con el banquillo, así que ya puedes mover tu culo blanco si quieres quedarte el puesto.

No sonreí.

Porque tenía razón.

Grant no había venido a esperar su turno. Había venido a ocupar mi espacio al mínimo fallo.

Esta vez no bastaría con aguantar, debía pelear para conservar lo que era mío