Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Naomi

El día anterior no salí de la habitación.

No fue miedo, sino logística.

Cuando aterrizabas en territorio enemigo —o, como mínimo, desconocido—, lo primero era reducir variables. Y yo acababa de instalarme en el corazón de una franquicia histórica bajo una presión que no aparecía en ningún examen. Así que decidí no añadir estímulos innecesarios.

La suite ayudaba.

Me alojaron en el Omni Frisco Hotel at The Star.

Tenía una King Bed Suite View para mí sola.

Amplia, bonita, funcional, luminosa y peligrosamente bien ubicada.

Desde el ventanal se veía el complejo de entrenamiento, como si alguien hubiera colocado el tablero justo bajo mi nariz para comprobar si sabía mover las piezas.

Necesitaba bajar la tensión y sabía justo cómo hacerlo.

Me preparé un baño largo. Había aprendido que el agua caliente aflojaba músculos y templaba la inquietud. Mientras la porcelana se llenaba de burbujas y el aroma a flor de cerezo se extendía por el baño, las luces del complejo se encendían a lo lejos, una a una.

Entonces, y solo entonces, entré en mi lugar favorito de la red.

Val Daver emitía hoy uno de sus directos.

Dejé caer la ropa, me sumergí hasta que el agua me cubrió el pecho y el vapor se adueñó del espacio, suficiente para camuflar mis mejillas encendidas. El ventanal se empañó. Frisco brillaba insolente al fondo.

Pantalla en negro. Un segundo de espera y apareció mientras el tema Lost in the fire , de Gesaffelstein y The Weeknd, sonaba de fondo, como un rumor.

El casco de Darth Vader fue lo primero que llamó mi atención. Negro mate. Imponente.

El torso desnudo, iluminado desde abajo, sombras marcando cada línea con una precisión que me secaba la boca.

El fondo había cambiado de nuevo: Mustafar. Lava digital fluyendo detrás con una fidelidad que solo alguien muy bueno —o peligrosamente obsesivo— se tomaría el trabajo de replicar.

—Buenas noches —saludó a su audiencia, y el modulador de voz grave me recorrió la espalda como un escalofrío—. Veo nicks nuevos.

Los comentarios empezaron a subir. Corazones. Emojis . Apodos imposibles.

Yo escribí despacio, con el pulgar aún húmedo.

Hasta hoy solo observaba, pero había decidido que el cambio de ciudad merecía dar un paso más allá, aunque él no se fijara en mí.

@Rey_Parks03: Buenas noches, lord Daver.

La pausa fue mínima. Exacta.

—Vaya… —respondió—. Una Rey entre tanta oscuridad. Interesante elección, mi señora.

«¡Joder, no puede estar hablándome a mí!».

El labio me tembló. El hormigueo entre mis muslos fue inmediato.

No esperaba que me respondiera. Mucho menos así. La mezcla de anonimato y atención me golpeó con una energía eléctrica.

—¿Sabes por qué Vader es uno de mis personajes favoritos?

—continuó, como si charlara conmigo y solo conmigo.

Siempre hablaba así en los directos—. Porque no pide perdón por lo que es.

Abraza el lado oscuro cuando otros siguen fingiendo que la luz siempre basta.

Él sabe que no basta, y tú también. Hoy quiero que abraces el mío.

Tragué saliva.

Mis dedos se deslizaron bajo el agua. Lentos. Conscientes.

La respiración empezó a acompasarse sin pedírselo.

Escribí de nuevo, arriesgándome a que no respondiera o a que se me cayera el móvil a la bañera. Cada vez había más gente conectada.

@Rey_Parks03: A veces, la luz cansa. Demasiadas expectativas.

—Exacto. —Mi corazón se detuvo—. La oscuridad no exige. Solo recibe, y yo quiero que me recibas en ti.

El gemido se me escapó antes de poder contenerlo.

Sus manos entraron en plano. Dedos largos. Firmes. Se movían despacio, con una seguridad obscena. No hacía falta mostrar nada más. La voz y el ritmo hacían el trabajo.

—Relájate —murmuró—. Deja que el ruido se apague. Aquí no tienes que demostrar nada. Solo estamos tú y yo. Cruza conmigo… y déjate llevar.

Cerré los ojos.

El agua, el vapor, su voz. Todo encajaba con una precisión peligrosa.

—Bienvenida a mi lado del Imperio —añadió—. Quédate lo que necesites.

Me toqué, imaginando que era él. Era inevitable.

Hundí los dedos en mi interior, mirando los suyos, escuchando cualquier cosa que tuviera que decir. Recreándome en su cuerpo. Era mi placer culpable. El único que me permitía. El agua se balanceaba con suavidad mientras mi respiración se rompía y el cuerpo pedía más, ávido de alivio.

Me deshice en espasmos contenidos justo antes de que el temporizador marcara el final del directo.

Sus emisiones nunca duraban más de veinte minutos. Quizá por eso resultaban tan intensas. Tan fugaces. Tan inalcanzables.

La pantalla se fundió a negro.

El silencio se apoderó del baño.

Apoyé la cabeza en el borde, respirando hondo.

Dejé el móvil en el suelo.

Durante unos segundos, mi mente quedó en blanco. Había imaginado que solo estábamos nosotros. Aunque no fuera verdad. Funcionó.

Pedí la cena por room service . Algo ligero. Nada que pudiera traicionarme a la mañana siguiente.

Comí en el salón, descalza, con el iPad abierto y la presentación desplegada en capas. Ajusté gráficos. Simplifiqué mensajes. Eliminé cualquier frase que sonara a promesa vacía.

No era una charla motivacional, se trataba de mi futuro.

Cuando me acosté, lo hice con esa sensación conocida desde la gimnasia artística: el cuerpo cansado y la cabeza acelerada. Por fuera, calma impostada. Por dentro, un ataque contenido a la perfección. El mismo que aparecía segundos antes de salir al tapiz.

Dormí poco.

Pero suficiente.

Ahora, mientras me preparaba para la primera reunión, ese nudo seguía ahí, firme, recordándome que el equilibrio no consistía en no caer, sino en saber caer y seguir.

Elegí la ropa con cuidado.

Pantalón de pinzas negro. Camisa blanca impecable. Chaleco ajustado que me daba un aire de joven profesional sin pasarse. Zapatos de salón para parecer segura y cómoda; el tacón era ancho y cuadrado. Nada de caminar sobre agujas.

Según mamá, que de moda entendía un rato, la ropa era tu forma de presentarte al mundo, ella plasmaba esa primera impresión que querías transmitir. Y yo estaba a punto de presentarme al Imperio.

Desayuné en la habitación.

Un té matcha . Algo de fruta.

Volví a revisar la presentación una última vez, no porque hiciera falta, sino porque la primera impresión lo era todo y necesitaba un chute extra de reafirmación. No era inseguridad, más bien supervivencia.

Por fin salí de la suite , con el iPad bajo el brazo y esa postura que se entrenaba durante años: espalda recta, mentón alto, respiración controlada. No importaba que por dentro todo estuviera en modo alarma. Por fuera, profesionalidad absoluta.

Para llegar del hotel a las instalaciones solo tenía que atravesar un pasillo interior, acristalado, que conectaba ambos mundos sin necesidad de pisar la calle. A un lado, el reflejo del cielo texano. Al otro, la maquinaria engrasada a la perfección de los Cowboys.

Todo era grande, pulcro, intimidante.

Nada estaba puesto al azar.

El área administrativa se abría en una de las plantas superiores. Tonos neutros salpicados por los colores del equipo y la bandera americana. Muy patriótico. Muy calculado. Líneas limpias, ausencia total de caos.

Fotografías enmarcadas de momentos gloriosos que no necesitaban explicación. Todo hablaba de legado y expectativas.

Una secretaria levantó la vista al verme. Podría haber sido una DCC, tal vez lo hubiera sido en algún momento.

—¿Naomi Park?

—Sí.

—El señor Joneson la está esperando. Ha llegado puntual —dijo con una sonrisa leve—. Sígame, por favor.

Caminamos sobre un suelo alfombrado que amortiguaba nuestros pasos, como si incluso el edificio supiera que ahí dentro no se alzaba la voz sin permiso.

—Su primera reunión es con el señor Grayson —añadió—. Su despacho está al fondo a la derecha.

Asentí y tragué saliva cuando nos detuvimos frente a la puerta.

Si hubiera sido Camila, ya hubiese hecho diez preguntas, dos bromas y habría acabado charlando con la secretaria sobre su manicura como si se conocieran de toda la vida. Yo no funcionaba así. Nunca lo había hecho.

Ella golpeó con suavidad, anunció mi llegada y me cedió el paso, cerrando en cuanto puse un pie en el interior.

El despacho era amplio y luminoso, con vistas parciales al complejo. Moderno. Funcional. Sin exceso. Me dio la sensación de que alguien había querido diferenciarlo del resto a propósito.

No tuve que preguntarme quién era el artífice.

Grayson Joneson estaba ahí, de pie, aguardando con una sonrisa afable.

Sabía quién era porque una no cruzaba medio país sin hacer los deberes.

El pequeño de los Joneson tenía veintinueve años. Pelo castaño. Ojos grises. Traje caro, sin corbata como declaración de intenciones. La prensa lo adoraba y en las fotos solía aparecer acompañado de mujeres imponentes, casi siempre a su altura.

Sí. Mi jefe directo era guapo y estaba bueno.

Tragué mientras avanzaba.

—Naomi —dijo, ofreciéndome la mano—. Bienvenida.

El contacto fue breve, profesional… y, aun así, sentí un pequeño estremecimiento. Era imposible que Grayson Joneson rozara algo sin provocar una reacción en cadena. Estaba bastante segura de que hasta su silla gemía cuando se sentaba.

«Tus pensamientos impuros son culpa de tus tocamientos nocturnos, Parks». Estaba tan habituada a que me llamaran así que hasta yo me reñía usando mi sobrenombre de la SSU.

«Céntrate, Naomi».

—Gracias. Encantada, señor Joneson.

—El señor Joneson es mi padre. —Sonrió—. Yo soy simplemente Grayson, apenas nos llevamos unos años. ¿Seis te parece demasiado?

—Para nada…

—Me alegro. ¿Qué tal el vuelo? ¿Todo a tu gusto en el hotel?

—Perfecto. La habitación es… impresionante.

Sonrió con algo parecido al orgullo.

—Quería que estuvieras cómoda. Esa es mi favorita. Las veces que me he quedado en el hotel, he dormido en ella.

Mi cerebro tuvo la audacia de imaginarlo entre mis sábanas y volví a estremecerme. Genial. Mi jefe se había acostado en mi cama. No al mismo tiempo que yo, claro, aun así, era… raro.

—Si necesitas cualquier cosa, dímelo.