Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 1
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Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4)

Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4)

Por Rose Gate

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Valentino

Desperté con un gemido gutural.

—La virgen… —murmuré, llevándome una mano a la cara—. Esto sí que es un buen despertar.

Un jadeo satisfecho y una pausa calculada me confirmaron que la morena de anoche se tomaba su hazaña con una intensidad admirable. Pensé seriamente en sugerirle que impartiera un máster en técnicas bucales, convalidable en cualquier liga profesional.

Tres succiones más y mis cuerdas vocales estallaron al ritmo que se vaciaba mi reserva estatal de esperma.

No pude abrir los ojos hasta que terminé.

Levantó la cabeza un segundo y la imagen que me devolvió fue la de una ardilla con los carrillos llenos a modo de despensa.

—Traga o escupe, tú eliges —pronuncié, aún medio dormido—. No te ofendas, nena, pero soy muy joven para convertirme en padre y, con las cosas raras que hay ahora, prefiero asegurar.

Me miró ofendida… y terminó tragando.

—Saca la lengua.

Más valía prevenir que lamentar.

Obedeció.

—Buena chica.

Le acaricié la cabeza mientras me desperezaba y ella subía para tumbarse sobre mi cuerpo. Pasé por alto que una de las pestañas postizas se le hubiera despegado y colgara con dignidad cuestionable. Minucias sin importancia después de la mamada que me acababa de ofrecer.

Miré a mi alrededor. El ático de Levi Carter —bueno, ahora mío porque pagaba de manera religiosa el alquiler— era una locura. Cristal, vistas de Dallas que parecían sacadas de un anuncio de relojes caros y esa facilidad peligrosa para acostumbrarse a lo bueno.

Alargué el brazo para coger el móvil justo cuando ella comenzó a mordisquearme el cuello y a afirmar que no era «de esas».

Seguro que sí. Anoche no dudó en pedirme un autógrafo que seguía manchando la piel del escote.

La pantalla se encendió y, cuando logré focalizar, casi la tiré del colchón. Suerte que la cama era tamaño miniestadio.

—¡Mierda, mierda, mierda! —Salté de la cama de un bote—. ¿Por qué cojones no ha sonado la alarma?

—Porque pensé que preferirías despertar así —dijo la morena, relamiéndose.

No le faltaba razón. Aunque podría haberlo hecho media hora antes.

El problema era que ese día empezaba la pretemporada y al entrenador le importaba un cojón lo bueno que hubiera sido mi despertar.

Mi salud testicular corría serio peligro si llegaba tarde. Harlow no dudaba en patear pelotas, metafóricas o no.

Y por muy Dyson que fuera mi compañera de cama, no merecía perderlas el primer día.

La puse a vestirse y largarse al mismo ritmo que yo me metía bajo la ducha.

Cinco minutos después, bajaba al garaje en calzoncillos, con la camiseta en la mano y esa prisa que solo se tenía cuando sabías que alguien con silbato y muy mala hostia podía arruinarte la semana.

El deportivo italiano me esperaba brillante y provocador, como si supiera que no estaba para contemplaciones. Arranqué y salí disparado, prometiéndome —sin convicción— no volver a mezclar sexo casual con lunes importantes.

Noventa.

Cien.

Ciento diez millas por hora.

Texas tenía muchas cosas malas, pero una buena: nadie se sorprendía si conducías con intención de pagar la multa.

Llegué a las instalaciones con el tiempo justo, el pulso acelerado y esa sonrisa automática que usabas cuando no sabías si estabas ganando o simplemente evitando que te partieran la cara.

El vestuario ya estaba medio lleno, y se notaba.

No era el ruido. Era la ausencia de él.

Miradas medidas. Silencios largos. Ese ambiente de pretemporada en el que nadie regalaba nada.

No esperaba abrazos como en la SSU, pero tampoco ese recelo de «aún no eres de los nuestros».

Perfecto. Empezábamos de la hostia.

Paseé la vista por el núcleo duro de Levi. Porque sí, seguían siéndolo, aunque mi antecesor ya no estuviera.

Cada uno tenía su nombre en la taquilla, pero siempre acababan juntos, apoyados en armarios vecinos, moviéndose como si esa zona del vestuario tuviera memoria muscular.

Tyrell «Ty» Hawkins, receptor veterano y mejor amigo de Levi. Ironía defensiva de serie, sonrisa fácil y esa manera suya de usar el humor como escudo cuando algo le importaba de verdad. En eso nos parecíamos.

Elijah «EJ» Morrison, línea ofensiva, optimista incurable y creyente fiel del «confía en el proceso».

Devin Shaw, linebacker, cínico, provocador y nostálgico del liderazgo que ya no estaba, aunque jamás lo confesaría.

Y Jason «Jace» Rivera, tight end, conector emocional, empático, en plena crisis personal. Desde que su novia del instituto lo dejó hacía unos meses, se rumoreaba que se tiraba a todo lo que llevara falda. Era el único capaz de ver a la persona antes que al quarterback.

Yo había ido pegado a los talones de Levi y de Ty durante meses.

Como un cachorro grande y torpe, aprendiendo a base de observar, meter la pata e intentar encontrar mi sitio.

Ahora Levi no estaba y Ty… seguía ahí.

¿El problema? Podía heredar su ático, su puesto, pero no sus amigos; ahí radicaba la diferencia.

Hawkins fue el primero en abrir la boca, porque él siempre era quien abría.

—Mirad quién ha decidido aparecer —dijo—. El heredero oficial del trono que empezó como bufón de la corte.

—Más vale hacer reír que llorar —respondí, dejando la mochila—. Tú, por ejemplo, llevas llorando desde que Levi se fue.

Hawkins sonrió.

—Te recuerdo que tú nos hiciste llorar en el primer partido, Dalton.

—Somos un equipo —repliqué—. Yo fallé, sí, pero no fui el único.

Si quería que esos tíos me respetaran, a veces hacía falta enseñar los dientes.

Cabeceé hacia él.

—Tú soltaste dos balones en rutas limpias, EJ llegó tarde a un bloqueo y Devin se quedó medio segundo vendido en la cobertura, lo cual nos reventó el marcador. ¿Seguimos señalando o hacemos memoria completa?

Alguna risa. No demasiadas, las justas para saber que había hecho lo correcto.

EJ Morrison alzó la barbilla en un gesto breve. Con EJ bastaba eso.

Si dudaba de ti, no levantaba ni la vista.

—Todos sabemos cómo acabó.

—Exacto —respondí—. Con una derrota como equipo.

Rivera se acercó y me dio una palmada en el hombro.

—Todo bien. No entres a la primera, cachorro.

No era una pregunta.

Era un salvavidas.

Shaw no dijo nada, lo cual era peor.

Él era quien se metía con Levi por afición. Solo atacaba cuando veía un oponente digno, y eso significaba que yo no lo era.

Mientras me cambiaba, pensé en lo sencillo que había sido todo en la universidad.

Allí, yo era el puto rey. Carteles. Portadas. Entrevistas para los medios que me auguraban un futuro como profesional. Dormía tranquilo.

Creí que en la NFL sería igual; error de novato.

Mi pase fue fugaz. De estrella a estrellado en un único partido. Fue como lanzarme por un acantilado sin comprobar la profundidad del agua.

Dolió leer los titulares afilados y ver mi nombre al lado de la palabra «decepción».

Fallé porque dudé. Porque aguanté pases que tenía que soltar. Y aquí, medio segundo era regalarle el partido al oponente.

Comprometí el arranque de la temporada. Y eso no se borraba con buenas intenciones.

Por eso, cuando pude sacarme un as de la manga y asegurarme entrenamientos personales con el príncipe de los Cowboys, no lo dudé.

Levi Carter me entrenó durante meses. A solas. Sin discursos. Sin condescendencia. Y este verano, antes del arranque, estuve un par de semanas en su pueblo para que me hiciera una puesta a punto.

Me corrigió como se corregía a alguien que podía llegar lejos… o joderla a lo grande.

Durante la temporada mejoré. No lo suficiente para alcanzar los playoffs. Sí lo bastante para que, cuando anunció su retirada, la franquicia apostara por mí y una marca de deportivos me regalara el coche que conduzco.

Carter me alquiló su ático. Mi nuevo contrato me lo permitía.

—No te confundas, Dalton —me dijo—. Si lo hago es porque puedes pagar cada desperfecto… y porque sé dónde ir a buscarte si la lías. No lo olvides, sé dónde vives y el código de acceso.

Había heredado su puesto. No su vestuario. Eso solo se ganaba demostrando.

Harlow se personó ante nosotros y se hizo el silencio.

Su ceño fruncido demostraba que no estaba de buen humor.

Fue breve y directo. No estaba para mierdas ni para preguntarnos qué tal las vacaciones.

—El año pasado fue inaceptable —arrancó—. Y esta temporada no voy a pasar una.

No se oyó ni una maldita respiración.

—Espero que hayáis descansado porque, a partir de hoy, no vais a hacerlo.

Tengo órdenes claras desde arriba y no me va a temblar el pulso para hacerlas cumplir si alguien no está a la altura de su contrato.

Se os paga para rendir, para ser el mejor equipo de Norteamérica, así que, si alguien no es lo que se espera, habrá cambios.

Ahí sí se movió el aire.

Miradas cruzadas. Mandíbulas tensas. Ty chasqueó la lengua. EJ se quedó inmóvil. Devin ladeó la cabeza.

—Nadie tiene el puesto asegurado —añadió Harlow—. Ni siquiera yo. Así que vamos a empezar moviendo el culo, demostrando de lo que sois capaces. Al campo. ¡Ya!

Nunca habíamos salido tan rápido, y cuando regresamos dos horas después, lo hicimos sudados, con los pulmones en huelga y la convicción de que nadábamos en un mar infestado de tiburones y en plena tormenta.

—Cuando dicen «cambios», alguien acaba jodido —murmuró Ty, dejándose caer.

—O en el banquillo —añadió Devin, clavándome la mirada.

—¿Tienes algo que decirme? —pregunté.

—Tengo memoria —respondió—. Y no soy de los que repiten. Si de mí dependiera, no serías el QB1.

—Pero no depende de ti.

Jace se metió en medio.

—Primer día. Bajemos revoluciones. Aquello fue una cagada de novato y se trata de aprender. No es cómo se empieza, sino cómo se acaba.

—Precisamente —replicó Shawn sin dejar de hacer sangre—. Empezamos mal y terminamos peor. No me apetece perder patrocinios ni quedarme fuera de los playoffs.

Podía parecer un ataque, salvo que, viniendo de él, más bien se trataba de una advertencia.

Respiré hondo, apoyado en la taquilla mientras Devin pasaba de largo.

Ser QB1 no iba solo de lanzar bien. Iba de leer miradas, silencios, dudas ajenas. De ser rápido. Directo. Sin titubeos. Y de que tu equipo creyera en ti.

Ty volvió a acercarse.

—Pasa, ya sabes que es un capullo.

—Ya, bueno, sé que a sus ojos y a los de muchos no me he ganado el puesto, aunque lo haré.

—Oye —dijo, bajando la voz—, he escuchado que habrá cambios.

—Con eso ha amenazado el entrenador.

—Me refiero a que los habrá de verdad… Y se rumorea que será en los quarterbacks.

Levanté la cabeza con la señal de alarma activada.

—¿Qué quieres decir con eso?

Hawkins sonrió sin humor y se encogió de hombros.

—No quiero hablar porque no lo sé a ciencia cierta y puede que, quien me lo dijese, fuera de farol. Lo único que puedo decirte es que esas cosas nunca te las cuentan hasta que son oficiales.

Y en ese segundo exacto entendí que el puesto que creía haber ganado… quizá no me pertenecía.