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LA BODA
Alice
Dicen que el día de tu boda pasa en una especie de neblina, que no recuerdas muchos detalles, pero yo estoy dispuesta a no olvidar ni uno solo.
El convite ha corrido a cuenta de mi padre, para consternación de sus dos exmujeres, que ven cómo su cuota de herencia se adelgaza por momentos.
Josh al principio se negó; quería pagarlo todo él, pero al final lo convencí porque, joder, mi padre es un cirujano plástico jubilado y millonario que acumula mucho más dinero del que jamás podrá gastar.
Yo soy su única hija; el resto de mis hermanos ya heredarán de sobra.
Así que hemos acabado en uno de esos enclaves de Los Ángeles que solo frecuentan actores, músicos y deportistas de élite.
La ceremonia ha sido sencilla, tal y como Josh y yo queríamos.
El padrino ha sido mi hermano Ethan porque, aunque tuvieron unos comienzos algo tensos al conocerse, ahora se llevan estupendamente.
Entre mis damas de honor la lista ha sido bastante extensa: mis amigas de la infancia, Lydia —mi cuñada— y Sofía.
Sofía está tan guapa y radiante que llama la atención, pero no solo por su físico.
La energía que irradia a veces me recuerda a Josh cuando lo conocí.
Todas las mujeres se volvían a mirarlo cuando íbamos por el aeropuerto con su impecable uniforme de piloto, y su hija causa exactamente la misma sensación, solo que ella no necesita uniforme alguno.
Ha venido acompañada de su novio, Jacob, del que no se separa ni un segundo, y hacen una pareja preciosa.
Además, Sofía ha terminado el segundo año de carrera con unas notas excelentes, algo que me sigue maravillando después del bache del último tramo del curso.
Por si fuera poco, se volcó en ayudarnos con los últimos preparativos.
El banquete llega a su fin. Como en todas estas celebraciones, la comida ha sido excesiva, pero lo peor es que la bebida ha corrido todavía más.
Estamos justo en ese punto crítico en el que alguien pasa un puto micrófono y todo el mundo parece verse obligado a dar un discurso. El primero es mi hermano Ethan.
—¡Hola a todos! —dice levantándose de la mesa y haciendo sonar una copa de champán con un tenedor—. En primer lugar, quiero felicitar a los novios, ya marido y mujer. Y quiero contaros cómo conocí a Josh.
Madre mía, no irá a contar cuando…
—¡Estaba desnudo!
—Eso no es cierto —protesto interrumpiéndole.
Pero mi hermano, el padrino de boda —al que se le nota a kilómetros que lleva un par de copas de más—, me manda callar con un gesto de los dedos en los labios.
—Es la hora de los discursos, hermanita. No interrumpas al padrino.
Cierro los ojos sabiendo que me va a avergonzar, pero supongo que no tengo escapatoria.
—Estaba… medio desnudo en el apartamento de Alice, y cuando lo vi, mi primera intención fue darle un puñetazo.
Pero luego tuve que reconocer que empecé a respetarlo y lo acepté.
Aunque el motivo de que hoy sea su padrino tiene una explicación científica: nada une tanto a dos hombres como echar la pota por la borda de un crucero al mismo tiempo.
El salón estalla en carcajadas.
—Así es. Le tengo fobia a volar y ahora parece que también a navegar, porque la única vez que subí a un crucero sufrimos una intoxicación masiva. Así que los tíos que vomitan unidos, permanecen unidos.
Ethan levanta su copa y los invitados lo imitan entre risas cada vez más escandalosas.
—Pero, aparte de esta anécdota escatológica, no quiero terminar así mi discurso de padrino —entre otras cosas porque sería ridículo—.
Sí quiero decir que nunca he visto tan feliz a mi hermana como cuando la veo mirarte a ti, Josh Edwards —añade volviéndose hacia él—, y eso hace que hayas ganado un hermano para siempre.
Porque la familia no es solo sangre; a veces es mucho más que eso: es sentimiento, respeto y amor. Y en vosotros veo muchísimo amor.
Hace una pausa y, joder… ¿Mi puto hermano, el cirujano más frío y calculador de la tierra, acaba de emocionarme? Esto debería quedar plasmado en los libros de historia… O, mejor dicho, en internet. Y seguro que lo hace, porque veo varias decenas de móviles inmortalizando el momento.
Josh se levanta y se funden en un abrazo entre los vítores y aplausos de los invitados.
Todo el mundo brinda y sigue bebiendo.
Lo peor de ser la única persona sobria en el local es darte cuenta de la cantidad de tonterías que dicen y hacen todos, incluidos familiares y amigos de rigurosa cortesía.
Luego llega el momento de pasear por las mesas para agradecer la asistencia y Josh, como buen caballero, está pendiente de mí todo el tiempo. Tanto que llega un momento en que me para y me mira extrañado.
—¿Podemos hablar a solas? —me pregunta con los ojos ligeramente entornados—. Ven, vamos a escaparnos un segundo.
Me lleva por un pasillo hasta un rincón apartado. Diría que lo normal es que alguien nos echara en falta, pero me da la impresión de que nadie va a notar nuestra ausencia.
—¿Pasa algo, cariño? —le pregunto—. ¿Qué quieres decirme?
—Te quiero —dice dándome un beso en los labios que sabe a champán fresco—. Pero dime… ¿por qué estás tan seria?
—No estoy seria en absoluto. Estoy muy feliz —le digo sorprendida—. Lo que pasa es que vais todos un poco achispados y supongo que…
—Espera. Y tú, ¿por qué no has bebido?
—Sí que he bebido.
—No —me corrige—. A ti te gusta la cerveza y el champán, pero… oh.
Josh da un par de pasos atrás y, como si de repente lo fulminara un rayo, se lleva las manos a la boca y baja la vista hacia mi vientre.
—No alucines, Josh —le digo levantando las manos en señal de tregua—. Solo es por precaución, porque…
—¿Precaución de qué? Es que… ¿Acaso estás embarazada?
No necesito responderle porque mi sonrisa me delata. A Josh, que hace apenas unos segundos tenía la voz pastosa y los ojos entornados, se le abren de par en par y recupera la lucidez al instante. Me rodea la cintura con ambas manos, que sigue estando exactamente igual que hace dos semanas.
—Espera, Josh, no lo sé seguro, ¿de acuerdo? Solo… A ver, debería haberme bajado la regla la semana pasada, pero con los preparativos de la boda y todo el ajetreo no me había dado cuenta hasta ayer. Es solo una semana de retraso, no me he hecho ningún test ni nada y…
—Pero tú eres un reloj suizo, me lo dices siempre. Nunca se te atrasa. ¿Crees que… crees que podría ser posible? —pregunta con los ojos brillantes de emoción.
—Podría ser, claro. ¿Te acuerdas de cuando viniste del hospital, después de los resultados de Sofía?
Josh parece hipnotizado; solo tiene ojos para mi cintura, mirándola como si pudiera traspasar la tela del vestido.
—¡Josh! —insisto—. Deja de mirarme así, por favor.
—No puedo, cariño. Y claro que recuerdo ese día. Fue uno de los más felices de mi vida y ahora, con más motivo que nunca. Me estás diciendo que fue… ¿exactamente ese día?
—No, espera un momento porque te estás adelantando.
No te he confirmado nada. Han podido influir mil factores en el retraso, así que no saquemos conclusiones precipitadas.
Pero sí, sabes que estuvimos tomando precauciones.
Dejé la píldora hace meses y ese día creo que fue el único que lo hicimos sin protección.
—Claro, porque vine un poco más emocionado de lo normal. Y había que celebrar la noticia de la recuperación de Sofía.
—Sí, ya lo sé —le digo riendo mientras él no aparta las manos de mi vientre—. Josh, tenemos que volver.
—¿A dónde?
—A nuestra boda. ¿Te acuerdas? —le pregunto cogiéndole de las manos—. Hay un salón entero lleno de invitados a los que atender.
—Sí, pero ¿podemos echar a todo el mundo, ir a una farmacia y comprar media docena de tests de embarazo?
—En serio, ¿esto va a ser así a partir de ahora?
—¿Así cómo?
—¡Así de intenso!
—Mucho más, Alice. Porque el día que vuelva a ser padre, y esta vez contigo, será el más feliz de mi vida... si es que eso es posible.