Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) Epílogo
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Epílogo

Jacob

El restaurante que hemos elegido para la despedida es uno de esos locales que los estudiantes solemos abarrotar durante el curso. Solo que hoy, con las clases terminadas y la mayoría de la gente de vuelta en sus casas, está casi vacío.

De hecho, somos los únicos clientes y nos hemos sentado en uno de los rincones del fondo.

Sofía y yo esperamos al resto con los dedos entrelazados por encima de la mesa.

Nunca habría imaginado que estar con una chica así fuera algo tan sencillo y que, al mismo tiempo, me encendiera por dentro de esta forma.

Mi cabeza analítica ha terminado rindiéndose a una mezcla de emociones que antes habría tachado de cursis.

La camarera deja nuestros vasos y se marcha dejándonos total privacidad. Unos minutos después, comienza a llegar el resto del grupo. Los primeros en aparecer son Arjun, Lily y Megan.

—¿Y Owen? —pregunta Megan, dejando el bolso en la silla—. Hace días que no sé nada de él.

Sofía cierra los ojos un instante y sonríe con complicidad.

—Ahora vendrá —responde—. Estaba terminando de… Bueno, mejor no preguntéis. No queréis saberlo.

A los pocos segundos, como si lo hubiéramos invocado, Owen aparece de la mano de Amber. En teoría es una cena exclusiva del grupo del laboratorio, pero mi amiga ya es una más y nadie concibe una salida sin ella. Owen, el que menos.

Nos acomodamos todos alrededor de la mesa mientras nos traen la comida.

Entre plato y plato, la conversación termina girando inevitablemente sobre el final del curso, repasando el estrés y los sobresaltos que hemos conseguido superar.

Es entonces cuando Arjun toma la palabra, dejándonos un regusto amargo en el ambiente.

—Bueno, ya sabéis que mi estancia aquí era temporal. Ha sido un año brutal, chicos —nos dice con una media sonrisa—, pero tengo que volver a Londres para terminar la carrera. Esto es un adiós definitivo.

Las protestas se suceden. Nadie quiere aceptar su marcha. Empiezan las promesas de todo tipo: desde organizar un viaje relámpago a Inglaterra el próximo curso hasta la ocurrencia de Lily, que propone de broma mudarnos todos allí.

—Yo, en cambio, regreso a casa este verano, pero en septiembre estaré de vuelta a tope —tercia Megan—. Tendremos que organizar algo gordo.

Lily también comparte sus planes: pasará las semanas de vacaciones en San Francisco con su familia, igual que Megan.

Owen y Amber se han mantenido callados, escuchando al resto. Ella es de Montreal y se marcha a Canadá en dos días hasta septiembre, lo que hace que Owen suelte un suspiro audible nada más recordarlo. Todos sabemos lo difícil que es sostener una relación a distancia pero, aun así, los animamos.

—Dos meses pasan en un suspiro —les dice Sofía con seguridad—. Antes de que os deis cuenta, estaremos todos de vuelta en la UCLA.

Lily asiente, pero de pronto gira la cabeza con picardía en nuestra dirección.

—¿Y qué me decís de vosotros? ¿Dónde vais a pasar el verano?

Sofía y yo nos miramos. La pregunta parece sencilla, pero ninguno de los dos sabe qué contestar. Tal vez porque no tenemos una respuesta o, porque la que hay, no va ser de nuestro agrado.

—¿Cómo va la luna de miel de tu padre y Alice? —le pregunto más tarde a Sofía, mientras nos alejamos del restaurante.

La noche de junio en Los Ángeles se ha quedado templada, con ese aire limpio que baja de las colinas cuando el tráfico empieza a calmarse. Las calles están casi despejadas y caminamos despacio, disfrutando del silencio.

—Pues están ahora mismo en Roma, luego irán a Florencia y tienen toda la semana ocupada recorriendo la Toscana —responde Sofía con una sonrisa distraída mientras avanzamos hacia su casa—.

Se los ve felices, aunque... no sé. Mi padre está contento, pero le noto algo raro.

Más callado de lo habitual, como si me ocultara algo.

No le doy más vueltas. Al fin y al cabo, cada familia carga con sus propios engranajes invisibles.

Llegamos por fin a su portal. Sofía abre la puerta y me invita a pasar.

Con la casa completamente para nosotros durante semanas, el ambiente cambia de golpe.

El recibidor está en silencio y el salón, amplio y ordenado, tiene esa quietud extraña de los hogares cuando los dueños se marchan.

Me quedo un segundo parado en el umbral, asimilando la sensación de estar ahí a solas con ella, antes de que me coja de la mano y me lleve hacia el sofá.

Nos sentamos juntos y el futuro inmediato, el que llevamos esquivando toda la noche, cae sobre la mesa de golpe.

Yo ya he dado el paso definitivo: he dejado atrás las clases del máster para entrar oficialmente en nómina como asistente de Robert en el laboratorio. Mi sitio en Los Ángeles está asegurado.

—¿Cuándo sale tu avión a São Paulo? —le pregunto mientras entrecruzo mis dedos con los suyos, al tiempo que intento que mi voz suene neutra.

—Pues tengo el pase de vuelo de empleado de mi padre y puedo cogerlo cuando quiera —me explica Sofía mientras acomoda la cabeza sobre mi hombro—, pero mi madre se está poniendo imposible. Quiere que vaya cuanto antes.

—Entiendo.

Y de verdad que lo hago. Su madre tiene derecho a reclamar a su hija, sobre todo después del susto que se llevaron con las pruebas médicas que estuvieron a punto de romperlo todo.

Pero la idea de pasar dos meses enteros sin verla me deja con un nudo seco en la garganta.

Tengo propuestas en la cabeza, planes enteros montados, pero el miedo a decirlo en voz alta me bloquea.

Sofía se gira de repente, clavando los ojos en los míos con esa mezcla de perspicacia y reto que tanto me desarma.

—De acuerdo. Puesto que parece que no tienes ninguna intención de atreverte a decir nada, seré yo la que proponga soluciones.

—¡Sí que me atrevo! —protesto de inmediato, a la defensiva—. Solo estaba intentando buscar el momento para plantearlo, Sofía.

—A ver, ¿por qué ibas a necesitar buscar el momento?

Solo tienes que hablar. Mi padre es piloto, Alice también, y tengo acceso a los pases de vuelo de la compañía.

Mi plan es este: paso las dos primeras semanas en São Paulo para contentar a mi madre y visitar a la familia.

Sé que la quiero, pero chocamos en cuanto respiramos el mismo aire; en el momento en me vea bien, me dará espacio.

Así que mi propuesta es simple: dime qué te parecería venir unos días conmigo a Brasil.

Me quedo en silencio, completamente desconcertado por la soltura con la que lo ha organizado todo.

—¿A Brasil? —acierto a decir, parpadeando—. No sé si... ¿Qué necesito para eso?

—Solo el pasaporte en regla y tramitar el e-Visa online —responde ella con total naturalidad—. Es un trámite rápido, pero hay que hacerlo con margen antes de volar. ¿Qué me dices? Mi madre querrá conocerte y a mí... me gustaría mucho que vinieras.

Empiezo a hacer cálculos a toda velocidad en la cabeza.

Tengo un par de semanas libres antes de arrancar de lleno en el laboratorio de la universidad.

El problema es que, en cuanto mi madre se entere de que gasto esos días cruzando el continente en dirección contraria en vez de ir a verla, se armará una buena.

—De acuerdo —digo a los pocos segundos, rindiéndome a la evidencia de que no estoy dispuesto a pasar tantas semanas lejos de ella—. Pero con una condición: cuando volvamos, te vienes conmigo a Utah. Quiero que conozcas mi hogar y sé que mis padres y, sobre todo Nana, están deseando volver a verte.

—Hecho —acepta Sofía sin dudar ni un segundo mientras me dedica una sonrisa y apoya su mano en mi pecho.

El zumbido constante de los motores del avión marca un ritmo monótono mientras surcamos el cielo rumbo a Utah.

Los asientos de la ventanilla son estrechos, pero después de unas intensas jornadas en São Paulo conociendo a toda su familia, lidiando con sus amigas y recorriendo cada rincón emblemático de la ciudad, el simple hecho de estar sentados el uno al lado del otro, con horas por delante y sin nada más urgente que hacer, lo siento como una tregua definitiva.

Noto el respaldo del asiento clavándose ligeramente en las lumbares y el aire acondicionado de la cabina me reseca la garganta.

Mientras las azafatas empiezan a recoger los vasos del servicio de almuerzo por el pasillo central, Sofía aparta la mirada de la pequeña pantalla interactiva donde se ve la ruta de vuelo sobre el mapa y se gira hacia mí, apoyando la espalda en el reposabrazos.

—Nos quedan todavía dos horas hasta el aeropuerto de Salt Lake City —me dice suspirando, frotándose los ojos con la yema de los dedos por el cansancio acumulado—. Cuéntame algo sobre tu familia.

—Ya lo sabes todo. Te he contado el trabajo de mi padre, te he enseñado fotos de la galería de arte de mi madre y más o menos tienes claro cada rincón de Springdale.

—Sí, pero todavía no me has contado lo de tu abuela. Ni siquiera sé cómo se llama. Siempre la llamas Nana.

—Es como la he llamado siempre. Es una mujer increíble. Y tiene una historia todavía más increíble.

Me ajusto mejor el respaldo de mi asiento, cruzando los brazos mientras pienso por dónde empezar.

De reojo veo cómo ella también imita mi postura y se acomoda, dispuesta a no dejarme escapar.

Los recuerdos de lo que mi madre me contó sobre ella, las historias que la propia Nana compartió conmigo a lo largo de los años y, sobre todo, la intensidad con la que quiso a mi abuelo vuelven con nitidez; una época en la que las reglas no escritas del valle pesaban como una losa y donde ella tuvo que aprender a sobrevivir por las malas.

—De acuerdo, Jacob Bowman —murmura con una sonrisa sutil, divertida por mi resistencia—. Pues tenemos poco menos de dos horas hasta aterrizar. Soy toda oídos.

FIN

PRÓXIMAMENTE VAS A PECAR pero antes…

VAS A DESEAR mi Navidad