Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 45
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Jacob

La espera en un hospital no se mide en horas, sino en el peso exacto de lo que puedes perder en un segundo. Si por mí fuera, ahora mismo estaría al otro lado de esa puerta, sosteniéndole la mano y asegurándole que todo va a salir bien.

Porque en estos putos momentos la vida de Sofía está en juego.

Podrían confirmarle un tumor, el fallo irreversible del injerto, un pronóstico medido en meses…

o podría salir con esa sonrisa suya que me desarma y me quema por dentro, diciéndome que el médico le ha dado el alta y que la pesadilla se acabó.

Podríamos hacer planes de golpe: terminar sus exámenes, pasar el verano juntos, llevármela a Utah o improvisar una escapada a Brasil.

Perder las horas en mi apartamento decidiendo qué comida pedir a domicilio mientras me enseña a preparar esa picaña brasileña de la que tanto presume.

Nada ni nadie te prepara para que el corazón se te haga añicos en cuestión de segundos.

Verla salir llorando, abrazada a su padre, me deja sin aire. El comandante, incluso sin el uniforme de vuelo, mantiene esa presencia imponente; le rodea los hombros con el brazo mientras estrecha la mano del médico en el dintel de la puerta.

Me mantengo a una distancia prudente, dándoles su espacio, mientras la memoria me devuelve la voz de Nana y aquellas oraciones que me enseñaba de niño.

—Que no sea nada, que no sea nada —murmuro antes de dar un paso al frente.

El señor Edwards se gira hacia mí. Me dedica una sonrisa que no me esperaba y me da una palmada en el brazo antes de apartarse unos pasos. Ese gesto tan distinto al de los últimos días me deja descolocado.

No me da tiempo a procesarlo. Sofía se me echa al cuello y por fin suelto todo el aire que llevaba aguantando.

Me besa en los labios. Es un beso dulce, pero sobre todo mojado, con el sabor de las lágrimas que acaba de soltar.

—Jacob —me susurra al apartarse un poco—. Todo ha salido bien. El riñón está perfecto. No hay tumor, no hay rechazo. Me acaban de dar el alta.

El cambio es brutal. Hace unos segundos estaba con el corazón hecho pedazos al verla salir llorando, y ahora, al escucharla, siento que el pecho me vuelve a latir a toda velocidad.

Resulta irónico para alguien que ha dedicado la vida a la ciencia.

Te pasas los días analizando la materia viva, entendiendo el corazón como un simple músculo que responde a impulsos eléctricos.

Pero basta con tenerla aquí, temblando entre mis brazos, para comprobar que ninguna fórmula biológica explica el desorden que provoca en mi interior.

Contengo el impulso de acorralarla contra la pared y besarla hasta perder la noción del tiempo. Tengo que frenarme porque su padre, a pesar de habernos dado espacio, no nos quita el ojo de encima. Así que me limito a rodearla con fuerza, levantarla del suelo y hacerla girar sobre mí.

Al posarla de nuevo en el suelo, el señor Edwards se acerca.

—Bueno, chicos, supongo que querréis celebrarlo, ¿verdad? —nos pregunta sin dejar de sonreír—. Sofía, ¿por qué no llevas a Jacob al restaurante de Pietro? Dile que lo apunte a mi cuenta, ¿de acuerdo?

Sofía protesta de inmediato y le pide que nos acompañe, pero él declina su propuesta con una sonrisa.

Le explica que prefiere ir a ver a Alice para darle la buena noticia en persona, que es demasiado importante como para contárselo por teléfono, que merece enterarse cara a cara y que ya tendrán tiempo de celebrarlo todos juntos más tarde.

Después, con un gesto mucho más firme, se vuelve hacia mí.

—Jacob, estáis invitados, ¿de acuerdo? —me dice apretándome el brazo—. No se te ocurra pagar, muchacho.

Asiento en silencio, completamente descolocado ante ese gesto que no encaja con la frialdad de los últimos días, mientras Sofía se muerde los labios para reprimir la risa.

Es ya en el restaurante, al ver la forma en que Sofía me mira, cuando termino de encajar las piezas y entiendo el motivo de ese giro tan radical en su padre.

—¿En serio te hiciste las pruebas para saber si eras compatible? —me pregunta de golpe, antes incluso de que nos traigan las bebidas—. Todavía no me lo creo.

Yo trago saliva y cojo aire. En mi vida creo que haya estado tan nervioso como ahora. Diría que lo estoy incluso más que cuando le dije que estaba enamorado de ella.

—Bueno, me las hice porque... —empiezo con un nudo en la garganta—, porque no podía soportar que...

Me callo. Ni yo mismo soy capaz de decir en voz alta lo que he estado arrastrando toda la semana.

—¿Que muriera? —dice ella con una calma que descoloca—.

Ya pasé por eso de pequeña y creo que le perdí el miedo al final.

Aunque tampoco era para tanto; el médico ya me dejó claro que mi vida no corría peligro real.

Habría aguantado años de diálisis, de hospitales y de rutinas mecánicas hasta encontrar otro órgano, pero lo habría soportado.

El camarero interrumpe para dejar las bebidas y apuntar la comida. Espero a que se marche para intentar buscar las palabras que estén a la altura del momento. A la altura de ella.

—¿Cómo puedes ser tan valiente? —le pregunto cuando nos dejan a solas—. Yo no sé si podría.

—¿Valiente yo? ¿Y tú? ¿De verdad estabas dispuesto a donar un órgano a alguien a quien apenas conoces de hace unos meses?

Sé que es fácil decirlo ahora que el peligro ha pasado, pero no tengo dudas.

—No habría podido soportar no estar contigo.

Esta semana ha sido… Quizás no haya pasado tanto miedo en mi vida —digo, apoyando los antebrazos en la mesa—.

Puede que nos conozcamos solo unos meses, Sofía, pero sé que no podría soportar que te pasara nada malo.

Te quiero y estoy enamorado de ti desde… creo que desde que te conocí.

Ella se queda en silencio un segundo, con los ojos fijos en los míos, procesando el peso exacto de cada palabra.

—¿Recuerdas cuando te dije que mi padre había dejado el listón muy alto con los hombres?

—me dice, mientras una lágrima le baja por la mejilla—.

Pues nunca pensé que nadie fuera capaz de alcanzarlo de verdad.

No sé cómo he tenido tanta suerte de encontrarte, Jacob Bowman, pero creo que vas a superarlo con creces.

Sé que estoy sonriendo de una manera estúpida, incapaz de contener la tensión que por fin siento desaparecer de mi interior. Alargo la mano por encima de la mesa, le cojo los dedos y le beso los nudillos con delicadeza.

—A propósito —añade, con un brillo nuevo en los ojos—... ¿Qué haces el 25 de junio?