Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 44
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UNA CHICA CON SUERTE

Sofía

Mi padre es demasiado maniático y su concepto de la puntualidad es el mismo que tiene para trabajar; parece que lo de presentarse dos horas antes en el aeropuerto lo aplica a todo en la vida.

Eso incluye nuestra visita al hospital. A las nueve en punto estamos sentados en la cafetería del Ronald Reagan.

—Sabes que hasta las once no nos van a atender, papá —le digo resoplando—. Eres demasiado exagerado.

—¿Recuerdas nuestros desayunos en São Paulo? —me pregunta, ignorándome por completo—. A veces pienso que te veía más entonces que ahora. Desde que vives en California nos vemos menos.

Quizás tenga algo de razón. Desde que me vine a vivir con él a Estados Unidos, en realidad apenas coincidimos.

El acuerdo con mi madre incluye pasar gran parte de mis vacaciones en Brasil, y cuando estoy aquí vivo en la residencia.

A veces sus vuelos y mis clases hacen imposible cuadrar los horarios y, muy a mi pesar, me he convertido en una de esas hijas que solo se reúne con su familia en Acción de Gracias y Navidad.

—Papá, tienes razón y lo siento —confieso, comprendiendo al fin que hayamos venido con tanto margen—. Intentaré estar más presente. Siento todo lo que hemos discutido estos meses; siento haberme alejado de ti y habernos peleado por culpa de Robert.

—Si hablas de ese profesor, Sofía, creo que no es el mejor momento —me interrumpe con gesto serio—. Me da igual con quién quieras estar, porque confío en ti y en tu criterio. Eres una chica madura y sé que elegirás bien.

—Lo sé, pero, aun así, siento mucho que discutiéramos por él. Si todo sale bien, yo...

—No digas eso, ¿vale? —me recrimina, cortándome de inmediato—. No hables así.

—Papá, he sido una idiota. He descuidado mi medicación, me he comportado como una cría, y ahora solo me queda asumir mi culpa.

—Ya está bien, Sofía. No tienes culpa de nada. Eres una chica joven y ya oíste al doctor, fue un cúmulo de circunstancias. Así que no pienses que tienes la culpa de nada, ¿de acuerdo? Solo cometiste un error.

Los ojos se me llenan de lágrimas, a pesar de que he evitado llorar delante de él desde el principio. Entonces mi padre se acerca más a mí en la silla. La cafetería está llena, pero nadie nos mira; cada uno está inmerso en sus propias preocupaciones.

—Llevo más de diez años teniendo miedo, Sofía —vuelve a hablar, apartándome las lágrimas con el pulgar.

—Lo sé, y siento mucho haberte causado esa preocupación...

—No, espera, déjame decirte esto, por favor —me interrumpe, antes de agachar la cabeza, tomar aire y devolverme la mirada—. Llevo con miedo desde que supe que... Ya sabes, que yo no era tu padre.

—Tú siempre has sido y serás mi padre. Lo sabes, y eso no lo cambia el hecho de que no compartamos sangre.

—Sí, pero descubrir eso fue como si me hubieran arrancado un trozo de mí.

Como si me faltara algo y de pronto no me sintiera completo.

Descubrir que no era tu padre biológico no cambió lo que sentía por ti, créeme, pero aquel día me hizo odiar a un hombre que no conocía, solo por el hecho de que él sí compartía la sangre contigo.

—Papá…

—Espera, por favor, déjame seguir —vuelve a interrumpirme—. Lo que vino a continuación fue miedo, puro terror de pensar que no podía salvarte por ese motivo, que por mucho que quisiera, no podía hacer nada y que todo dependía de otra persona. De que muriera otra persona para que tú pudieras vivir.

»Pero lo peor de todo era ver el miedo en tus ojos. Ver a mi pequeña intentando entender por qué le había tocado a ella. En ese momento me habría arrancado hasta el último órgano del cuerpo con tal de no ver ese miedo en tus ojos.

No puedo decir nada, tan solo dejar que mis lágrimas sigan cayendo y que mi padre intente retirarlas sin éxito.

—La cuestión es que no quiero volver a ver ese miedo en ti —continúa—. Me juré que nunca dejaría que eso pasara. Pero está volviendo a suceder, y siento tanta impotencia...

Ver llorar a mi padre es algo que no recuerdo excepto cuando me dijo que se quería declarar a Alice, aunque entonces sus lágrimas eran de felicidad, no como ahora. Al verlas de nuevo, siento cómo el mundo se me desmorona por completo.

—Sofía —dice, cogiéndome de las manos con firmeza—, Alice y yo vamos a suspender la boda.

—Papá, ¡no podéis hacer eso! —protesto, muerta de miedo—. No sabemos nada todavía o es que… ¿Te han dicho algo a ti?

—No, de verdad, pero... Mira, Alice y tú sois lo mejor que tengo en la vida, cariño, y ahora entiendo que quizás el destino, el universo o quien quiera que sea, la puso en mi vida por una razón.

No quiero que tengas miedo, ¿de acuerdo?

—dice, tomando aire de nuevo— Alice se hizo las pruebas de compatibilidad y hace tres días nos dijeron que es positivo.

Ella… quiere donarte uno de sus riñones.

El mundo parece quedarse en silencio durante demasiado tiempo.

Debería hablar, pero el nudo que tengo ahora mismo en la garganta lo único que me permite es respirar a duras penas.

Mi padre sigue con lágrimas en los ojos, y ahora que lo observo más de cerca veo las marcas en su rostro.

Me cuesta imaginar el peso que lleva cargando esta semana, y la culpa me vuelve de nuevo: no puedo creer que, debido a mi imprudencia, a haber descuidado la medicación, ahora vaya a destrozar la vida de quienes más quiero.

—¿Qué?! ¡No puede hacer eso! —consigo decir, apartándome un poco de su agarre—. Papá, no podría volver a pilotar un avión. Ella no... No lo permitiré, ¿me oyes? Y tú no deberías dejarla hacerlo.

—No es mi decisión. Ella se hizo las pruebas sin decirme nada y lo tiene muy claro.

Lo hemos hablado estos días mucho. Demasiado —dice con la voz quebrada—.

Ella está decidida, y yo... Vosotras sois lo que más quiero en el mundo.

Y ahora mi miedo es doble, sí, pero si ella puede salvarte, ¿qué puedo hacer?

—Pero ella tendría que renunciar a su carrera, papá. No es justo.

—Lo sé.

La conversación queda resonando en mi cabeza, con todo lo que significan esas palabras.

El tiempo restante pasa en una quietud extraña, cada uno asimilando el peso de lo que acaba de decirse.

Sé que ahora mi padre no solo va a cargar con el miedo por mí; también lo hará por Alice, soportando las consecuencias de un daño que he provocado yo misma.

Y la culpa, pesada y directa, vuelve a golpearme con más fuerza que antes.

Terminamos el desayuno, aunque tengo la garganta tan cerrada que me cuesta tragar.

Son las diez y cuarenta y, cuando nos dirigimos hacia la consulta, lo veo. Jacob está esperándome en el pasillo, sujetándose las manos nervioso.

Mi instinto me pide correr a sus brazos, besarlo y preguntarle qué hace aquí. Pero, antes de que pueda moverme, mi padre se adelanta.

—¿Ese no es tu amigo? —pregunta, lo suficientemente alto como para que él lo oiga—. ¿Qué haces aquí, chico?

Jacob adopta esa postura rígida que reserva para mi padre. Cuadra los hombros e intenta parecer más alto, algo inútil al lado de él. Me acerco, le tomo la mano y le doy un beso rápido en los labios.

—¿Por qué has venido? —le digo en voz baja—. No hacía falta. Podríamos haber hablado después.

—Señor Edwards, buenos días —saluda con educación a mi padre antes de volverse hacia mí. Su expresión se ablanda por completo al buscar mi mirada—: Quería estar aquí. ¿Te molesta?

—Claro que no —le contesto apretando su brazo—. Gracias.

—Todo va a ir bien, ya lo verás.

Asiento y fuerzo una sonrisa, aunque por dentro solo quiero gritar y despertar de esta pesadilla.

Pasamos unos minutos en la sala de espera. Nadie dice nada; evitamos hablar de lo que viene y creo que es porque en el fondo los tres tenemos miedo a que se vuelva real.

A los pocos minutos, una chica con bata blanca sale de la consulta del doctor Harris con una carpeta en las manos y nos indica que pasemos.

Jacob se detiene a nuestro lado, mirándome como si intentara grabar cada facción de mi cara.

Justo cuando mi padre y yo avanzamos hacia la puerta, él da un paso hacia mí.

Ignorando su presencia por completo, me abraza con fuerza, me besa los labios y me susurra un «te espero aquí» tan frágil que amenaza con deshacer la última barrera que me queda para no romperme de nuevo a llorar.

En la consulta, el doctor Harris no deja entrever si las noticias serán buenas o malas.

Mi padre y yo nos sentamos frente a su mesa mientras él revisa los papeles con los resultados de mis pruebas.

Asiente, pasa las páginas, consulta con el ordenador mientras la enfermera a su lado le entrega más informes.

Creo que son los cinco minutos más largos de mi vida, porque en realidad pueden marcar un antes y un después.

—De acuerdo. Tengo bastante buenas noticias —anuncia, y siento cómo mi padre aprieta con fuerza mi mano—.

La biopsia de control que repetimos la semana pasada dio resultados anómalos, pero el aclaramiento de creatinina y los marcadores de función renal han vuelto a estabilizarse por completo.

Descartamos cualquier indicio de rechazo agudo o fallo orgánico; el riñón adaptado funciona de nuevo con total normalidad, la inflamación inicial se ha disipado y no será necesario reactivar el protocolo de trasplante ni plantear ninguna intervención quirúrgica.

He estado conteniendo la respiración tanto tiempo que, al dejar ir el aire, me mareo un segundo. Mi padre habla con el doctor Harris, aunque yo apenas distingo fragmentos sueltos de la conversación. Solo escucho que no habrá otro trasplante. Nadie tendrá que sacrificarse por mí.

Mi padre me rodea con los brazos, y su voz refleja un alivio inmenso, mientras el doctor me dedica una sonrisa tranquila. Y yo… Yo me quedo un instante en silencio, parpadeando mientras dejo que las lágrimas bajen por fin, pero esta vez sin el peso del miedo.

—Toma —dice la enfermera con una sonrisa amable, tendiéndome un pañuelo de papel y apoyando un segundo la mano en mi hombro para devolverme al presente—. Eres una chica con suerte. A pesar de no necesitarlo al final, tenías dos donantes compatibles.

Mi padre y yo nos giramos hacia ella a la vez.

—¿Perdona? —digo, con el ceño fruncido, mirando de uno a otro—. ¿Cómo que dos?

—Sí —dice la enfermera, ojeando el informe con naturalidad—. Si hubieras necesitado un trasplante, había dos personas compatibles. Pero no ha hecho falta, así que no tienes de qué preocuparte.

Mi padre y yo nos miramos, confusos.

—¿Quién es el otro? —preguntamos los dos a la vez.