Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 43
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EXÁMENES Y PRUEBAS

Jacob

Volver a UCLA después del fin de semana en Coachella es duro, pero se lleva mucho mejor cuando todavía tienes grabado en la cabeza el momento en que Sofía me dijo lo que sentía.

Nunca creí que escuchar un «te quiero» pudiera sentirse así.

Es curioso: en el campus o en las fiestas, la gente lo suelta a la ligera por cualquier estupidez —un «te quiero, tío» improvisado en la barra tras invitar a una copa, o soltado de pasada por dejar unos apuntes en la biblioteca— hasta vaciar la frase de todo significado.

Por eso, cuando de verdad te importa alguien, te guardas las palabras por inercia, por miedo a desgastarlas.

Pero escuchar esas dos palabras de los labios de Sofía, justo después de estar con ella en la cama, es otra cosa muy distinta. Algo que sé que no voy a olvidar en la vida.

Me paso por el campus sin más obligaciones que dar alguna clase como asistente de Robert y tutorizar las prácticas de laboratorio. Sin la presión del máster ya terminado, tengo margen hasta que acabe el curso, y pienso aprovechar cada hora... con ella.

Al volver de Coachella, en cuanto terminamos las prácticas, Sofía se viene a mi apartamento. Nos pasamos las tardes preparando sus exámenes finales, marcando descansos puntuales para que el cerebro no se sature.

Y esos descansos siempre acaban igual: entre besos y piel desnuda.

Yo intento que se olvide de la espera, de la sombra de las pruebas médicas que sigue acechando por mucho que lo intentemos disimular. Hago lo imposible para que no tenga espacio para pensar en ello.

El ambiente en el laboratorio ha seguido siendo perfecto. Arjun y Lily compiten, como siempre, pero al mismo tiempo muestran un compañerismo férreo y un único objetivo: el bien común.

El proyecto NOVA es mucho más grande que cada individuo, y me encanta ver cómo han cambiado desde la primera semana, observando su evolución a lo largo del curso.

Sofía y yo nos lanzamos miradas cómplices durante las prácticas; es como si en silencio nos dijéramos todo lo que luego soltamos en un plano mucho más físico.

Megan y Owen se han convertido en grandes amigos y comparten confidencias entre experimento y experimento —o en los ratos muertos mientras esperamos los resultados de las pruebas—, y creo que Megan está sustituyendo a Sofía como asesora sentimental de Owen con el tema de Amber.

El miércoles, a media práctica, Robert entra en el laboratorio.

—Hola, chicos... Jacob —empieza, carraspeando con seriedad—. He venido a haceros un anuncio rápido.

Se detiene junto a la mesa central, cruzándose de brazos, y aunque su mirada pasa por encima de todos, se detiene un segundo más en mí.

—Como sabéis, el proceso de selección de la facultad ya ha concluido.

Quería anunciaros formalmente que, de cara al próximo curso, Jacob continuará oficialmente en el departamento, pero esta vez como investigador contratado y Teaching Assistant.

—Hace una breve pausa, y luego continúa dirigiéndose solo a mí—.

Tienes que saber que, en este proceso, yo no he tenido ninguna intervención.

El puesto te lo has ganado por méritos propios.

Por tu trabajo en el proyecto y tus excelentes resultados en el máster. Enhorabuena, Jacob.

Todos empiezan a felicitarme. Sofía me regala una sonrisa de esas que reserva solo para mí, mientras mi tío cruza el espacio que nos separa. Me da un abrazo firme y al apartarse le dedica un leve roce en el hombro al pasar junto a ella.

Sé de sobra lo que hay detrás de ese gesto. Es su manera torpe de firmar la paz y aceptar por fin lo que hay entre nosotros, enterrando los meses de tensión y los enfrentamientos que nos habían tenido al límite.

Los días pasan con esa cadencia extraña donde la rutina intenta tapar lo inevitable.

Nos sostiene el eco del fin de semana en Coachella, el ritmo constante del laboratorio y las tardes encerrados en mi apartamento entre carpetas y apuntes.

Lo de venir a «ayudarla» con los exámenes es, en realidad, una excusa patética para pasar cada minuto libre a su lado.

A estas alturas, Sofía no necesita que nadie le explique nada; probablemente sea la mente más brillante que ha pisado este departamento en años.

Pero el lunes arranca la última semana de exámenes del curso y sabemos de sobra que apenas tendremos tiempo para nosotros.

El jueves, a la salida del laboratorio, pasamos por mi apartamento cargados de apuntes y con el portátil echando ya humo.

Nos tumbamos en el sofá a recuperar el aliento, con los dedos entrelazados y la boca pegada a la suya en un intento por borrar el mundo, hasta que el zumbido del teléfono rompe el silencio.

Ella mira la pantalla unos segundos y levanta la vista hacia mí. No hace falta explicaciones. Es una llamada del hospital.

—¿Diga? Sí, soy Sofía Edwards —responde con un hilo de voz—. Ajam... Sí, claro. ¿Mañana? A las once, de acuerdo. ¿Con mi padre? Pero... Sí, lo entiendo. Allí estaremos. Gracias.

—¿Qué te han dicho? —le pregunto ansioso—. Era el hospital, ¿no? ¿Ya tienen los resultados?

—Sí —responde seca.

No soy ningún experto en lenguaje corporal ni en descifrar las microexpresiones de la gente, pero el rostro de Sofía pide a gritos un refugio, y eso me acojona por dentro.

—¿Qué pasa, Sofía? —insisto, sintiendo cómo el estómago se me encoge.

—Me han pedido expresamente que vaya con mi padre —susurra, y la voz se le quiebra un poco—. Y sé, por experiencia, que los médicos nunca hacen esa petición cuando las noticias son buenas.