Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 42
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NO QUIERO VOLVER

Sofía

El primer impacto de Coachella es el ruido. No es solamente la música, sino el murmullo de miles de personas, las risas, los gritos lejanos y las melodías que se cruzan a medida que avanzamos sin rumbo por el recinto. Y, sin embargo, no siento agobio. Quizá porque Jacob está a mi lado.

Caminamos sin prisa, libres de horarios, de clases, de exámenes y de todo lo que nos espera cuando volvamos a UCLA.

Nos detenemos frente a instalaciones de arte colosales, comemos algo mientras paseamos y nos dejamos arrastrar por el ambiente de los escenarios un rato antes de seguir explorando.

No estamos haciendo nada extraordinario y, aun así, no recuerdo la última vez que me lo pasé tan bien.

Más tarde llegamos hasta Spectra . Subimos por la rampa en espiral que recorre el interior de la torre, rodeados de paneles que tiñen la luz a cada paso.

Cuando por fin llegamos arriba, el panorama nos deja sin aliento: el festival se extiende a nuestros pies como un paisaje en movimiento, flanqueado por el desierto y las montañas que se recortan contra el horizonte.

Nos quedamos contemplándolo en silencio, con la certeza de que no necesitamos decir nada.

Al bajar, el sol comienza a descender y la luz dorada lo inunda todo entre las palmeras. El calor del día da tregua y, de manera natural, nuestras manos se buscan hasta terminar entrelazadas. Encontramos un rincón tranquilo donde sentarnos a descansar y ver cómo el cielo cambia de color.

Después de ese momento, nos levantamos con la caída de la noche.

Las luces del festival se encienden una tras otra, transformando por completo el paisaje en un escenario vibrante y eléctrico.

Nos quedamos un rato más disfrutando de las últimas horas entre música y paseos antes de emprender el camino de regreso al alojamiento.

El trayecto de vuelta es tranquilo, impregnado de un cansancio bueno que hace que quieras guardar cada detalle. Cuando entramos en la habitación y cierro la puerta detrás de nosotros, el mundo vuelve a reducirse exclusivamente a los dos.

—De acuerdo, profesor Bow…

Jacob me interrumpe con un beso. No es uno de esos roces rápidos y furtivos que nos hemos dado entre la multitud de los conciertos, ni el beso tierno que compartimos en lo alto de la torre Spectra con todo Coachella extendido a nuestros pies.

Este es un beso que carga con un peso muy distinto, mucho más hondo que el propio deseo.

Lo noto en la forma en que su mano se aferra a mi cintura, en la forma con la que parece querer detener el tiempo, mientras en mi cabeza solo resuena una certeza: no quiero moverme de este lugar ni apartarme de sus brazos.

—No me hace gracia que me llames profesor Bowman —confiesa cuando se separa apenas unos milímetros de mi boca.

—Vaya. Pues por el beso que acabas de darme, nadie lo diría.

—En realidad, te lo he dado para que te callaras.

Finjo indignarme. Me aparto del todo, dándole un empujón en el pecho que no logra desplazarlo ni un solo centímetro. Al contrario, aprovecha el impulso para atraparme con más fuerza de la cintura, atrayéndome de nuevo contra su cuerpo y mirándome con una intensidad que me deja sin palabras.

—¿Estás cansada? —pregunta en voz baja.

—No.

—¿Seguro?

Sus ojos viajan de los míos a mis labios, y la respiración de ambos parece sincronizarse al mismo ritmo.

—Seguro —repito.

Soy yo quien ahora toma la iniciativa, acortando la distancia con un nuevo beso mientras le deslizo las manos por debajo de la camiseta, recorriendo la curva de su espalda.

Hemos tenido sexo varias veces ya. Desde aquella primera noche en Palm Springs hasta su apartamento en la ciudad. Y, aunque suene a tópico, esta me parece distinta.

Quizás sea la incertidumbre de lo que nos espera al volver, esa maldita inquietud por los resultados que, por mucho que hayamos intentado ignorar, lleva rondándonos desde ayer.

Sería fácil caer en el dramatismo y pensar que estamos exprimiendo el tiempo como si fuera el último instante posible, como si este paréntesis fuera a evaporarse en cuanto crucemos de nuevo las puertas de la realidad.

Pero, en este preciso instante, es exactamente así como se siente.

Le recojo la camiseta por los costados y, con un movimiento rápido, él mismo se deshace de ella pasándola por la cabeza. Nos quedamos mirándonos, sin decir nada.

Ya hemos gastado las palabras necesarias durante el camino en coche, entre los food trucks del recinto y en lo alto del mirador.

Hemos reído y bromeado como si el mundo exterior no pudiera alcanzarnos.

Ahora, sus dedos empiezan a desabrochar los botones de mi vestido, despacio, sin apartar los ojos de los míos ni un solo segundo.

La emoción que me atraviesa es tan viva que por un segundo creo que podría echarme a llorar.

La forma en que sus palmas rozan mis costados mientras saborea mis labios, el modo en que se deshace de mi ropa interior y me alza de los muslos para llevarme hacia la cama... Todo en este momento me supera.

Jacob me deposita sobre el colchón, se quita el pantalón con rapidez y se acomoda entre mis piernas. Me besa el cuello, desciende por mis pechos hasta llegar a mis costados y se detiene justo ahí, en el arranque de la cicatriz.

Apoya los labios sobre la línea blanca que el tiempo ha dejado grabada en mi piel. Después, con un cuidado infinito, termina de retirar la última prenda que me quedaba, el tanga.

No hace falta hablar. Me aferro con fuerza a su pelo mientras él se hunde entre mis piernas, besando y lamiendo cada centímetro de mi cuerpo, hasta que llego al orgasmo entre gemidos, con su boca pegada a mi piel.

Con el cuerpo todavía temblando, lo siento entrar dentro de mí de golpe.

Estoy mojada, hipersensible, y sin apenas darme tregua, la excitación vuelve a estallar por dentro.

Jacob se mueve encima de mi cuerpo, cada vez más fuerte, más rápido, hasta que se corre  y me besa hundiendo la cara en mi cuello.

Nos quedamos unos minutos así, y puede que sea el momento más bonito de todo el día. Él con su cara apoyada en mi pecho, recuperándose del esfuerzo, procurando calmar el latido de su corazón, mientras yo le acaricio de forma perezosa la espalda.

—Jacob —le digo cuando lo noto calmado del todo—. No quiero que te asustes, ni que pienses que debes responderme ahora.

Decirle que no se asuste debe causar el efecto contrario, porque lo veo tensarse contra mis manos.

—Dime.

—De acuerdo. Pues quiero decirte que… —Hago una pequeña pausa cogiendo aire—. Te quiero, Jacob.

Él se incorpora de golpe sobre los antebrazos, quedando suspendido encima de mí con el ceño fruncido.

—¿Por qué coño me iba a asustar eso?

—No lo sé. Muchos tíos se agobian o se ponen a la defensiva o raros cuando escuchan un "te quiero" y creen que tienen que responder o se ven obligados a hacerlo sin sentirlo, y no quiero que te sientas así.

—Espera. ¿Les has dicho «te quiero» a muchos tíos?

Ahora soy yo la que se endereza de un salto en la cama, fulminándolo con la mirada al comprender el sentido de su pregunta; entonces, intenta corregirse.

—No, no, espera, perdona. No quería decir eso.

Ni de coña, joder —se apresura a decir, levantando las manos con una mezcla de pánico y rendición ante mi cara de incredulidad—.

Olvídalo. Vamos a dar marcha atrás en el tiempo unos segundos, ¿vale?

Empecemos de nuevo. ¿Qué querías decirme? Repítelo todo, por favor.

Niego con la cabeza, aunque en el fondo me divierten sus nervios y esa forma tan torpe de intentar enmendarlo.

—De acuerdo, Jacob, no quiero que te asustes por lo que te voy a decir, ¿vale?

—No me asustaré. Dime.

Cojo aire una vez más.

—Jacob, te quiero.

Él sonríe, me coge de las manos y me deja un beso en cada una para terminar sellándolo en mis labios.

—Yo también te quiero, Sofía.