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OTRA VEZ COACHELLA
Jacob
A las nueve en punto he puesto rumbo a la casa de Sofía. A la de su padre.
Va a ser la segunda vez que veo a ese hombre, y la verdad es que voy acojonado.
Ya en el hospital, cuando ella estaba ingresada, me impuso respeto, pero ahora tengo auténtico terror.
Me dirijo hacia la entrada rezando todo lo que sé para que sea Sofía la que me abra, coja su maleta, la meta en el coche y no tener que cruzar más que un saludo educado con él.
Cuando la puerta se abre, creo que me encojo un par de centímetros. Quizás más.
Me recibe el comandante Josh Edwards. Y sí, digo comandante porque va vestido con su uniforme de vuelo completo: las franjas doradas rígidas sobre los hombros, la gorra bajo el brazo y una maleta de cabina perfectamente cuadrada al lado del marco.
—Pasa —me dice.
El recibidor es un espacio amplio, de líneas rectas y orden marcial: suelo de mármol gris, una consola de madera oscura sin una sola mota de polvo y un perchero donde todo cuelga con una simetría que asusta. Pero yo solo tengo ojos para la escalera, completamente vacía. Sin rastro de Sofía.
El silencio no es incómodo. Qué va. Es algo mucho peor.
Ni en mis exámenes finales ni en la defensa de mi máster me sentí jamás tan observado, juzgado ni examinado. El padre de Sofía me mira sin decir una sola palabra. Ni siquiera asoma expresión alguna en su rostro. Está impasible, pero yo estoy cagado.
Me odia. Es un hecho.
—Señor, yo…
—Me ha dicho Sofía que vais a Coachella —me interrumpe—. A un concierto.
—Así es, señor —le contesto con un nudo en la garganta que apenas me deja tragar saliva.
—No me interesa lo que vayáis a ver, visitar o qué música escuchéis. Solo quiero decirte una cosa, muchacho. Así que escúchame bien.
En ese momento, se oyen unos pasos al fondo y Alice, la novia del padre, aparece sonriendo. Y joder, ¿también es comandante? Es la versión femenina de Josh Edwards: el mismo traje impecable, la misma postura recta, solo que con falda en vez de pantalón.
¿Qué es esto?
Parece que me vayan a fusilar; me siento como en medio de un consejo de guerra donde yo soy claramente el acusado.
—Josh, cariño, ¿qué haces? —le pregunta ella con una sonrisa cálida—. Vas a llegar tarde al aeropuerto.
Menos mal. Es como si acabara de aparecer el séptimo de caballería.
—Estaba hablando con… ¿Cómo era tu nombre. chico? —me suelta él, arqueando una ceja.
Entonces Alice se ríe, lo coge del brazo y se vuelve hacia mí con complicidad.
—No le hagas caso, sabe perfectamente cómo te llamas —me dice mientras yo intento regular las pulsaciones. Luego vuelve a dirigirse a él—. Ahora, cariño, no te preocupes. Yo me quedo en casa hasta que baje Sofía; mi vuelo sale más tarde.
Pero el hombre no parece quedarse del todo convencido, y es entonces cuando decido armarme de valor. No soy un cobarde que se achante ante el padre de una chica, por muy comandante que sea y por mucho uniforme que lleve.
—Señor Edwards, antes de que se vaya, quiero decirle que puede estar completamente tranquilo.
Cuidaré de Sofía —le digo, sosteniéndole la mirada—.
El plan es desconectar este fin de semana antes de los exámenes y de...
bueno, ya me entiende. Solo queremos pasar unos días tranquilos.
Bajaremos directos a Palm Springs, al hotel, para descansar del viaje y de la semana.
Y sí, iremos al festival, pero lo tenemos todo organizado.
No vamos a meternos en medio de la multitud.
Tendremos nuestra propia zona para descansar y podremos salir cuando queramos. Sofía estará perfectamente.
Él me evalúa durante un segundo eterno, sopesando cada una de mis palabras con la misma frialdad con la que imagino que revisará los instrumentos de cabina antes de un despegue con turbulencias.
Los tres nos giramos hacia la escalera en cuanto escuchamos unos pasos. Sofía aparece con la maleta, se da cuenta de la tensión del recibidor de un solo vistazo y baja deprisa para plantarse a mi lado, pegándose a mí y dándome un ligero apretón en el brazo.
¿Qué hago? ¿Debería darle un beso a modo de saludo?
Me quedo paralizado y, justo cuando voy a inclinarme hacia ella, su padre da un paso al frente, la abraza de manera posesiva y le deja un beso firme en la coronilla.
—Sofía, ¿has metido la medicación? —le pregunta con una ternura que contrasta con lo de hace unos minutos.
—Sí, papá.
—¿Y te acuerdas de lo que te dijo el doctor sobre el descanso?
—Sí, papá, tranquilo.
Al ver que la mención al médico vuelve a activar el radar de sobreprotección de Josh Edwards, decido intervenir. No sé muy bien por qué.
—No se preocupe, señor —le digo con confianza, intentando estar a la altura—. Me ocuparé de que Sofía haga exactamente lo que le digo sin rechistar.
El silencio que cae sobre el recibidor es instantáneo. Josh se vuelve hacia mí muy despacio, con las venas del cuello a punto de reventar y la cara encendida de un rojo furioso ante el clarísimo doble sentido de la frase.
—¿Cómo has dicho, muchacho? —susurra conteniéndose.
—¡Quiero decir… lo que le ha mandado el médico! —balbuceo, sudando de pronto—. Me refería a lo que haya ordenado el doctor, por supuesto… ¡Y usted, señor! ¡Lo que le ha dicho usted también!
Alice interrumpe la tensión con una sonrisa divertida, dándome un respiro mientras coge la maleta de cabina y se la entrega al comandante.
Se aguanta la risa; Sofía también. En cuanto Josh Edwards sale de la casa dándole un último beso a su hija, creo que vuelvo a respirar; hasta ese momento, solo había intentado aguantar el poco aire que me quedaba en los pulmones.
Alice se despide con la mano y, por fin, montamos en el coche de alquiler rumbo de nuevo a Palm Springs.
Los primeros minutos de travesía transcurren en silencio, al menos por mi parte.
Sofía mete la dirección en el GPS y conecta su teléfono al sistema de sonido, haciendo que se escuchen los primeros acordes de una canción de Sabrina Carpenter.
Luego nos incorporamos a la I-10; el tráfico matutino de Los Ángeles es denso, un mar interminable de furgonetas de reparto y todoterrenos que avanzan bajo la luz blanca de la mañana.
En cuanto dejamos atrás el nudo de autopistas y la carretera empieza a despejarse, noto por fin que las pulsaciones me bajan a un ritmo medio normal.
—Así que piensas encargarte de que haga todo lo que me pidas, ¿eh? —bromea ella, sin piedad—. ¿Y tiene usted algo en mente, profesor Bowman?
Yo cierro los ojos un momento, avergonzado.
—Tu padre me odia, ya está. Es un hecho, y no creo que vaya a poder cambiarlo, así que tendremos que asumirlo.
Ella se echa a reír. Y me da igual que su padre me haya acojonado, que me haya humillado o que haya pasado la mayor vergüenza de mi vida; escucharla reír así hace que merezca la pena absolutamente todo.
—No seas tonto, no te odia. Solo es que te ha conocido en dos circunstancias muy jodidas. Entiéndelo, por favor.
—No, si lo entiendo, pero… No sé, Sofía, la he cagado. Y tu padre impone mucho. Con ese uniforme de piloto...
—¿Sabes que estuvo a punto de renunciar por mí? —pregunta mirando hacia el infinito de la carretera—. A su carrera.
A nuestro alrededor, el paisaje urbano de la gran ciudad va disolviéndose poco a poco para dejar paso al desierto de Mojave.
Las colinas secas y achicharradas por el sol se extienden a ambos lados del asfalto, salpicadas de arbustos bajos y alguna que otra granja aislada bajo el cielo completamente despejado.
Yo la miro brevemente por el rabillo del ojo, pero no digo nada, dejándola que se tome su tiempo para contarme.
—Vivíamos en Boston, pero cuando enfermé nos mudamos aquí. En Los Ángeles estaba el mejor hospital pediátrico del país y el único especialista en Nefrología infantil que podía llevar mi caso. Mi padre no lo dudó un solo segundo: pidió el traslado en la aerolínea.
Noto que me mira de reojo y yo solo asiento en silencio, animándola a seguir.
—Mis riñones no funcionaban, me estaba quedando sin tiempo y el trasplante era mi única opción.
Mi madre no era compatible por un problema genético con su grupo sanguíneo, y mi padre se hizo las pruebas enseguida, a pesar de que eso suponía que las restricciones médicas le apartarían de la cabina y perdería su puesto como comandante. No podría seguir volando.
Hace una pausa larga y respira hondo, con las manos juntas sobre el regazo.
—Se hizo las pruebas de compatibilidad de inmediato, pero los resultados trajeron una sorpresa: las analíticas concluyeron que no era mi padre biológico. Aun así, se empeñó en seguir adelante para ver si todavía podía donarme un riñón. No le importó no ser mi… ya sabes.
Joder, esto no me lo esperaba y creo que se me nota en la cara. Sin embargo, prefiero morderme la lengua y dejar pasar unos segundos antes de intervenir.
—Bueno, por lo que he visto —comento en voz baja al cabo de un rato—, no creo que haga falta compartir sangre para ser el padre de alguien.
—Sí, lo sé —dice sonriendo con melancolía—.
Siguió viviendo con mi madre al principio, por mí, hasta que apareció un donante compatible y me hicieron el trasplante con éxito —continúa—.
Y luego se separaron de verdad. Mi madre se mudó a Brasil y mi padre luchó por la custodia compartida, pero entre dos países y sin ser mi padre biológico, las cosas se pusieron difíciles…
Bueno, la cuestión es que no pude venirme a vivir con él hasta el año pasado, cuando cumplí la mayoría de edad.
—Vaya, entonces… ¿no podías verlo?
—Claro que lo veía. Él escogió rutas internacionales fijas para poder volar a São Paulo dos veces al mes y estar conmigo.
Así que ya ves, primero estuvo a punto de renunciar a su carrera de piloto, y luego renunció a formar una familia por mí...
Hasta que conoció a Alice. Estuvo mucho tiempo solo porque no quería comprometerse con nadie por viajar a verme.
—Vaya —es lo único que me sale decir—. Es increíble, Sofía.
Me quedo en silencio, con las manos firmes en el volante, asimilando lo que acaba de contarme mientras la carretera se extiende recta hacia Palm Springs.
Falta poco más de una hora para llegar. El motor marca un zumbido constante y dejamos que la música ocupe el hueco entre los dos.
Al cabo de un rato, terminamos tarareando a la vez la misma canción que suena en la radio, dejándonos llevar por el ritmo mientras el paisaje seco desfila al otro lado de la ventanilla.
De vez en cuando nos miramos de reojo, compartiendo un segundo de tregua.
—¿Sabes? —dice ella de repente—. Mi padre es un tipo genial, Jacob. Solo dale tiempo para que vea lo que yo he visto en ti.
Me quedo un segundo paralizado, apretando el volante con más fuerza de la necesaria mientras las palabras se me quedan grabadas dentro.
¿Acaba de decir en voz alta lo que creo?
Intento mantener la compostura, pero la emoción me empuja por dentro y solo pienso en llegar al hotel, en cerrar la puerta de la habitación y demostrarle de verdad, sin reservas, que eso que dice haber visto en mí es exactamente lo que quiero poner por delante cada día.