Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 40
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MIS ALTOS ESTÁNDARES

SObrE LOS HOMbrES

Sofía

Cuando el margen de error se reduce a cero, la vida siempre encuentra la forma de recordarte que mandas muy poco. El doctor Harris me llamó hace unos días con el tono de quien lleva malas noticias en los guiones diarios: necesitan repetirme las pruebas.

Los niveles de creatinina salieron dentro del rango de seguridad, pero la biopsia ha arrojado un resultado no concluyente. Esa indefinición clínica donde cabe desde un rechazo del órgano trasplantado hasta algo mucho más grave como una complicación oncológica de fondo.

Para mí ha sido un golpe duro. Como si la vida se empeñara en no dejarme respirar del todo y me devolviera de nuevo a la casilla de salida.

Las cosas empezaban a encajar por fin: mi relación con Jacob consolidada, el rendimiento académico intacto y la paz con mi padre reestablecida después de unos meses de una tensión asfixiante.

Así que la llamada del doctor Harris nos ha roto los esquemas por completo. Ha bastado un resultado anómalo en las pruebas para descolocarlo todo de nuevo, y lo peor ha sido verlo flaquear a un mes de su boda.

Es un recordatorio brutal de la fragilidad de las cosas.

Nadie te prepara para ver quebrarse al hombre que ha sido tu medida del mundo, el listón invisible contra el que cualquiera salía perdiendo en la comparación.

Los meses de distanciamiento por culpa de Robert quedaron atrás, pero este revés nos devuelve al suelo de un manotazo.

Mi padre intenta mantener el tipo, pero conozco cada microgesto con el que disimula el miedo.

Jacob ha terminado su máster con una presentación brillante y sé que tiene el futuro asegurado. Además, cuando me presentó a su familia, me demostró con creces que lo nuestro va en serio y aunque la tensión con Robert estaba presente, me hicieron sentir parte de ellos.

Cuando terminamos la comida, me despedí para dejarle espacio con los suyos, pero esta mañana temprano ya me ha escrito con un plan sobre la mesa.

Le he dicho a Amber que necesito un tiempo a solas con él. He aguantado sus bromas intentando contener las lágrimas, pero en cuanto me ha visto la cara, ha comprendido que mi petición no era de las de «déjame la habitación para echar un polvo».

—¿Qué pasa, Sofía?

—No te preocupes, te lo contaré luego —le he dicho sin más.

A las doce en punto, Jacob aparece en el portal de la residencia. No hay saludos formales ni preguntas de cortesía; me arrastra hacia el interior con un beso urgente, con esa intensidad de quien da por sentado que el mundo se detiene a nuestro favor.

—Tengo una propuesta que hacerte —empieza a decir cuando por fin me concede aire, acorralándome con la mirada—.

Y antes de que pongas excusas con los exámenes, escúchame.

Nos vamos este fin de semana a Coachella, directos al concierto principal para desconectar de verdad.

A la vuelta, estaré pegado a ti repasando cada maldita vía de transducción de señales o los putos ciclos de transcripción hasta que te sepas el genoma entero de memoria.

Me muerdo el labio inferior, conteniendo el temblor que amenaza con delatarme mientras intento retener el último segundo de normalidad.

—Jacob, tenemos que hablar.

La expresión se le congela al instante. Es la cara exacta de quien sabe que esas cuatro palabras jamás preceden a una buena noticia.

Me aparto un poco de él, sobre todo porque necesito poner algo de distancia. Lo miro a los ojos. Está asustado; lo noto en la manera en la que se ajusta las gafas, en cómo su respiración se agita.

Y luego lo suelto todo. Le cuento la llamada del doctor y que necesito volver al hospital porque quieren repetir la biopsia, sin saber muy bien qué hay detrás de esa zona gris.

Lo siguiente es un batallón de preguntas que ni yo misma sé muy bien cómo contestar, y tampoco quiero pensar en ello.

Solo tengo una respuesta.

—Bésame, Jacob.

Y como si no existiera nada más en el mundo, lo hace.

Hay gestos que explican mucho más que cualquier discurso, y hay besos que expresan más amor que mil te quieros. Si podía albergar alguna duda sobre los sentimientos de Jacob, este momento me las despeja todas.

—De acuerdo, iré contigo al hospital —dice cuando nos separamos.

Aunque aprecio su ofrecimiento, no estoy dispuesta a ser esa persona enferma a la que todos miran con lástima.

Ya pasé por eso en mi infancia, atada a las sesiones de diálisis y a una máquina que marcaba cada segundo de mi vida, obligándome a renunciar a todo lo que hacían los demás críos.

No quiero ver el miedo en los ojos de las personas que quiero, ni tampoco en los míos propios.

No sé qué me deparará el futuro: si tendré que enfrentarme otra vez a la agónica espera de un donante compatible, si será algo peor o si todo se quedará en un simple ajuste de la medicación y en unas normas más estrictas con la alimentación.

Pero lo que tengo claro es que no puedo dejar que esto vuelva a condicionar mi vida.

—No, Jacob —le digo, mirándolo fijamente—. Iré con mi padre al hospital, pero una vez hecha la extracción ya no depende de mí. No voy a pasarme el fin de semana entero encerrada en la habitación dándole vueltas a algo que no puedo cambiar. Nos vamos a Coachella.