Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 39
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ENHORABUENA, JACOB

Jacob

El tiempo se escapa de las manos cuando eres realmente feliz, pero las horas se hacen eternas cuando no estoy con ella. Con Sofía.

Mientras me afeito, todavía alcanzo a ver la sombra amarillenta que queda del moratón en mi pómulo, un recordatorio constante del enfrentamiento surrealista que tuve con mi tío.

Atrás ha quedado el eco de nuestra pelea, y aunque no hayamos vuelto a hablar de ello, parece que hemos levantado un muro invisible entre nosotros que va a costar mucho derribar.

Pero hemos sabido mantener las formas como los profesionales que somos, trabajando codo con codo en mi máster.

Él me ha dado todas las instrucciones para continuar las prácticas del laboratorio y las clases que me ha tocado impartir.

Ninguno de los dos mencionamos el motivo de la disputa, que no fue otro que Sofía.

Pero yo no tengo otra cosa en cabeza. Sus besos, su cuerpo, su sola presencia me han cambiado por completo.

Su padre le permitió recuperar la rutina anterior a estar en el hospital; volvió a la residencia a los pocos días, con Amber, aunque la gran mayoría de las noches se ha quedado a dormir conmigo.

Hemos cocinado pasta mal hecha, salido de compras al terminar las prácticas y, el sábado pasado, tuvimos nuestra segunda cita oficial.

Nos habíamos esperado varios días, básicamente hasta que la hinchazón de mi ojo bajó lo suficiente para no llamar la atención.

Aun así, después de ver mi cara y la de Robert, no nos libramos de los cotilleos entre los alumnos del campus.

La cita fue tan sencilla como maravillosa.

Nos escapamos a cenar unos tacos en un local cerca de Culver City y después dimos un paseo largo y silencioso a la luz de la luna por los senderos arbolados de la zona de Westwood.

Terminamos de madrugada en mi apartamento, haciendo el amor hasta terminar agotados y quedarnos dormidos.

Hasta Chloe, mi vecina, me nota distinto.

—Esa chica que viene últimamente a tu piso… —me dice con una sonrisa pícara al cruzarnos en el descansillo—. Te tiene bien pillado, ¿eh?

Yo solo asiento y sonrío como un idiota.  Y, por lo visto, ahora también me da por canturrear por los pasillos.

Pero estos últimos días la presión por la defensa del máster me ha tenido al límite. Hoy, por fin, es el gran día. Toca exponer mi investigación sobre regulación epigenética y expresión génica ante el tribunal del departamento en el edificio Terasaki de la UCLA.

Mis padres y mi abuela Nana han viajado desde Utah para mi gran día. El que pone punto y final a mi vida académica. Ellos se alojan en un pequeño hotel que les he buscado en Westwood Village. En menos de dos horas nos veremos en el vestíbulo.

Me arreglo la camisa con calma y llego al campus mucho antes de que empiece a llegar el público.

Mi familia al completo me da el último repaso de rigor: mi padre me endereza la corbata, mi madre revisa mis hombros en busca de pelusas y arrugas invisibles y Nana se limita a mirarme, abrazarme y darme un suave apretón en el brazo que infunde toda la seguridad que necesito.

Mi tío Robert, impecable en su papel, me desliza un par de indicaciones técnicas de última hora antes de ocupar su sitio en la mesa del tribunal.

Levanto la vista hacia la primera fila del auditorio. Allí están mis alumnos de laboratorio: Arjun, Lily, Megan y Owen, que está sentado muy cerca de Amber. Y, a su lado, Sofía.

Está radiante, y su sonrisa es el único faro que necesito para no perderme en la inmensidad de esta locura.

La exposición ante el tribunal ha pasado casi sin darme cuenta, perdida entre diapositivas y preguntas técnicas de los profesores. Al final, los aplausos de rigor y el bullicio de las felicitaciones.

Las más sinceras han sido las de mis padres —mi madre con los ojos brillantes de la emoción y mi padre con una media sonrisa de orgullo— y la de Nana, que a pesar de su carácter firme no ha podido contener las lágrimas al abrazarme.

Las muestras de afecto de compañeros y conocidos de la universidad me han dejado algo abrumado; pero en realidad, a quien he buscado con la mirada todo el tiempo era a Sofía.

Se mantiene en un segundo plano junto a los demás, y en cuanto puedo me abro paso hacia ellos.

—No me he enterado de nada —dice Amber dándome una palmada en la espalda—, pero aquí los cerebritos dicen que has estado genial. Así que enhorabuena, Jacob.

Entre bromas y promesas de futuras celebraciones, los alumnos van felicitándome uno por uno hasta que el grupo se dispersa con disimulo, dejándonos solos a Sofía y a mí. Se acerca despacio y me regala una de esas sonrisas que me tiene completamente enamorado.

—Profesor Bowman, muchas felicidades. Enhorabuena.

En este preciso instante la cogería de la cintura como en una de esas películas clásicas para darle un beso inolvidable, pero antes necesito saldar otra cuenta pendiente.

—Quiero presentarte a mi familia. Ven.

La mano de Sofía encaja en la mía con total naturalidad. No me importan las miradas curiosas de los demás alumnos ni la tensión que todavía mantenemos Robert y yo; lo único real es el calor de sus dedos y el hecho de que por fin voy a ponerle nombre a lo nuestro. Al menos para mí mismo.

Al acercarnos, mis padres interrumpen su conversación y mi abuela alza la vista.

Justo al lado, con los brazos cruzados y una postura rígida, está mi tío.

Robert aprieta la mandíbula y desvía los ojos hacia el suelo del vestíbulo, tragando saliva con una incomodidad evidente, incapaz de sostenernos la mirada.

Respiro con profundidad, aprieto un segundo la mano de Sofía y rompo el silencio.

—Mamá, papá, Nana... Quiero presentaros a alguien —digo soltando el aire—. Ella es Sofía.

Ya está, nada más.

Mi madre abre mucho los ojos y mi padre le ofrece la mano como si fuera uno de sus clientes. Pero Nana, en cambio, sonríe por lo bajo y enseguida la coge del brazo, como si fuera una más en la familia.

—Bueno, entonces eso significa que seremos uno más para comer —dice para todos mientras Sofía se limita a encogerse de hombros con una sonrisa—.  Mucho mejor. Vamos, guapa.

—Bueno, yo mejor me voy, mañana tengo mucho trabajo en el laboratorio y… —se excusa torpemente mi tío separándose del grupo.

—¿Se puede saber qué coño estás diciendo, Robert? —le corta mi abuela—. Tú te vienes con nosotros a comer. Para eso está aquí toda la familia, ¿me oyes? Seguro que el microscopio no se va a ir a ninguna parte por un par de horas.

Robert baja la cabeza y se queda en silencio. Da igual que sea una eminencia en esta facultad o que maneje el laboratorio a su antojo; ante mi abuela —su madre—, se encoge y asume que no tiene escapatoria.

Aprovecho ese segundo para inclinarme hacia Sofía.

—Espera a conocer mejor a mi abuela —le digo al oído, buscando su complicidad—. Es la mejor de todos con diferencia.

—Sí, se nota que tiene carácter. Y ya veo qué tú has heredado eso.

Me lo tomo como un cumplido, y ese detalle hace todavía mejor un día que ya rozaba la perfección.

Caminamos apenas unas manzanas fuera del campus hasta Luigi’s, un italiano diminuto y acogedor en Westwood Village al que he venido tantas veces que los camareros ya me conocen.

En una mesa pequeña para seis. Con la bronca de Nana todavía resonando en el ambiente, mi tío parece soltar por fin la tensión acumulada. Menos mal que ya no quedan señales de la pelea en nuestros rostros; de lo contrario, a mi abuela no le habría hecho falta preguntar.

La comida pasa en un suspiro, devorada entre el murmullo de los platos y el interrogatorio metódico de Nana, que somete a Sofía a un repaso exhaustivo por sus estudios, su familia y casi todo su árbol genealógico.

Al final, hasta siento cierta compasión por mi tío; es evidente que está descubriendo facetas de ella que ignoraba por completo, y su incomodidad en la silla vuelve a medida que avanza el almuerzo.

Yo, en cambio, me quedo embobado viendo cómo mi familia cae rendida ante ella casi al mismo ritmo que yo.

Al terminar, Sofía se despide de todos con esa educación natural que la caracteriza, acaparando sin proponérselo toda la atención de la mesa hasta relegar mi tesis y el trabajo del proyecto NOVA a un plano secundario.

Después, apartados un segundo junto a la salida, se despide de mí con un roce rápido en los labios.

—Hablamos luego —me dice con una sonrisa.

Me quedo plantado viéndola marchar, con cara de tonto, hasta que noto la presencia de la abuela a mi espalda.

—Parece una gran chica —comenta observándola perderse entre la gente.

—Lo es, Nana. Lo es.

—¿Es por ella por lo que estáis así tu tío y tú?

La pregunta me pilla tan de imprevisto que me quedo en blanco, sin reflejos ni margen para improvisar una excusa.

—¿Qué? ¿Por qué dices eso? —le pregunto intentando disimular.

—Porque no soy tonta, no me he caído de un árbol y he visto cómo el idiota de mi hijo os miraba todo el rato. Como un cachorro perdido.

—Nana, es… complicado.

—Me lo puedo imaginar. Pero no quiero conflictos en la familia, y mucho menos tener que mediar entre mi hijo y mi único nieto.

Arregla lo que sea que os haya pasado, ¿de acuerdo?

—añade dándome un apretón firme en el brazo—.

Te lo pido a ti porque eres mucho más maduro que él. ¿Lo harás, Jacob? ¿Lo harás por mí?

Jamás podría negarle nada, menos aún cuando me mira con esa mezcla de súplica y franqueza. Tiene razón. Tendré que tragarme el orgullo y arreglar las cosas con mi tío Robert, porque Sofía ya forma parte de mi vida y voy a hacer lo imposible por mantenerla a mi lado.