Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 38
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TODO PRINCIPIO TIENE UN FINAL

Sofía

Si podía albergar alguna mínima duda de si quedaba algo de sentimiento hacia Robert, verle ayer entrar en el laboratorio las ha despejado todas.

Al menos en lo que respecta a un tipo de afecto que vaya más allá de la admiración que siento por su intelecto, por la mente brillante del biólogo reputado que siempre he sabido que es.

El resto, lo que durante tantos meses confundí con amor o con una atracción ciega, se ha desmoronado por completo.

En cambio, no puedo sacarme de la cabeza los besos de Jacob, ni el tacto de sus manos en mi cuerpo, ni el ancho de sus hombros o, joder, cualquier maldito detalle de él.

Por si fuera poco, en apenas unos días me ha demostrado un interés real.

Lo que Robert jamás me ofreció, ni siquiera cuando se suponía que éramos pareja.

Aunque la verdad es que lo que se dice «pareja», es algo que nunca fuimos. Al menos yo no lo fui para él; y ahora, recordando la conversación de esos chicos en el césped del campus llamándome «la nueva putita de Mitchell», comprendo el tamaño exacto de la humillación.

Así que hoy, viernes, cruzo las puertas de la facultad con otra perspectiva. En cuanto vea a Jacob, sé que todo va a ser diferente.

Pero ni Robert ni Jacob aparecen. Nos imparte la clase de Biología Molecular el profesor Kaufman, y a mitad de la mañana llega un aviso general al grupo confirmando que las prácticas quedan suspendidas hasta el lunes.

Saco el móvil y tecleo un mensaje rápido para Jacob:

¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?

Me contesta a los pocos segundos, lo que es una muy buena señal, hasta que leo su respuesta:

Sí. Nos vemos el lunes. Tranquila

¿Qué pasa exactamente cuando un hombre te pide que estés «tranquila»?

Exacto: produce el efecto contrario.

Así que paso por alto su respuesta, le insisto en que tenemos que hablar —tal y como él mismo me pidió ayer— y lo obligo a darme la dirección de su apartamento.

Vive en una zona residencial de Palms. Pido un Uber que me deja frente a un bloque de ladrillo visto bastante austero, y cuando marco el número en el telefonillo, su voz al descolgar suena seca y distante. Eso no contribuye en nada a que me quede «tranquila».

No sé qué demonios ha podido ocurrir de un día a otro, pero ahora que estoy dispuesta a dar yo un paso adelante, él parece querer poner distancia.

Cuando abre la puerta, mantiene la cabeza gacha, los ojos fijos en el felpudo.

—Hola —digo con cautela—. ¿Cómo estás?

Entonces levanta la vista y lo entiendo todo.

Tiene el pómulo izquierdo ligeramente hinchado y un morado feo que empieza a extenderse hacia debajo del ojo. La piel de alrededor está enrojecida y hay una pequeña mancha oscura justo en el centro del hueso.

—Pero… ¿Qué te ha pasado? —exclamo, acercándome a él y alargando los dedos hacia su cara, aunque sin atreverme a tocarlo—. ¿Has tenido un accidente?

—No, Sofía. No tiene importancia. Tranquila. Pasa.

No me da margen para analizar el recibidor ni el resto de su casa. Me guía deprisa hacia un salón estrecho y ordenado, invitándome a tomar asiento en el sofá que preside la estancia.

—¿Quieres beber algo? —pregunta.

No estoy para cortesías ni bebidas, así que no me digno ni a contestarle. Solo lo miro, intentando comprender qué coño ha pasado.

—Jacob, por favor. ¿Tú te has visto la cara?

Él va directo a la cocina, saca un par de botellas de agua de la nevera y me tiende una antes de sentarse a mi lado. A esta distancia, el daño es todavía más evidente; no es una lesión importante, pero le va a latir la cara durante días.

—¿Tan mal estoy? —suelta, forzando una sonrisa—. Entonces… ¿ya no te gusto?

Entrecierro los ojos, pillando de inmediato su maniobra de distracción.

—¿Te han pegado? Dime quién te ha hecho eso —exijo.

Pero él no tiene ninguna intención de compartir conmigo esa información y sigue jugando a desviar la atención.

—¿Te he dicho alguna vez que eres preciosa?

—No lo sé —le respondo perdiendo la paciencia—. ¿Ahora puedes decirme qué coño te ha pasado?

—Claro. Verás —dice calmado. Luego bebe agua como preparándose para hacer una exposición—.

Conocí a una chica. Es de esas personas que no pasan desapercibidas, ¿sabes?

Tiene unos ojos que parecen saber siempre mucho más de lo que dicen.

Es preciosa, sí. Jodidamente sexy . Pero eso es lo primero que ves y, probablemente, lo último que debería importarte.

Porque entonces empieza a hablar. Y ahí es cuando estás perdido.

Se toma su tiempo, mirándome para evaluar mis reacciones. Me está esquivando el tema, pero no puedo evitar que se me escape una sonrisa al comprender que está hablando de mí. Yo me limito a negar con la cabeza y él me coge una mano y continúa.

—Es brillante. Inteligente de verdad. De las que no necesitan demostrar que son las más listas de la habitación porque, cuando abre la boca, todos terminan escuchándola. Tiene una determinación que a veces me desespera y una forma de perseguir lo que quiere que me deja sin palabras.

Él mueve su mano para subirla por mi brazo hasta acariciar mi pelo y luego mi cara. Es delicado, tierno, pero también es jodidamente excitante. La forma en que me mira, esa intensidad que hace que parezca que no existe nada más en este mundo. Que nada parece importarle más que yo.

—Pero lo que más me gusta de ella no es nada de eso —continúa—.

Es su forma de mirar a los demás. Porque siempre encuentra una manera de ayudar.

Incluso cuando el resto no le corresponde.

Incluso cuando sería mucho más fácil darse la vuelta y seguir con su vida.

Tiene algo dentro que la hace generosa, y no duda en dar una segunda oportunidad, en ver lo bueno donde otros ya han decidido que no existe.

Yo empiezo a emocionarme de verdad. Nunca nadie ha hablado de mí así. Al menos nadie me lo ha dicho a la cara.

—Y luego está su sonrisa —dice mirándome a la boca—¡Dios! Cuando sonríe de verdad, siento que podría pasarme la vida entera intentando ser la razón de esa sonrisa. Es preciosa, inteligente. Es fuerte y decidida. Pero, sobre todo, es buena, y por eso estoy enamorado de ella.

Me quedo mirándolo, procesando cada palabra de su declaración.

Me humedezco los labios, bajo la vista hacia su boca y, sin apartar los ojos de los suyos, me muevo para sentarme con las piernas abiertas sobre su regazo, alzando apenas el dobladillo del vestido lo justo para quedar bien colocada encima de él.

—¿Te duele? —le pregunto en un susurro.

—No puedo sentir dolor cuando estás aquí —contesta en voz baja.

Él solo apoya las manos en mis muslos, aferrándose a mi piel con firmeza mientras me acerco.

Lo beso con cuidado, despacio, saboreando el momento, pero la pausa dura muy poco.

No puedo evitarlo, la boca se me abre, mi lengua busca la suya sin poder controlarla.

Y el beso deja de ser tierno cuando noto sus manos apretar mis muslos y su erección contra mis bragas.

Me separo apenas unos milímetros, rozando sus labios con los míos, y me quito el vestido, arrojándolo a un lado.

—De acuerdo. Mucho —le digo.

Él busca de nuevo mis besos, confuso y excitado a la vez.

—¿Mucho qué? —pregunta en mi cuello.

—Antes me has preguntado si ya no me gustabas —respondo, dándole más acceso—. Y te contesto: me gustas mucho, demasiado. Y voy a demostrártelo ahora mismo.

Él gime en mi clavícula, y yo me desabrocho el sujetador. En segundos estoy desnuda encima de él, moviéndome. Y joder, creo que hasta podría correrme así, sin quitarme ni las bragas.

Entonces él me sujeta del culo. Se levanta, conmigo encima, sin parar de besarnos, y me lleva a la habitación.

La tarde ha caído, el piso está casi en penumbra. Solo entran los últimos rayos de luz de un nuevo atardecer en Los Ángeles.

Me conduce hasta la cama de la misma forma que lo hizo en Palm Springs. Andando por el apartamento, conmigo abrazada a su cintura. Mis piernas rodeándolo y besando con cuidado sus labios.

Me deja sobre el colchón y se desnuda. El deseo en sus ojos me deja sin respiración, y mucho más cuando me quita las bragas y me abre las piernas para colocarse entre ellas.

Abre el cajón a su izquierda, y se pone un condón mientras no deja de mirarme. No hablamos, no hay bromas como la otra vez. Solo ese gesto que yo observo con la piel ardiendo de ganas.

No me hace falta tocarme para saber que estoy completamente mojada, pero él parece querer comprobarlo. Así que baja su mano y me acaricia, me explora, y me mete los dedos mientras se le escapa un gemido.

—Joder, Sofía.

Como si ese gesto hubiera terminado de encenderlo, baja y empieza a follarme. Y es el mejor sexo que he tenido en mi vida.

No solo por lo excitante del momento. Es por la seguridad con la que Jacob me embiste, fuerte y brusco, pero extrañamente delicado a la vez.

Nunca habría imaginado que tantas contradicciones cupieran en un mismo cuerpo, en una misma forma de hacer el amor.

Me siento deseada y, al mismo tiempo, protegida.

Y cuando terminamos, completamente deshechos y exhaustos contra las sábanas, me siento querida.

Nos quedamos unos minutos abrazados. Todavía sigo dándole vueltas a su confesión, sin creérmelo del todo. Tengo muchas preguntas que hacerle, necesito saber más de lo que me ha dicho y, sobre todo, no se me olvida el golpe que lleva en la cara.

Me recuesto contra su pecho, sintiendo el ritmo lento de su respiración, mientras en mi cabeza las piezas empiezan a encajar. Tengo una ligera sospecha de lo que ha pasado. Solo tengo que comprobarlo.

—Jacob —susurro mientras rozo con los dedos la línea de su clavícula—. Tengo que irme a casa. Mi padre se preocupará si tardo en volver.

—Claro, lo entiendo —me contesta, apartando con suavidad un mechón de mi cara mientras se incorpora conmigo—. Te acompaño.

—No, no —lo paro, apoyando una mano firme en su hombro desnudo—. No hace falta, de verdad. Cogeré un Uber.

Él me mira un instante, evaluándome antes de ceder.

—¿Seguro?

—Claro, vamos hablando, ¿de acuerdo? —le dedico una media sonrisa mientras empiezo a buscar la ropa desperdigada por todos lados.

—Sí, escríbeme en cuanto llegues.

Pero no voy directa a casa. El apartamento de Robert queda a unos diez minutos a pie, y me planto en su puerta en ese mismo tiempo. Llamo y, cuando me identifico me invita a subir con un tono de sorpresa en su voz.

En cuanto entro y veo su rostro, todas mis sospechas se convierten en certezas. Robert tiene el labio hinchado y partido, y un fuerte hematoma en la mejilla.

Niego con la cabeza y avanzo hacia el interior de la vivienda que tantas veces he recorrido sin pedir permiso. Me cruzo de brazos y me giro para encararlo.

—¿En serio, Robert? —le suelto—. No me lo puedo creer.

—¿Eso es lo primero que vas a decirme? Ni siquiera me contaste que habías estado en el hospital —replica con rencor—. Y encima ni te sorprendes de verme así. Tenía razón: estás con Jacob.

Tomo aire, conteniendo el impulso de saltar.

—Mira, para empezar, tú y yo rompimos oficialmente hace semanas. ¿Pero sabes qué? Tú rompiste conmigo mucho antes. Cuando olvidaste mi cumpleaños o cuando te burlaste de mí por querer celebrar San Valentín.

—Yo no me burlé —protesta, a la defensiva—. Es solo que yo… no…

—Da igual, Robert. No salimos ni una sola vez. Lo nuestro nunca funcionó, no lo hizo en ningún momento.

Empiezo a calmarme al verlo así, herido y derrotado. No se parece en nada al hombre que provocaba en mí esa admiración. Lo veo más pequeño e insignificante. No busco hacerle daño, pero necesito dejar las cosas claras.

—Robert, esto no es ningún triángulo amoroso, ¿entiendes? No lo estoy eligiendo a él por encima de ti. Ni siquiera hay elección posible. Así que, por favor, no lo tomes como que te he dejado a ti por él.

—Pero lo has hecho —dice, sentándose en el sofá, resignado.

—No. Esa es una percepción tuya. Lo nuestro terminó antes incluso de arrancar, porque tú lo dejaste anclado en un limbo que no iba a ninguna parte.

Y yo me di cuenta de que no eres lo que quiero para mí.

Te admiro, eres mi referente, pero no estoy enamorada de ti —le digo, manteniendo la voz firme—.

Y, en el fondo, tú tampoco lo estabas de mí.

—Eso no es cierto —me interrumpe, incorporándose a medias—. Lo que pasa es que yo…

No llega a terminar la frase, y no sé si es porque carece de argumentos o porque ni siquiera sabe lo que sentía realmente. Pero a estas alturas eso ya me da igual.

—Lo siento, Robert. Solo he venido para decírtelo en persona y porque tenemos que coincidir prácticamente en todo. Eres mi profesor, el director del laboratorio y, además, eres familia de Jacob —concluyo, buscando la salida con la mirada—. Al menos, intentemos respetarnos.

No le doy oportunidad a la réplica. Me doy media vuelta y salgo del apartamento, respirando el aire fresco del atardecer de Los Ángeles y sintiéndome, de una manera extraña, libre y, sobre todo, feliz.