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BIENVENIDA, SOFÍA
Jacob
Nunca habría imaginado que, tras los primeros meses en los que el grupo no hacía más que criticar a Sofía, ahora fueran a esperar su vuelta casi con más ganas que yo.
Digo casi , porque mi alegría es imposible de superar.
Después del susto y de la preocupación por su salud, saber que no iba a requerir un nuevo trasplante y que en unos días le darían el alta fue la mejor noticia que había recibido en… ni me acuerdo.
En toda mi vida.
Así que no me cabe en el pecho la satisfacción al comprobar que hoy mismo se ha reincorporado a las clases y, en cuestión de minutos, a las prácticas.
Lily y Megan han montado toda la logística del recibimiento como si estuvieran decorando una revista de diseño; Arjun y Owen solo han tenido que poner el dinero y hacer de peones colgando el cartel de bienvenida que ahora domina una de las paredes del laboratorio, bajo la supervisión implacable de las chicas.
A las cuatro, puntual como siempre, Sofía cruza la puerta.
El corazón me da un vuelco, de esos que te dejan sin aire. Primero, porque aparece con una sonrisa amplia y luminosa y, aunque todavía arrastra unas buenas ojeras, está radiante, preciosa y, joder… Estoy completamente enamorado de esta chica.
Todos corren a abrazarla. Ella, encogiéndose de hombros con esa timidez suya que derretiría hasta el mismísimo decano, intenta restarle importancia.
—Vamos, chicos, solo he estado cuatro días en el hospital —dice quitándole gravedad al asunto—. Sois unos exagerados de verdad…. pero muchas gracias.
Luego deposita al doctor Osito encima de mi mesa, me dedica una mirada traviesa con un guiño y nos ponemos manos a la obra.
Estos dos días sin verla se me han hecho eternos y, aunque hemos estado pegados al móvil a todas horas, el chat de una pantalla sabe a poco cuando lo único que quiero es tenerla delante.
Con la maquinaria del laboratorio otra vez en marcha, me toca ser paciente y esperar.
Pero es superior a mí; como si un imán me tirara de los pies, a la primera de cambio me desvío hacia su mesa.
Los demás sonríen, pero a diferencia del último día en Palm Springs, no sueltan ni una broma, ni un comentario fuera de lugar; hasta diría que desvían la vista a propósito para concedernos un poco de intimidad.
—¿Crees que podríamos quedar después de las prácticas? —le susurro al oído.
—Mi padre está un poco pesado. Quiere que al menos me quede con él en casa toda la semana, ¿sabes? —responde con una mueca de resignación—. De hecho, vendrá a recogerme en cuanto salgamos.
—Lo entiendo perfectamente.
Y es verdad, lo entiendo, pero la respuesta me deja helado. Ella capta al vuelo mi decepción y se apresura a justificarse:
—Tengo que hacer verdaderos méritos para demostrarle que vuelvo a ser su hija responsable —me explica—. Eso o mi madre me arrastrará de vuelta a São Paulo.
La simple mención de Brasil y la sombra de su madre hace que se me caiga el alma a los pies.
—Es lógico. Pero ya sabes… —insisto con suavidad—. Me gustaría hablar contigo.
—¿Solo hablar, profesor Jacob?
La pregunta me deja sin habla y si no fuera porque estamos en medio del laboratorio y delante del resto del grupo, iba a demostrarle todo lo que quiero hacer.
Porque claro que quiero hablar; quiero ponerle palabras a lo que somos y a lo que pasó en Palm Springs.
Nada trascendental. Solo averiguar si acepta una segunda cita, otro almuerzo sin prisas o una cena.
Quizás un paseo por el muelle de Santa Monica, y que acepte ser mi esposa y la madre de mis hijos.
Poca cosa…
Respiro hondo, conteniéndome antes de hacer el imbécil, y me obligo a levantar la vista.
En ese preciso instante, Robert cruza la puerta del laboratorio.
Regresó de su viaje a Seattle hace un par de días y, durante esta semana, me ha estado mandando correos con instrucciones, pero entre el papeleo asfixiante con el decano y el encontronazo que tuvo que resolver antes de las vacaciones con los asistentes, no le ha dejado tiempo de venir aquí.
Nada más poner un pie dentro, sus ojos van directos a nosotros, demasiado juntos y aislados del resto del grupo. Se le tuerce el gesto, nos sostiene la mirada un segundo y después la desvía hacia la pancarta de la pared, con cara de no entender qué está pasando.
—Hola, chicos —anuncia dirigiéndose al grupo—. Espero que hayáis disfrutado de las vacaciones de primavera. El último tramo del curso va a ser el más duro, pero os compensaré el esfuerzo.
Los chicos aplauden, pero mi tío ni se inmuta. No hay ni rastro de sonrisa. Nos mira un instante más de la cuenta antes de hablarme directamente, con la voz baja y cortante:
—Jacob, pásate por mi despacho en cuanto terminéis.
Me despido del grupo con el corazón dividido. Por una parte, no quiero alejarme de Sofía mientras que, por otra, la curiosidad puede más. Esa forma de hablarme de mi tío y la mirada que nos ha dedicado sé que no auguran nada bueno.
En cuanto entro en su despacho lo encuentro de pie y de espaldas, mirando a una pizarra. Se gira y me observa en silencio.
—¿Qué ha pasado ahí?
—¿A qué te refieres? ¿A la pancarta?
—¿A qué ha venido eso? —insiste— ¿Por qué le dais la bienvenida a Sofía?
—Ya sabes —le contesto con la misma frialdad con la que parece estar interrogándome—. Acaba de salir del hospital.
Por la forma de mirarme, sé que no tenía ni idea, y no me extraña en absoluto.
—¿Te la estás tirando, Jacob? ¿Es eso? —Sale de detrás de la mesa y se pone frente a mí—. ¿Me estás intentando levantar a mi chica?
—En serio, tío. ¿Te oyes cuando hablas? Acabo de decirte que Sofía ha salido del hospital y lo primero que me preguntas es eso.
—Contéstame, Jacob. ¿Te estás follando a mi chica?
Podría esperarme algún tipo de pregunta así, quizás un ataque de celos cuando se enterara de que Sofía y yo teníamos algo, pero lo que no me hubiera esperado en la vida es que mi tío, el hermano pequeño de mi madre, mi mentor, mi tutor de máster y la persona por la que decidí dedicarme a esto, me coja de la bata y me zarandee exigiéndome una respuesta.
—¡Suéltame! —le contesto apartando sus manos con un movimiento rápido—. No te atrevas a tocarme. ¿Se puede saber qué coño te pasa?
Nos miramos. Él da un paso atrás al darse cuenta de su reacción exagerada y yo me quedo en el sitio, retándole y dejando claro que no pienso achantarme.
—¿Por qué ha estado en el hospital? —pregunta al fin.
Parece estar más calmado, o al menos se ha dado cuenta de que ha descuidado una cuestión importante: el ingreso de Sofía en el hospital, del que él no tenía ni idea.
—Amber la llevó cuando no se despertaba.
—¿Amber?
—Joder, ¿es que no sabes nada de su vida? Amber es su compañera en la residencia.
Mi tío se calla y mantiene la mirada en el suelo.
—¿Sabías acaso que Sofía se tuvo que someter a un trasplante de riñón y que estuvo a punto de morir de niña?
—No. —dice mirándome esta vez—. No lo sabía.
—¿Te preocupas lo más mínimo por alguien aparte de ti mismo?
—Deja ese puto tonito, Jacob. No te permito que me hables así. Yo lucho cada día por intentar mejorar la vida de los demás. ¡Así que no te atrevas!
—Sí, tío Robert. Sé que eres el gran científico que lucha por los enfermos de cáncer.
Y eso es encomiable. ¿Pero qué hay de la gente que está a tu lado?
¿Qué hay de Sofía? ¿De las personas que te han querido todo este tiempo?
Está muy bien intentar ayudar a los demás, pero a veces descuidas a los que tienes cerca.
—Eres un niñato. No tienes ni puta idea.
—Solo tengo 24 años —le digo con desprecio—. Pero soy bastante más maduro que tú con más de cuarenta.
—Dime qué tienes con Sofía —me exige.
—No sé si tengo algo o no. Lo que sí sé es que yo la trato mucho mejor de lo que tú serías capaz. Asume que la has perdido por tu culpa. Por tus actos y por lo que has hecho tú. No por nadie más.
El empujón me llega sin previo aviso, mandándome contra la esquina de la mesa y haciendo que los archivadores caigan al suelo.
Antes de que me dé tiempo a recomponerme, el primer puñetazo me estalla directo en el pómulo.
El impacto me duele más por lo inesperado que por el golpe en sí mismo.
Me arrastra hacia atrás hasta que mi espalda da contra la estantería de los manuales de Biología, que se tambalea.
—¡¿Te crees con derecho a darme lecciones?!
Mi tío se abalanza sobre mí y me agarra de las solapas de la bata, sacudiéndome de nuevo antes de soltar otro golpe en la boca del estómago.
De pronto noto que me falta el aire y el pómulo me late con fuerza.
No soy un experto en peleas; de hecho, nunca me he pegado con nadie, pero hasta yo sé que tendré un buen moratón mañana en la cara.
Pero el dolor no es lo peor de todo esto.
Es la sorpresa, el desconcierto y la incredulidad de estar peleándome con mi tío por una chica.
Esto es surrealista.
Me aparto de un manotazo y le empujo con todas mis fuerzas hasta hacerlo retroceder.
Robert tropieza con la alfombra del despacho y cae contra las sillas de lona.
Y aunque no me haya peleado nunca, tengo muy claro que me bastaría un par de puñetazos para dejarlo KO.
Mi tío no se caracteriza ni por su fuerza ni por su envergadura, aunque reconozco que el golpe que me ha dado en el pómulo ha sido de todo menos débil.
—¡¿Estás loco o qué te pasa, joder?! —le grito, poniendo distancia con él.
Pero no parece atender a razones. Vuelve a abalanzarse sobre mí y tengo que esquivar un puñetazo que iba directo a mi cara.
—¿Quieres parar de una vez? —le pido entre gritos—. ¿No ves que esto es una locura?
Pero no parece tener intención de detenerse, y cuando vuelve a la carga, suelto el brazo y mis nudillos dan de pleno en su mandíbula, haciéndolo retroceder y caer de espaldas sobre el suelo.
La mano me cruje y siento los nudillos palpitar después del golpe. Él se queda ahí tirado, inmóvil, con la boca abierta y el orgullo herido.
Me quedo mirándome los nudillos rojos mientras la rabia se desinfla de golpe, dejando paso a un desconcierto absoluto; sigo sin entender en qué momento he pasado de celebrar que Sofía está fuera del hospital a estar a puñetazos con mi propio tío en su despacho.