Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 36
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MAMÁ JULIANA

Sofía

Abro los ojos y lo primero que noto es el olor característico del hospital, el zumbido constante del monitor y el peso de las vías en los brazos. Es mi segundo día en esta habitación. Me duele el cuerpo, me noto cansada, pero, sobre todo, aburrida.

Mi padre está sentado junto a la cama, con los codos apoyados en las rodillas. En cuanto me nota despierta, se levanta, se acerca y me besa con ternura en la frente.

—Hola, preciosa. ¿Cómo te encuentras?

—Mejor, papá. ¿Qué hora es? —pregunto, desconcertada.

Él mira su reloj, ese cronógrafo de aviador que lleva siempre en la muñeca, lo mismo da que vista el uniforme de piloto que la ropa de calle.

—Son casi las once. Has dormido bastante.

En ese momento, Alice entra en la habitación con dos cafés de la máquina del pasillo. Le tiende uno a mi padre y se acerca a mí para darme otro beso.

—Qué bien que estés despierta —dice—. Ha venido tu amiga Amber y ese chico tan guapo... ¿Cómo se llamaba? ¿Jacob?

Mierda. Me incorporo de golpe en la cama, intentando recolocarme el pelo mientras busco un espejo que brilla por su ausencia.

—¿Están… fuera?

—Están en la cafetería, esperando. Le he dicho a tu amiga que todavía dormías. ¿Les digo que suban?

—¡No! —exclamo—. Joder, mira qué pinta tengo.

Mi padre sigue serio, callado y con el ceño fruncido. Pero Alice, la muy cabrona, sonríe antes de sacar un neceser, un cepillo y un espejo de su bolso.

—Tómate tu tiempo, cariño.

Mi padre resopla con fastidio, coge el móvil y sale al pasillo.

—Gracias, Alice —le digo en voz baja cuando consigo adecentar un poco el desastre de mi cara—. Y, por favor… habla con él.

—¡Eh! Recuerda lo que te dije —me interrumpe señalándome con el dedo—. No me metas por medio, Sofía. Ahora voy a decirle a tus amigos que pueden subir.

Solo unos minutos después, la puerta se abre y aparece Amber cargando un ramo enorme de flores silvestres, cortesía de todos los del laboratorio.

Detrás de ella viene Jacob. Trae una bolsa de papel y, asomando por encima, un osito de peluche ridículo vestido con una bata blanca diminuta y unas gafas de laboratorio que le quedan grandes.

Una sonrisa me inunda la cara entera.

—Dios mío, ¿qué es eso? —les pregunto.

—Es el doctor Osito —dice Jacob, intentando mantener la compostura mientras deja el peluche en la mesilla—. El equipo al completo te manda esto. Y dicen que, como no vuelvas pronto, van a quemar los cultivos.

Amber deja el ramo con cuidado en el soporte y se me acerca para darme un beso suave en la frente, con los ojos todavía algo enrojecidos.

—Menudo susto me diste, tonta.

—Lo siento.

Jacob apenas habla. Amber, en cambio, enciende su habitual e infatigable motor de palabras —su vía de escape cuando está nerviosa— y me pone al día de todo.

El tiempo vuela; son cerca de las doce y llevan más de media hora conmigo cuando la puerta se abre de nuevo.

Mi padre entra acompañando a la enfermera, que nos avisa de que el médico está haciendo la ronda y las visitas deben terminar.

Amber me abraza y Jacob, claramente cohibido, solo se despide con una seña rápida de la mano mientras mi padre lo atraviesa con una mirada densa y hostil que no alcanzo a comprender.

No llegan ni a salir del todo cuando la puerta se vuelve a abrir de golpe. Juliana Sousa, mi madre, entra como un huracán en la habitación y, por la cara que trae, sé que volveré a tener otro sermón.

—Sofía Edwards Sousa —exclama, marcando cada apellido con su inconfundible acento brasileño—. ¿Cómo se te ocurre darme este susto?

A continuación, suelta una retahíla de reproches en portugués que solo mi madre y yo entendemos a la perfección. Mi padre se queda a su lado, con las manos en los bolsillos, esperando en silencio a que las muestras de afecto y las recriminaciones cesen de una vez.

Ellos no se llevan mal —básicamente porque apenas hablan y cada uno vive en un país diferente—, pero tampoco bien. Fuera de lo que me concierne a mí, su relación es casi inexistente. En ese momento, Alice vuelve a entrar en la habitación y la escena adquiere un tinte esperpéntico.

Como buena brasileña y fiel a su estilo, mi madre la recorre con la mirada de arriba a abajo. Aunque la conoce de sobra por las fotos, decide fingir amnesia y así dejarle caer su primer dardo sobre los años que la separan de Josh.

—Hola, chica… ¿Tú quién eres? ¿Una de las amigas de mi hija? —suelta con ironía, aunque sepa perfectamente quién es.

—¡Mamá! —le recrimino enseguida—. Es Alice.

—Ah, perdón —dice haciendo un gesto de desinterés que sé que es del todo fingido.

Mi padre cierra los ojos conteniéndose. Aunque la diferencia de edad no sea una exageración, Alice conserva ese aire de eterna universitaria, juvenil y desenfadado; y sé que, por mucho que hace años que mis padres no sienten nada el uno por el otro, a mi madre le pica que sea tan joven y tan guapa.

Pero Alice es imprevisiblemente elegante y, lejos de venirse abajo o mostrarse incómoda, avanza hacia ella con una seguridad aplastante.

—Tú debes de ser Juliana, la madre de Sofía —le dice, tendiéndole la mano con firmeza—. Encantada de conocerte al fin.

—Sí, sí… —contesta mi madre, estrechándosela de forma educada pero seca—. Igualmente. Pero vamos a lo importante. ¿Qué ha pasado aquí? ¿Alguien puede informarme, por favor?

A grandes rasgos, mi padre le resume lo sucedido mientras yo agacho la cabeza, esquivando a propósito su inevitable mirada de recriminación.

—Sofía Edwards Sousa —recalca de nuevo, usando mi nombre completo—. No me cabe en la cabeza que hayas jugado así con tu salud y con tu vida.

Yo asiento, resignada porque tiene toda la razón.

Pero antes de que pueda replicar, la puerta se abre de nuevo.

Entra el doctor Harris, seguido esta vez por un residente diferente y con la tablet en la mano.

Al vernos, me dedica una sonrisa tranquila.

Mi madre se queda inmóvil entre Alice y Josh, con los dedos entrelazados con fuerza a la espalda, mientras mi padre aprieta la mandíbula y guarda silencio.

—Buenos días, familia. Vengo con novedades que os van a quitar un buen peso de encima —comienza el doctor Harris, repasando la pantalla antes de centrarse en mí—.

Las analíticas de las últimas horas muestran una bajada clara de la creatinina y los valores de función renal se están estabilizando por completo.

El riñón ha respondido bien a la rehidratación y al ajuste del tratamiento, y todo apunta a que el episodio agudo se ha revertido.

Así que, si sigues evolucionando a este ritmo, en un par de días podrás recibir el alta y volver a casa a hacer vida normal.

El médico hace una pausa breve, levantando ligeramente el dedo índice antes de adoptar un tono más severo:

—Con vida normal me refiero estrictamente a la de una persona trasplantada.

Sé que a tu edad eso cuesta asimilarlo, pero tienes que empezar a medir las consecuencias, Sofía.

Los excesos, el alcohol y saltarte la medicación no son negociables.

Esta vez has tenido suerte y el injerto ha aguantado, pero la próxima puede que no sea así.

Hoy mismo repetiremos analíticas y una placa para confirmar que los valores se estabilizan, y las próximas semanas tendrás que venir al hospital para controles estrictos y seguimiento continuo. Tienes que cuidarlo. ¿Ha quedado claro?

—Sí, doctor —murmuro, notando cómo, de golpe, el calor me quema la piel.

Mi padre cierra los ojos y al fin expulsa el aire. Creo que ha aguantado la respiración durante toda la explicación del doctor Harris. Mi madre, en cambio, tarda exactamente dos segundos en recuperarse del susto y empezar a trazar planes.

—Quizás debería llevármela a Brasil para que se recupere en condiciones, ¿qué le parece, doctor?