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NO NOS PONGAMOS EN LO PEOR
Jacob
Son las nueve y media pasadas y todos estamos ya en el laboratorio, menos Sofía. Al principio no le doy importancia; ayer no se encontraba bien y supongo que habrá preferido descansar en la residencia. Aun así, compruebo el teléfono por si me ha escrito.
Me he pasado la noche en vela dándole vueltas a lo nuestro, si es que tiene algún nombre.
¿Existe siquiera un «nosotros»? ¿Significó para ella lo mismo que lleva horas latiéndome en el pecho?
No sé si solo he sido un desahogo, un simple rebote o si la conexión que sentí fue mutua, pero necesito ver su reacción al reencontrarnos aquí, en el mismo espacio donde nos conocimos.
Vuelvo a mirar la pantalla. Nada. Le he mandado varios mensajes sin respuesta, y a las diez en punto, cansado de esperar, le escribo a Amber:
Oye, ¿cómo está Sofía? Dime algo, por favor. No contesta.
El teléfono vibra en mi mano pocos minutos después:
Perdona, Jacob, tenía el móvil sin batería. Estamos en el hospital. Han ingresado a Sofía.
Una avalancha de preguntas me viene de golpe. ¿Ingresada? ¿Qué coño pasa?
Debo de tener el rostro desencajado, porque el resto del equipo deja lo que está haciendo y me mira en silencio, pero yo solo acierto a comunicarles lo que Amber me ha dicho: que Sofía está en el hospital.
Tecleo rápido y nervioso en el móvil, ignorando las preguntas del resto.
¿En qué hospital? ¡Amber, dime dónde!
La réplica llega enseguida:
En el Ronald Reagan.
Me quedo paralizado unos segundos, intentando asimilar la poca información y evaluando las posibilidades.
Tengo que supervisar el laboratorio, pero mi mente está demasiado lejos.
Después explico la situación al equipo y ellos mismos me dan la solución: nos ponemos a dejarlo todo atado antes de marcharme.
Revisamos las muestras, sellamos los cultivos y dejamos por escrito las tareas pendientes para que el laboratorio pueda seguir funcionando sin nuestra supervisión.
—Quédate tranquilo y vete, Jacob —dice Megan—. Nosotros terminamos de recoger esto y nos avisas luego si hay novedades.
Durante el trayecto, Amber intenta mantenerme al tanto, pero la avalancha de mensajes inconexos solo consigue agudizar la angustia:
Sonó el despertador y no se movía. Anoche vomitó, pero pensamos que era un virus estomacal. No, Jacob, no he podido hablar con ella, estaba inconsciente. Tuve que llamar a una ambulancia. Perdón por avisar tan tarde, se me había muerto la batería.
No aporta ningún diagnóstico ni ha podido hablar con los médicos. El último mensaje termina de descolocarme:
Jacob, Sofía sigue inconsciente. Solo me dio tiempo a avisar a su padre y ya está con ella.
Cuando llego al hospital, pregunto en recepción y subo directamente a la planta. Encuentro a Amber en la sala de espera, con los ojos enrojecidos. Pasamos los minutos caminando de un lado a otro, intentando sin éxito averiguar algo en el mostrador.
Al cabo de casi una hora, una chica joven se acerca a abrazar a Amber y enseguida gira la vista hacia mí.
—Hola, tú eres…
—Soy Jacob Bowman. ¿Cómo está Sofía?
Se presenta como Alice, la prometida del padre de Sofía. Nos cuenta que acaba de despertar y que el médico les ha trasladado los primeros resultados, pero se nota que mide las palabras; prefiere no darnos detalles que no le corresponden.
Poco después, un hombre alto, con el gesto serio y preocupado llega hasta nosotros. Abraza a Alice y le da las gracias a Amber.
No me cabe la menor duda, es el padre de Sofia.
Después de saludar a las dos, se gira hacia mí, me mira de arriba abajo con expresión distante y da un paso al frente.
—¿Quién coño eres tú?
Trago saliva y, al igual que con Alice, me adelanto y le ofrezco la mano al padre de Sofía.
—Señor, me llamo Jacob Bowman, soy…
Aquí me quedo en blanco. No puedo presentarme como el novio de Sofía; ni siquiera hemos puesto nombre a lo que tenemos.
Podría decir que soy un amigo, pero me quema en la garganta.
No es lo que siento ni lo que quiero ser.
Pienso que lo mejor es decir la verdad: por ahora solo soy su tutor de prácticas.
Pero, antes de que pueda articular palabra, Amber se adelanta y contesta por mí.
—Señor Edwards, Jacob y yo estábamos con Sofía en Palm Springs junto a otros compañeros —le explica, echándome un capote—. Fuimos a pasar el fin de semana.
—¿Cómo está Sofía? —interrumpo—. ¿Qué le pasa?
—¿Que qué le pasa? —El señor Edwards se tapa la cara con ambas manos mientras su prometida lo abraza por la espalda—. Sois unos irresponsables. ¿Vosotros os llamáis sus amigos?
—Josh, cariño —interviene Alice—. Tampoco vamos a ponernos en lo peor. Ya sabes lo que ha dicho el médico; todavía faltan pruebas.
—Espere… ¿En lo peor? —pregunto, sintiendo que me tiembla hasta el alma—. ¿Lo peor de qué? Sofía ha cogido un virus, ¿no? ¿Qué quiere decir con lo peor?
Amber es ahora la que se tapa la boca, ahogando un sollozo.
—Sofía no puede beber alcohol, y mucho menos descuidar su medicación —nos explica su padre, con la voz apagada—. La responsabilidad es suya, por supuesto. Mi hija ya es mayor y conoce los riesgos, pero si realmente fuerais amigos suyos...
El hombre está destrozado y yo, descolocado. Amber no deja de llorar porque, a tenor de la angustia del padre, la situación es infinitamente más grave de lo que ninguno podríamos haber imaginado jamás.
—Pero no entiendo nada —insisto—. Ella apenas bebió, señor Edwards. ¿Cómo es posible que…?
—El riñón le está fallando —nos dice, dejándose caer en uno de los sillones de la sala de espera—. El doctor dice que el cuerpo podría estar rechazando el trasplante.
—¿Trasplante? —salta Amber con los ojos abiertos de par en par—. ¿Qué trasplante?
—A Sofía le trasplantaron un riñón cuando era una niña —nos explica Alice—. ¿No lo sabíais?
—¡No! Claro que no —dice Amber—. Pero Vivimos juntas en la residencia, nos cambiamos de ropa a diario... ¡Me habría dado cuenta! Ella… no tiene ninguna cicatriz.
—Sí que la tiene —digo, hablando casi para mí mismo—. Una línea muy fina en el costado que le baja por el abdomen. Casi no se nota.
En cuanto las palabras escapan de mi boca, me doy cuenta de mi error. El silencio cae de golpe en la sala de espera. Nadie repara en una cicatriz en esa zona si no ha visto a Sofía con poca ropa y de cerca.
La mirada del señor Edwards se clava en mí al instante. El dolor y la preocupación desaparecen de sus ojos por un segundo, reemplazados por una hostilidad que no puede disimular. Sabe de sobra qué implica lo que acabo de decir.
—No, yo no tenía ni idea —repite Amber, temblando, ajena por completo al incendio que acabo de provocar.
—Pues ya lo sabéis —dice él, volviendo a mirar el suelo con un gesto tenso y cortante—. Y lo peor es que, si encontrar un riñón hace diez años fue una pesadilla, conseguir otro compatible será todavía más difícil.
—¿Y qué va a pasar ahora? —pregunta Amber entre lágrimas.
—Si el órgano no recupera su función, se verá obligada a depender de la diálisis hasta encontrar un donante. Eso en el mejor de los casos... porque en el peor, el cuerpo puede no resistirlo.