34
HAS DESPERTADO
Sofía
Me despierto a duras penas, con una pesadez en el cuerpo que me aplasta contra el colchón. Tengo la boca pastosa, como si hubiera tragado arena seca.
Lo primero que veo cuando consigo enfocar los ojos es un techo blanco y demasiada luz.
Siempre me molesta la luz por las mañanas, pero esta no es mi habitación de la residencia y, por supuesto, ese no es el techo que veo cada vez que abro los ojos.
El sonido tampoco es el habitual. No hay ruido de gente chillando por los pasillos, ni escucho a Amber con su cháchara de las mañanas, o el ruido de las tuberías de las duchas de las habitaciones contiguas.
Solo hay un silencio extraño, roto por un pitido rítmico.
Me duele el costado y, sobre todo, la mano. Cuando miro, lo entiendo: tengo una vía clavada y el sonido del pitido viene del monitor al que estoy conectada.
¿Estoy en el hospital? ¿Por un virus?
Mi padre descansa en uno de esos sillones incómodos que le doblan la cabeza en una posición imposible.
—Papá… —susurro tragando saliva.
Él da un salto de la butaca, enseguida pulsa el botón y aparece a mi lado como si se hubiera teletransportado.
—Cariño, ¿cómo te encuentras?
—Fatal... ¿Qué ha pasado? ¿Cómo... cómo he acabado aquí?
Él suspira hondo, acariciándome los nudillos con el pulgar para tranquilizarme antes de hablar.
—Estás en el hospital, cariño. Esta mañana Amber no conseguía despertarte. Estabas muy pálida y te costaba respirar; llamó a emergencias y me avisó enseguida. Te trajeron en ambulancia hace unas horas y han estado estabilizándote.
—¿Estabilizándome? —pregunto confusa—. Pero ¿por qué? ¿Qué me pasa?
En ese momento, entran un par de enfermeras y empiezan su rutina.
Los recuerdos de mi niñez me vienen todos de golpe; pasé demasiadas horas entre hospitales como para no saber cómo funciona esto.
Ellas vienen hablando, me saludan, me sonríen y yo fuerzo una sonrisa de vuelta.
Miran los monitores, comprueban las vías y realizan todo ese ritual mecánico.
Mi padre teclea en el móvil y, a los pocos minutos, Alice entra con dos cafés en vaso de cartón.
—Hola —me dice tendiéndole uno a mi padre y sentándose en el borde de mi cama—. ¿Cómo estás, petarda? Menudo susto nos has dado.
No sé qué contestar, porque no tengo ni idea de qué me ha pasado ni de cómo estoy realmente. Lo último que recuerdo es haber estado hablando con Amber del fin de semana con…
¡Joder, Jacob!
—No sé, Alice. Estoy bien, supongo.
—El doctor vendrá enseguida —anuncia una de las enfermeras—. Ya está avisado.
El silencio en la habitación vuelve a imponerse.
Al menos el que hay entre mi padre y yo.
Alice habla sin parar de cómo he estado inconsciente al menos cuatro horas, de cómo Amber los llamó llorando y de que no me preocupe de nada, que seguro que es algo pasajero.
Pero mi padre tiene ese gesto de preocupación que recuerdo muy bien. Demasiado bien.
Y entonces entra el doctor. Es un hombre joven, de no más de cuarenta años, y a su lado una chica que parece en prácticas. Comprueba primero el monitor, después la vía y finalmente mira la pantalla que lleva en la mano.
También me sé esta dinámica de memoria.
—Buenos días, Sofía. Soy el doctor Harris, del servicio de Nefrología. ¿Cómo te encuentras?
—Un poco mareada.
—Es normal después de todo lo que has pasado. ¿Sabes dónde estás?
—En el hospital.
El doctor asiente. Acerca una silla y se sienta frente a nosotros.
—Bien. Pues voy a explicarte los resultados de las primeras pruebas. Cuando ingresaste, lo primero que hicimos fue una analítica completa. Comprobamos la función renal, los electrolitos, los signos de deshidratación y también los niveles de tu medicación inmunosupresora.
»La función de tu riñón está bastante alterada respecto a tus valores habituales. La creatinina está elevada y los resultados indican que el injerto no está filtrando la sangre como debería. También presentas una deshidratación importante, que ha podido contribuir al deterioro.
El médico baja ligeramente la voz y sé que no me va a gustar lo que voy a escuchar.
—Tenemos que descartar, entre otras posibilidades, un rechazo agudo del injerto.
—¿Mi riñón?
—Sí. El riñón trasplantado. No significa que lo estés rechazando de forma definitiva, todavía tenemos que determinar qué está ocurriendo.
De pronto, el pánico me sube hasta los ojos. No puede ser, no puedo volver a pasar por aquello otra vez. No es justo.
—Durante las próximas horas repetiremos las analíticas para ver cómo evoluciona la función renal y controlaremos muy de cerca tus electrolitos —continúa el doctor—, la cantidad de orina y los niveles de medicación. Mientras tanto, vamos a corregir la deshidratación y ajustar el tratamiento.
»Si los resultados mantienen la sospecha, podríamos necesitar una biopsia del injerto para estudiar directamente el tejido y saber si existe rechazo y qué tipo de lesión presenta.
—Pero ¿todavía hay posibilidades de que se recupere? —pregunto.
—Sí. Y eso es precisamente lo que esperamos. Algunas causas de deterioro agudo son reversibles y estamos actuando rápido para darle al riñón la mejor oportunidad de recuperarse.
El médico deja unos segundos de silencio antes de añadir:
—Ahora necesito hacerte algunas preguntas sobre estos últimos días. Hay información que puede ayudarnos a determinar qué ha podido desencadenar este deterioro.
El doctor empieza a hacerme toda clase de preguntas: si he tenido fiebre, mareos, vómitos, cuánto ejercicio he hecho, si he bebido suficiente agua, cómo he estado durmiendo y si he tomado algún medicamento aparte de los habituales.
Voy respondiendo a todo mientras él toma notas, hasta que llega a las preguntas que empiezan a hacerme sentir incómoda.
—Sofía, ¿has bebido alcohol?
—Sí. Alguna vez.
—¿Cuánto?
—No mucho.
El doctor Harris levanta ligeramente las cejas.
—Necesito que seas más concreta.
Miro a mi padre, que está al lado de Alice escuchando al doctor, aunque tengo la sensación de que me está sometiendo a un tercer grado.
—Unas copas. En alguna fiesta.
No es exactamente mentira, pero tampoco es toda la verdad, y tengo la sospecha de que tanto mi padre como el doctor lo saben.
—Supongo que eres consciente de que el alcohol en tu situación es peligroso.
—Sí —reconozco, avergonzada.
—De acuerdo. ¿Y has tomado tu medicación exactamente como te la habían pautado?
—Sí.
La respuesta me parece apresurada incluso a mí y el doctor Harris levanta la mirada.
—¿Todos los días? —insiste.
—Creo que sí.
Pero es mentira. Claro que he olvidado tomar mi medicación. Cuando bebí más de la cuenta y sobre todo… Joder, olvidé mi medicación cuando nos fuimos a Palm Springs.
—Sofía, ¿has olvidado alguna dosis?
—Sí. Últimamente he tenido un poco de estrés y —intento justificarme, aunque sé que no es excusa— he sido un poco irresponsable, lo reconozco.
El doctor Harris asiente con la cabeza, cierra la carpeta y se pone en pie, dando por terminada la visita.
—Vamos a mantenerla con sueroterapia intensiva, control estricto de diuresis y analíticas seriadas cada ocho horas para vigilar la creatinina —le dice a la residente que lleva al lado, marcando ya los siguientes pasos—.
Si en el próximo control los valores no se estabilizan o empeoran, avísame para programar la ecografía de control y valorar el protocolo para la biopsia.
En cuanto a ti, descansa, Sofía —añade mirándome con una ligera sonrisa profesional—. Hablamos luego.
El médico y la residente salen de la habitación, dejándonos de nuevo a los tres en silencio. Alice no necesita que nadie le diga nada; sabe perfectamente cuándo tiene que dejar a un padre y a una hija a solas, así que se desliza hacia la puerta sin hacer ruido y sale al pasillo.
Mi padre da un paso al frente y se acerca despacio a la cama.
—¿En qué estabas pensando, Sofía?
—Papá, lo siento, no pensé que esto fuera a pasar.
—¿En serio? ¿No lo pensaste? Menos mal —dice tirando de ironía—. Me consuela saber que no has puesto en grave riesgo tu vida a propósito.
—No hace falta que me machaques, sé cuáles son las consecuencias.
—No, creo que no eres del todo consciente, Sofía.
Empiezo a llorar. No me doy cuenta, pero las lágrimas simplemente empiezan a caer por mis mejillas.
Mi padre se acerca del todo a la cama, se sienta a mi lado y me abraza, rodeándome con esa seguridad de la que tanto he dependido.
Solo entonces puedo empezar a calmarme, exactamente igual que cuando era solo una niña y pasaba las horas muertas en el hospital con él, recién aterrizado y directo del aeropuerto con el uniforme todavía puesto.
—Tranquila, cariño. Todo se arreglará —me dice apoyando los labios en mi cuello mientras mis sollozos van disminuyendo—. Pero ahora, tengo que llamar a tu madre.