Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 33
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FALLO EN EL SISTEMA

Amber

—¡Venga, chicos, animad esas caras! Volvemos a casa.

Arjun se pone de nuevo al volante de la furgoneta mientras el resto empezamos a desfilar con las mochilas al hombro y la resaca instalada en la cabeza.

Al menos en la mía, en la de Owen y con casi total seguridad en la de Megan.

Lily, en cambio, va bastante más entera y con una sonrisita que no se aguanta; normal, ayer, en plena sobremesa después de la barbacoa, la llamó el surfero de la fiesta y desapareció con él durante horas.

Owen es un chico estupendo y yo no me voy a quejar. El otro día echamos un polvo decente, sin tirar cohetes, aunque aceptable. Pero ayer, por mucho que insistió, preferí quedarme en la habitación con Sofía.

La pobre no se ha despertado muy bien. Sigue un poco pálida, y todos, lejos ya de las bromas a los que la sometimos ayer, hemos coincidido en que debe estar incubando algún tipo de virus.

En la furgoneta, Jacob no se ha apartado de ella ni un solo minuto. Anoche, cuando todos nos fuimos a dormir, se acercó a la habitación, pero ella dormía profundamente y ahora no le está dejando ni llevar su mochila.

El camino hasta Los Ángeles es bastante animado.

Arjun parece haberse inyectado una dosis extra de ganas de trabajar y está deseando volver a ese laboratorio a mirar por el microscopio.

Y yo… bueno, he cogido alguna idea para mi guion.

Nada mejor para una canadiense que compartir dos días con estadounidenses autóctonos, aunque Sofía sea medio brasileña, Lily medio china y Arjun pakistaní de Inglaterra.

Owen me dijo que su abuela era irlandesa, y la verdad es que con ese pelo rubio casi pelirrojo no puede ser más auténtico.

A media tarde llegamos a Los Ángeles. La primera parada es para dejar a Jacob en su apartamento, y aunque insiste en acompañar a Sofía hasta la residencia, le aseguro que no se preocupe, que lo mantendré informado.

—De acuerdo, pues mañana nos vemos, chicos —les dice a los demás—. Robert me escribió y no vuelve hasta el jueves. Las clases comienzan el miércoles, pero mañana os espero en el laboratorio. A las nueve.

Todos protestan un poco, pero sin demasiada convicción. Cuando por fin llegamos a la residencia, Owen se ofrece a ayudarnos con las mochilas mientras yo acompaño a Sofía a la habitación para que se tumbe.

Estoy en la puerta despidiéndome de él cuando escuchamos una arcada y el ruido inconfundible de alguien vomitando seguido por el agua de la cisterna del baño

Joder, espero que lo que tenga no sea contagioso —dice Owen haciendo una mueca de asco—, o me parece que vamos a ir cayendo todos como moscas.

—Mala suerte. Oye, me voy a ver si necesita algo, ¿vale? Hablamos luego.

Lo despido un poco rápido y reconozco que el malestar de Sofía me ha servido de excusa perfecta. La verdad es que necesito unos días a solas para pensar si lo mío con Owen puede ir a algún lado.

—¡Sofi! —llamo desde fuera del baño—. ¿Cómo vas? ¿Necesitas ayuda?

—No, tía… —la escucho responder entre arcadas—. Estoy bien, solo necesitaba echarlo todo.

Cuando sale, sigue pálida como el papel, y se me despierta el instinto protector de las mujeres de mi familia. Le toco la frente, la ayudo a sentarse en el sofá y le preparo una taza de té, confiando en que una infusión mágica la cure de golpe.

—Mañana, si no te encuentras mejor, te acompaño al médico, ¿vale? Creo que tienes un poco de fiebre.

—¿Desde cuándo eres tan atenta? —me pregunta con una sonrisa floja—. A ver si liarte con Owen ha despertado algo en ti que no sabías que tenías.

—¡Eh! —protesto—. No digas tonterías. Yo siempre soy atenta contigo. Los demás me la sudan, pero no te consiento que pongas en duda mi amor de amiga, cariño.

—Lo sé, tonta —dice apoyando su cabeza en mi hombro—. Espero que no sea contagioso, de verdad, que no quiero que se pongan malos los demás.

—Tú no te preocupes por los demás… Y ahora dime: ¿cómo es tu tutor de prácticas en la cama?

Nos pasamos parte de la tarde hablando mientras se toma la infusión.

Ella me cuenta cómo Jacob la llevó a ver el monte San Jacinto y el viaje en teleférico, aunque omite los detalles más jugosos.

Pero yo sé por Owen que Jacob le cogió la caja de condones, que faltaban seis y que, aunque luego le devolvió dos, no hay que ser un genio de las matemáticas para calcular que mi amiga ha vuelto de esta escapada bien servida.

Con la paliza del viaje, los excesos y el trote que lleva, normal que esté agotada.

Por eso decide acostarse pronto, convencida de que con unas horas de sueño se le pasará este supuesto virus estomacal y podrá llegar fresca al laboratorio mañana.

A mí la noche me viene de puta madre para recuperar fuerzas, pero cuando apenas está amaneciendo y el despertador de Sofía empieza a sonar con insistencia, el mal humor se apodera de mí de inmediato.

—¡Sofi! Apaga esa mierda, joder.

Pero Sofía no responde y la alarma sigue resonando en la habitación. Me tapo la cabeza con la almohada; no es la primera vez que su despertador suena y le cuesta arrancar, pero lo de hoy ya se está pasando de la raya.

—¡Sofía! Como no apagues el puto móvil te lo tiro por la ventana —insisto elevando la voz.

Nadie contesta.

El pitido continuo empieza a ponerme los nervios de punta. Me levanto de mala gana, maldiciendo en voz baja, y camino descalza hasta su cama, dispuesta a apagar el teléfono de una vez por todas.

—¡Sofía, joder! —le grito tirando de las sábanas—. ¡Como no te despiertes, te juro que...

Las palabras se me quedan atascadas y siento un nudo en la garganta.

Está tumbada boca arriba, blanca como el yeso y completamente inerte. La zarandeo con fuerza por los hombros, intentando despertarla, pero su cabeza cae ladeada sin oponer la más mínima resistencia.

Mi primera reacción es tocar su cuello, buscando un pulso que ni siquiera sé si conseguiría identificar en condiciones normales. Con los putos nervios haciéndome temblar de la cabeza a los pies, es misión imposible. Pero está caliente y noto cómo respira de manera casi imperceptible.

—¿Sofía? ¡Sofi, mírame! —vuelvo a gritar.

Pero es inútil. No responde y noto que hasta le cuesta respirar. Con las manos temblando, agarro el móvil y marco emergencias deprisa. Mientras espero el tono, con las lágrimas cayéndome a borbotones, solo acierto a rezar lo poco que sé y a pedir que esto solo sea una pesadilla.