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QUIERO QUEDARME AQUÍ
Jacob
La vuelta al apartamento se hace un poco más larga de lo esperado, y es completamente a propósito.
Porque sé que en cuanto crucemos la puerta todos nos van a diseccionar como si fuéramos una muestra bajo el microscopio.
Nos mirarán con lupa, analizando cada variable de nuestro comportamiento con más detalle que cuando reviso los resultados de un cultivo en el laboratorio.
Sofía me ha dicho que está cansada, así que nuestra excursión por el monte San Jacinto se ha visto reducida a un tranquilo descenso en el que nos hemos parado en cada saliente de roca para robarle un beso y nos hemos detenido en mitad de los pinos como si el tiempo no importara.
También nos hemos besado en la cabina del teleférico a la vuelta, con todo el valle de Coachella a nuestros pies.
Y ahora, justo al desandar el sendero hasta la zona de los vehículos, volvemos a hacerlo en una esquina apartada del parking , dentro de la furgoneta.
—Jacob —me dice con la voz entrecortada—, si seguimos así…
Hay cosas en la vida que son altamente adictivas. El chocolate, la cafeína pura de un martes de entrega de resultados, la nicotina… Pero los labios de Sofía acaban de desbancar a todo lo demás.
Y no solo sus labios: el cuello, el hueco de su clavícula, detrás de su oreja…
Solo me bastó probarla una vez, aquel día al acompañarla a la salida de la fiesta, para saber que quería volver a besarla muchas veces, durante mucho tiempo.
Pero ahora, después de haber probado otros lugares de su cuerpo, sé que oficialmente soy adicto a ella.
—Si seguimos así… —repito junto a su boca antes de volver a atrapar sus labios con los míos.
Sofía me agarra con más fuerza de la nuca, enreda los dedos en mi pelo y me atrae hacia ella hasta que prácticamente terminamos en el mismo asiento.
El parking está casi lleno, pero hemos dejado la furgoneta en un rincón muy apartado, bastante lejos del resto de los coches.
A lo lejos se ve el trasiego de gente dirigiéndose al restaurante a la hora del almuerzo, pero dentro del vehículo, con la respiración de Sofía acelerada contra mis labios, todo ese bullicio desaparece por completo.
—Vamos atrás —dice separándose de golpe.
—¿Atrás? ¿Aquí?
—Sí —me insiste—. No quiero que nos detengan por exhibicionismo.
Cierro los ojos con fuerza, tomo aire y la miro.
Sé que en teoría deberíamos arrancar e irnos, pero con ella mirándome así la racionalidad se apaga por completo.
Nos deslizamos con torpeza hacia la parte trasera de la furgoneta, sorteando los respaldos y buscando el refugio de los cristales oscurecidos de las plazas de atrás, que nos otorgan una falsa pero necesaria privacidad.
Allí, con el calor acumulado y el pulso desbocado, el resto del mundo deja de existir.
—¿No estabas cansada? —le pregunto intentando recuperar algo de aire.
—Lo estoy, pero no para esto. Y en cuanto volvamos al apartamento no vamos a poder… ya sabes.
Razón no le falta. Una cosa es que los demás sepan o intuyan que algo ha pasado entre nosotros, y otra muy distinta es pretender hacerlo en un apartamento compartido con cinco personas que, al parecer, tienen cero filtro para meterse con nosotros y hacernos pasar vergüenza.
Así que, cuando Sofía se sube a horcajadas sobre mí y empieza a besarme con intenciones que no admiten debate, ¿quién soy yo para oponerme a la termodinámica básica? Resistirme a ella no entra en ninguna ecuación lógica.
La parte trasera de la furgoneta es amplia para ser un vehículo, pero la logística de encajar nuestros cuerpos sin golpear las ventanas o el techo es un desastre absoluto. Aun así, a ninguno nos importa.
Ella se quita los pantalones cortos, me baja los míos y me la coge, acariciándome.
Estoy tan duro que apenas puedo respirar.
Sofía me sostiene la mirada un segundo, se muerde el labio inferior y se inclina, metiéndose mi polla en la boca mientras yo clavo las manos en el asiento para no perder la cabeza.
El valle de Coachella, el monte San Jacinto y cualquier otro hito geográfico de este estado dejan de importarme en el mismo instante en que su boca empieza a moverse. La imagen es tan obscena como perfecta; no hay gráfica de laboratorio ni análisis visual que pueda competir contra esto.
Cierro los ojos con fuerza e intento mantener un mínimo de compostura, pero ella parece decidida a desactivar lo poco que me queda de cordura. Entonces, coge mi mano y la guía hasta su propia nuca, cediéndome el control del ritmo.
—Sofía, me vas a matar —susurro con la voz rota, enredando los dedos en su pelo.
Mi mano, su boca y mis caderas se mueven al mismo ritmo, mientras nuestra respiración empaña por completo los cristales y nos aísla del resto del parking .
Y luego están los sonidos: ella gime casi con más fuerza que yo, hasta que, sintiendo que no puedo aguantar más, la aparto con suavidad de mí y la subo para tenerla de frente, cara a cara.
Podría repetir hasta el cansancio que Sofía es la chica más bonita que he visto en mi vida, pero verla así, con las mejillas encendidas, los labios hinchados y buscando mi boca con desesperación, la convierte directamente en un peligro público.
—Ven aquí —le digo, atrayéndola contra mi pecho para besarla.
Mientras lo hago, deslizo los dedos y noto su propia humedad esperándome.
Ella se arquea contra mi mano, pidiendo más.
Y no sé de dónde saco la voluntad para frenar, pero tengo que hacerlo.
No se trata solo de estar medio desnudos dentro de una furgoneta en un aparcamiento de una atracción turística de Palm Springs; es que acabo de darme cuenta de que me dejé los condones de Owen en el apartamento.
—Sofía, tenemos que parar, yo… no he traído nada.
—Lo sé —me dice ella con pasmosa tranquilidad—. Pero yo sí.
Lo que sigue a continuación anula cualquier atisbo de duda.
Sofía se inclina hacia su bolso, saca un preservativo con una sonrisa demasiado calculada para mi estabilidad mental, lo abre con los dientes, se incorpora y me lo coloca mientras yo trago saliva y mantengo las manos firmes en su cintura.
Ella se acomoda despacio sobre mí, cerrando los ojos un instante mientras suspira y gime al recibirme por completo.
Y en cuanto empieza a moverse, sé que no hay vuelta atrás. Esto supera cualquier previsión, y yo estoy demasiado jodido como para intentar salvarme.
El trayecto de vuelta al apartamento ha transcurrido en silencio. Ella, ocupada, contestando mensajes que ha evitado leerme; yo, con la sospecha de que su amiga la ha acribillado a preguntas que me iban a hacer incomodar.
Entramos cuando ya está bien entrada la tarde y lo primero que nos recibe es el olor a costillas, hamburguesas y el aroma inconfundible de la barbacoa.
Mis sospechas se convierten en evidencias en cuanto cruzamos la puerta y las sonrisas y los comentarios empiezan a sucederse, Ni siquiera disimulan, y eso, en vez de molestarme, me hace sentir un poco más seguro.
La primera es Amber, que me aparta de Sofía sin mirarme y se la lleva de la mano directa a una de las habitaciones. Puedo imaginarme el carrusel de preguntas a la que la estará sometiendo solo por las risas que me llegan desde el otro lado de la puerta.
El resto carraspea, sonríe, se da codazos mal disimulados y hace como que sigue a lo suyo. Arjun está al mando de la parrilla, mientras Lily y Megan sostienen sus cervezas y les van llenando los vasos a los chicos. Owen me coge de los hombros, me pasa una bien fría y me suelta sin cortarse:
—Profesor Jacob, espero que hayas aprovechado bien mis condones —dice guiñándome un ojo—. Me debes seis dólares.
Cuando Sofía y Amber se incorporan a la barbacoa, la mesa ya está preparada. Los aperitivos que han preparado las chicas, las fuentes de carne y las botellas de bebida se pasan de mano en mano entre risas. Todos comentan anécdotas del día anterior y de la fiesta en la piscina.
Owen se sienta muy pegado a Amber, que no para de reírle las gracias, mientras Sofía, al otro lado de la mesa, me lanza una mirada cansada.
—Come algo, ¿no? —le dice Arjun mientras sostiene una chuleta en la mano—. Estás un poco pálida.
—No, gracias —contesta ella con voz suave—. La verdad es que estoy un poco mareada, y agotada del paseo. Creo que me voy a retirar a la habitación a descansar.
Los demás sueltan risitas cómplices y empiezan a lanzarnos pullas, bromeando con que nuestra fiesta de anoche debió de ser demasiado salvaje. Yo intento quitarle hierro al asunto, pero me levanto de inmediato para acompañarla.
—¿Qué te pasa? —le pregunto en cuanto llegamos a la puerta de la habitación—. ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
—No, tranquilo, solo necesito descansar —dice, apretándome la mano con cariño—. Siento dejarte solo con esos buitres, pero diviértete y no te dejes intimidar.
Sonrío y me despido con un último beso. Me quedo unos segundos quieto frente a la puerta cerrada antes de girarme y regresar con los demás. Como era de esperar, en cuanto me ven aparecer reanudan las bromas y las risas cómplices sobre lo que hicimos anoche y los arrumacos de hace un momento.
Me siento e intento integrarme en la conversación, picando algo de comida y bebiendo con ellos, pero la realidad es que mi cabeza ya no está allí.
Lo único en lo que puedo pensar es en levantarme de la mesa, cruzar el pasillo y entrar en esa habitación para decirle que quiero quedarme allí. Con ella.