Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 31 #2
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Me besa despacio, con una calma que encaja a la perfección con el silencio del bosque.

Es un beso que no espera nada, ni tiene otro objetivo que compartir este momento juntos.

No le importa lo más mínimo que estemos al aire libre y expuestos a que cualquier excursionista nos descubra.

No mira alrededor por si alguien conocido puede vernos.

Sus manos suben desde la piedra para sujetarme el rostro con delicadeza y, por un momento, el vértigo del abismo desaparece por completo para ser sustituido por otro que da muchísimo más miedo.

—¿Tienes hambre? —me pregunta cuando se separa lentamente.

—La verdad es que bastante —le confirmo.

Desandamos el camino hasta la estación superior.

Acabamos entrando en el Pines Café , un sitio amplio y acogedor con grandes ventanales de cristal que dan directamente al bosque y al abismo del valle.

El local no está muy lleno a estas horas, lo que nos permite coger una mesa apartada junto a la ventana.

Jacob viene con dos tazas de café, un par de sándwiches fríos y algunos aperitivos, mientras me quedo mirando cómo la niebla empieza a enredarse entre las copas de los pinos allá afuera, como si el propio bosque estuviera intentando ocultar lo que está pasando entre nosotros.

Tengo mil preguntas en la cabeza, mil conversaciones que podría empezar ahora mismo con él y la mente llena de dudas. Pero lo peor es que siento que una de esas preguntas podría estropearlo todo, y no estoy segura de estar preparada para afrontar una conversación así.

Comemos en silencio mirando el paisaje y, en el fondo, me da la sensación de que él tiene las mismas dudas que yo.

Lo noto en pequeños detalles: en cómo pica la comida sin ganas y en cómo evita sacar el tema, que ahora mismo es como un elefante en medio de la habitación.

Solo que esa habitación es este paisaje maravilloso que tenemos delante.

—¿Qué vamos a hacer ahora, Jacob? —me atrevo a preguntar.

Él toma aire, le da un sorbo a su café y me mira.

—¿Te refieres a lo que ha pasado entre nosotros?

Ladeo la cabeza y alzo una ceja.

—Sí. Me gustaría saber... Bueno, en qué punto estamos. No quiero que pienses que lo de anoche te obliga a nada, o que te voy a exigir nada. Si te arrepientes o...

—¡Espera! —me interrumpe con el ceño fruncido—. ¿Arrepentirme? ¿Por qué? Un momento... ¿Es que tú te arrepientes? Porque no me dio la sensación de que... O sea, tú me dijiste que...

—Jacob, para —lo detengo poniendo una mano en su boca con suavidad—. No es eso, no te estoy echando nada en cara. Puedes estar tranquilo.

Pero no está tranquilo. Lo más mínimo. Se levanta de la mesa y, por un momento, pienso que se va a marchar.

No quería acusarle de nada, pero creo que me ha malinterpretado.

Yo solo quiero saber a qué atenerme. No estoy pidiendo un compromiso ni que de pronto me convierta en algo...

más. Solo quiero saber cómo vamos a afrontar la cuestión de las prácticas, el final de curso, los compañeros de laboratorio y, sobre todo... Robert.

—¿Tranquilo? Voy a decirte una cosa, Sofía —se acerca y me coge de la mano para llevarme a un sitio más apartado—. No estoy para nada tranquilo. Es más, estoy cagado de miedo.

Lo sabía.

—¿Cagado, eh? Bueno, como te he dicho antes, no quiero que pienses que lo que pasó anoche te compromete a nada.

—¿Puedes callarte un momento? —me pregunta sin soltarme.

Noto sus nervios en la manera en que su pulgar traza pequeños círculos en el dorso de mi mano, en cómo toma aire profundamente y cierra los ojos, seguramente buscando las palabras adecuadas.

—Estoy cagado porque me gustas mucho —continúa—. ¿Qué digo? Mucho es quedarse corto, ¿sabes?

El restaurante está casi en silencio. Apenas hay una pareja mayor comiendo en una esquina y un grupo de señoras con ropa de excursión que se están levantando. Jacob mira a su alrededor, nervioso, y creo que es algo contagioso, porque, de repente, a mí empiezan a temblarme las piernas.

—Esto —dice, señalando afuera y a la mesa— es una estúpida manera de llevarte a algo parecido a una cita.

Uff, joder, entonces no ha malinterpretado nada. ¿Yo estaba dándole una vía de escape a lo que pasó anoche y él se está declarando?

—¿En serio? —digo, intentando contener una sonrisa—. ¿Esto es una cita?

—¡Sí! —protesta indignado, dando un paso atrás—.

Al menos lo era en mi cabeza. ¿No lo has sentido tú así?

Porque te he preguntado y creía que estaba claro que te estaba pidiendo una cita.

Es un sitio romántico, estamos comiendo algo, te he abrazado en el teleférico y, y… ¡Te he besado en el mirador!

Jacob se cruza de brazos y se queda esperando una respuesta. Tiene el pulso acelerado y la respiración un poco agitada, y yo aprieto los labios intentando que no se me escape la risa.

—Entonces, para que me quede claro —le digo, volviendo a acercarme a él—. Lo de anoche te gustaría repetirlo porque te gusto muchísimo y esto es una cita. ¿Correcto?

Él me coge de la cintura, me besa con mucha menos ternura y delicadeza que en lo alto del mirador y, cuando se separa, me mira a los ojos:

—Correcto, Sofía. Quiero repetir lo de anoche; joder, claro que quiero, y me gustas de una forma que ni sé cómo explicar.  Y sí —puntualiza con otro beso corto—. Esto es una cita.